'Me acuerdo': Georges Perec, el escritor que se negó a olvidar
El autor francés compone en este clásico, ahora en una nueva edición, el inventario de una singular memoria colectiva

Georges Perec.
«Me acuerdo de las guerras de almohadas». Y también: «Me acuerdo de que Lester Young en el Club Saint-Germain llevaba un traje de seda azul». Y también: «Me acuerdo del cine Les Agriculteurs, de los sillones de cuero del Caméra y de los asientos de dos plazas del Panthéon». Y también: «Me acuerdo del duelo entre el marqués de Cuevas y Serge Lifar». Y también: «Me acuerdo del pan amarillo que hubo durante algún tiempo después de la guerra»… Y así hasta 480 recuerdos de Georges Perec. Y usted, querido lector, ¿de qué se acuerda?
Me acuerdo (Impedimenta) incluye varias páginas en blanco para que anote sus propias evocaciones. Esta nueva edición de un título ya convertido en un clásico contemporáneo cuenta con varias novedades relevantes: enjundioso prólogo de Hervé Le Tellier y traducción del argentino Eduardo Berti. Ambos son miembros del OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle), el colectivo de experimentación literaria del que Perec fue figura destacada. Además, el volumen incorpora un útil aparato de notas, que ocupa la mitad del libro y explica en detalle cada uno de los recuerdos que quiso preservar Perec. Porque estas rememoraciones son fruto de un contexto, la Francia de la posguerra, y en algunos casos nos resultan hoy arcanas.
Perec publicó este cajón de sastre de sucintas evocaciones en 1978. En el origen del proyecto está una recomendación de Harry Mathews, colega en OuLiPo y su traductor al inglés. Le habló de I Remember (Me acuerdo, aquí editado por Sexto Piso), una suerte de biografía íntima en fragmentos del artista estadounidense Joe Brainard, que reunía 497 recuerdos vinculados con su infancia y su juventud en el mundillo de la bohemia neoyorquina.
Las rememoraciones de Brainard eran muy personales, mientras que Perec tomará otro camino. En la nota introductoria de su libro advierte de que «estos ʻMe acuerdoʽ no son exactamente recuerdos, y mucho menos recuerdos personales, sino pequeños retazos de lo cotidiano, de cosas que, en tal o cual año, todas las personas de una misma época vieron, vivieron, compartieron y que después desaparecieron, se olvidaron, no merecían ser memorizadas, no merecían formar parte de la Historia, ni aparecer en las Memorias de estadistas, alpinistas o monstruos sagrados. Y sin embargo a veces vuelven, años más tarde, intactas y diminutas, por casualidad o porque las buscamos una noche entre amigos (…) Algo completamente banal, arrancado milagrosamente de su insignificancia, reencontrado por un instante, y que por unos segundos suscita una pequeña nostalgia impalpable».
Se trata por tanto de un inventario de la cotidianeidad pasada, de una singular memoria colectiva. Una sucesión de secretos códigos generacionales compartidos en forma de juegos infantiles, películas, canciones, frases, sabores, productos de consumo… Todo ello presentado con el formato de un ejercicio lúdico y experimental.
Piruetas literarias
Quien se acerca por primera vez a Perec muy probablemente lo haga atraído por sus piruetas literarias vinculadas con el OuLiPo, el colectivo fundado en 1960 por Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais, al que el autor se incorporó en 1967. Los malabarismos más vistosos del autor están vinculados a las contraintes (las constricciones), que el grupo propugnaba como un modo de espolear la creatividad. Así, por ejemplo, La disparition es una novela de trama detectivesca sobre una desaparición, que resulta ser la de la letra e, la vocal más habitual en francés. En sus páginas no aparece ni una sola palabra que la contenga. Sus traducciones son endiabladas cabriolas de mérito parejo: la española, El secuestro (realizada por un colectivo de traductores y publicada por Anagrama) acepta el envite y, para igualar el reto, la vocal que se prohíbe utilizar es la a, la más común en castellano.
En un más difícil todavía, Perec escribió a continuación una segunda novela con el enloquecido planteamiento inverso. En Les revenentes la única vocal presente en todas sus palabras es la e (con alguna pequeña licencia). Aquí cualquier tentativa de traducción fue ya imposible. Son solo dos ejemplos de las alquimias perequianas, que se mueven entre la genialidad y la chifladura, y cuya culminación será La vida instrucciones de uso, monumental novela-edificio, poblada por personajes-inquilinos, que contiene infinitas tramas y subtramas en forma de puzle y muñeca rusa.
Sin embargo, hay otro aspecto esencial en la obra de Perec, sin el que no se entiende su propuesta literaria: la memoria. El empeño de levantar acta, crear listados e inventarios, cartografiar minuciosamente escenarios urbanos. Como un modo —entre obsesivo, fútil y poético— de luchar contra el olvido. Son muestra de ello: Me acuerdo; Tentativa de agotar un lugar parisino, meticulosa descripción de lo observado en sucesivas visitas a la parisina Place Saint-Sulpice; Especies de espacios, minucioso catálogo de escenarios, y La cámara oscura: 124 sueños, que acumula los sueños anotados durante varios años. También W o el recuerdo de la infancia, brillante ejercicio que entrecruza dos formas de memoria: la reconstrucción autobiográfica de los primeros años del escritor y el rescate de un texto primerizo de aquel entonces.
Este último libro formaba parte de un proyecto faraónico que le anunció a su editor Maurice Nadeau en una carta escrita el 7 de julio de 1969, en la que le hablaba de «un vasto conjunto autobiográfico que se articula en cuatro libros». De los cuatro que tenía en mente, dos los abandonó muy rápido, consiguió terminar W o el recuerdo de la infancia, y el cuarto y más ambicioso, Lugares, embarrancó por el camino. El año pasado Anagrama publicó la reconstrucción de este proyecto de dimensiones colosales —más de 800 páginas— que dejó incompleto al fallecer de un cáncer en 1982, con solo 45 años. Para llevarlo a cabo, Perec había elegido 12 lugares parisinos con los que tenía algún tipo de vinculación personal y se proponía retratarlos a razón de una visita por año a cada uno de ellos, a lo largo de 12 años, siguiendo un preciso esquema matemático. En cada ocasión los retrataría por duplicado: una descripción minuciosa in situ y una evocación como recuerdo.
Pérdida de los padres
Varios de los espacios que había elegido para Lugares estaban vinculados con una reciente ruptura sentimental: la historia de amor vivida en la residencia de artistas de Moulin d’André con su fundadora, Suzanne Lipinska. Sin embargo, hay otro escenario, la rue Vilin, que está conectado con su infancia y aparece en otras obras suyas. La rue Vilin es de algún modo el origen de su vocación literaria y de su obsesión por recuperar la memoria. Allí confluyeron la memoria personal y la colectiva, vinculada con la condición de judío del autor.
En la rue Vilin vivió de niño con sus padres, judíos polacos que habían emigrado a París. La madre tenía allí una peluquería de cuyo cartel todavía quedaban vestigios cuando el escritor volvió a ella para escribir Lugares. Al estallar la guerra, su padre se alistó voluntario para combatir a los nazis y murió en el frente. La madre, consciente de lo que se avecinaba, puso a su hijo a salvo mandándolo en un tren de la Cruz Roja a un lugar más seguro. Esa decisión le salvó la vida, que ella perdió tiempo después en Auschwitz, como otros miembros de la familia.
Más allá de los juegos y las deliciosas piruetas literarias, hay en la literatura de Perec una herida inicial —la de la Shoah, la del intento de hacer desaparecer a un pueblo entero— que es el motor de toda su obra. El mundo de la infancia que se le arrebató y la pérdida de sus padres es lo que explica la obsesión por la preservación de la memoria mediante listas y acumulación de datos. En Perec toda la escritura empieza con la herida de la marcha forzada de la rue Vilin. En Lugares escribió: «No quiero olvidar. Tal vez este sea el eje central de este libro: conservar intactos, repetir año tras año los mismos recuerdos, rememorar las mismas caras, los mismos acontecimientos minúsculos, reunir todo ello en una memoria suprema y demencial».
