The Objective
La Europa de las letras

Alda Merini: la pasión como existencia

El relato de una mujer que convirtió el dolor, la reclusión y el delirio en una de las obras más intensas de la poesía europea

Alda Merini: la pasión como existencia

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Mi máxima aspiración es tener una ambulancia a mi disposición, como Salvador Dalí», se lee nada más comenzar Delirio amoroso, un libro insólito y estremecedor en el que la gran poeta italiana Alda Merini concentraría las constantes que sacudirían su singular y espléndida obra: amor, locura, sacrificio, poesía, pasión. Una escritura que daría voz a los claroscuros más lúcidos y delirantes de una locura vivida siempre como estado existencial e impulso creativo. «Mi primera ambulancia —continuaría diciendo Alda Merini en Delirio amoroso— la tuve a los treinta y cuatro años, cuando, después de haber leído un horóscopo que me vaticinaba un alegre paseo, me vi sujetada por cuatro enfermeros cariñosos y simpáticos que me metían dentro de una de ellas, mientras me llenaban de atenciones y me tranquilizaban. «Por fin», dije abriendo la ventana, «un poco de aire fresco». «Claro, claro», dijo un enfermero, «el aire del sufrimiento».

«He escrito —diría refiriéndose a su anterior obra L’altra verità. Diario di una diversa— mi primer diario voluntariamente. Este, Delirio amoroso, el segundo, lo he escrito porque no podría hablar con nadie (sé que ya no tengo amigos). De esta forma, el folio en blanco se ha convertido en mi primer psicoanalista».

Autoanalizándose de un modo desgarrador y con una clarividencia sobrecogedora, Merini definirá su propia locura, algo que la estuvo acorralando sin piedad toda su vida: «¿Sabéis qué es la locura? Para mí ha sido una gran e inconfesable languidez amorosa. Tan dolorosa y espástica que se parecía a los dolores de parto. La locura catatónica, asombrosa, ambiental, criminal, sedienta de sangre, adora extrañamente el mito de Clitemnestra». Es decir, la reina consorte en Micenas de Agamenón, madre de Ifigenia, Electra y Orestes, y protagonista de una escalofriante y sangrienta cadena de asesinatos, venganzas y traiciones dentro de la misma familia.

Personaje mítico de la literatura italiana, la gran poeta Alda Merini, nacida en Milán en 1931 y fallecida en 2009, se convertiría con el tiempo en un auténtico icono de la cultura popular, cuyos poemas muchas veces acabaron cantados por conocidos intérpretes como Milva y Lucio Dalla, o por Roberto Vecchioni, que le dedicó un concierto.

Marcada por la locura y la exclusión, como también sucedió con el otro gran poeta maldito italiano Dino Campana, autor de unos maravillosos Cantos órficos, Merini empezó a escribir muy pronto, siendo descubierta —e incluida— en una famosa antología del crítico literario Spagnoletti. Admirada y alabada desde sus inicios por los más importantes nombres del pasado siglo en Italia, como los premios Nobel de Literatura Eugenio Montale y Salvatore Quasimodo, además de por Pasolini o la crítica Maria Corti, Alda Merini sería objeto de numerosos documentales y su espíritu de independencia, su coraje en los periodos más duros de reclusión en diversos psiquiátricos, así como la fuerza, la magia y el esplendor hipnótico de sus versos, hicieron de ella un nombre cada vez más unánimemente reconocido, llegando a ser una firme candidata al Nobel en sus últimos años.

Autora de una copiosa bibliografía, uno de sus libros más bellos, una especie de desgarradora y a cada paso deslumbrante autobiografía, con la forma de prosa poética y aforística, sería el titulado La loca de la puerta de al lado («para los vecinos yo era, sigo siendo, la loca de la puerta de al lado»). Publicada en 1995, esta obra recorre los temas centrales de su vida: la poesía («el poeta es un ángel —se puede leer— el poeta es un centro de vida»), la crueldad de los tratamientos en los hospitales donde era internada («no deberían haberme dado electrochoques… esta novela que es mi vida podrá ser una novela negra, una historia terrible inventada en torno a aquel espantoso ciclo menstrual del pensamiento, en torno a aquellas hemorragias mentales fruto de los electrochoques»), la locura («la locura es el levantamiento de unos poderes ocultos que se proyectan en una sola dirección y que de repente irrumpen en el trazado de una vida que poco antes parecía lineal»), su «triste lucha» por la ley Basaglia (la ley que abolió los manicomios en Italia), su encarnizado empeño por ser comprendida más allá de su sofocante imagen pública («a ojos de todos soy una loca, a mi alrededor hay tal vacío de soledad, de cotilleo»), el dolor como eje existencial («un rastro negro en la conciencia, una línea de demarcación») o referencias a otras de sus más grandes obras como La Terra Santa, La otra verdad o Delirio amoroso.

Casada, y enviudada, en dos ocasiones, Alda, con tan solo 15 años, tendría un encuentro trascendental en su vida: el escritor y gran jefe de filas de grupos de la vanguardia como el Gruppo 63, Giorgio Manganelli, no menos mítico y singular entre todos los singulares escritores del pasado siglo.

Numerosas serán las ocasiones en las que, entre decenas de amigos, de editores, de amantes y de otros creadores, aparezca en su libro el nombre de este igualmente inclasificable milanés, con el que le unió una relación tormentosa: «Manganelli fue, además de mi Pigmalion, algo que estaba más allá del bien y del mal, e incluso más allá de mi amor por él. Ambos especialistas en el siglo XIV y ambos fogosos tanto en la pasión como en la existencia».

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