Leila Guerriero y las formas del periodismo microscópico
Anagrama rescata ‘Los suicidas del fin del mundo’ y Alfaguara edita ‘Frutos extraños’ de la escritora argentina

Leila Guerriero.
La realidad no tiene una introducción, ni un nudo y, por supuesto, carece de un desenlace. El mundo es porque sí. Sin más. Un día estamos aquí; al siguiente desaparecemos sin dejar rastro. Entretanto ocurren y nos suceden cosas. Si por donde vamos cada uno lleva consigo su novela, como dijera Galdós, quien no es un novelista profesional –porque todos lo somos un poco– tiene que contentarse con ejercer, al mismo tiempo, de narrador y de personaje, de creador y protagonista, de escritor y lector de sí mismo.
Hay quien percibe esta doble condición como un tormento. Otros disfrutan hablando consigo mismos para, como dijera Machado (Antonio), hablar algún día con Dios. A falta de señales celestiales expresas, lo más parecido al Creador Supremo, o a la figura mítica del demiurgo, que solemos tener más a mano son los periodistas. Por eso –antes– el hombre común quizás no leyera muchos libros, pero sí solía buscar en los periódicos, esos arqueológicos animales mitológicos, la trama de los días ordinarios.
Todo esto, como sabemos quienes nos ganamos la vida escribiendo en los diarios, está pasando a la historia, de forma que las sombras de la realidad –todo lo que no es evidente o subyace bajo la epidermis del calendario– carecen de un narrador que las alumbre. Nadie indaga ya en las elipsis. Nadie persigue silencios. Puede que hayamos entrado sin remedio en un tiempo en el que la Inteligencia Artificial se convierta en el Oráculo de Delfos, pero, seducidos por la dictadura de las máquinas, olvidamos que aquellos pronósticos y vaticinios místicos eran herméticos. Requerían un intérprete que fuera capaz de traducirlos al lenguaje vulgar. Alguien que convirtiera en prosa la poesía de la Pitia, inspirada por el dios Apolo.
Esa es –y debería seguir siendo– la función esencial del periodismo, cuya supervivencia depende de su traslado a formatos complementarios a las webs. Igual que la industria periodística, que en España no ha encontrado un modelo sólido de negocio diferente al clásico –las viejas suscripciones–, el periodismo de fondo tiene en el libro (un invento que todavía no ha sido superado) un canal muy fértil para continuar con su trabajo. Hay multitud de ejemplos en este sentido y, entre ellos, en el ámbito del español está, entre otras, la figura de Leila Guerriero, periodista argentina que desde hace dos décadas practica la crónica narrativa: un periodismo hecho con la lógica de la literatura, pero sin que entre sus materiales entre la invención.
Guerriero es un ejemplo de regreso a lo básico: contar historias de la mejor manera posible para, así, alumbrar un presente cada día más desordenado y sin lógica. En las librerías coinciden dos libros de la periodista de Junín que no son estrictamente nuevos, sino novedosos. Se trata de dos resurrecciones. El primero es Los suicidas del fin del mundo (Anagrama), un relato de la Argentina interior de mediados de la década de los años noventa, situado en un pueblo petrolero en decadencia de la Patagonia profunda: Las Heras. Allí se produjeron una trágica serie de suicidios encadenados. El segundo es Frutos extraños (Alfaguara), una voluminosa selección de perfiles y narraciones, además de ensayos sobre este oficio, publicados por Guerriero en medios españoles e hispanoamericanos.
Radiografía de la precariedad
En ambos encontramos lo mismo: periodismo microscópico, cadencioso, casi artesanal, basado en el infalible método de indagar a conciencia en el infinito pormenor de la realidad para, a continuación, contarla con detalle, precisión, capacidad de sugerencia, trasfondo y contexto. Todo lo que han dejado de hacer muchos medios de comunicación. La historia de los suicidas de Las Heras, publicada por primera vez por Tusquets hace ahora dos décadas, fue la primera obra de no ficción de la periodista argentina. Doscientas páginas rotundas en las que levanta testimonio sobre los efectos sociales de una reconversión industrial en la periferia del capitalismo.
Es un libro que no ha envejecido nada porque, más allá del marco de su historia –un tiempo y un país concretos–, es una radiografía desgarradora sobre la precariedad, que es, por decirlo con Ortega y Gasset, uno de los temas de nuestro tiempo. El abordaje de Guerriero, sobre todo, es sensorial –soledad, violencia familiar, desempleo– y muy poético, porque se sirve inteligentemente de elementos atmosféricos (el viento, en este caso) para retratar no tanto una peripecia como un estado de ánimo. La narración es lacónica, a ratos sincopada, pero su retrato de Las Heras nos recuerda a un coro (griego). El libro está basado en las entrevistas y los testimonios de las familias de los suicidas, cuya desaparición no conjura el dolor por su muerte, que permanece en el tiempo y en el aire.
Guerriero guarda las distancias –la principal obligación de un periodista es evitar el sentimentalismo– y juega con el suspense, que no es un artificio, sino un ingrediente más del drama, tanto como los datos, que no sirven para explicarlo todo. Estamos ante una obra de periodismo de inmersión. También lo es la interesante antología Frutos extraños (Alfaguara), cuya primera versión –publicada por el sello Aguilar– contenía crónicas y perfiles desde comienzos de este siglo hasta 2008.
Esta nueva edición, que se presenta como definitiva, incluye una selección de piezas más recientes en el tiempo e incluye una serie de textos, algunos concebidos como conferencias y publicados después en revistas culturales como El Malpensante (Colombia), donde Guerriero reflexiona sobre el arte del periodismo narrativo y hace algunas confesiones autobiográficas sobre su trayectoria profesional, primero en el diario argentino Página 12 –en la época en la que Jorge Lanata dirigía el periódico–, La Nación (Buenos Aires), El País (Madrid) y otras publicaciones.
La diversidad de cabeceras en las que Guerriero ha publicado sus artículos refleja bien la coyuntura: para ejercer este periodismo de largo aliento hace falta trabajar por libre, lo cual implica una extrema dificultad a la hora de financiar los proyectos, e incorporar la búsqueda de un medio interesado al ejercicio natural de la profesión. Todo un signo de estos tiempos: el buen periodismo, como el que hace Guerriero, ha tenido que hacerse nómada para sobrevivir. Igual que los viejos escritores de periódicos.
