Alba Carrillo va de guay, pero luego hace ‘ghosting’
«No sé a ustedes, pero a mí me llama la atención el contraste entre la imagen pública que alguien proyecta y la real»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Sí, ya sé que los periodistas no debemos ser nunca protagonistas de la noticia, pero esto no es un reportaje de investigación, sino una columna de opinión —mi humilde y desquiciada opinión—, razón por la que puedo tomarme ciertas libertades. Como, por ejemplo, contarles alguna anécdota personal que ayude a conocer mejor al personaje al que dedico estas líneas. En este caso, Alba Carrillo. Porque, no sé a ustedes, pero a mí me llama la atención el contraste entre la imagen pública que alguien proyecta y la real, que una vez descubierta al interactuar —aunque sea mínimamente—, puede sorprender gratamente o decepcionar para siempre jamás.
Para saber si sorprende o decepciona Alba Carrillo, me van a permitir que recurra a una de esas vivencias a las que me refería anteriormente. Tampoco se crean que les voy a dar una exclusiva que destape un secreto capaz de hundir una carrera; no, no es eso. Solo es una anécdota, una chorrada, sí, aunque bastante reveladora. Básicamente, la historia es que Alba Carrillo va de guay, pero luego hace ghosting.
Les cuento… Alba lleva una temporada ejerciendo de perejil de todas las salsas y en todos los formatos: televisión (donde ha ejercido de concursante, entrevistada, colaboradora y, ahora, presentadora de El sótano club, en TEN), radio, podcast, declaraciones en un photocall… Lo que le echen, vamos. Porque tiene labia para eso y mucho más: nadie le va a negar talento para sonreír y, al mismo tiempo, elaborar un discurso coherente (una cualidad de la que no pueden presumir muchos en el Olimpo del famoseo nacional). Además, si se trata de meter cizaña, una de sus especialidades, ella se recrea y se luce: juega a la provocación y la jugada le ha salido muy bien. Apuñala con chispa, y eso divierte al público. Además, coquetea con guiños autorreferenciales que denotan poco miedo a la autocrítica.
Así que, visto su éxito, me dispuse a pedirle una entrevista. Me contestó. Aceptó la propuesta. ¡Qué maja! Pero ahora viene lo interesante. Primero me rogó que la retrasáramos porque tenía un examen. Sin problema. ¿Ven cómo es una mujer preparada? Pero en ese tiempo de espera, mientras la veía omnipresente en los medios, ya fuera echando Tabasco al salseo nacional o burlándose de su ex, el tenista, me preguntaba cuándo podría centrarse en sus apuntes, la pobre mujer. Pasada la fecha de su compromiso, volví a mandarle un mensaje: «El viernes, si te parece bien», me propuso. Estupendo, caso cerrado.
Pero la alegría dura poco en la casa del pobre, así que al día siguiente me llegaron sus palabras como un jarro de agua fría: «¡El viernes no puedo, me ha salido un trabajo!» ¿Otro más? Fue lo primero que me vino a la cabeza, no lo voy a negar. Me calmó refugiarme en la cruda realidad de una cita bíblica: «Al que tiene le será dado; al que no tiene, hasta lo que no tiene le será arrebatado». Es bastante común en esta profesión: te llaman para todo cuando estás en racha, no te llama nadie cuando caes en desgracia. Y Alba está en racha. Al menos me quedaba un hálito de esperanza con su despedida: «Te aviso la semana que viene». Un guiño para alimentar la ilusión.
Pero la semana llegó. La semana empezaba a pasar volando. Y nada. Me enfrenté al vacío brindándole un abanico de alternativas y posibilidades: «Si te viene bien jueves o el viernes, me avisas. Muchas gracias». Doble check azul, leído. Silencio. Pasaban las horas. Más silencio. Que te mantengan en ese estado de WhatsApp acaba generando cierta desazón: ¿Le habrá sucedido algo malo, un percance terrible?, te preguntas con empática preocupación. Al fin y al cabo, siempre ha contestado. Descarté la tragedia al ver que posteaba una promo. Claro, estaba tan ocupada que ni podía perder el tiempo en esos valiosos segundos que se necesitan para escribir «Lo intento», «Te aviso», «Vale» o lo que se le saliera del mismísimo moño.
Se le habría olvidado, que es otra opción muy humana, porque ella tiene mil cosas en la cabeza: criticar a su ex, el tenista, como ya he contado; dar consejos a las novias de su ex, el tenista. Más críticas a su ex, pero no al tenista, sino al periodista que odia la prensa rosa. O poner fina a Ana Rosa porque, total, eso para ella es como arrojar al fuego la llave de una puerta que estaba cerrada. O rajar de Mediaset para poder alternar las visitas entre Antena 3 y TVE (aunque tampoco se cortó un pelo con la cadena pública por editar su intensa participación en Hasta el fin del mundo, un reality de viajes que se jugaba en pareja. Tal vez por esos cortes nos perdimos sus conversaciones íntimas con Cristina Cifuentes sobre cremas de belleza. Menuda fantasía nos robaron los montadores).
¡Cómo no iba a despistarse! ¡Si hasta la policía le puso una denuncia por meterse con el coche en un carril equivocado de la Terminal 2 del aeropuerto de Madrid! Es que Alba no puede estar a todo. Y no estaba a lo que hay que estar, a lo verdaderamente importante: contestarme.
Llegados a este punto, la única opción con posibilidades era la humillación: «Perdona que te dé la brasa, pero es por organizarme el calendario de entrevistas. Dime, por favor, cuándo te viene bien. Gracias». Pero, queridos lectores, las celebrities son como los perros: huelen la desesperación. Así que doble check azul, leído, silencio.
Tras un tiempo prudencial, el suficiente como para haber borrado de su memoria el ruego degradante del último intento fallido, pero decidido a demostrarle que servidor es inasequible al desaliento, le hice ver que se abría la posibilidad de reiniciar el proceso para negociar desde una nueva perspectiva: «Te escribo porque ha habido un cambio de diseño y para saber si quieres/te apetece la entrevista».
Doble check azul, leído, silencio. Nada, ni por esas. ¡Maldición!
Definitivamente, Alba Carrillo me hace ghosting. Ni una excusa tonta que no me vaya a creer cuando me la dé, pero que al menos me permita fingir que lo hago, siguiendo al dedillo las reglas del cínico juego de este negocio. Queda el silencio y la triste imagen de la pantalla de mi móvil en la que se aprecia mi monólogo en verde sobre un fondo oscuro.
Cuando la escucho hablar de «compañeros» en referencia a los periodistas o colaboradores de los programas en los que participa o presenta, se me escapa la risa tonta. Compañeros, dice, como si fuera una más, pero sin aclarar que ella es una que lo mismo los deja tirados a la hora de cerrar una entrañable entrevista a toda página. Luego recapacito, me siento culpable por pensar mal y, como el personaje de Blanche DuBois, me aferro a la fe de creer en la bondad de los extraños: tal vez un hacker se ha hecho con su móvil y solo puede atender a las productoras con proyectos a la vista. Que los hackers son muy retorcidos; recuerden lo que decía de ellos Paquita Salas: «Porque los llamáis así, yo los llamo HDP». Ay, perdón, que eso lo decía de los haters.
Al final, para no dar más vueltas al asunto, voy a dar por válida la teoría de la navaja de Ockham: en un plano filosófico y científico de parsimonia, la explicación más sencilla suele ser la correcta. Conclusión: Alba Carrillo va de guay, pero al final hace ghosting.
Y uno se pregunta: ¿qué necesidad? Chica, al menos contesta. Contestar es gratis. Claro que ahí puede estar la clave de todo, que a veces parezco nuevo: la entrevista también es gratis.
