The Objective
Jaime Mayor Oreja

Qué le ha pasado y le está pasando a España

«ETA se convierte en el aliado más fiel y seguro, el socialismo español se hace irreconocible»

Opinión
Qué le ha pasado y le está pasando a España

Ilustración de Alejandra Svriz.

Que España padece hoy la que sin duda constituye la mayor crisis política e institucional de nuestra época, no cabe duda; no creo que nadie lo cuestione. Nuestro país vive el peor momento desde que, a la muerte de Franco, hicimos la transición y alcanzamos la democracia y el régimen de libertades. ¿Cuáles han sido las decisiones políticas que nos han llevado a la mayor crisis institucional de nuestra democracia? ¿Dónde se encuentran las causas profundas? ¿De dónde viene toda esta caída en barrena, este desmoronarse del sistema de convivencia democrática? Lo que voy a exponer a continuación no pretende ser un recorrido histórico de carácter exhaustivo -no es este el lugar- sino una síntesis, un análisis, un diagnóstico de lo que nos ha pasado y de lo que estamos padeciendo en la actualidad.

La síntesis de la síntesis de la crónica de las últimas décadas de nuestra vida política es que ha estado presidida por dos miedos, tres treguas trampa, tres fechas relevantes, dos metamorfosis, esto es, transformaciones de su naturaleza en dos proyectos, dos vanguardias y tres mentiras clamorosas. Pero, previamente a esta síntesis, me van a permitir un breve prólogo para comprenderlo mejor.

ETA, un proyecto político y social cuya naturaleza nunca se ha comprendido del todo, es la peor expresión de la peor España: la España de los garrotazos de Goya, la España de las cunetas, de la España negra, del rencor y del odio almacenado de las guerras civiles, de la ignorancia. No solo han matado y deshecho familias, sino que han pulverizado y destrozado sus propias vidas.

ETA marcó una etapa de nuestra historia en la que el crimen fue determinante, mientras que para el resto de Occidente y Europa los distintos proyectos terroristas fueron simplemente una amenaza. El crimen determinó exageradamente el devenir de nuestra democracia en estas últimas décadas.

La mentira y los relatos fueron acompañando al crimen hasta un momento en que este fue reemplazado por la mentira. Se asociaron ambos: el crimen, determinante del pasado reciente, con la mentira de un presente trágico, aquella que se instaló en España tras el atentado del 11-M, cuando se propagó con éxito la idea de que «España no se merece un Gobierno que miente». Un relato, esto es, una media verdad: la peor de las mentiras.

Dos miedos

El primero surgió tras los acontecimientos de julio de 1997 y el espíritu de Ermua, que el PNV experimentó de manera singular.  La violencia terrorista había dopado al nacionalismo. El dopaje constituye un uso ilegal y prohibido mediante el cual un deportista, un corredor, adquiere una ventaja respecto de su competidor; en este caso, de quienes defendían España. En consecuencia, 150.000 vascos fueron abandonando el País Vasco. ETA expulsó del censo vasco a buena parte de los no nacionalistas y el nacionalismo pudo garantizarse, con esa limpieza ideológica, la hegemonía política del País Vasco. 

Los llamados nacionalistas violentos de ETA sacudían el árbol, mientras que los nacionalistas —mal llamados moderados—, tanto en el País Vasco como en Cataluña, recogían las nueces del poder. El PNV entró en pánico cuando emergieron las manos blancas, el Foro de Ermua, ¡Basta Ya! y los movimientos sociales tras la liberación de Ortega Lara y el asesinato, a cámara lenta, de Miguel Ángel Blanco. El PNV temió perder su hegemonía político-social. Creyeron que la reacción espontánea y rotunda de la sociedad española en general y de la vasca en particular, especialmente de los jóvenes, les colocaba por primera vez ante un fenómeno fuera de control. Y temieron que España, la democracia, el Estado de derecho y la libertad pusieran en riesgo no solo el fenómeno terrorista, sino también al movimiento nacionalista, esto es, al nacionalismo. El segundo miedo afectó al Partido Socialista español y arrancó en el momento en que el Partido Popular, la derecha española, obtuvo la mayoría absoluta en marzo del año 2000.

La primera victoria del Partido Popular en 1996 era aceptada por los socialistas españoles por dos razones. En primer lugar, porque era lógica tras el desgaste de catorce años de Felipe González y, sobre todo, porque se trataba de una minoría relativa similar a la que la Unión de Centro Democrático (UCD) había obtenido en 1977 y 1979. Pero en la segunda, en el 2000, se producía por primera vez en la democracia española —tanto en la actual como en la de la Segunda República— que un único partido político de la derecha española obtenía la mayoría absoluta.

Además, ese miedo se acrecentó cuando se vislumbró en el horizonte la posibilidad de que una alternativa al nacionalismo vasco, liderada por un dirigente de la derecha española como yo, y con el apoyo del secretario general del socialismo vasco, Nicolás Redondo, pudiera gobernar el País Vasco.

Se repetía así la reacción del Partido Socialista cuando la derecha ganó las elecciones de 1933, singularmente cuando la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) entró en el Gobierno. Llegaron entonces la Revolución de Asturias, la proclamación en Cataluña de una república al año siguiente y, posteriormente, el Frente Popular.

El miedo les llevó a definir y plantear una segunda transición, esta vez auténticamente de izquierdas, que exigía un acuerdo con ETA, un final negociado con ETA, un mal llamado proceso de paz, un proyecto de resolución de conflictos, porque era la única manera de darle credibilidad y validez.

ETA había constituido el único enemigo de la primera y única transición, por lo que, para poder llevar a efecto la segunda, era indispensable un proceso en el que participara la referida organización. El libro El futuro no es lo que era, escrito por Felipe González y Juan Luis Cebrián y publicado en el año 2002, constituye una expresión escrita de esta voluntad y de este proyecto.

El expresidente Rodríguez Zapatero, cuando llegó al poder tras el atentado del 11 de marzo de 2004 —cuyo objetivo fue cambiar la historia y el rumbo de España, como se ha confirmado—, fue el encargado de comenzar formalmente la ejecución material de esta segunda transición, aplaudida y apoyada, como era lógico, por el nacionalismo tanto vasco como catalán.

Dos miedos, de naturaleza diferente y con objetivos distintos, se entrelazaron, se asociaron y dieron lugar a un proceso nuevo dentro del estricto movimiento nacionalista.

Tres treguas trampa

Dos miedos que fueron acompañados, en este periodo —desde finales de los noventa hasta la primera década de los 2000—, por tres treguas trampa. La primera se escenificó en el Pacto de Estella el 16 de septiembre de 1998, un año después de la liberación de Ortega Lara, del asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco y de la reacción social que se produjo en el seno de la sociedad vasca. ETA quería pactar un proceso de estas características con nuestro Gobierno, pero, al cerrarse esa posibilidad —lo hice personalmente en nombre del Gobierno tanto con la comunidad de San Egidio como con la Fundación Carter—, no tuvieron más remedio que hacerlo con el PNV, a quien pretendían reemplazar y sustituir en el poder.

Pero la tregua, calificada como indefinida, era la consecuencia de una causa. La causa, de la que nos olvidamos con carácter general, era el compromiso formal y por escrito, a través de todas las estructuras territoriales del PNV, de transformar la autodeterminación del País Vasco en un objetivo no solo genérico y lejano, sino inmediato y programático. Por lo tanto, la trampa que escondía esa tregua era precisamente la causa de la autodeterminación.

La segunda tregua, que, por supuesto, también merece el calificativo de trampa, se escenificó en enero de 2004 entre ETA y Esquerra Republicana de Cataluña (ERC). La consecuencia fue la tregua para Cataluña, que nunca se ha roto, a diferencia de la anterior. Pero la causa del acuerdo fue el compromiso de ERC con la autodeterminación, en los mismos términos que el PNV.

La tercera tregua trampa se produjo a partir del año 2004. No tiene una fecha determinada, como las escenificadas en Estella y Perpiñán, porque lo que se pactó fue un proceso tutelado por la Fundación Henri Dunant, no la autodeterminación.

Por supuesto, ello no significó la derrota de ETA, tal y como el relato oficial y políticamente correcto ha reiterado de manera falaz, sino que el precio político que se pagó fue un proceso de final incierto, en el que algunos buscaban la autodeterminación y todos buscaban la segunda transición: otra España, irreconocible, más basada en la confederación que en cualquier otra forma política, ya fuera el Estado de las autonomías o un régimen federal, que obviamente detestan los nacionalistas.

Tres fechas determinantes: hitos del proceso

Dos miedos de los partidos demócratas, tres treguas trampa de los terroristas y tres fechas que son hitos de un proceso que nunca hay que olvidar y que tienen la impronta de ETA. El 16 de septiembre de 1998: un cese indefinido de ETA, un año después de Ermua. El 20 de octubre de 2011 el cese definitivo, consecuencia del pacto con Rodríguez Zapatero un mes antes de las elecciones generales de 2001. El 4 de mayo de 2018: ETA anunció la disolución de la organización terrorista, tres semanas antes de la presentación de la moción de censura por parte de Sánchez contra el Gobierno de Mariano Rajoy. Tratándose del proyecto de ETA, podría decirse que ese anuncio fue el pistoletazo de salida de la moción de censura. 

Cada fecha tiene una razón de ser y constituye la confirmación de la existencia de un proceso pactado y tutelado por la Fundación Dunant. Con el tiempo transcurrido, es evidente que la opacidad del proceso era necesaria, absolutamente indispensable, porque suponía una cesión en toda regla a ETA y, por ello, era impresentable ante la sociedad española. Los engaños, los fraudes, los planes inconfesables se idean y maquinan siempre entre tinieblas. 

Pero el anuncio del cese definitivo de ETA en octubre de 2011 trató de ser una ayuda significativa al Partido Socialista, cuyo candidato era Alfredo Pérez Rubalcaba, que reemplazó a José Luis Rodríguez Zapatero. La finalidad era que los socialistas rentabilizaran el cese definitivo de ETA. Pero, obviamente, no fue suficiente por el desgaste que había significado para el socialismo español la aprobación de una serie de medidas económicas y sociales obligadas por las autoridades europeas. Lamentable y tristemente, la inmoralidad del proceso, especialmente su opacidad, no fue la causa de la derrota.

El proceso se detuvo en el año 2011, hizo su particular Guadiana al sumergirse en ocasiones y resurgió un mes antes de la moción de censura contra el Gobierno de Rajoy, presentada entre el 31 de mayo y el 1 de junio de aquel año. Para ello se pasó del cese definitivo a la disolución de la organización, pero, con anterioridad el PP liderado por Mariano Rajoy colaboró con el proceso afirmando que el Gobierno no pagaba precio alguno. Esto es: un paso más del blanqueamiento de ETA. El proceso pactado en el año 2004 se hizo Gobierno con Sánchez en el año 2018.

Para que ETA formara parte del Frente Popular que apoyaría la moción de censura, tenía que disolverse, y así se escenificó en Cambo-les-Bains, una localidad vascofrancesa, con la presencia muy significativa de los llamados mediadores internacionales. La confirmación de un proceso cuyas fechas escogidas por ETA son todo menos fruto de la casualidad.

Dos vanguardias

En este proceso se han producido dos vanguardias. La vanguardia del movimiento nacionalista fue ETA hasta que, en octubre del año 2011, cesó su actividad de forma definitiva.

El movimiento nacionalista fue uno, no dos: no uno vasco y otro catalán. Lo único que cambiaron fueron las vanguardias. Primero ETA y, un año después del cese definitivo, el Gobierno y las instituciones catalanas tomaron el relevo. En el año 2012, el president Mas y el secretario general de ERC firmaron un acuerdo de gobernabilidad asentado sobre el derecho de autodeterminación. El movimiento nacionalista cambió de vanguardia y el procés catalán asumió ese papel.

El procés catalán no nació ex novo; fue una variante, una fase del proceso. El proceso es un proyecto que no nace con Sánchez ni con el procés catalán. Nace con los pactos de Estella y Perpiñán, pero se formaliza con Rodríguez Zapatero en el año 2004, tras el atentado terrorista del 11 de marzo de ese año.

Dos metamorfosis

En este proceso se producen dos metamorfosis, dos transformaciones. La más significativa, la más profunda, la experimenta el socialismo español, que pasa de considerar a ETA como un adversario, un enemigo, a otorgarle un carácter radicalmente diferente. Se convierte en el aliado más fiel y seguro, especialmente cuando el proceso se hace Gobierno. El socialismo español se hace irreconocible.

Quienes se habían enfrentado dialécticamente al proceso emprendido por el Gobierno británico con el IRA se convirtieron en los más acérrimos defensores de la naturaleza de este tipo de procesos y, simplemente, lo imitaron, aunque esta vez desde la más absoluta opacidad, sin atreverse a decir a los españoles lo que estaban llevando a efecto.

La moción de censura al Gobierno de Rajoy fue un pretexto, una excusa para ocultar la realidad de que el proceso exigía hacerse Gobierno. La otra metamorfosis fue más leve y se produjo en el seno de los partidos nacionalistas, mal llamados moderados. En la primera ocasión que tuvieron, abrazaron la autodeterminación como objetivo inmediato. Fueron ellos quienes experimentaron la transformación y la metamorfosis al pactar un proceso que el Gobierno del Partido Popular había rechazado expresamente.

Se confirmó que el nacionalismo es un puente. Cuando una sociedad se abraza a ese puente y decide cruzarlo —y este es un fenómeno especialmente acusado en sociedades tradicionalistas, conservadoras y religiosas— toma una dirección de sentido único: acaba en la extrema izquierda, sin referentes permanentes, salvo el de una pseudoreligión, la liberación nacional, que sustituye a la religión real que había caracterizado a aquellas sociedades.

Tres mentiras clamorosas

El proceso, el continente del mismo, constituye una mentira. Pero si el continente está determinado por la mentira, su contenido está repleto de ellas. Algunas son clamorosas, ruidosas, que llaman especialmente la atención. Quisiera destacar tres de ellas.

En la víspera del año 2004, la consigna que presidió las declaraciones socialistas, a cuyo frente se situó Alfredo Pérez Rubalcaba, era que España no se merecía un Gobierno que mentía. Terrible paradoja, que a partir de ese momento la mentira sustituyese al crimen.

Años después, los líderes socialistas afirmaban que el PP y su Gobierno habían sido fabricantes de independentistas. Me pregunto qué culpa tenía el Partido Popular de que el miedo del socialismo le llevara a pactar con ETA.

Me pregunto también si la declaración de Rodríguez Zapatero en noviembre de 2003, cuando afirmó en un acto con Maragall, que se comprometía a defender lo que el Parlamento catalán decidiera, no fue la mejor manera de estimular el proyecto de autodeterminación.

En tercer y último lugar, se ha repetido que el Gobierno del Partido Popular hizo lo mismo que todos los gobiernos: negociar con ETA. Constituye una mentira clamorosa por dos razones. La primera de ellas, porque se rechazó el mal llamado proceso de paz cuando nos lo ofrecieron dos instituciones: la Comunidad de San Egidio, de forma expresa y directa, así como la Fundación Carter.

Y, en segundo término, porque la prueba definitiva de la existencia de una negociación con ETA es la tregua. Hubo tres, y ninguna fue pactada con nosotros. Se abrieron meros contactos e indagaciones cuando ETA acordó con el PNV la autodeterminación, que tuvo como consecuencia la tregua.

Por todo ello, la lógica del proceso tiene que culminar, y será pronto, cuando el socialismo español se vea obligado a aceptar el liderazgo político de ETA, haciendo lehendakari del País Vasco, con sus votos, al candidato de esa organización, sea cual sea el elegido. Fortalecerán la conexión y la integración de Navarra, territorio que ya controlan, en la comunidad del País Vasco. Se confirmará así la naturaleza de los mal llamados procesos de paz: «paz para la sociedad y poder para los terroristas».

Estamos viviendo todavía el espejismo de un proceso, el relato de una falsa y perversa segunda transición. No hemos tomado conciencia de sus consecuencias, pero cada día se intuyen con más claridad.  La ruptura, que había sido derrotada por la reforma que inspiró la transición democrática española y los gobiernos de Suárez, Calvo-Sotelo, Felipe González y Aznar, vuelve a gobernar España desde el año 2004.

La esperanza es la alternativa en el Gobierno de España; de ahí su necesidad imperiosa para todos los españoles. La esperanza radica en que la reversión política, social y cultural constituya una prioridad del futuro Gobierno.  Hay que saber revertir un proceso, un proyecto de ruptura puesto en marcha hace más de 20 años. No se trata simplemente de la sustitución de una sigla por otra. Es mucho más que eso. 

En el primer Gobierno de la Transición democrática, de lo que se trataba era de comenzar, de emprender un camino, pero tenía el apoyo mayoritario de los españoles. Hoy la dificultad, el reto, el desafío es que la sociedad está fracturada y hay que desandar un camino, una senda de ruptura, y que este proyecto, además, se va a actualizar en territorios como el País Vasco, Navarra y Cataluña.

El futuro del nuevo Gobierno tiene que tener una dirección inequívoca, unas prioridades, una agenda de un conjunto de decisiones que hay que saber poner en marcha desde el primer Consejo de Ministros del nuevo Gobierno. Van a necesitar grandes dosis de cohesión, de determinación, de grandeza y de visión. 

El Frente Popular que nos ha gobernado no va a desaparecer, se va a actualizar. Por ello resulta indispensable, antes que nada, tomar conciencia de lo que ha gobernado nuestro país desde hace más de 20 años para que sepamos emprender una etapa de esperanza para nuestra España.

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