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Opinión

El fin del veto a Kiko Matamoros: Makoke tiene ‘licencia para matar’

«En términos de industria televisiva, cuando el conflicto pasa de lo personal a lo judicial, ya es contenido legitimado»

El fin del veto a Kiko Matamoros: Makoke tiene ‘licencia para matar’

Ilustración de Alejandra Svriz.

Ese colaborador del que usted me habla, sí, el mismo que participaba en ese programa cuyo nombre ha pasado al olvido, ya no era ni una sombra de lo que fue. Ya ni siquiera era nada. Enviado al pozo de las turbias aguas pasadas, allí donde reina el frío y la oscuridad, fue conveniente y metódicamente borrado de los vídeos, los homenajes, el archivo de la cadena, como si su paso por Telecinco hubiera sido una alucinación colectiva, el mal sueño de muchas tardes con siesta traicionera. En realidad, más que una práctica estalinista, ese borrado de la realidad se asemejaba a ese gesto infantil de llevarse las manos a los ojos para hacer creer que no se puede ver nada, cuando lo cierto es que la luz entra a raudales entre los dedos y las imágenes, entrecortadas como un puzle para jugadores de 0 a 99 años, se crean con forma suficiente para ser vistas, no solo imaginadas.

Kiko Matamoros no convirtió en vía crucis su travesía por el desierto de las referencias y las citas televisivas habituales entre programas de cadenas en competencia. Más bien se lo tomaba todo a guasa. Y siempre que tenía ocasión de mandar un recadito a su antigua casa, lo hacía sin cortarse un pelo, a sabiendas de que ni siquiera el eco le sería devuelto desde los pasillos y los platós de Fuencarral.

Como un agujero negro que se traga todo, las puñaladas del polemista dejaban de volar y quedaban suspendidas por la atracción de la gravedad. Y, como saben, en el horizonte de sucesos de un agujero negro, el tiempo se dilata tanto que la frecuencia de la luz se vuelve nula y esta no puede propagarse. El tiempo se congela y todo se detiene desde el punto de vista de un observador externo. Y así estaba Kiko, congelado a los ojos de quienes no podían seguir sus peripecias —ni devolver sus golpes de ironía cuando quería quedarse a gusto— porque un fenómeno cósmico lo hacía invisible.

Pero, ¡oh, milagro!, parece que se hace la luz. Ya se puede hablar de Kiko Matamoros. Hablar mal, se entiende, porque a Makoke le van a dar en ¡De viernes! licencia para matar. Veremos cómo anda de puntería, porque la invitada necesita dar en la diana para, al menos, ganar el relato público, ya que el judicial lo lleva claro.

El conflicto entre ambos es uno de esos casos donde lo judicial, lo personal y lo mediático se entrelazan hasta volverse indistinguibles. El espectáculo que ha desembocado en los juzgados y en su explotación televisiva tiene raíces profundas: una relación sentimental de más de dos décadas, un divorcio conflictivo y una causa penal que ha reabierto heridas.

Makoke y Matamoros mantuvieron una relación desde finales de los noventa, con matrimonio formalizado en 2016 y ruptura en 2018. Durante años, su historia fue contenido habitual de los programas en los que se sentaban a despotricar la una del otro. Así, los platós eran un desfile de reproches personales, disputas económicas y acusaciones sobre su vida privada. Esa tensión nunca desapareció, pero permanecía en el terreno mediático hasta que la justicia disparó la traca final.

El punto de inflexión es el proceso por ocultación de bienes para evitar embargos de Hacienda, que sitúa a ambos en el banquillo como coacusados. Se les imputa ocultar patrimonio para eludir una deuda superior al millón de euros, además del uso de sociedades y bienes a nombre de Makoke para esquivar embargos.

Cada uno parecía jugar un papel: Matamoros era considerado el principal responsable, tras reconocer haber diseñado el entramado; Makoke figura como cooperadora necesaria, al prestar su nombre para propiedades y cuentas. Ambos acaban reconociendo los hechos ante el juez, lo que reduce las penas: para Matamoros, alrededor de 2 años; Makoke, menos de 2 años, lo que evitaría su entrada en prisión por carecer de antecedentes.

Más allá del delito en sí, la guerra por el relato lo es todo.

La versión de Matamoros: Makoke «colaboró en el delito» y era consciente del mecanismo. Asumirá su responsabilidad, pero deja claro que no actuó solo. Anuncia futuras acciones civiles por propiedades compartidas. Hay corresponsabilidad consciente.

La versión de Makoke: dice que desconocía la situación fiscal real hasta años después. Se presenta como alguien que confió en su marido y firmó sin plena información. En sus declaraciones públicas insiste en el desgaste emocional: «Fue muy duro». Hay, supuestamente, colaboración sin conocimiento pleno. Este matiz no es menor: define su posicionamiento mediático y jurídico.

El juicio ha evidenciado la ruptura total entre ambos: evitaron interactuar en sala, no hubo comunicación personal y las declaraciones posteriores se hicieron en plató, no en privado.

Aquí entra el componente clave: la televisión aparece como escenario paralelo del conflicto. Por eso el programa ¡De viernes! entra en juego; aspira a sacar oro de esta mina de mierda. Es actualidad judicial (el caso está en plena ebullición mediática), hay relato propio (Makoke necesita fijar su versión tras la confesión) y hay interés narrativo (el enfrentamiento directo con uno de los rostros históricos de la cadena). La relevancia informativa supera cualquier restricción previa.

En términos de industria televisiva, cuando el conflicto pasa de lo personal a lo judicial, ya es contenido legitimado. El contraste entre admisión de hechos y la disputa sobre la intención alimenta el relato mediático, y todavía falta una sentencia firme o conocer posibles procedimientos civiles por bienes compartidos. El conflicto tiene visos de hacerse crónico en televisión, al menos un tiempo, mientras queda claro que este caso no es solo un proceso por fraude fiscal: es un ejemplo de cómo en la crónica social española se superponen los planos judiciales, personales y mediáticos para aliñar los salseos con un toque potente. Somos un caso.

Mientras, Makoke se prepara, apunta y dispara.

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