The Objective
Javier Benegas

El misterioso suelo del PSOE

«La democracia española falla por una cultura política que convierte al partido en tribu, al adversario en enemigo, al Estado en botín y al votante en feligrés»

Opinión
El misterioso suelo del PSOE

Ilustración generada mediante IA.

Hay una pregunta que, formulada en voz alta, parece ingenua: ¿cómo es posible que entre seis y nueve millones de españoles, según el estudio demoscópico que se consulte, sigan dispuestos a votar al PSOE aunque Pedro Sánchez repita como número uno de la lista? La pregunta parece ingenua porque en España hemos normalizado una concepción de la política muy parecida al forofismo futbolero: mi equipo puede jugar sucio, fingir penaltis, comprar al árbitro o incendiar el vestuario; lo importante es que no gane el equipo odiado. Pero esa explicación se queda corta. El forofismo, si acaso, describe el síntoma, no la enfermedad.

Más de uno se limitará a responder con una mueca burlona, como si contemplara a un británico fruncir el ceño ante la ruidosa conversación de un grupo de españoles. «Los españoles somos así», probablemente sería su respuesta. Sin embargo, la resistencia a castigar a los propios encierra una de las claves del mal funcionamiento democrático español.

En una democracia funcional, el voto no es una patente de corso. Se puede tener afinidades ideológicas, memoria heredada, alergia a la alternativa o incluso miedo; pero cuando la corrupción, la degradación y la mentira sistemática superan todos los umbrales, el votante debería reaccionar. No necesariamente votando a la oposición. Podría abstenerse, personificar el castigo en el dirigente del momento, exigir renovación, desencadenar una crisis interna o mandar al partido al purgatorio durante una buena temporada. Las democracias no se depuran solas. Necesitan ciudadanos capaces de decirles a los suyos: «Hasta aquí hemos llegado».

España, sin embargo, parece resistirse a esa saludable práctica. El escándalo puede ser colosal; la acumulación de evidencias, insoportable; y el destrozo institucional, imposible de negar. Pero el suelo electoral del PSOE resiste. Puede bajar, perder el Gobierno, sufrir desgaste e incluso encajar una derrota contundente. Pero no se desploma. Esa resistencia no es anecdótica. Es el síntoma de que una parte de la sociedad no vota realmente a un partido, ni siquiera a un programa, sino a una identidad, a un reflejo condicionado, a una demarcación moral.

Esto contrasta no solo con las sociedades escandinavas, sino también con otras que a priori podrían parecer equiparables a la nuestra por su tolerancia a los malos hábitos políticos. Por ejemplo, Grecia. Allí el PASOK, el equivalente al PSOE español, fue durante décadas una extraordinaria maquinaria de poder, identidad ideológica, redes clientelares y colonización del Estado. Sin embargo, cuando ese partido acabó asociándose a la corrupción y a sus consecuencias, el electorado griego lo castigó sin miramientos. No perdió simplemente unas elecciones. Pasó de ser uno de los pilares del modelo político a convertirse en una formación marginal. Es decir, incluso en Grecia, con una democracia titubeante, fuerte tradición de izquierda y redes clientelares masivas, el votante fue capaz de poner punto y final cuando percibió que el coste de mantenerse fiel al PASOK era demasiado alto.

«La anomalía española está en otro lugar: en la proyección de la izquierda como identidad moral de salvación histórica»

En España no ocurre lo mismo. Y eso obliga a preguntarse, de nuevo, qué extraña anomalía puede obrar el prodigio de que entre seis y nueve millones de votantes siga respaldando al PSOE incluso cuando exuda corrupción por los cuatro costados, promueve el deterioro institucional, coloniza organismos, ataca a jueces, se alía con formaciones enemigas del Estado y exhibe sin el menor pudor una concepción patrimonial del poder. Otra respuesta recurrente es que todos esos votantes viven del sistema. Pero no es cierto. Hay clientelismo, sin duda. Hay subvenciones, empleo público, redes territoriales, economía de partido, sindicatos, asociaciones, televisiones, empresas dependientes del BOE, cultura de la prebenda y una constelación de intereses que vota por conservación, no por convicción. Pero eso no alcanza para explicar una masa electoral de esa dimensión. El clientelismo es una parte de la arquitectura, pero no todo el edificio.

La anomalía española está en otro lugar: en la proyección de la izquierda como identidad moral de salvación histórica. Desde el inicio de la Transición, el socialismo español no se presentó solo como una opción política, sino como el representante natural de la modernidad, la democracia, Europa, los derechos, el progreso y la decencia. La derecha, por el contrario, fue asociada al franquismo, al atraso, a lo reaccionario, al autoritarismo, al machismo, al clericalismo y a un pecado original del que nunca podrá ser absuelta. Da igual cuántas veces gobierne, cuántas elecciones gane, cuántos procedimientos democráticos respete o cuántas veces acepte la alternancia en el poder. El pecado permanece. Es hereditario.

La Guerra Civil y el franquismo siguen condicionando el fondo psicológico de la política española. No porque los votantes del PSOE se acuerden a todas horas de 1936, obviamente, sino porque esa memoria ha sido cultivada durante décadas como forma de legitimación. La izquierda no compite solo con propuestas: se presenta como muro defensivo contra el regreso de algo monstruoso. Ha convencido a millones de personas de que su derrota no es simple alternancia, es regresión histórica. Y que denunciar la corrupción propia no es un reflejo democrático, es un peligroso acto de traición.

También pesa mucho la falta de cultura democrática. En países donde la sociedad ha interiorizado ciertos límites, la higiene de las instituciones importa más que el color del partido gobernante. No de forma exquisitamente cívica, por supuesto; ninguna sociedad escapa por completo al tribalismo. Pero prevalece una convicción ampliamente compartida: el poder no puede hacer lo que le plazca. En España, en cambio, se juzga la salud de una institución según quién la controle. No se contempla como árbitro, sino como botín. El Tribunal Constitucional, la Fiscalía, RTVE, el CIS, la Abogacía del Estado o los entes reguladores funcionan estupendamente cuando favorecen a los míos y están politizados cuando incordian a los míos.

«Durante décadas, buena parte del ecosistema intelectual y periodístico ha etiquetado la crítica a la izquierda de moralmente sospechosa»

Pero el votante de izquierda no ha llegado a normalizar esta conducta por ciencia infusa. La maquinaria cultural y mediática ha sido un factor clave. Durante décadas, buena parte del ecosistema intelectual y periodístico español ha etiquetado la crítica a la izquierda de moralmente sospechosa. Esa maquinaria no solo ha proporcionado argumentos políticos al votante socialista; le ha otorgado honorabilidad. Le ha dicho que está del lado correcto de la historia, que defiende los derechos, que protege a las minorías, que combate el fascismo, que encarna la convivencia, que es europeo, moderno, tolerante y progresista. Y que, aunque vote a un partido que hiede a corrupción, su identidad moralmente superior le exonera de los costes de su elección.  

La derecha ha contribuido a esta anomalía más de lo que suele admitir. Aceptó jugar en el marco moral diseñado por la izquierda. Pidió perdón de forma preventiva, renunció a disputar el relato histórico, evitó hacer reformas institucionales cuando pudo hacerlas, confundió moderación con resignación y gestión con proyecto. En definitiva, dejó intacta la gran ficción sobre la que descansa el statu quo político español: que la izquierda puede equivocarse, corromperse o abusar del poder, porque su superioridad moral es incontestable; mientras que la derecha, incluso cuando gana las elecciones, debe demostrar cada mañana que no tiene un plan oculto para regresar a las tinieblas.

La democracia española no falla únicamente por sus reglas, aunque necesiten reformas profundas. Falla sobre todo por una cultura política que convierte al partido en tribu, al adversario en enemigo, al Estado en botín y al votante en feligrés. El problema no es que haya millones de españoles de izquierdas. Eso, aunque a muchos les enerve, es normal en cualquier sociedad. La dualidad política nunca desaparecerá. El problema es que haya millones de ciudadanos dispuestos a escaquearse del juicio político cuando los suyos cruzan líneas que no perdonarían a los otros. Esa asimetría es lo que anula la principal función de la democracia: que el poder esté siempre controlado, especialmente si lo ejercen los nuestros.

Así pues, el misterio no está en que el PSOE conserve votantes. Todo partido sistémico tiene un suelo. El misterio está en que ese suelo sea tan enfermizamente resistente a la evidencia, tan impermeable al escándalo y tan refractario a exigir responsabilidades cuando las faltas, abusos o delitos no son imputables al adversario. Ahí radica la anomalía española: en que buena parte del electorado ha sido programado para confundir democracia con supremacía moral. Mientras eso no cambie, España podrá alternar gobiernos, celebrar elecciones y llenar las tertulias con opinadores indignados, pero seguirá arrastrando el mismo grave problema: no tener ciudadanos vigilando al poder, sino forofos entregados a los colores de su equipo.

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