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Literatura

Centenario de Rainer Maria Rilke, el poeta de la belleza terrible

Llega a las librerías una nueva traducción de los ‘Sonetos a Orfeo’ a cargo de Adán Kovacsis y Andreu Jaume

Centenario de Rainer Maria Rilke, el poeta de la belleza terrible

El poeta austríaco Rainer Maria Rilke.

«No todas las cosas se pueden comprender y decir en la medida en que suelen querer hacernos creer; la mayoría de los hechos son inefables y se verifican en un espacio en el que jamás ha penetrado palabra alguna» le escribe Rainer Maria Rilke el 17 de febrero de 1903 al cadete Franz Xaver Kappus, que le ha pedido consejo como aprendiz en las lides poéticas. Kappus, el destinatario de las conocidas como Cartas a un joven poeta, no llegó a consagrarse como tal, pero facilitó que Rilke sintetizase sus ideas sobre la poesía en esta correspondencia. En este fragmento le está explicando la imposibilidad de que una crítica logre penetrar en el verdadero sentido de un poema, porque «lo más inefable que existe son las obras de arte, existencias misteriosas cuya vida perdura junto a las nuestras, que son perecederas». A esta indagación en lo inefable dedicó su obra poética, en la que explora ese espacio en el que jamás ha penetrado palabra alguna.

Rilke, del que se cumple este año el centenario de su fallecimiento, se adentró en el enigma de la existencia humana no con los instrumentos del razonamiento filosófico sino con las intuiciones poéticas. Y forjó en su obra cumbre, las Elegías de Duino, un intrincado sistema de símbolos -el ángel, el niño, los amantes, los animales sintientes, el héroe que muere joven, los saltimbanquis, el espejo, el árbol, el viento, la rosa y las fuentes- que desde su hermetismo iluminan. Las elegías tuvieron su prolongación en los Sonetos a Orfeo, de los que, coincidiendo con el aniversario, llega a las librerías una nueva traducción a cargo de Adán Kovacsis y Andreu Jaume, publicada por Lumen y que incorpora varias cartas inéditas en castellano relacionadas con la composición de esta obra.

Rainer Maria Rilke consagró su corta vida —falleció en 1926, con solo 51 años, de leucemia— a la creación poética, anteponiéndola a las relaciones familiares y personales, que sacrificó a conveniencia según sus necesidades creativas. Cursó estudios de manera algo errática, solo fugazmente tuvo algo semejante a un trabajo normal y llevó una vida viajera, alojándose en castillos y mansiones palaciegas de amigas y mecenas. Su trayectoria se puede dividir en varias etapas, vinculadas con determinados lugares y personas.

Nacido en Praga en 1875, no fue tanto un poeta checo como europeo. De entrada, un checo que escribía en alemán, como Kafka, Franz Werfel y otros, porque en tiempos del Imperio Austrohúngaro, en la capital del Reino de Bohemia la lengua culta, que utilizaban los funcionarios imperiales, las élites socioeconómicas y la comunidad judía era el alemán. Un alemán singular, alejado de la matriz de Viena y Berlín, y rodeado por el checo que hablaban las clases populares y los campesinos. Dos idiomas: el alemán culto de Rilke y Kafka frente al checo popular de Jaroslav Hašek, escritor tabernario y satírico, autor de Las aventuras del valeroso soldado Schwejk.

El futuro poeta amó a su padre y detestó con encono a su madre. En Praga, en sus años de formación, pasó por una academia militar, que después describió como «un abecedario del horror» (su coetáneo Robert Musil desgranó experiencias similares en su novela Las tribulaciones del estudiante Törless). Rilke se marchó de la ciudad siendo joven y volvió en muy contadas ocasiones, como el entierro de su padre. Tras algunas tempranas obras juveniles, alcanza un primer atisbo de madurez con El libro de las horas, dividido en tres entregas publicadas entre 1899 y 1903. Uno de los poemas de este ciclo dice: «¿Qué será de ti, Dios, cuando yo muera?/Yo soy tu jarra: ¿cuándo me haga añicos?/Soy tu bebida: ¿cuándo me corrompa?/Yo soy tu atuendo, yo soy tu oficio,/sin mí careces de sentido».

Viajes a Rusia

Esta etapa está marcada por la relación con Lou Andreas Salomé —14 años mayor que él, discípula de Freud y casada con el orientalista Frederich Carl Andreas—, que adopta la posición de amante, madre y mentora del joven poeta. Rilke la conoció en Múnich en 1897 y con ella realizó dos viajes a Rusia, que ejercieron una gran influencia en la escritura de El libro de las horas

De regreso del segundo viaje a Rusia en 1900 conoce a la pintora Paula Modersohn-Becker y a la escultora Clara Westhoff, con la que se casa en 1901 y tiene una hija, Ruth. A través de ellas entra en contacto con la colonia de artistas del pequeño pueblo de Worpswede, en el norte de Alemania, cerca de Bremen. El vínculo con estos creadores plásticos provocará una transformación en su poesía, que entra en una nueva etapa, la de los llamados «poemas-cosa» o «poemas-objeto». Replicando el arte visual de los pintores, se centran en reflejar el mundo material, el mundo visto.

A este periodo corresponden las obras El libro de las imágenes y las dos entregas de los Nuevos poemas. Incluyen piezas fundamentales como Autorretrato del año 1906, Bailarina española, La pantera y sobre todo Torso arcaico de Apolo, en el que la obra de arte mira al espectador que la contempla. Y el poema concluye con estos versos atronadores y admonitorios: «Pues no hay en ella un punto/que no te vea. Has de cambiar de vida».

De los artistas de Worpswede hoy solo se acuerdan los manuales de historia del arte alemán. Con la excepción de Paula Modersohn-Becker, a la que entonces su marido pintor y los colegas de este consideraban poco más que una amateur, pero hoy es admirada por sus tanteos preexpresionistas en lienzos como su portentoso autorretrato embarazada. La artista falleció con solo 31 años por complicaciones postparto tras dar a luz a su hija y Rilke le dedicó el sentido Requiem por una amiga.

Relación con Rodin y Zuloaga

A Clara y a su hija no tardó en abandonarlas para trasladarse a París, en dos estancias sucesivas. Primero con la intención de escribir un ensayo sobre Rodin, que para él representaba al artista total. Después para convertirse en secretario del escultor, un trabajo en el que duró tan solo ocho meses. Fue despedido de forma fulminante cuando Rodin se enteró de que, con la intención de agilizar la correspondencia con sus admiradores y amigos, Rilke había escrito y firmado por él varias cartas. A la admiración por Rodin se une en este periodo el trato con el pintor español residente en París Ignacio Zuloaga y el interés por Cezanne.

Años más tarde también mostraría interés por Vilhelm Hammershøi, del que hay en estos momentos una exposición en la Thyssen. Rilke quedó obnubilado por su pintura y le escribió tres cartas a su mecenas Alfred Bramsen para que, en un viaje a Copenhague, le permitiera contemplar con detalle los lienzos que atesoraba. En una de las misivas, el poeta afirma que los cuadros de este pintor representan «lo que es importante y esencial en el arte».

Los años parisinos, marcados por el desasosiego, producen su más importante obra en prosa: Los apuntes de Malte Laurids Brigge. Llamarla novela es un error, porque pertenece a un género híbrido, y considerar al protagonista un alter ego de Rilke es excesivo. Es una obra bisagra, que abre el camino a la plenitud de su poesía de madurez. En ella asoman temas cruciales como el de la identidad quebrada y el de la comunión de los vivos y los muertos. Su arranque, con la llegada del protagonista a París, es estremecedor: «De modo que aquí es donde viene a vivir la gente. Yo más bien diría que es un lugar para morir».

A la crisis existencial que expresa este libro le sigue una crisis creativa, hasta el punto de que Rilke teme no volver a escribir jamás. La inspiración regresa en un arrebato de inspiración en una fecha legendaria para la historia de la poesía: el 21 de enero de 1912. Lo cuenta su anfitriona, la princesa Marie von Thurn und Taxis, que lo acogió como huésped en el castillo de Duino, frente a Trieste, en el librito Recuerdos de Rainer Maria Rilke. Esa mañana «soplaba una recia bora, pero brillaba el sol, y el mar refulgía azul, como salpicado de plata. Rilke bajó a los bastiones, que vistos desde el mar, se levantaban a este y oeste, y se comunicaban por un estrecho sendero al pie del castillo. Allí el acantilado se alzaba a pico a unos doscientos pies de altura sobre el mar. Rilke andaba de un lado para otro, sumido en sus pensamientos (…). Y en eso, de pronto, en medio de sus cavilaciones, se detuvo de repente, pues le pareció como si, en el fragor del vendaval, una voz le hubiera gritado: ʻ¿Quién, si yo gritara, me oiría desde las jerarquías de los ángeles?’»

Estancias en Toledo y Ronda

Es el primer verso de la primera elegía. La composición de las diez que constituyen el libro se prolongará durante una década. Pone el punto final el 11 de febrero de 1922 y escribe dos cartas exultantes: una a Lou y otra a la princesa.

Entre medio, diversos viajes, entre ellos dos estancias fundamentales en España: en Toledo, donde descubre a El Greco, y en Ronda, donde escribe una de las elegías. Y también se cruza en su camino una guerra mundial, para la que el poeta es reclutado, aunque lo licencian en seguida, gracias a los hilos que mueve uno de sus mecenas.

Las elegías son una catedral de la poesía del siglo XX. Su tema central es la incapacidad del ser humano para vivir de forma armónica en el mundo. A diferencia de otros seres, como el niño o el animal. El animal vive en el presente, fluye con la vida, y por eso está «libre de muerte», mientras que «nuestros ojos están vueltos del revés», habitamos desasosegados el «mundo interpretado» y «no tenemos nunca, ni siquiera un solo día, el espacio puro ante nosotros», dice en la octava elegía.

Al lento proceso creativo de las Elegías de Duino le seguirá, a modo de un último regalo de las musas, la febril escritura de los 55 poemas que componen los Sonetos a Orfeo. Los completa en apenas tres semanas de febrero de 1922 y están «escritos como monumento funerario a Werra Ouckama Knoop», una joven bailarina, amiga del poeta, fallecida con solo 19 años de leucemia. Crea esta obra en su última residencia, el pequeño Château de Muzot, en el cantón suizo del Valais, que ha comprado para él su mecenas Werner Reinhardt, comerciante y clarinetista aficionado.

Si las elegías arrancan con el desasosiego del ser humano –«Porque lo bello no es más que el comienzo de lo terrible, justo lo que todavía podemos soportar»– y transitan hacia la salvación o aceptación, los Sonetos a Orfeo son una prolongación del ciclo. La composición que cierra el libro concluye así: «Y si lo terrestre te ha olvidado,/ dile a la tierra callada: me deslizo./ Dile al agua veloz: soy».

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