Walter Benjamin, según el duque (consorte) de Alba
Taurus rescata la mítica antología de los textos del pensador junto a los cuatro prólogos y a la traducción de Jesús Aguirre

Walter Benjamin.
Sostenía Juan Ramón (Jiménez), y acostumbra a repetirlo Andrés Trapiello, que ha hecho suya la frase, que «en edición diferente los libros dicen cosas distintas». Es verdad. Acaso por eso, con independencia de la calidad que tenga una obra literaria, que es un debate distinto y, por fortuna, infinito, hay determinadas versiones de los libros que adquieren la condición de sagradas, que no es exactamente lo mismo que la naturaleza canónica. Entre las primeras acostumbra a citarse el manuscrito del autor –que es y no es un libro–, la prueba de trabajo de los impresores y la edición princeps, la primera impresa de cualquier obra y, en ciertos casos, la que adquiere (ante la ausencia de las primeras) la condición de histórica. Son objeto de culto para los bibliófilos y un tesoro para los bibliómanos.
Existen, sin embargo, otras ediciones, ajenas a esta condición germinal, que se tornan míticas no tanto por ser el origen material de una obra de arte cuanto por fijar y difundir –más y mejor– un determinado libro. Por recurrir al fértil símil evangélico, son los nobles y viejos vinos de la literatura –o el pensamiento– que se vuelcan en odres nuevos. Versiones que, sin ser las originales, ni objetos de adoración arqueológica, han logrado multiplicar la trascendencia de una obra. Entre ellas figura la edición, en cuatro tomos, de las Iluminaciones de Walter Benjamin que Taurus publicó en español a comienzos de la década de los años setenta.
Se trata de una versión memorable, en el sentido material y simbólico, que el sello que ahora dirige Miguel Aguilar, recupera dentro de su colección de Clásicos Radicales, con un prólogo para la ocasión de Jordi Ibáñez Fanés, profesor de la Universidad Pompeu Fabra, pero alumbrando de nuevo las introducciones, brillantes y categóricas, que escribiera Jesús Aguirre, entonces director de Taurus, además de traductor, para las cuatro entregas de estos ensayos. Iluminaciones es una antología con los estudios culturales y literarios esenciales de Benjamin. Y el primer libro que se publicó en España de su obra –en Argentina había salido cuatro años antes otra selección a cargo de Héctor Álvarez Murena– y cuya dispersión y recepción analiza in extenso Ibáñez Fanés en esta reedición.
El día de su muerte en Portbou, con apenas 48 años de edad, Benjamin había publicado cuatro libros: su Crítica del arte durante el romanticismo alemán (1920), que era su tesis doctoral; una tesina acerca del drama barroco germánico (1928), Calle de dirección única y Alemanes, una colección de correspondencias del siglo XIX, que decidió dar a la imprenta con un pseudónimo (Detlef Holz). Había difundido artículos y ensayos en periódicos y revistas y traducido a Proust y Baudelaire, pero el grueso de sus escritos, que Abada Editores viene reuniendo desde 2006 en sus Obras Completas, estaba inédito. Era la parte sumergida de un colosal iceberg.
Hasta 1955 los ensayos de Benjamin eran inaccesibles, salvo en librerías de lance o en los fondos de amigos y coleccionistas. Fue Hannah Arendt quien publicaría en 1968 un primer volumen con el título de Iluminaciones (en inglés) en Estados Unidos. En España, Edhasa editó en 1971 con un título distinto –Angelus Novus– la traducción (argentina) de Murena, de forma que Aguirre, en términos estrictos, es el primer traductor en castellano de Benjamin, tarea a la que después se sumarían el profesor Jordi Llovet y Roberto Blatt, que sucedería al cura Aguirre, antes de adquirir la milagrosa condición de duque (consorte) y padecer la famosa jaqueca de los Alba, en el cuarto volumen de Taurus, que no salió al mercado hasta los noventa, dos décadas después de la primera entrega.
Bitácora de la modernidad
Para quien no conozca a Walter Benjamin –cosa imposible en el caso de un lector culto– o sencillamente tenga un conocimiento limitado y superficial de su perfil intelectual, esta antología es la bitácora perfecta. Aquí está el Benjamin (filólogo) que estudia a Kafka, a Proust y a Brecht. El filósofo cultural que nos habla de la muerte del aura en las artes –debido a una tecnología que entonces permitía reproducir en serie las obras únicas del pasado– y el intelectual que, al modo de Lutero, desarrolla una filosofía de la Historia propia y la defiende mediante una colección de tesis.
A comienzos de los años ochenta, Benjamin fue un faro para las élites culturales de la España que saldría de la Santa Transición. La visión sobre la modernidad del pensador alemán, que vería su última luz en la frontera entre España y Francia huyendo del nazismo, en un suicidio trágico y absurdo, fruto del pánico ante la incertidumbre, se disemina en esta colección de un sinfín asuntos, desde el lenguaje y la traducción –su campo académico– a la estética, la memoria, el judaísmo o el marxismo.
Uno de los aciertos de este rescate editorial es que tanto los ensayos como la traducción de Aguirre han sido revisados y anotados a fondo. Benjamin, visto desde nuestros días, puede parecer un autor hermético debido a que escribía dentro de una placenta cultural que, con el curso del tiempo, se ha convertido en extraña y ajena para muchos lectores contemporáneos. Las anotaciones salvan esta dificultad (en todo caso, relativa) aunque no consuelan de la ausencia de una pieza tan importante como El París del Segundo Imperio en Baudelaire, que ha quedado fuera de esta antología, centrada en los escritos datados a lo largo de la década de los años treinta.
«Sólo sobre un muerto no tiene potestad nadie», escribe Jesús Aguirre en el primero de sus prólogos benjaminianos, donde describe el talento del pensador alemán para dotar de sentido cultural hechos procedentes de lo doméstico, lo minúsculo, lo prosaico o lo marginal gracias a su capacidad evocativa. Benjamin –explica Aguirre– es un autor fragmentario porque trabajaba con muchas más fuentes, y más insólitas, que nadie y su visión de la realidad, igual que su propia obra, es inacabada, viva y discontinua. Como también lo es su profundo legado intelectual.
