The Objective
Literatura

Comprender la vida humana desde un jardín de provincias

La autora de ‘Pensamientos Salvajes’ se caracteriza por la extrema brevedad de sus apotegmas

Comprender la vida humana desde un jardín de provincias

Ilustración generada con IA.

Suele ocurrir con libros de cierta complejidad que en las primeras páginas cuesta entrar, pero si se consigue, por ejemplo, releyéndolas, empieza uno a deslizarse por el texto sin dificultad. Hace falta un proceso inicial para familiarizarse con el relato (o con la argumentación, en el caso de un ensayo); después, todo depende del interés que la escritura logre provocar y de los estímulos que vayan empujando a seguir adelante o dejarlo.

De ello se deriva una de las características que hacen peculiares los libros compuestos de máximas, reflexiones, aforismos, sentencias, pensamientos, apotegmas o «pecios», como solía Ferlosio denominar a los suyos. Prescindiendo de los interesantes matices diferenciales entre esos términos, lo común es la brevedad con que se presenta una idea, una observación, a veces una imagen o una escena. Cada pocos párrafos, el lector tiene la impresión de que ha concluido una lectura y ha de iniciar otra. O, en el mejor de los casos, detenerse a reflexionar y quizá a escribir sobre todo lo que puede salir de su cabeza estimulada por una frase o dos. Exagerando un poco, es como si hubiera que empezar la lectura de un libro nuevo diez o doce veces en cada una de las páginas. De ahí se deriva la extraordinaria lentitud que exige su lectura. Uno de cada tres aforismos despierta el deseo de ponerse a escribir un largo comentario sobre él. Leer veinte páginas seguidas de una obra así resulta agotador. Si alguien quiere asimilar un buen libro de pensamientos sueltos, necesitará detenerse un buen rato para reflexionar en serio acerca de muchos de ellos.

Esta peculiaridad llega al extremo en los Pensamientos salvajes de Augusta Amiel-Lapeyre, que acabamos de descubrir muchos (espero) lectores españoles. La autora se caracteriza por la extrema brevedad de sus apotegmas, que muchas veces no llenan ni una sola línea. «Nada les parece perfecto a los imperfectos». «Busca la verdad en los matices del lenguaje». «Hay vínculos que liberan».

Se encuentra uno con la sentencia que reza: «Cuando un espíritu mediocre crea una obra de cierto valor, es que el sufrimiento lo ha fecundado». De entrada, llama la atención la palabra «mediocre», pues sin ella estaríamos tan solo ante el mito romántico de dolor creativo, del malestar que empuja a la cultura, del genio basado en la necesidad de dar salida a los sufrimientos del cuerpo o el alma. Pero al poner como condición de ello la mediocridad, se abre una dimensión nueva: si solo las almas torpes necesitan el sufrimiento como punto de partida para estimular la creatividad, entonces los espíritus superiores no producen sus obras desde el dolor, sino desde la alegría y, por lo tanto… Por lo tanto, cada uno tendrá que sacar sus propias conclusiones, ya que este tipo de textos no las incluyen, solo prenden la chispa a partir de la cual el lector habrá de asumir su propio incendio. 

Según se avanza en la lectura, las conexiones que aparecen entre fragmentos aislados van revelando ciertos temas recurrentes: juventud y vejez, religión, mecanismos mentales, diferencias hombre-mujer, orgullo, enfermedad, serenidad del campo, necesidad del aislamiento…

Uno entre ellos empieza pronto a destacar: lo que se ha dado en llamar la filosofía de la sospecha, la imperativa necesidad de descubrir lo que las apariencias ocultan. Es difícil resumir la aportación básica de Freud con palabras más certeras que estas: «Para entender correctamente el pensamiento de algunos hombres, es necesario ignorar lo que dicen para no escuchar más que lo que callan». Pero el afán y la necesidad de interpretar lo que los humanos tratamos de ocultar tras nuestro discurso —verbal o conductual— se expresa en estos pensamientos con formulaciones muy variadas, a veces de agotadora brillantez: «Algunas muestras de simpatía equivalen a una bofetada». «Un acto de caridad puede encubrir un deseo de poder». «No vemos las almas más que de perfil. La otra cara permanece en sombra». Todo le vale a Amiel-Lapeyre para poner en marcha su vocación detectivesca a la hora de interpretar los sentidos ocultos de palabras y actos, incluso las más triviales observaciones caseras sobre la «lucha de clases» y el «fermento revolucionario»: «La actividad matinal de los empleados domésticos es atronadora. Escucha ese ruido. Es una queja». 

La libertad intelectual con la que Amiel-Lapeyre escribe para sí misma en el siglo XIX es difícilmente imaginable hoy, cuando los temas relativos a hombres y mujeres, por ejemplo, están sometidos a la autocensura preventiva. O a la cancelación social.  Pocas personas se atreverían en la actualidad a escribir sin temor a ser malinterpretadas y censuradas reflexiones del tipo: «Si un hombre joven encuentra defectos en todas las muchachas con las que se topa, es que conoce a una a la que cree dotada de todas las cualidades». «Decirle a una mujer ‘sigue siendo usted joven’ equivale a esto otro: ‘La vida se le escapa, aunque despacio’». «El hombre de los países latinos le dijo a su mujer: ‘Serás mi esclava además de mi amante’. Y la experiencia de siglos no ha demostrado más que a unos pocos que esas dos palabras se excluyen».

¿A qué género pertenece este tipo de literatura? A varios, sin duda, por lo que no puede clasificarse en ninguno. Los «pensamientos salvajes» se mueven a caballo entre el ensayo y la filosofía, en algunos momentos funcionan como pura literatura, tienen grandes dosis de sociología, son un documento histórico y un tesoro para los interesados en la psicología… Se trata de una escritura libre que reflexiona, sin etiquetas ni límites disciplinares, sobre el eterno laberinto de enigmas que es la conducta humana: «Aplicamos más nuestra inteligencia a conocer las cosas que a comprender al ser humano». Comprender al ser humano sin renunciar a ninguna perspectiva, al no tener que someterse a una cierta disciplina académica, ese es el método y el tema unificador, el hilo rojo o verdadero elemento común que unifica toda esta colección de reflexiones gota a gota. 

Berta Vias Mahou es a la vez la descubridora, antóloga, investigadora y exquisita traductora de esta obra, hasta el punto de que por momentos tiene uno la sensación de que, para España al menos, casi merecería ser considerada su coautora. Cierra el volumen con un epílogo en que revisa lo que se sabe sobre Augusta Amiel-Lapeyre; el resultado es muy escaso. Junto a los datos sobre las ediciones de estos textos y la imagen de una mujer retirada con su familia y sus cuadernos en una casa de campo, con un espléndido jardín, solo aparecen algunas informaciones sobre la actividad profesional de sus parientes más cercanos, seguidas de las agudas observaciones sobre el texto de su editora-traductora. El enigma de una mujer sin biografía, carente del menor interés por darse a conocer: un ser en las antípodas de lo habitual: el escritor que busca por todos los medios ser leído, apreciado y públicamente reconocido. La primera edición de sus pensamientos la firmó con iniciales y parece que solo llegó a publicarse por las gestiones de su hijo. Imposible imaginarla visitando a un editor, escribiendo a una revista, pidiendo una reseña. Uno de los principales argumentos a favor de estos aforismos es ese profundo desinterés de su autora por cualquier proyección pública. Una mujer retirada en su jardín de provincias, sin el menor interés por salir del anonimato, lo que marca profundamente su obra, y en un sentido positivo. Solo podemos conocerla a partir de las preocupaciones que se repiten en sus frases. Un desafío para quien se pregunte, por ejemplo, que empuja a un alma humana a escribir con un estilo, unas pautas y unas limitaciones formales tan concretas. Única y exclusivamente.

Este tipo de libros son, sin embargo, fáciles de reseñar, comentar o presentar al lector…, siempre que no se intente hacerlo con un comentario crítico. Basta con seleccionar entre sus aforismos una docena de muestras para que cada uno tenga claro si ese autor (en este caso, autora) le interesa o no, si le descubre cosas o le resulta trivial, si le estimula o le aburre. Como ocurre con algunas drogas o con determinados alimentos (ejemplo típico: la casquería), el efecto que produce un tipo de escritura tan peculiar en diferentes lectores no se puede predecir ni modificar; es rigurosamente personal, pero generalmente extremo: o entusiasma o aburre, no suele haber términos medios. Solo el tiempo y la selección, más o menos darwiniana, que van haciendo los críticos, historiadores y lectores, acaba decidiendo que sobrevivan y alcancen celebridad (en lugar de hundirse en el olvido) las breves y brillantes ocurrencias de Gracián, La Rochefoucauld, Pascal, Schopenhauer, Twain, Nietzsche, Wilde y probablemente (dentro de cien años, si quedan todavía lectores, lo sabrán con más firmeza) Cioran, Ferlosio…, o Augusta Amiel-Lapeyre. 

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