Delphine de Vigan: cerrando heridas
La escritora francesa convirtió la memoria familiar y las heridas íntimas en una de las obras más perturbadoras

Ilustración de Alejandra Svriz.
«Mi madre estaba azul, de un azul pálido, mezclado de ceniza», dirá la escritora Delphine de Vigan al comienzo de Nada se opone a la noche, uno de los mejores y más perturbadores libros de la literatura francesa de las últimas décadas. En esta novela se cuenta una historia familiar, la de la propia Delphine: después de encontrar a Lucile, su madre, muerta en misteriosas circunstancias, De Vigan pasará a convertirse en una tenaz detective dispuesta a reconstruir la vida de su progenitora desaparecida. Los cientos de fotografías tomadas durante años, la crónica de George, abuelo de Delphine, registrada en cintas de casete, las vacaciones de la familia filmadas en superocho o las conversaciones mantenidas por la escritora con sus hermanos son los materiales de los que se nutre la memoria de la familia Poirier.
«El dolor de Lucile, mi madre —dirá Delphine—, formó parte de nuestra infancia y luego de nuestra vida adulta; el dolor de Lucile sin duda forma parte de nosotras, de mi hermana y mí misma, pero cualquier intento de explicación está condenado al fracaso. Escribir no sirve de nada en este caso. Como mucho, me permite hacer preguntas y cuestionar la memoria. La familia de Lucile, y por tanto la nuestra, ha dado lugar a muchas hipótesis y comentarios a lo largo de su historia. Las personas que conocí durante mi investigación hablaban de fascinación. A menudo lo escuché decir en mi infancia. Mi familia encarna la alegría más ruidosa y espectacular, el incansable eco de los muertos y la resonancia del desastre. Hoy también sé que ella ilustra, como tantas otras familias, el poder destructivo de la Palabra y también el del silencio. El libro, quizás, no sea más que eso, el relato de esa investigación, y contiene en sí mismo su propia génesis, sus divagaciones narrativas, sus intentos inconclusos. Pero, sobre todo, será ese impulso, de mí hacia ella, vacilante e inconcluso».
En esta deslumbrante investigación, en el corazón de la memoria familiar, donde los recuerdos más brillantes se entrelazan con los secretos más enterrados, al fin y al cabo serán precisamente todas nuestras vidas, nuestros defectos y nuestras propias heridas lo que Delphine de Vigan va a desplegar con una fuerza descarnada. Espléndida y sobrecogedora crónica familiar en el París de los años cincuenta, sesenta y setenta, el libro pronto se convierte en una reflexión sobre la «verdad» de la escritura. Convertidos en detectives-lectores, descubriremos que son muchas las versiones de una misma historia, sobre todo de las familiares, y que narrar implica elegir una de esas versiones y una manera de contarla. Una elección, a veces, sumamente dolorosa. En el transcurso del viaje de la cronista al pasado de su familia y a su propia infancia, irán aflorando los secretos más oscuros. «Escribo de Lucile con mis ojos de niña —dirá De Vigan— que creció demasiado deprisa, escribo sobre ese misterio que siempre fue ella para mí, a la vez tan presente y tan lejana, ella, que, desde que cumplí diez años, nunca más me cogió en brazos.»
Para Delphine de Vigan, escribir sobre su madre, sobre su terrible incapacidad para vivir, sobre sus repentinos estallidos de esperanza y locura a un mismo tiempo, sería cerrar heridas abiertas muchos años atrás. Era una deuda que tenía consigo mismo y de la que no podía escapar. Como dirá ella misma: «Es una especie de ‘libro fantasma’ que había estado abrigando durante mucho tiempo, mucho antes de la muerte de mi madre, aunque su suicidio fue, sin duda, uno de los desencadenantes. El misterio que rodeaba la personalidad de mi madre, y lo que yo viví de niña con mi hermana, forma parte de mi construcción como mujer y como escritora. Intenté por todos los medios sortear este libro, pero por fin entendí que si no me ponía a trabajar sobre ello, no podría escribir nunca más. Mi trayectoria como escritora pasó por esto. No había escapatoria».
Recuperar la novela familiar será para ella emprender un doloroso camino de catarsis y de superación del duelo. Aunque en el curso de esta investigación, o exposición a la luz del día de toda una familia y sus secretos, de un matriarcado imponente y un ramillete de personalidades, alegre y rebosante, en el centro siempre se alzaba la figura luminosa de Lucile. Y las tonalidades, desde el comienzo, a través de duros y abismales episodios, oscilarán siempre entre el azul y el negro de la culpa y el sufrimiento.
Escritora, guionista y directora de cine francesa, Delphine de Vigan, nacida en Boulogne-Billancourt, en 1966, ya se había convertido en una escritora célebre en su país desde la aparición de sus novelas Días sin hambre en 2001 y de No y yo, en 2007, entre otras, cuando en 2008 se encontró con el cuerpo de su querida madre suicida. Llevaba varios días muerta: «Las manos extrañamente más oscuras que el rostro cuando la encontré esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges».
Unas semanas más tarde, se ve arrastrada por el torbellino implacable de su vida cotidiana, por promociones y actos relacionados con un nuevo libro que no permiten interrupciones, interferencias de lo personal. Delphine decide seguir, sobreponerse como un autómata y al menos luchar «por mantenerse en pie». ¿Qué hacer, se dice esta hija que acaba de perder a su madre bipolar, una madre que toda la vida estuvo alternando crisis maniaco-depresivas con el puro pánico a una existencia que jamás le daba tregua? ¿Cómo seguir actuando? ¿Acallar la pena, amarrarla, sofocarla, sufrir en silencio, o emprender un camino de catarsis y superación del duelo?
Por fin, un día, se decide a escribir «sobre ella, en torno a ella, o a partir de ella». No era la primera vez que lo hacía, pero durante tiempo rechazó esta idea, manteniéndola a distancia y esgrimiendo para sí misma «la lista de los innombrables autores que habían escrito sobre sus madres». Sin embargo, en su caso, se trataba de afrontar ese tema precisamente porque «había sido picoteado y degradado» hasta la saciedad: «Mi madre —se dirá Delphine— constituía un campo demasiado vasto, demasiado sombrío, demasiado desesperado».
Enseguida, ayudada por una fusión emocionada, sobrecogida y a la vez descarnada, de rastros de vida, de testimonios de otros familiares que completan un retrato que se borra por momentos y de fotografías tomadas durante años como si se tratara de una crónica del París de varias décadas, Delphine se fuerza a no olvidar «el humor frío, fantasmal y la singular predisposición a la fantasía» de aquella madre bella, sabia, frágil, seducida por la lectura desde muy pequeña, mientras participaba como modelo en campañas de ropa de lujo para niños. Más tarde llegarían —como describirá Delphine en su libro o álbum fúnebre en memoria de su madre— «esos momentos de delirio en los que la vida se había vuelto tan pesada para ella que había necesitado escapar; momentos en los que su dolor solo podía expresarse mediante la fábula».
Tras tres años sin poder escribir una línea, Delphine de Vigan, volverá con una nueva obra maestra. Una obra que oscilará entra la autoficción, el thriller a la manera de su admirado Stephen King y la reflexión magnífica del papel del escritor en el siglo XXI y su relación con un público que lo catapulta una y otra vez hasta lo más alto, de forma angustiosa y apabullante, mientras íntimamente se lucha con la página en blanco y el bloqueo. El título de esta obra, que significará de nuevo un éxito desbordante, será Basada en hechos reales y no tardará en ser llevada al cine por Roman Polanski.
Tal y como se narrará en esta obra, una de las suyas más leídas, tras la publicación de su última novela, la narradora, llamada Delphine, que hablaba en primera persona, había dejado de escribir. Este silencio proviene de una fragilidad amplificada por cartas anónimas que le acusan de haber hecho mucho daño a su familia en su novela anterior. Una mujer a la que ella llamó L. hace la aparición en su vida. Muy pronto, L. desplegará su control sobre la narradora para escribir la novela que L. misma quiere leer, impregnada de realidad en lugar de ficción. De forma metódica, aísla a la novelista que se deja llevar y explota la fragilidad del personaje, apartándola de sus seres queridos y de sus lectores. Hasta el momento que ocupa su lugar.
Una constante en la obra de esta autora (desde el impresionante retrato o búsqueda tenaz que haría de su madre en Nada se opone a la noche) serán las relaciones de dependencia, y la naturaleza de la responsabilidad entre unos y otros, tanto entre adultos como entre adultos y niños a su cargo. En su bellísima novela No y yo (2007), la protagonista y narradora pierde a su hermana y tiene que enfrentarse en soledad al duelo en el que se sumergen a diario sus padres. En lo que respecta a su obra Las lealtades, Theo, de 12 años, hijo de padres separados, sufre en silencio y empieza a beber al tener que soportar los demonios íntimos, los secretos y mentiras que su padre y su madre han volcado sobre él; también en Las gratitudes, la amistad que une a una joven y una anciana ha forjado sus firmes lazos desde la época en que la primera de ellas, de pequeña, encontró refugio en casa de su vecina mayor.
Por su lado, Mélanie, la protagonista de otra de las mejores obras de esta autora, la estupenda novela Los reyes de la casa, una intriga que en ocasiones adquiere el tono de un thriller casi distópico, es una adicta. Pero no de las adicciones clásicas, que acababan en un hospital o en un centro de desintoxicación. Para ella, que se declara feliz, llevando una vida plena, aún no se han inventado esos centros especializados. Como en el relato El alienista de Machado de Assis, en que un psiquiatra, llevado por su celo, acaba internando en el manicomio a todo el pueblo, menos a él mismo, Mélanie forma parte de la locura de muchos. De toda una sociedad que se dice cuerda.
Además, su adicción es de ida y vuelta, como una pescadilla que se muerde la cola: la sufre ella, que vive y actúa permanentemente dentro de un reality, el de su propia vida filmada, en su propio hogar, y la sufren los que caen en la hipnosis de sus plataformas en funcionamiento constante. Es decir, en sus exitosos videos de YouTube que emiten todos sus movimientos y los de su familia a lo largo del día. Sus hijos Kimmy y Sammy, sin quererlo, se convierten en miniinfluencers, con miles de seguidores de su misma edad. Niños aparentemente como ellos, pero que en su caso no son filmados sin parar ni tienen que atender las órdenes de un inflexible director de escena. Es decir, de su misma madre, ávida de captar seguidores como sea, con el objeto de recibir el pago correspondiente, y cuantioso, a la gran cantidad de productos que anuncia en su inacabable y repetido Día de la Marmota.
No es la primera vez que la excelente escritora que es Delphine de Vigan ha centrado su atención en los más frágiles de nuestra sociedad, niños y adolescentes sujetos a todo tipo de manipulaciones y abandonos, y a sufrir esos efectos secundarios, oscuros y secretos, de «los que no encajan». De los que se han ido deslizando poco a poco, ignorados por los que les rodean, hacia un abismo vertiginoso dominado por el dolor y el aislamiento.
De Vigan, una de las mejores escritoras de estos momentos, a quien se deben libros magníficos y perturbadores, de una belleza insólita y sobrecogedora, ya sean los de trasfondo autobiográfico como Días sin hambre (inspirada en sus años de anorexia), Nada se opone a la noche y Basada en hechos reales, o bien esa joya emocionante y extraña que es No y yo, ofrecería con su novela Los reyes de la casa un giro de ciento ochenta grados. Es como si De Vigan hubiera abierto en canal lo más inquietante e insoportablemente brutalizado de nuestra sociedad, tratado día a día como costumbre escasamente nociva o, simplemente, como «signo de los tiempos».
Mélanie ha hecho vivir a sus niños con la imagen siniestra de lo que para ella es la felicidad. Gracias a que en su casa, de adolescente, jamás faltaron a la cita del primer programa, Loft Story (la versión francesa de Gran hermano), que enloqueció a audiencias nunca vistas, de millones de teleespectadores, Mélanie creció formando parte de esa parte de la sociedad cuya mayor aspiración es «salir en la tele para darse a conocer y, seguidamente, ser conocidos por haber salido en la tele». Los daños psíquicos, quizá duraderos, de por vida, como cualquier tipo de abuso a menores, provocados por una sobreexposición precoz en la que los niños carecen de intimidad y son filmados y explotados por sus propios padres a todas horas del día, aún no han sido definidos por la ley. La indefensión es total. Pero todo estallará el día en que Kimmy, la pequeña estrella de la familia, sea secuestrada. Una novela espléndida y apasionante de Delphine de Vigan que se convierte a su vez en un extraordinario estudio sociológico que bucea en las zonas más desasosegantes y salvajemente alienadas de nuestra sociedad.
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