Libertad y tiranicidio: la Escuela de Salamanca
En ‘Historia canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Ilustración de Alejandra Svriz.
Ha tenido que venir el papa León XIV para que el recuerdo de la Escuela de Salamanca se oiga en el Congreso de los Diputados. Y eso que hablamos nada menos que de la defensa de los derechos humanos y la limitación del poder. Sin embargo, es para estar orgullosos como país, algo extraño en una época en la que se invoca la memoria histórica solamente para levantar muros, avergonzarse y señalar al otro. La Escuela de Salamanca representó una verdadera revolución intelectual cuyas líneas maestras forjaron la sociedad moderna. Nacida en Castilla, esta corriente de pensamiento jurídico, político, teológico y social sentó las bases de los nuevos modelos de convivencia en Occidente, influyendo en procesos tan distantes como la Revolución norteamericana de finales del siglo XVIII. Si esta escuela hubiera tenido lugar en Francia o Inglaterra, hoy abriría los libros de filosofía política de todo el mundo. Es una lástima que el conocimiento de Francisco de Vitoria y otros tantos de la Escuela de Salamanca tenga que partir de la reivindicación, y no de su conocimiento general a través de la educación reglada. Este abandono nos define mucho como país, un lugar donde se venera a Rousseau, que es el padre de los totalitarismos, y se ignora a los defensores de la libertad, como fueron los filósofos españoles de Salamanca.
Los españoles ya estaban preocupados por el ser humano en la comunidad política y por los límites del poder en el albor del Estado moderno, a finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI. El objetivo era preservar la libertad individual y colectiva, los derechos humanos, la propiedad privada y las actividades económicas. Pensaron en la finalidad y legitimidad del poder, y en cómo acabar con un tirano. Fue la Escuela de Salamanca de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Martín de Azpilicueta.
La figura central fue Francisco de Vitoria (1483-1546), un fraile dominico formado religiosamente en el convento de San Pablo de Burgos. En 1508 fue enviado a París para completar sus estudios, viviendo en el colegio de Saint-Jacques. Lo más importante de su etapa parisina (1509-1513) fue su tránsito del nominalismo al realismo, impulsado por la lectura directa de la Suma Teológica (1274) de santo Tomás de Aquino, la cual se convertiría en el manual de teología de referencia, sustituyendo a las Sentencias de Pedro Lombardo. El magisterio de Vitoria comenzó en Salamanca en 1526, tras ganar la cátedra de Prima de Teología. El método era la búsqueda del equilibrio entre fe y razón, aplicado a los problemas reales de la sociedad, como eran la pobreza, las leyes del mercado, la libertad de los indígenas o el poder.
Esta revolución teológica y jurídica se centró en la dignidad de la persona humana. La antropología cristiana renovada de Francisco de Vitoria, sustentada en la visión tomista de que «la gracia no destruye la naturaleza, sino que la supone, la sana y la eleva», lo llevó a defender principios como la libertad de los indios y el derecho a la propiedad privada. En este sentido, Francisco de Vitoria afirmó en su obra titulada Sobre los indios (1539) que la legitimidad de la posesión indígena de sus tierras y la libertad de comercio eran los fundamentos de su libertad y ciudadanía. Por tanto, su tesis invalidaba el monopolio comercial o la concesión papal. Los únicos títulos legítimos se reducían a la libertad de comerciar con y desde América, y a la obligación cristiana de predicar el Evangelio respetando la libertad de conciencia; esto es, sin obligar a la conversión. En la defensa de los derechos humanos, Vitoria condenó la esclavitud. Si bien los indios eran libres según había dictado Isabel la Católica en 1504, el tráfico de esclavos africanos fue una realidad. Vitoria y la tradición eclesiástica proclamaban la igualdad absoluta de todos los hombres ante Dios, pero la esclavitud legal (ius belli) era admitida por el derecho de gentes de la época. Esto no impidió que la Escuela de Salamanca, señaladamente Tomás de Mercado (1523-1575), condenara la trata como injusta.
En este sentido fue vital la llamada «Disputa de Valladolid» (1551), arbitrada por Domingo de Soto. El debate enfrentó a Bartolomé de las Casas, defensor de la evangelización pacífica, con Juan Ginés de Sepúlveda, que sostenía que los indígenas podían ser tratados como «siervos por naturaleza» según Aristóteles, debido a su atraso civilizatorio. Soto condenó la postura de Sepúlveda y defendió la libertad y la dignidad de los indios. La Escuela de Salamanca sentó así las bases para una «evangelización pacífica» fundada en el respeto a la conciencia.
El peso de Vitoria y sus discípulos fue fundamental en la teoría económica. El contexto de fuerte desarrollo europeo provocó la primera globalización económica. La Escuela de Salamanca defendió entonces el derecho a la libre circulación de hombres y mercancías para favorecer el bien común universal. A esto añadió la teoría del precio justo; es decir, la consideración de que era el mercado quien marcaba el precio a través de la oferta y la demanda. La intervención del Estado solo era aconsejable en situaciones críticas. También anticiparon la teoría cuantitativa del dinero, formulada por Martín de Azpilcueta, que relacionaba la cantidad de dinero en circulación con el precio de los bienes. Del mismo modo, anticiparon la teoría del valor, fundada en la abundancia o escasez (raritas), la utilidad (virtuositas) y la apreciación subjetiva (complacibilitas), y rechazaron los monopolios por ser contrarios al libre mercado.
Francisco de Vitoria abordó los límites del poder en Sobre el poder civil (1528). Sostuvo que la suprema fuente del poder está en Dios, quien lo entrega al pueblo, y este a sus gobernantes legítimamente elegidos. El fin del Gobierno era el bien común, no «lo público» como hoy. Esto implicaba que el poder debía ejercerse con justicia, respetando la libertad y dignidad de los súbditos. Esta doctrina marcaba la oposición de Vitoria y su Escuela al absolutismo y a la teocracia pontifical. Sus tesis sobre la limitación de la autoridad real disgustaron tanto a los poderosos, que las monarquías de Londres y París quemaron obras como la Defensa de la fe (1616) de Francisco Suárez.
La influencia de Francisco de Vitoria se extendió por toda Europa. Hugo Grocio (1583-1645) tomó los argumentos de la Escuela de Salamanca para justificar el libre comercio y las relaciones jurídicas entre naciones, independientemente del credo religioso. También influyó en el pensamiento de John Locke, aunque el inglés nunca citó directamente a Vitoria, Soto o Azpilcueta. No obstante, la obra de Locke está en la tradición del iusnaturalismo escolástico que los salmantinos habían renovado un siglo antes. La transmisión se produjo a través de la teología moral, los manuales de derecho natural y, sobre todo, la influencia de Francisco Suárez, heredero directo de la escuela y ampliamente leído en Inglaterra. La Escuela de Salamanca influyó en John Locke en lo más importante: la idea de que el poder político debe estar limitado moralmente y que el pueblo conserva un derecho de resistencia frente a la tiranía. Locke convierte esta intuición en la teoría del gobierno por consentimiento y en la legitimidad de la rebelión contra el despotismo. Así, el liberalismo lockeano no surge ex nihilo: es la culminación secularizada de una tradición intelectual hispánica que había puesto la dignidad humana en el centro del orden político.
La Escuela de Salamanca inspiró la Revolución norteamericana contra Inglaterra a fines del siglo XVIII en la defensa de la rebelión contra el tirano y la resistencia al poder injusto. Vitoria afirmaba que las leyes que atentaban contra la dignidad y la libertad se debían desobedecer por injustas. Juan de Mariana en Del rey y de la institución real (1599) sostuvo que el monarca no era absoluto, sino que debía respetar los derechos humanos. Así, el pueblo conservaba el derecho de insurrección frente al poder abusivo. Francisco Suárez completó esta visión con la tesis de la legitimidad de la rebelión contra la autoridad si traicionaba su fin, que era el bien común, y gobernaba solo en beneficio propio.
En suma, la Escuela de Salamanca sentó los pilares de Occidente, fundados en el cristianismo y en la limitación del poder, para la creación de una sociedad abierta, respetuosa con la libertad, cimentada en la confianza en el hombre, en Dios y en la naturaleza. Fundados en el cristianismo y en la limitación del poder, para la creación de una sociedad abierta, respetuosa con la libertad, cimentada en la confianza en el hombre, en Dios y en la naturaleza.
[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]
