César Aira y el arte de la 'nouvelle'
El escritor argentino rescata ‘La sala’, narración escrita originalmente en francés que, 30 años más tarde, vierte al español

El escritor Cesár Aira. | EP
Hay libros que carecen de una forma definitiva y canónica, del mismo modo que una canción —véase al respecto la obra de Bob Dylan— está abierta a múltiples interpretaciones y constantes variaciones, muchas de ellas muy alejadas de su origen. La literatura tiene algo de partitura: aunque estén fijados por escrito, los textos no cobran vida hasta que un lector —su intérprete— se la confiere. Si la música sucede en un instante fuera del tiempo, que siempre es presente, aunque la fecha de la composición sea milenaria, hay quien, como César Aira (1949), juega con estos mismos elementos para explorar el territorio de la ficción.
El escritor argentino, cuya trayectoria literaria comenzó con libros muy breves, publicados en editoriales diminutas e independientes, y concebidos a partir de calambres personales, acaba de publicar La sala (Random House). Un delicioso divertimento de 92 páginas escrito originalmente en francés hace tres décadas —publicado por el sello Éditions Minuit en 1996— que ahora vierte él mismo al español, su lengua materna. Se trata de un sabio ejercicio artístico que plantea dos cuestiones interesantes.
En primer lugar, el arte de la traducción, en este caso sin intermediarios, porque Aira es el autor de las dos versiones del mismo libro, que no son idénticas. Y, en segundo término, los efectos de la invención, ese ejercicio que todos hacemos cada día, incluso aunque no nos dediquemos a la escritura, en nuestra vida cotidiana. La sala es una nouvelle cuya ambición está, como suele ocurrir en el caso de Aira, escondida. Y no es poca.
La historia parece sencilla y hasta causal. Cuenta la vida de un electricista de un barrio periférico que se ha trasladado al centro de París, donde sueña con convertirse en escritor. El narrador es un hombre que sufre el desajuste, igual que el Quijote, entre lo que ven sus ojos y lo que procesa su cabeza. El lector accede desde la primera línea a sus pensamientos —la obra está escrita en primera persona— y, en consecuencia, también a la extrañeza que le provoca una realidad extraña y ambigua que es la causa de que el personaje, un artista frustrado y en crisis, transite por una ciudad que actúa como la metáfora de la enorme grieta que separa el arte de la vida.
El electricista/escritor, por supuesto, es un argentino exiliado, como tantos que, desde los años sesenta, buscaban el sueño europeo. No encuentra trabajo, su matrimonio ha naufragado y tiene —como casi todos, en mayor o menor medida— una sensación de fracaso que conjura dando largos paseos por París. Esta condición de outsider y la sensación sostenida de orfandad emocional que lo embarga —carece de dinero— lo vuelve altamente sensible ante hechos banales que, en su rumiar sonámbulo por la capital francesa, dota de un sentido delirante, consecuencia de su capacidad de invención.
Extrañeza frente a la realidad
En este deambular descubre un día un pequeño cine —la sala— donde nadie habla y al que acuden jóvenes coreanos que apenas pasan un breve instante dentro. Allí no se proyectan películas, sino fotos e imágenes de objetos funerarios, tumbas y paisajes desolados. En silencio. Sin parar. El lugar desconcierta al narrador, que elucubra sobre las razones, las causas y los azares del espectáculo, hasta caer en lo obsesivo, que es el motor esencial de la narración. La novela no da respuestas ni el narrador las obtiene.
El juego de Aira consiste en relatar las fantasías y proyecciones mentales de un sujeto que a ratos parece paranoico, pero que también pudiera tener razón en sus delirios. En esta zona de incertidumbre Aira trabaja los tonos narrativos, desde la ironía a la meditación. La imagen de los coreanos hipnotizados contemplando la sucesión de imágenes funerarias puede interpretarse como un correlato: ¿acaso no es lo que hacemos ante un mundo que no terminamos de comprender y que, sin embargo, nos fascina?
La cuestión que formula el escritor argentino en esta novela es cómo la sensación de extrañeza que tenemos frente a la realidad hace que intentemos buscar un sentido —que no siempre es el correcto— a las cosas mediante la exageración, las teorías de la conspiración o la desmesura. El cuento de Aira puede ser leído también como una reflexión acerca de la invención literaria, dado que una novela no deja de ser el intento (muchas veces estéril) de un escritor por ordenar un mundo incomprensible.
El personaje, que por supuesto no lo consigue, y que narra su historia a través de asociaciones libres de ideas, acaba degradándose hasta flirtear con ambientes criminales, perdiendo así el vínculo directo con la realidad. Toda la ficción es una larga fuga llena de efectos que evitan la linealidad narrativa. Ese es su mérito. El final queda abierto, como no podía ser de otra manera. Lo que le importa a Aira no es el desenlace. Es el viaje de la imaginación.
