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Literatura

'Tras mi rastro', Gregor von Rezzori evoca su vida en el convulso siglo XX

El escritor, nacido en el Imperio Austrohúngaro, relata en sus memorias los avatares de una Europa desaparecida

‘Tras mi rastro’, Gregor von Rezzori evoca su vida en el convulso siglo XX

Portada de ‘Tras mi rastro’, de Gregor von Rezzori.

Nació un par de meses antes de que estallara la guerra que desmoronó un imperio. Siempre escribió en alemán, pero por los avatares de la historia fue primero austrohúngaro, después rumano y después soviético. Aunque cuando llegó esto último, ya era un apátrida, que acabó instalado en la Toscana. Antes pasó por Viena, Bucarest, Berlín, París, Roma… Hablamos de Gregor von Rezzori, nacido en 1914 en Czernowitz (también ciudad natal del poeta Paul Celan), en la Bukovina, una región en los confines del Imperio austrohúngaro. La ciudad, centro cultural y conocida como «la pequeña Viena», formó después parte del Reino de Rumanía, de la Unión Soviética y en la actualidad de Ucrania.

Von Rezzori falleció en Donnini, un pueblo de la Toscana, en 1998, de modo que su vida recorre el siglo XX. La repasa en sus memorias, Tras mi rastro (De Conatus), el último de sus grandes libros que quedaba por traducirse al castellano. El escritor, de ascendencia aristocrática, transitó por una Europa de fronteras cambiantes. Fue un dandi, un seductor, un pícaro, un vividor, un hombre de mundo y de múltiples oficios. Y además, un escritor de prosa sofisticada, mirada punzante y malévola ironía. Un lúcido testigo de su siglo.

Pese a su talento, le costó formar parte del canon y fue visto como una figura excéntrica. Acaso porque llegó tarde. Su obra emerge de ese artefacto político que fue el Imperio austrohúngaro y de su derrumbe. Esa Europa ya desaparecida tuvo grandes cronistas que la vivieron de lleno —Karl Kraus, Joseph Roth, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Robert Musil, Hermann Broch, Hugo von Hofmannsthal, Franz Werfel…—. Los dos epígonos fueron Elias Canetti y, el más rezagado de todos, Gregor Von Rezzori. Este último nació cuando ya estaban empezando a apagarse las luces y narró la descomposición de la Mitteleuropa de principios del pasado siglo y el convulso mundo resultante, que desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

La cumbre literaria de Von Rezzori es la llamada Gran Trilogía, que componen Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita y Flores en la nieve (publicadas por separado y reunidas en un volumen por Anagrama). Le sigue muy de cerca el díptico que forman La muerte de mi hermano Abel y Caín. El último manuscrito (ambas editadas por Sexto Piso). Estas dos últimas, al igual que otras obras del autor publicadas por Sexto Piso, están traducidas por el cubano José Aníbal Campos, el gran especialista en Von Rezzori en nuestro país, también responsable de verter al castellano estas memorias que acaban de aparecer.

Toda la narrativa de este escritor está impregnada de vivencias autobiográficas, que ya aparecían sin el velo de la ficción en Flores en la nieve. En ese bellísimo libro, la evocación de su pasado se hacía a través de personas interpuestas. Cada capítulo estaba dedicado a una figura importante en sus primeros años de vida. En Tras mi rastro, publicado originalmente en 1997, un año antes de su fallecimiento, Von Rezzori habla por fin de sí mismo sin los ardides de la ficción ni el uso de figuras interpuestas.

Estallido de la guerra mundial

Aborda el autor su infancia con su aristocrática familia en los confines del imperio, donde su padre había sido destinado como funcionario; y la adolescencia y juventud vienesa, donde ejercía de dandy mientras su hermana permanecía postrada, gravemente enferma, con un tumor detrás de la oreja que no paraba de crecer. De Viena pasó a Berlín y allí vio desplegarse la Historia ante sus ojos. Fue testigo de cómo iba germinando la ponzoña que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial: «La época fluía. Eso lo sentía físicamente, sentía que todos sentían lo mismo que yo. La época fluía hacia un acontecer que todos conocían. Lo único no previsible era cuándo acontecería. Pero qué acontecería, eso era seguro. La impaciencia colectiva tenía a todos en un puño. Nadie deseaba la llegada de ese acontecimiento, pero todos estaban hartos de esperarlo. Tenía que suceder, su hora llegaría por fin. (…) Las noticias llegaban a intervalos regulares a través de los altavoces siempre encendidos. Noticias horrendas de territorios polacos que, supuestamente, eran alemanes. Amenazas. Habló el Führer. Habló el doctor Goebbels. Se oyó una música atronadora. Wagner…»

Pasó la guerra sin ser reclutado, salvado por el limbo legal y el laberinto burocrático asociados a su pasaporte rumano y su ascendencia germánica. Sobre la guerra apunta: «Habían sucedido muchas cosas desde septiembre de 1939, la mayoría de ellas para convertir en cínico a un arcángel. Sobre todo en un caso como el mío, alguien que ya traía cierta predisposición al cinismo (…) Nadie veía ya el sentido de todo aquello, ni siquiera lo buscaba».

Sufrió los bombardeos aliados sobre Alemania: «Entonces empezaron a caer bombas sobre Berlín. Al principio fueron pocas, pero pronto el aire de Berlín incrementó su contenido en metales ferrosos». Acabada la guerra, cubrió como periodista radiofónico los juicios de Núremberg, de los que da una interesante visión, centrada en el choque de legitimidades que se produjo. Mientras tanto, había iniciado su carrera de escritor y en estas memorias retrata al editor Ernst Rowohlt (y más adelante, en su etapa italiana, a Giacomo Feltrinelli). Von Rezzori publicó su primer libro en plena guerra, en 1940, pero encontró su voz con el quinto, Edipo en Stalingrado, aparecido en 1954 (hay edición española en Sexto Piso).

Entre sus muchos oficios, ejerció de cuidador de caballos, fue ilustrador, articulista y guionista y actor de cine. Escribió el guion de varias películas alemanas y participó como actor en producciones internacionales. Sus dos apariciones estelares fueron en papeles secundarios en Una vida privada y ¡Viva María!, ambas de Louis Malle y ambas protagonizadas con Brigitte Bardot. En el reparto de Una vida privada también figuraba Marcello Mastroianni; «a él debo haber comprendido ciertos misterios de la ironía italiana, tan despojada de malicia».

Con Brigitte Bardot y Jeanne Moreau

Sobre el rodaje de ¡Viva María! en México escribió un libro-reportaje ¡Viva María!, Los muertos a sus lugares, que aquí publicó en su día Seix Barral, pero es hoy inencontrable. Con Bardot tuvo sus más y sus menos, porque durante este rodaje él se hizo amigo de su compañera de reparto y rival Jeanne Moreau. De ella cuenta con indiscreción Von Rezzori que «Jeanne no ocultaba en absoluto su condición de promiscua, al contrario. Parecía divertirle presentarse en un estado de soberano libertinaje, mientras que Brigitte, la supuesta asesina de hombres, se mantenía fiel a su Bob, en una actitud casi pequeñoburguesa».

También él tuvo una vida amorosa agitada, que asoma en el libro, por ejemplo en la turbulenta relación con una modelo americana llamada Gloria en sus años parisinos. En Italia encontraría el sosiego con la aristócrata y experta en arte Beatrice Monti Della Corte, con la que vivió sus felices años finales. En Italia frecuentó a intelectuales como Indro Montanelli y Federico Zeri, y a la jet set aristocrática. Y acudió a veladas como las que organizaba Balthus en la Villa Medici: «Allí el artista ofrecía las más exquisitas cenas, en las que la variedad de damas era también selecta. Los príncipes romanos me enseñaron un italiano que asombraba por su vulgaridad a los propietarios de mis trattorias habituales en el Trastévere».

Superviviente de una Europa desaparecida y perspicaz cronista de su siglo, en estas exquisitas memorias Gregor Von Rezzori declara que Cervantes fue uno de sus modelos literarios. Claudio Magris, amigo y admirador, destaca de él en un artículo incluido en el volumen Alfabetos «la incrédula sabiduría de quien no se toma muy en serio el mundo y sobre todo a sí mismo, la resuelta melancolía de quien vive en lo inauténtico y sabe, a veces, expresarlo. Afable, despreocupado y distante, Grisha (así lo llamaban sus íntimos) disimulaba su inteligencia en lugar de airearla».

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