Más promoción, menos aprendizaje: así cae el nivel educativo en España
«Un modelo más alineado con la experiencia educativa permitiría dar un salto cualitativo en la formación del profesorado»

Ilustración de Alejandra Svriz.
No es ni una sospecha ni una exageración. Aunque desde distintos ámbitos se intente suavizar o incluso ocultar, el fenómeno se repite curso tras curso. Los docentes observamos con preocupación cómo los alumnos con asignaturas pendientes promocionan de curso de forma casi automática, sin haber consolidado los conocimientos básicos necesarios para afrontar la siguiente etapa. Este fenómeno no es puntual ni anecdótico: se ha normalizado hasta convertirse en una dinámica estructural del sistema educativo. Hoy en día, la promoción es, en demasiados casos, más una práctica administrativa que el reflejo real del aprendizaje del alumnado.
Esperar a que el alumno llegue a cuarto de la ESO para cribar y, de esta manera, hacer repetir a todos los estudiantes que han ido a remolque con lagunas pendientes no es una solución real ni eficaz, sino un parche tardío que no resuelve el problema de fondo. Sin embargo, es a lo que se enfrentan miles de profesores año tras año, con un impacto directo en la calidad del sistema educativo en España.
En este contexto, la repetición escolar ha caído a mínimos históricos, algo que, en parte, era previsible dado el rumbo del sistema. Según la última estadística del Ministerio de Educación, correspondiente al curso 2022-23, la tasa de repetición es del 1,1% en Primaria y del 7,0% en la ESO, frente al 2,1% y al 7,6% del curso 2021-22, respectivamente. Estos datos pueden parecer positivos, pero no reflejan la realidad que se vive en las aulas. Desde la experiencia docente, existe una creciente presión por promover al alumnado bajo criterios de inclusión, aunque esto implique avanzar sin haber consolidado los aprendizajes básicos.
El seguimiento individualizado es un enfoque que responde, en parte, a los objetivos marcados por la Ley Orgánica por la que se modifica la Ley Orgánica de Educación (Lomloe), la última ley educativa aprobada en 2020, que apuesta por una mayor personalización del aprendizaje y una menor repetición para reducir el fracaso escolar. Son planteamientos que, en teoría, pueden compartirse, pero desde la realidad del aula y el apoyo extraescolar no están dando los resultados esperados. Cada vez es más frecuente encontrar alumnos con baja implicación en el estudio que arrastran carencias de cursos anteriores. Plantean dudas que deberían estar ya resueltas y carecen de las herramientas necesarias para avanzar con normalidad. El resultado es una acumulación de lagunas que el sistema no está sabiendo gestionar.
Lo cierto es que, desde la llegada de la democracia, España ha pasado por hasta ocho leyes educativas, desde la Loece de 1980 hasta la actual Lomloe. Cambiar las leyes es, en sí mismo, positivo, porque refleja la evolución de una sociedad. Sin embargo, en educación, los cambios han afectado más a la superficie que a los problemas estructurales. Siguen sin abordarse cuestiones clave que explican el malestar creciente en las aulas y las movilizaciones recientes de muchos docentes que reclaman mejoras reales en las condiciones de enseñanza.
En este escenario, el refuerzo extraescolar sigue siendo una respuesta a las carencias del sistema, especialmente ante la masificación en las aulas. En estos espacios se trabajan las lagunas que, por la falta de tiempo o recursos, no pueden abordarse dentro del aula. Un docente puede llegar a enfrentarse a más de treinta alumnos con ritmos y necesidades diferentes, mientras que en academias los grupos son más reducidos, normalmente de menos de quince estudiantes. La cuestión de fondo no es buscar culpables, sino entender qué condiciones necesita el sistema para garantizar que ningún alumno quede atrás.
Frente a esta realidad, parte de la solución pasa por un cambio de enfoque más profundo: formar mejor a los futuros docentes desde la práctica real del aula. Un modelo más alineado con la experiencia educativa permitiría dar un salto cualitativo en la formación del profesorado. Porque la mejora del sistema no pasa solo por cambiar leyes, sino por intervenir en quienes están cada día en el aula. Es ahí donde se juega el futuro de la educación.
