Elogio a los octogenarios: Garci, Raphael y compañía
«No han parado el tiempo, lo han domesticado. Han convertido la edad en un privilegio, no en una condena»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Un servidor se sigue encontrando bastante bien en comparación con mi versión juvenil y plenamente joven que acaba con la llegada de la treintena. Es el momento en que te da por hacer deporte y te preocupas por comer de una forma más sana. La primera es la que te permite creer que te mereces hacer algún exceso con la segunda. Correr diez kilómetros para hincharte a torreznos y cañas en el bar más cercano al parque donde fuiste a correr. Un plan sin fisuras para convertirte en un fósil.
Ves a Ramoncín o a Miguel Ríos luciendo un pelazo a lo Sansón, o a Jordi Hurtado presentando Saber y ganar con la misma cara de siempre, como si el tiempo se hubiera parado para él cuando decidió trabajar delante de las cámaras hace más de cuarenta años. Lo mismo le pasa a Brad Pitt, pero todavía con más suerte, sobre todo en lo estético. O a nuestra Aitana Sánchez Gijón, que con sus 57 años espectaculares, hay a quien le sorprende que esté con un hombre también atractivo, pero 22 años más joven que ella.
Pero un servidor a quien envidia, y no le importa utilizar esa palabra tan nuestra, es a Raphael, a Iñaki Gabilondo, a Lola Herrera, a María Galiana, a José Sacristán, a Andrés Amorós, a José Luis Garci, a Carmen Maura, y otros que habré olvidado, y a mi queridísimo Raúl del Pozo, el único de estos que nos dejó hace muy poco tiempo, pero que fue el más joven escritor, articulista y periodista de los últimos 50 años.
Todos los nombrados tienen la belleza física de la inteligencia elegante, un atractivo que les ha permitido parar el tiempo y manejarlo a su antojo. Se les nota que no tienen prisa, que si corren, llegarán a la meta. Lo importante es el camino, jamás el destino; el viaje a Ítaca es el viaje a ninguna parte, como dijo otro grande como Fernán Gómez, que llegó a estas edades en una plenitud intelectual envidiable.
Todos tienen la curiosidad del niño intacta, una mirada juguetona que esconde algo que solo saben ellos y que está bien que así sea. Todos siguen trabajando, entreteniéndose o haciendo lo que más les gusta. Casi siempre son las tres cosas a la vez. La actitud de todos ellos es de una elegancia insuperable, de un saber estar extraordinario. La cabeza les funciona con una claridad que todos los que venimos por detrás deberíamos admirar. Las nuestras siempre están en una nubosidad más o menos variable, ocupadas en envejecer de mala manera.
En un mundo donde todo corre a velocidad de vértigo y la adoración de la juventud se ha convertido en una religión laica con sus propios templos de Instagram y TikTok, estos octogenarios nos recuerdan que la vida no se mide en likes ni en stories efímeras, sino en la capacidad de seguir mirando el mundo por su parte novedosa. Todos ellos tienen en común algo que hoy escasea: la curiosidad. No se han dejado atrapar por la excusa de la edad ni por la prisa de la modernidad. Siguen trabajando, planeando objetivos, que ellos sí que consiguen culminar, porque para ellos eso es vivir. No buscan el aplauso ni el retiro dorado, sino el proceso, algo kafkiano para otras personas con sus mismas edades. Y en ese camino nos dejan migas de pan para que los que venimos detrás sepamos que la cabeza puede seguir plenamente lúcida, aunque el cuerpo se vaya averiando.
Un servidor, que a veces se siente fósil después de diez kilómetros y tres cañas, los mira con sana envidia. Porque ellos no han parado el tiempo, lo han domesticado. Han convertido la edad en un privilegio, no en una condena. Y mientras nosotros corremos para llegar antes, ellos caminan sabiendo que la meta es solo el principio del fin.
Ojalá aprendamos de ellos. Que cuando nos toque, tengamos esa misma mirada juguetona, esa misma elegancia y esa misma capacidad de seguir sorprendiéndonos. Porque la verdadera juventud no está en los años, sino en la actitud. Estos maestros, nuestros octogenarios de oro, nos lo están recordando cada día. Este artículo es un agradecimiento eterno, como el tiempo y la sabiduría en sus manos, a estos octogenarios, y especialmente a Federico, mi amigo de esta edad con todas estas virtudes, incluida la del anonimato. Den brillante fama si tienen en sus vidas a personas así, y que el tiempo siga tratándolos con la misma deferencia.
