La magia de Karina Sainz Borgo
La escritora venezolana demuestra con su nueva novela, ‘Nazarena’, ser una muy grande de la literatura

La escritora venezolana Karina Sanz Burgo.
Terminen (cuanto antes) de leer el libro que tienen entre manos y déjense embriagar por Nazarena, la maravilla que nos acaba de regalar Karina Sainz Borgo. Esta venezolana pequeña de estatura demuestra, de nuevo, ser una muy grande de la literatura.
Aquí podría acabar mi comentario, con una simple recomendación, que es lo que pedimos los lectores de otros en cuyo gusto confiamos. Pero a los reseñadores nos gusta adornarnos, más cuando podemos deleitarnos ante la magia que nos ofrece un libro que es atemporal y ha llegado para quedarse. Nazarena enamora al lector como lo hace el jugo de hierba aplastada que Oberon aplica en los párpados de Tytania, según la ópera de Benjamin Britten Sueño de una noche de verano.
Lysander, uno de los personajes de esta ópera, que acaba de representarse en el Teatro Real, le pregunta a otro, Demetrius, si está convencido de estar despierto o si piensa que siguen soñando. Me he planteado la misma duda al leer Nazarena como lo he hecho con tantas y tantas páginas de Gabriel García Márquez, maestro del ilusionismo que crea experiencias que desafían los sentidos, y de quien sin duda bebe Karina Sainz Borgo. Aunque ella lo hace de muchas fuentes, como todos, que nos debemos a nuestros maestros, aunque algunos —y la venezolana estará seguro entre ellos— puedan merecer ya ese título.
John Williams, en su extraordinaria novela Stoner, pone en boca del repelente doctorando Charles Walker esta luminosa frase: «Enfrentándonos como estamos al misterio de la literatura y a su poder inenarrable, nos compete descubrir la fuente del poder y del misterio». Ante ese misterio que encierra Nazarena, nos descubrimos sus lectores, nos entusiasmamos con la historia y con las palabras de la escritora para contar la historia. Karina Sainz Borgo posee un imán que nos obliga a pegarnos como auténticas lapas a un libro que —como mi preferido suyo, La hija de la española (2019)— vuelve a epatarnos por el genio natural que demuestra.
Es una novela para disfrutar. Huye de la acción, de los apresuramientos por narrar hechos que se suceden con vértigo desmedido. Es una novela intimista porque se encierra prácticamente entre las paredes de la casa familiar de La Araira, que comparten —o quizás mejor, en la que coexisten— con su madre estropeada física y mentalmente, ocho hermanas ordenadas por edad, como en la fotografía que se hicieron el día de la boda de Bendita con el concesionario de minas nominado Bramante. Eran: Porcia, que «sonrió con un porte gallináceo; a su izquierda, con el gesto torcido, aparecen Vicenta y Leda; también las gemelas, Natalia y Amelia, embutidas en un vestido de raso que las hacía ver aún más gruesas. A mamá, que iba de negro, la sentaron en una silla de madera. Carmen yo (Nazarena, claro es) posamos sentadas a los pies de la novia» (pág. 135).
Nuestra protagonista hace la séptima de la saga que fundaron su padre, que llegó del Véneto a aquel perdido pueblo para trabajar en la construcción del ferrocarril, y su madre Inocenta Núñez Núñez, que «más que hablar, gruñía». Era la séptima de las Vicentas y sus hermanas aseguraban que «nació loca». Nazarena pasaba día y noche barriendo obsesivamente los patios: «Mi cruz es esta escoba». Lo hacía para ahuyentar las desgracias, los malos augurios que la trastornaban. No se entendía bien con sus hermanas y tampoco con su madre, a la que mató a dentelladas. Tuvo una niña de un viajante, al que alojaron por un tiempo en la casa, pero le perdió igual que a la niña que tuvo. Quizá no la perdiera, pero este episodio lo dejamos abierto.
El Cadillac aparcado en la puerta, los celos y recelos, las rivalidades fraternales tan poco fraternales, los muertos que vuelven a pasear por las vidas de los vivos, la fuerza perenne del pasado agobiante, los intentos vanos de huir, los matrimonios concertados, las culpas perturbadoras, las inquietudes y los insomnios. Todo nos envuelve y la pluma de Karina Sainz nos hace gozar con literatura, de la que llamamos «de muchos quilates», que es pura magia.
