Marcos Llorente y el negocio de los gilipollas
«¿Finge ser gilipollas para vender o dice gilipolleces que se convierten en negocio porque los gilipollas son legión?»

Ilustración de Alejandra Svriz
Si usted fuera terraplanista y se dedicara a la venta de globos terráqueos, nadie tendría reparos en llamarle gilipollas a la cara. Ahora bien, si como terraplanista se dedicara a la comercialización de alfombrillas para que el ratón de su clientela se deslizara sobre un mapamundi, le llamarían emprendedor. A nivel humano —que dirían los clásicos—, un tonto; pero, en el mundo de los negocios, un listillo.
Marcos Llorente, un espíritu de naturaleza difícil de definir —lo mismo corre por el campo de fútbol que desbarra por la realidad con su peculiar concepto de la vida sana—, despierta muchas dudas entre el público porque su juego despista. No el futbolístico, el otro: el que lleva consigo toda una pose de gurú pagado de sí mismo. Desde su disfraz, con las gafas amarillas que son marca de la casa y con las que ya define un estilo visual, hasta sus consejos basados en criterios tan elaborados como el de «no me gusta ser esclavo de las calorías, así que niego la existencia de las calorías».
La pregunta que nos ronda es la siguiente: ¿Se hace Marcos Llorente el gilipollas porque ha creado un personaje o, sencillamente, las dice porque son el reflejo de esa filosofía tan sabia que defendía la madre de Forrest Gump: «Tonto es el que dice tonterías»?
No es una cuestión menor. Porque uno puede permitirse la extravagancia cuando se limita al ámbito de la estética. Cada cual se pone las gafas que quiere, como la típica folclórica que se esconde tras ellas como si fueran un escudo de invisibilidad. El problema empieza cuando la extravagancia adopta tono doctrinal y el futbolista, por aquello de tener millones de seguidores y la autoridad moral que algunos conceden al abdominal marcado, empieza a repartir consejos médicos con la misma ligereza con la que reparte kilómetros en el Metropolitano.
El éxtasis de su visión llegó en El Hormiguero, ese espacio televisivo donde lo mismo se promociona una película que se blanquean teorías sin consistencia científica con el aplauso de unas hormigas de felpa. Allí, Llorente se explayó sobre sus hábitos, relativizó la necesidad de la protección solar, habló de alimentación desde una suerte de evangelio paleolítico y dejó caer ideas que hicieron que dermatólogos, nutricionistas y divulgadores científicos se llevaran las manos a la cabeza. Hay incluso asociaciones de comunicación científica reclamando rectificaciones: una cosa es opinar y otra, convertir el prime time en un mercadillo de intuiciones revestidas de sabiduría ancestral.
El problema de la seudociencia chic no es que resulte ridícula. España ha sobrevivido a la pulsera Power Balance, al agua con memoria y a gente que cree que Mercurio retrógrado le arruinó el matrimonio. El problema es que se reviste de una falsa épica del rebelde inteligente: el iluminado que «ha despertado», el atleta que conoce secretos que los médicos ocultan, el tipo que ha entendido el cuerpo humano mientras millones de investigadores pierden décadas estudiando metabolismo, oncología o endocrinología.
Llorente parece instalado en esa lógica tan contemporánea según la cual cualquier percepción personal equivale a una evidencia. Si yo me siento mejor desayunando huesos de mamut metafóricos, entonces la dieta paleolítica es el camino. Si no me gusta contar calorías, las calorías casi dejan de existir. Si me molesta la crema solar, quizá el verdadero problema sea la crema solar y no los melanomas.
Naturalmente, los expertos llevan años explicando algo muy aburrido, que suele ser la peor enemiga del gurú: que las calorías existen aunque uno las ignore, que el balance energético no desaparece por decreto, que el sol produce daños acumulativos en la piel, que la radiación ultravioleta no entiende de espiritualidad biohacker ni de abdominales de élite. Pero, claro, la ciencia tiene un inconveniente terrible: exige matices. Y los matices jamás se hacen virales.
Luego entra el elemento que convierte la duda en sospecha razonable. Porque Marcos Llorente no solo opina, también factura. El futbolista ha invertido en restaurantes de comida «real», sin azúcares ni ultraprocesados; participa en proyectos de bebidas saludables y ha convertido toda una estética del bienestar alternativo —las gafas de cristales coloreados incluidas— en una extensión de su marca personal.
No vende exactamente humo; vende estilo de vida. Que es mucho más rentable.
Y aquí uno ya no sabe si está ante un crédulo o ante un genio comercial. Porque hay una coherencia evidente: el hombre no predica una cosa y consume otra. Vive dentro del personaje. Pero precisamente por eso la duda persiste. ¿Marcos cree de verdad en todo esto o ha descubierto que en el siglo XXI hay un mercado gigantesco dispuesto a comprar cualquier teoría si viene empaquetada entre músculos, disciplina deportiva y un discurso antisistema de gimnasio prémium?
La historia demuestra que siempre ha habido negocio en torno a los crédulos. Si antes se vendían reliquias de santos, hoy se comercializan hábitos milagrosos, détox emocionales y discursos contra lo establecido. La diferencia es que ahora el vendedor sale a correr, tiene patrocinadores y aparece en podcasts hablando de cómo el sistema alimentario nos engaña mientras un equipo de marketing convierte cada excentricidad en identidad de marca.
Quizá la verdadera genialidad de Marcos Llorente consista en haber entendido algo profundamente español: que el gilipollas no solo nunca desaparece, sino que además es un consumidor muy fiel. Siempre habrá alguien dispuesto a pensar que un futbolista sabe más de nutrición que un endocrino, de radiación ultravioleta que un dermatólogo y de metabolismo que un investigador.
O quizá no haya ninguna estrategia detrás. Tal vez, simplemente, nos encontramos ante un muchacho muy convencido de sus ocurrencias que ha tenido la fortuna de vivir en un tiempo donde cualquier disparate con suficientes seguidores acaba monetizándose.
Por eso, al final, todo nos lleva de nuevo a la pregunta: ¿Marcos Llorente finge ser gilipollas para vendernos cosas o solo dice gilipolleces que se convierten en negocio porque los gilipollas son legión?
Aunque, viendo cómo funciona el mercado, quizá ambas respuestas sean compatibles.
