Ortega Cano me acorraló, me metió mano y me invitó a Yerbabuena
«Aunque él creyera que era una seductora invitación a su finca, en realidad era acoso, agresión, o como quieran llamarlo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Muchos años después, frente a la exclusiva de ABC con los diarios secretos de Rocío Jurado que mostraban sus opiniones sobre aquellos que fueron sus maridos, coincidiendo con el estreno en Movistar Plus+ de la serie documental dedicada a La más grande, yo habría de recordar la lejana tarde en que Ortega Cano me metió mano… O, para evitar conflictos legales que este polémico recuerdo presentado ahora en forma de pública denuncia podría causarme, tal vez fuera mejor describir el suceso con tanto detalle como precaución: hablamos de aquella lejana tarde en la que vi cómo el torero parecía bloquearme el paso, retenerme contra la pared junto a una de las mesas en un evento social, acercándose tanto a mí que podía oler su aliento. No supe reaccionar al sentir cómo Ortega Cano me rozaba primero el cuello e introducía a continuación la mano por debajo de la camisa, descendiendo lentamente y recorriendo paso a paso la espalda, acariciándola suavemente con la yema de los dedos, haciendo círculos en mi piel, que se erizaba por una repentina oleada de inquietud que me invadió por completo sin que pudiera ponerle freno, todo ello mientras el maestro, sonriendo, me susurraba al oído lo que a sus ojos era una generosa propuesta: «¿Te vienes un fin de semana a Yerbabuena, hacemos una capea y lo pasamos en grande?» Desconcertado y atribulado, no contesté; mi cuerpo fue atravesado por un escalofrío. Rocío Jurado estaba cerca; no crean que el abordaje se hizo a escondidas.
Esto no es un outing, sino algo muy diferente. Porque, aunque Ortega Cano creyera que lo suyo era una seductora invitación a su finca, en realidad era acoso, agresión, o como quieran llamarlo. Del mismo modo que alentamos a las mujeres a no callar ante este tipo de acciones, creo conveniente dar este paso a sabiendas de lo que pueda desencadenar.
No puedo olvidar lo que sentí en aquel instante. Lo que me dejó helado, lo que me paralizó unos segundos. Lo primero que hice al reaccionar fue zafarme como pude y refugiarme en Terelu, creyendo que entendería el mal rato que había pasado. ¡Qué inocencia la mía! Terelu se echó a reír: «Eso se lo dice al primer banderillero que pasa por ahí». Me sentí como Mia Farrow en La semilla del diablo cuando descubre que todos los vecinos comparten un secreto que le esconden, quedando al margen de la verdad, viviendo lo más parecido a un inquietante ridículo. ¿Cómo era posible? Ahora yo tampoco podía dejar de pensar en cómo el círculo más cercano al matador mantenía la mentira con pasmosa naturalidad mientras, al mismo tiempo, se afanaba en alimentar un retrato público que poco tenía que ver con la cara que mostraba en privado.
Para que se hagan una idea: muchos años después, seguía tan impactado por lo sucedido que fui incapaz de medir la cota de vergüenza ajena a la que llegué tras escuchar la tan icónica como repulsiva expresión «semen de fuerza» (¡menudo asco!) con la que Ortega Cano describió su fértil virilidad.
Ahora bien, no seré yo quien la juzgue, no lo pretendo. Aunque soy del parecer de que cuando uno vive su vida como le da la real gana, lo mejor es mostrarla tal cual es: como quiera, cuando quiera, pero de manera honesta. La verdad se agradece y no pasa factura alguna. De otra forma, la incoherencia en la vida real no deja de pillar desprevenido a quien confiaba en la veracidad de la narrativa que se vendía en cada aparición, en cada entrevista o reportaje.
Nos contaron que la separación entre el torero y la cantante se produjo por «diferencias irreconciliables de caracteres», que el matrimonio no pudo superar la insoportable tensión, las discusiones constantes, los celos. Ahora falta saber si eran los de él hacia ella, o los de ella hacia él con tanto banderillero suelto… Si me atengo a las palabras de Terelu.
Porque sobre asuntos de la vida privada, siempre me llamaron la atención las risitas, cotilleos y maldades que se compartían sotto voce —de manera intermitente, pero constante— relacionados con la sexualidad de Ortega Cano. Recordemos las declaraciones de Rocío Jurado en Lo + Plus: «Yo soy progay», aunque siempre he pensado que su hija nunca lo ha sido. Las sospechas de su homofobia me fueron confirmadas cuando fui testigo del momento en que ella y Fidel Albiac decidieron tirar «al maricón» [sic] de Víctor Sandoval a la piscina en la fiesta de cumpleaños de María Teresa Campos.
Por aquellos años corrían las leyendas urbanas sobre los vestidos de flamenca y los zapatos de tacón de la Jurado. Y la sombra de Ortega Cano, sobrevolando como protagonista de largas noches de imitaciones en la intimidad, vestuario y maquillaje incluidos. Que las amigas se echaban unas risas con Rocío Carrasco comentando esas escenas lo puedo asegurar. Sus amigas hablan mucho, y uno no es sordo. O las amigas fantasean de lo lindo o los rumores dan en el blanco, ¿con qué nos quedamos?
Sumamos los Estamos tan a gustito. Más risas.
Luego llegó la tragedia, el accidente de tráfico, una muerte, la cárcel. Se acabaron las risas. Pero no crean que hubo lamentaciones. Nada les unía ya, ni siquiera el respeto.
La ponzoña de Antonio David Flores, la ruptura con sus hijos, el manifiesto rechazo a un amor fraternal, el alejamiento de la familia mediática tras la declaración de heredera universal… Todo saltaría por los aires con los documentales de Telecinco, pero a pesar de lo visto en ambas producciones, sigue sin explicarse el verdadero desencadenante de la turbia relación entre Rocío Carrasco y Ortega Cano.
¿Hay en lo que ahora relato algo que nos haga entender el rencor de Rocío, su resentimiento, el rechazo hacia la figura del que fuera marido de su madre? Y si lo hubiera, ¿sería un motivo que pueda considerar un engaño, una traición hacia ella? ¿Incluso una infidelidad? ¿O es sencillamente asco lo que le despierta la cara oculta del torero?
Tal vez se trate de una herida más antigua, más profunda, porque si tomamos por buenas las motivaciones de las teorías nacidas del rumor, ¿sería cierto que Rocío Carrasco considera el matrimonio entre Ortega Cano y su madre un acto de mitomanía? No puedo negar que en ocasiones me ha dado la impresión de que ni siquiera ha intentado ocultarlo. Porque la gran duda es si Ortega Cano se casó por amor, incluyendo por tanto el deseo sexual, o si solo sentía una enfermiza admiración por la artista y lo que representaba, puro fetichismo saciado tras pasar por el altar. En ese caso, ¿era consciente Rocío Jurado de esa posibilidad y, por consiguiente, del engaño que suponía ese enlace? La teoría de que era conocedora de la verdad, pero que su deseo de casarse con un torero era un capricho que ansiaba darse por encima de todo, ha sido defendida por distintos periodistas de la crónica social que, al entrar en directo, sufrían un repentino brote de amnesia al abordar el tema. No sé si por costumbre, habituados al peloteo sistemático al clan, o por cobardía. Para ahorrarse posibles costosas batallas legales en caso de querella.
En ese pecado original de la boda puede estar la clave de la guerra fría entre Rocío Carrasco y Ortega Cano, porque las cosas no cuadran en el relato oficial y el silencio entre ambos pesa como una losa. ¿Qué sabe ella que no quiere contar? ¿Se trata de un reproche, algo que no le perdona? ¿O se guarda un as para usarlo en el momento oportuno como su mejor arma secreta para la jugada final?
¿Acaso lo que él esconde le lleva a ponerse a la defensiva para evitar ser atacado por su flanco más débil en lugar de dar el paso más valiente? ¿Sería capaz de morir matando antes que asumir la verdad? ¿Y si todo lo que lleva haciendo estos últimos años no fuera más que postureo para no ser descubierto? Eso explicaría su obsesión por exaltar un concepto de la hombría ajeno a estos tiempos que abrazan masculinidades no tóxicas. Su idea de la virilidad resulta rancia. Y sospechosamente exhibicionista. Pueden ser traumas anclados con fuerza por el miedo, pero al final su reacción parece validar ese dicho tan popular como acertado: «Dime de qué presumes…».
Comparto la experiencia vivida. Pueden considerar todas las valoraciones posteriores como simples elucubraciones o, por el contrario, como dudas pertinentes y conclusiones lógicas tras lo sucedido, avaladas por informaciones y circunstancias que han añadido contexto en el camino. Son ustedes libres de elegir la opción que consideren más oportuna, el resultado no cambiará la cruda realidad de los hechos sucedidos aquella tarde en que Ortega Cano me acorraló para meterme mano.
P.D.: Una de las secciones más populares de la revista Pronto (cuando vendía un millón de ejemplares semanales) llevaba por título «¿Qué hubiera sido de mi vida si…?»
Yo me pregunto qué hubiera sido de mi vida de haber caído en esa trampa.
Y qué va a ser de ella tras hacer esta denuncia.
