The Objective
Hastío y estío

El premio AENA, un derroche nada literario pagado por todos

«Lo que necesita la literatura española e hispanoamericana es oxígeno para las voces que no tienen agente»

El premio AENA, un derroche nada literario pagado por todos

La escritora Samanta Schweblin posa con el I Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana. | Kike Rincón (Europa Press)

Seamos sinceros, cuando una empresa semipública como AENA, esa gestora de aeropuertos donde el Estado español posee el 51% de las acciones, decide regalar un millón de euros a la mejor obra de narrativa hispanoamericana del año, uno no sabe si aplaudir la generosidad o pedir una auditoría que explique cómo diablos se justifica semejante dispendio con dinero de todos. Porque el primer Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, fallado el pasado 8 de abril en Barcelona con gala incluida en el Museo Marítimo, no ha sido solo un premio más.

El galardón, dotado con la misma cantidad que el Premio Planeta, un millón de euros para la ganadora y 30.000 euros para cada finalista, se presentó como el gran revulsivo de las letras hispanas. «Impulsar la creación literaria, fomentar la lectura y fortalecer el vínculo entre la literatura y la sociedad», rezaban las bases. Palabras bonitas. Tan bonitas como las que se oyen en los discursos de inauguración de cualquier cosa que huela a subvención pública.

Empecemos por el jurado, presidido por Rosa Montero, esa cronista de la progresía que lleva décadas predicando desde las páginas de El País, y completado por nombres como Pilar Adón, Leila Guerriero, Élmer Mendoza o Luis Alberto de Cuenca. Un elenco diverso y correcto. No dudo del conocimiento de estos de la actualidad literaria en nuestro idioma; es que uno se pregunta si alguien en AENA se molestó en buscar un jurado que no frecuentara los mismos círculos literarios comerciales de siempre. Porque cuando el jurado selecciona finalistas como Héctor Abad Faciolince (Alfaguara), Nona Fernández (Penguin Random House), Marcos Giralt Torrente (Anagrama), Enrique Vila-Matas (Seix Barral) y, cómo no, la ganadora Samanta Schweblin (también Seix Barral), lo que un servidor no ve es una apuesta por la literatura emergente. Lo que ve es un catálogo de grandes grupos editoriales. Voces consolidadas. Autores que, con todos los respetos, ya publican, ya venden, ya viven, o sobreviven con dignidad, de la escritura.

Y ganó Schweblin. Argentina, mujer, y de 48 años, con El buen mal, un libro de cuentos editado por Seix Barral, sello del grupo Planeta. No digo, y que quede claro, que no lo pudiera merecer. Pero en 2026 con un Ejecutivo que mide cada acción por cuotas de género, origen y corrección ideológica, era evidente que el premio tenía que recaer en una mujer. Y si era sudamericana, mejor que mejor. No es algo conspiranoico, es observación empírica. En un país donde lo público se ha convertido en un instrumento de narrativa identitaria, premiar a un varón español heterosexual de mediana edad habría sido un escándalo mucho peor que los cientos de retrasos y averías de nuestra red ferroviaria.

Un premio que se supone que debía poner la literatura en el centro ha pasado al olvido con la velocidad de un avión dependiente de la empresa que ha pagado esta fiesta. ¿Dónde están las reseñas entusiastas en la prensa cultural? ¿Dónde los lectores que, supuestamente movilizados por este millón de euros, han corrido a las librerías? En ninguna parte. Solo la ganadora y su editorial se han enterado. El resto, indiferencia. La prensa cultural ha pasado página como quien cambia de canal en mitad de un bostezo. El público general ni se ha enterado. Y AENA, con su 51% público, ha tirado un millón de euros a la basura. Dinero de los contribuyentes. Dinero que podría haber servido para becas a autores noveles, para ayudar a editoriales independientes que malviven en un mercado dominado por los grandes grupos, para talleres literarios en barrios donde la lectura es un lujo exótico.

Lo público debería estar para ayudar a quien no puede costearse las cosas. No para engordar aún más a quien ya viaja en primera clase. Schweblin no es una autora desconocida. Tiene prestigio, tiene lectores, tiene trayectoria. Lo mismo ocurre con los autores finalistas. Son nombres que no necesitan un millón para seguir escribiendo. Lo que necesita la literatura española e hispanoamericana es oxígeno para las voces que no tienen agente, que no salen en los suplementos culturales, que publican en sellos pequeños y que, precisamente por eso, están haciendo la literatura más interesante y menos manida. Pero esos no entran en el radar de un jurado que mira primero la corrección ideológica, y después seguir contentando a los poderosos del sector editorial.

¿Cuál es la finalidad del premio? Nadie lo sabe. Ni siquiera AENA parece tenerlo claro. ¿Fomentar la lectura? Con un millón de euros se podrían haber comprado ejemplares para las bibliotecas públicas de España y para una campaña en condiciones que fomentase la lectura y al sector editorial. ¿Apoyar el talento? Entonces ¿por qué no un concurso abierto a textos inéditos o a editoriales independientes? Esto ha sido un ejercicio de postureo. Un photocall con Salvador Illa, presidente de la Generalitat y Maurici Lucena, presidente de AENA y perteneciente también al Partido Socialista Catalán, sonriendo al lado de la ganadora mientras los contribuyentes pagamos la cuenta.

En un país donde la literatura se ha convertido en algo de nicho, un premio así debería haber sido una oportunidad para democratizar su acceso. En cambio, ha sido un espejismo. Un millón de euros públicos que no han conseguido que se hable más de literatura. Solo del pastizal del premio, y de lo «generosa» y «desprendida» que es AENA con el dinero de los que hemos leído demasiadas veces un libro donde el protagonista paga una y otra vez las fiestas de otros. Se queja por ello, pero no consigue nada, solo que duren hasta más altas horas de la madrugada y se gasten más dinero en ellas. Una novela de terror basada en hechos reales que deja a Stephen King en un cándido creador de historias almibaradas.  

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