Pedro, Begoña y sus cuentos chinos
«Un país que se mira en el espejo chino mientras se descompone en procesos judiciales y decretos exprés»

Pedro Sánchez y Begoña Gómez junto a ejecutivos de Xiaomi durante su reciente viaje oficial a China. | Ma Xiaodong (Xinhua News)
Pedro Sánchez, desde China, firma una carta llena de orgullo patriótico porque su Gobierno va a regularizar a medio millón de inmigrantes en un santiamén. Casi al mismo tiempo, el juez Juan Carlos Peinado decide que Begoña Gómez debe sentarse en el banquillo por cuatro delitos. Tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación y apropiación indebida. No deja de ser irónico que ahora que el matrimonio se encuentra en Pekín, Begoña tenga que dar explicaciones de sus cuentos chinos ante la justicia española.
Esa regularización masiva tiene poco de humanitaria y mucho de política convertida en marketing electoral. Otro cuento chino, esta vez por la parte masculina del matrimonio. Sánchez lo vende como justicia social mientras la policía avisa de las dificultades para verificar los antecedentes penales de medio millón de personas en tan poco tiempo. Pero qué más da. El Consejo de Ministros lo aprobó ayer de todas formas. Hoy empiezan los trámites y en junio se cerrará la ventanilla. Una velocidad de vértigo para una medida que, según los números oficiales, afectará a quienes entraron antes del 31 de diciembre de 2025 y acrediten cinco meses de estancia en España.
Mientras tanto, el juez Peinado ha cerrado la instrucción y ha procesado a la primera dama. Los cuatro delitos antes nombrados son negados en bucle, como un espectador de un partido de tenis colocado en un lateral de la pista ante un punto que no termina nunca. Pedro Sánchez responde con el manual de siempre: «Que la justicia haga justicia, el tiempo pondrá a cada uno en su sitio». Frase que ya es casi un clásico del sanchismo. Bolaños, por su parte, se ha mostrado «avergonzado» de que un juez investigue a la esposa del presidente. Avergonzado debería estar él por ser el ministro de Justicia e inmiscuirse en las decisiones de los jueces cuando estas no le gustan, demostrando que lo de la separación de poderes es algo a respetar según los intereses.
Es curioso el contraste. Sánchez en Pekín firmando acuerdos comerciales y posando con Begoña en el banquete oficial del Gran Palacio del Pueblo, mientras en Madrid se acumulan los folios judiciales. Begoña llegó minutos después que su marido al acto protocolario. Puede que esa «china» judicial se le alojara en sus zapatos y le hiciera caminar más lenta y tener ese retraso.
La izquierda celebra la regularización como un triunfo moral mientras ignora los avisos de saturación en sanidad, educación y vivienda. La oposición la critica, pero con un tono condescendiente, como si no quisiera molestar. Y en medio, el ciudadano de a pie, ese que paga la luz, el alquiler y los impuestos, que observa cómo su país se convierte en un experimento social a gran escala pagado con su sueldo.
Hay algo literario en todo esto. De los cuentos chinos del matrimonio presidencial a la prosa sobria, elegante y precisa española que explique todo esto. La necesidad de escribir la crónica de un país que se mira en el espejo chino mientras se descompone en procesos judiciales y decretos exprés. Sánchez, el hombre que prometió regeneración y ha acabado convertido en el gran regularizador de realidades irregulares. Begoña, una mujer de negocios que ahora se enfrenta a su bancarrota moral sentada en un banquillo.
Porque el orgullo de Sánchez no es solo por la regularización. Es por la capacidad de su Gobierno para seguir adelante como si nada. Como si procesar a su mujer fuera un detalle menor en su «gran obra de progreso». Como si medio millón de nuevos residentes no fueran a tener coste alguno en un país con listas de espera sanitarias y barrios tensionados. Como si China fuera un amigo, y no un jefe autoritario y dictatorial con el que hacemos negocios, mientras exigimos derechos humanos desde casa, al calor de la calefacción a tope de cada habitación de Moncloa.
Y mientras, en algún bar de barrio, un camarero sirve unas cañas a clientes que pagan religiosamente sus impuestos y se preguntan cuándo les regularizarán a ellos su cansancio. Porque en esta España de 2026, todo se regulariza menos el sentido común.
