Alfonso J. Ussía: «Hace 20 años en España cancelar era un tiro en la nuca o una bomba»
El escritor desliza una mirada punzante sobre la decadencia de la cortesía en una sociedad acomodada en el bienestar
Antes de empezar, nos sentamos en un banco a charlar un rato y lo cierto es que, tanto fuera como con la cámara delante, la honestidad de Alfonso J. Ussía (Madrid, 1983) no se esconde. El escritor radiografía en El purgatorio de THE OBJECTIVE una España que ha sustituido la cortesía por la «metástasis del cinismo», moviéndose con naturalidad entre la crítica a una política torrentizada y el recuerdo de esas noches al límite junto a Antonio Vega. Un encuentro sin anestesia sobre el peso del apellido, la trampa del bienestar y la libertad de un hombre que prefiere la autenticidad de su hipoteca en Conde de Casal a la hipocresía digital.
PREGUNTA.- Queda muy poco para San Isidro, Alfonso.
RESPUESTA.- Queda poco, la semana que viene.
P.- ¿Ha cambiado mucho Madrid?
R.- Depende de con cuándo compares. Madrid es una ciudad en permanente cambio. El siglo XX tuvo tres o cuatro grandes transformaciones. El siglo XXI es efervescente. Madrid evoluciona constantemente, pero siempre conserva algo de su esencia.
P.- ¿Cuándo fue la última vez que te sentiste como un extranjero en tu propia calle?
R.- Probablemente en Navidad, paseando por el centro. Es una locura: la calle Mayor, Preciados o Arenal se llenan tanto que se podría saltar de cabeza en cabeza sin tocar el suelo. Por un lado, es bonito: el puente de diciembre es salvaje porque Madrid se colapsa con gente que viene de toda España a hacer compras, a ver musicales o a por el décimo de Doña Manolita. Durante esos días, la ciudad se convierte en una especie de escaparate de cartón piedra, en un gran centro comercial. Es tremendo. Ahí me sentí como un extranjero por última vez.
P.- Pero no ves huir de Madrid factible.
R.- Lo mejor que tiene la capital es volver. Aquí vivimos a un ritmo muy acelerado, pero también somos un poco quejicas. Si te vas a vivir a Londres, Berlín, París o Nueva York —salvo que optes por una vida rural—, cualquier metrópolis de más de tres millones de habitantes lleva un ritmo bastante desnortado. Madrid no puede ser menos, especialmente ahora que está tan de moda.
P.- Una pregunta que hago a los madrileños: ¿qué echas de menos de la ciudad?
R.- La cortesía. Es lo que más me llama la atención. Madrid siempre ha sido una ciudad hecha de gente que venía de todas partes a pelear, a luchar, a conseguir algo o a fracasar, pero siempre a intentarlo. Existía un costumbrismo basado en la educación: sujetar la puerta al pasar, dar las gracias, dar los buenos días o tener un bar de confianza. Echo de menos esas cosas porque ahora veo que todo el mundo va a lo suyo, mirando una pantalla. Nos hemos vuelto más hostiles y eso no me gusta. Madrid siempre ha sido acogedora por naturaleza, y tanta rotación a veces no es positiva.
P.- ¿Por qué eres tan hater de las redes sociales?
R.- Utilizo Instagram para compartir mis artículos y libros porque me parece una red más naíf, donde la gente no busca hacer daño. Pero Twitter es otra historia. Las Barranquillas es menos hostil. Twitter se ha convertido en un refugio donde los cobardes sueltan barbaridades desde el anonimato. Es curioso, porque no ha cambiado desde su fundación. Hace un par de años, cuando lo compró Elon Musk, muchos se echaban las manos a la cabeza vaticinando que sería una red de derechas, pero antes estaba polarizada hacia la izquierda por Jack Dorsey. En el fondo, no merece la pena, aunque sigo a algunos historiadores maravillosos, como Enrique Navarro, que publican hilos que realmente te abren los ojos.
P.- Quizás por eso sea necesaria cierta censura.
R.- No, soy un firme partidario de la libertad de expresión. Todo el mundo tiene derecho a ser estúpido y a que alguien se lo diga. El problema es que en Twitter se dicen cosas que nadie te diría a la cara en un bar. Te insultan con una violencia extrema y luego, si te los cruzas, te saludan con cara de póker. Saca lo peor de cada uno; es un atajo para la miseria moral.
P.- ¿Hay más hostilidad en las redes que en tus noches de antaño por Madrid?
R.- Sin duda. Cuando era joven, si alguien te partía la cara era porque te lo habías buscado, pero no se faltaba al respeto por sistema. Existía un código de cortesía: te divertías sin invadir la parcela del de al lado. Jamás tuve un problema serio porque siempre se podía negociar con la palabra. El entorno digital de ahora es mucho más agresivo que cualquier noche «demoníaca» del pasado.

P.- ¿Notas ese ambiente hostil también fuera de las pantallas?
R.- En las redes sí, pero en la vida real no tanto. Lo que sí me molesta es esa constante mirada nostálgica hacia el pasado. Hoy hablamos de la cancelación en Twitter como si fuera una tragedia, pero hace 20 años en España cancelar era un tiro en la nuca o una bomba. Venimos de tiempos de tiranía y ahora vivimos una época de libertad ganada a pulso, pero empañada por una hipocresía galopante. La bonanza permite que la gente se dé el lujo de ser arrogante y falsa.
P.- ¿Crees que hay gente que alimenta esa hipocresía a propósito?
R.- Por supuesto, y además cobran por ello. A nivel político, es lamentable: se cometen atropellos que no penalizan electoralmente, y esto afecta a todos los partidos. Es una señal de que las cosas van «demasiado bien», porque la sociedad se permite ser cínica. Con hambre o jugándose el pescuezo de verdad, esa hipocresía no existiría. El bienestar nos ha dejado sin tiempo para aburrirnos, rodeados de distracciones que, al final, empeoran la calidad de nuestra convivencia.
«A mi padre le echaron de ‘ABC’ y de ‘La Razón’ por defender sus principios… Creer en algo hasta el final y no dejarse comprar es algo que hoy no se estila»
P.- ¿Nos hemos pasado de rosca con el Estado del bienestar?
R.- Completamente. Estar tan acomodados ha fomentado un cinismo ideológico y social que actúa como un modo de vida. Es una metástasis que infecta todo el entorno y hace que los tiempos actuales sean peores.
P.- ¿Hasta dónde se puede estirar este chicle?
R.- Hasta que se rompa. En España los cambios solo llegan cuando hay necesidad real. Mientras el sistema siga inflado y se puedan falsear datos, no habrá un giro. El chicle se romperá cuando Europa corte el grifo de la financiación o cuando se auditen de verdad las cuentas y el empleo. Hace falta un reseteo, una resituación necesaria.
P.- Hablando de ese reseteo necesario, ¿crees que el individuo va a menos? Casas más pequeñas, vidas más irrelevantes…
R.- Es una tendencia lógica si miramos los datos. A finales de los cincuenta, Madrid recibía a unas 90.000 personas al año, una cifra similar a la actual. Sin entrar en ideologías ni aprobar dictaduras —porque detesto la tiranía de Franco—, hay una realidad estadística: entre 1960 y 1970 se construyeron en Madrid casi un millón de viviendas, muchas de ellas de protección oficial. Se levantaron barrios enteros como el Barrio del Pilar, Orcasitas o Moratalaz, con pisos dignos de 80 o 90 metros cuadrados. Eso hoy no ocurre. Siguen llegando 90.000 personas al año, pero solo se construyen unas 20.000 viviendas. Si la oferta no cubre la demanda de quienes llegan y de quienes quieren independizarse, el espacio se reduce. Además, existe un punto de pedantería en el deseo generalizado de vivir en el centro.
«Estamos tan acomodados que hemos fomentado un cinismo ideológico que actúa como un modo de vida; es una metástasis que infecta todo el entorno»
P.- Es un fenómeno curioso.
R.- Es increíble que, tras vender 300.000 libros, yo no pueda permitirme un piso en el centro, ni mucho menos en zonas como La Moraleja, Puerta de Hierro o el Barrio de Salamanca. Llevo 20 años viviendo en Conde de Casal porque era lo que podía pagar en 2005 y sigo hipotecado. Yo conocía mis posibilidades y no pretendía vivir en la calle Génova o en Almagro. Hay un cierto paletismo en esos que denuncian la gentrificación al tiempo que se niegan a salir del centro de la ciudad.
P.- Bienvenido oficialmente a El purgatorio, Alfonso. Estás colaborando en La Cuota de ABC, pero hoy traigo la portada de THE OBJECTIVE para analizar la actualidad. Abrimos con la noticia de la SEPI avisando a Montero sobre las gestiones de Ábalos y Aldama. ¿Qué opinión te merece todo este escenario judicial?
R.- Corrupción va a haber siempre porque el error es inherente al ser humano; estamos lejos de ser una sociedad perfecta. Me agota escuchar a ciertos sectores bromear con que Ábalos tiene «un gran corazón» por ser una suerte de agencia de colocación para su entorno, como si la política española se hubiera torrentizado. Lo verdaderamente grave es que se utilicen las instituciones para tapar esa corrupción. Lo estamos viendo con el caso Ábalos: quien fuera la mano derecha de Pedro Sánchez y abanderado del discurso anticorrupción en la moción de censura contra Rajoy. Es un circo financiado y dirigido desde el centro del poder del país. En cualquier otro contexto, esto ya se habría investigado a fondo.
P.- Bueno, también ha ocurrido en comunidades autónomas.
R.- Sí, pero allí se persigue. Aquí la sensación es distinta: ¿y si Ábalos es declarado culpable? ¿Habrá un indulto dentro de un año?
P.- La Fiscalía pide 24 años para Ábalos, pero la sensación es que todo quedará en nada.
R.- Es frustrante. Veremos qué sale de las tramas de hidrocarburos o los edificios de la SEPI… Al final las condenas reales suelen ser de tres años. Si criminales que se han cobrado vidas no cumplen más de 20 años de cárcel en España, un político corrupto sale al año con los bolsillos llenos. Necesitamos mecanismos de control urgentes. Nuestra democracia sirvió para un momento histórico concreto hace 50 años, cuando había que legalizar a la izquierda y consolidar la monarquía, pero hoy requiere un cambio. Necesitamos organismos que auditen al poder de verdad, porque ahora mismo, con una prensa financiada por el sistema, es casi imposible.
P.- Es un sistema que se audita a sí mismo.
R.- No tiene sentido que el mismo Gobierno que delinque sea el que indulte. Ayer supimos que Koldo era consejero en Renfe. Mientras tanto, tenemos accidentes con decenas de muertos y nadie dimite. Nadie es culpable. Empieza a parecer terrorismo de Estado. ¿Cómo controlamos a esta gente si tienen todas las cartas en la mano?
«Es increíble que, tras vender 300.000 libros no pueda permitirme un piso en el centro. Llevo 20 años viviendo en Conde de Casal porque era lo que podía pagar»
P.- Quizás la solución sea una tecnocracia.
R.- O la inteligencia artificial. Imagina el ahorro si un sistema gestionara los impuestos y los repartiera en sanidad según las necesidades reales, sin manos políticas de por medio. Tendrían que diseñar un software que nos mantuviera a salvo de nuestros propios gobernantes.
P.- ¿Ves alguna utilidad real en la Unión Europea ante esta situación?
R.- La Unión Europea tiene el mismo problema que nuestra Constitución: nació con un sentido y en un momento concreto, pero debe evolucionar. No puede ser un refugio de políticos que ganan 16.000 euros al mes trabajando tres días mientras fallan como escopetas de feria. Es sangrante ver cómo en Bruselas se firman acuerdos como Mercosur, que arruinan a nuestros agricultores al permitir productos sin los controles que aquí se exigen. Se nos llena la boca con productos de proximidad, pero luego nos traen tomates de Chile o Marruecos mientras el productor local se muere de hambre. El periodismo y la economía que valen son los de cercanía. Me importa saber por qué la ferretería de mi barrio ha cerrado, no estar todo el día hablando de Trump. Como decía Ortega y Gasset: es un disparate intentar formar una comunidad europea cuando tenemos una guerra civil interna con nosotros mismos.
P.- ¿Estaría España mejor fuera de Europa?
R.- No soy rupturista; si nos separáramos, estaríamos muertos de hambre porque llevamos décadas viviendo de sus fondos. Pero Europa debe tener sentido y coherencia. No pueden tolerar que el dinero público se pierda en corruptelas como la de los respiradores defectuosos. Dan ganas de iniciar un motín.
P.- ¿Crees que Pedro Sánchez volverá a gobernar tras las próximas elecciones?
R.- Sánchez es un estratega impecable, pero carece de escrúpulos y principios. Con alguien así manejando las instituciones, cualquier cosa es posible. Yo echo de menos una oposición sólida y coherente, no una que mire a la calle antes de decidir qué pensar. Un político debe ser previsible por sus principios, no una veleta. Presentar batalla a un perfil como el del presidente requiere una barrera ética infranqueable. Mientras la oposición no tenga esa consistencia, dará igual lo que pase.
P.- La gente parece anestesiada ante estos escándalos.
R.- Me duele que traten a la gente como imbéciles. Ves a María Jesús Montero hablando de lucha contra la corrupción cuando estuvo siete años en la Junta de Andalucía con los indultados de los ERE. Y en el otro lado igual: ¿cómo votas a partidos como Vox que tienen esa opacidad interna y purgan a los disidentes de opinión? Si hacen eso con los suyos, ¿qué no harían con nosotros si gobernaran? Me da mucha pena que se crea que el ciudadano es gilipollas.
P.- Hablábamos también de la financiación de la prensa. Si dependen de esos fondos, el ciudadano acaba viviendo engañado…
R.- Que haya una publicidad institucional regular repartida según la audiencia me parece lógico y democrático. Lo que es una salvajada es que ciertos medios solo se financien de un lado. Obviamente, si te informas ahí, no vas a obtener la verdad, porque quien paga las cuentas no va a permitir que hables mal de él.
P.- ¿Qué te parece que la parrilla televisiva sea política casi las 24 horas?
R.- Es una mierda; la política se ha convertido en un Sálvame. Lo vimos en los noventa con Tómbola, el primer programa en hacer un reality de la vida ajena. Ahora ese formato es el prime time de la política: todo es última hora, incluso si Feijóo ha hecho pis. El problema es que la televisión es un negocio que da pasta y, si la gente pide este espectáculo, se lo dan. Si comparas la parrilla de finales de los setenta, con solo dos canales, con la de ahora, te das cuenta en qué se ha convertido esto.

P.- Resulta curioso que acabemos echando de menos un Sálvame de verdad.
R.- Es que antes había tertulias, programas y entrevistas que realmente merecían la pena. Ahora solo rescato algo de La 2. La televisión actual se aprovecha de que mucha gente tiene demasiado tiempo; a fuerza de repetir lo mismo, logran hipnotizar al colectivo.
P.- ¿Y los libros? ¿Dónde están quedando los libros?
R.- Creo que gozan de buena salud. España está vendiendo libros y el crecimiento es mayor que en otros países de nuestro entorno. Se editan unos 80.000 o 90.000 títulos al año, aunque ahí se incluye todo: educación, autoayuda y demás. Se dice que solo un pequeño porcentaje de lo que llega a las librerías vende más de 20 ejemplares; se edita mucho más de lo que se necesita, pero hay que resistir. Recuerdo una mañana en el Retiro en la Feria del Libro con mi gran amigo Rodrigo Cortés. Ante una caseta de literatura adolescente, la cola llegaba hasta Menéndez Pelayo y le dije a Rodrigo: «Fíjate qué horror, yo firmaré cinco libros y esta chica firmará 2.000». Rodrigo, muy sabio, me respondió: «No te preocupes; ese público ya lee, y ya nos tocará. Se están haciendo lectores con esas novelas y llegará un momento en el que nos busquen». Me dio esperanza. Se creía que el ebook acabaría con todo, pero el libro físico se mantiene firme.
P.- ¿Crees que te leen como te gustaría ser leído?
R.- No lo sé. Aprendí hace mucho que hay que escribir para uno mismo; no se puede escribir para otro. Borges decía: «Uno escribe para sí mismo, y si eso conmueve a alguien, es un regalo». Si escribes pensando en quién te va a leer, estás condicionando y autocensurándote. La honestidad es la piedra angular de la columna de opinión: te ayuda a encontrar un camino razonable hacia la verdad. En cuanto escribes pensando en el que te odia o en el que te alaba, estás maniatado.
«La política española se ha torrentizado: el circo de Ábalos está alimentado y financiado desde el centro del poder del país»
P.- Escribir para ganar un premio debe ser la perdición de un autor.
R.- Eso ya entra en el terreno de los egos. Si has leído mucho, te das cuenta de que hay gente tan buena que el ego se te quita rápido. Dejas de escribir por esas tonterías y lo haces para ti, lo único noble de este oficio. Escribir para ti te abre la puerta a dudar, equivocarte y cambiar de opinión. Es muy gratificante cuando un lector te dice que pensaba de una manera y que, tras leerte, ha cambiado de opinión. Pero siempre partiendo de la base de que tu postura no vale nada; simplemente la envuelves en literatura y eso es lo que te salva.
P.- ¿Escribes para recordar o para olvidar?
R.- Para recordar, siempre. Tengo una memoria terrible, así que escribir me ayuda a dejar constancia de lo que pasó. Sea un obituario o el recuerdo de una época de tu vida, fijar esos momentos en un folio es una de las grandes virtudes de la literatura.
P.- No todo lo que recordamos es bonito. ¿Qué cicatriz es la que más te gusta mostrar?
R.- Soy un cúmulo de torpezas. De adolescente estaba todo el día en la calle ensuciándome la mirada. Leía sin parar y escribía sin pretensión de publicar, aunque luego me di cuenta de que ya me estaba preparando para lo que hago ahora. He estado al borde del precipicio muchas veces, mirando con vértigo, donde cualquier tropiezo podría haber sido irreversible.
P.- ¿Crees que podrías haberte quedado por el camino?
R.- Muchísimas veces.
P.- ¿Y por qué no?
R.- Por miedo o por un instinto de supervivencia nato, quizás. He mantenido siempre un mínimo de sentido común que me ha ayudado a que el golpe no fuera definitivo, a diferencia de otras personas que se echaron a perder buscando sensaciones fuera de la vida cotidiana.
P.- ¿Te arrepientes de algo?
R.- De haber traicionado a algún amigo o a alguna mujer; de haber hecho daño a alguien a quien quiero. De mis actos personales, cuyos resultados solo sufro yo, no me arrepiento. Pero de herir a otros, sí.
P.- ¿Qué es el daño para ti?
R.- Perder algo irreversible. El daño real es perder a un padre, a un hijo o a un amigo íntimo. Todo lo demás tiene solución. Cuando escribí El puente de los suicidas, estudié los motivos del suicidio: desamor adolescente, problemas económicos o soledad. Los tres se pueden evitar. Lo único irreversible es matarse. Los problemas financieros pasan; si te embargan, te vas al pueblo a plantar patatas, pero sales adelante. Y si eres buena persona, siempre habrá alguien a tu lado que no te dejará caer. Me impactó la noticia de aquel hombre que llevaba muerto 15 años en su casa de Valencia sin que nadie se diera cuenta. El presidente de la comunidad decía que le extrañaba no verle en las reuniones desde 2012. Eso demuestra que no solo estaba a solas el fallecido, sino que su entorno era malo. Nadie tuvo la decencia de preguntar por él. Es jodido.
P.- ¿Echas de menos a Antonio Vega?
R.- Muchas veces. Antonio fue a una universidad de la calle. He tenido la suerte de que las personas que construyeron la banda sonora de mi vida, como Antonio Vega, Andrés Calamaro o Nacho Vegas, han formado parte de mi realidad. Antonio era una estrella que brillaba tanto que acabó estallando. Con Calamaro tengo una amistad íntima. Me refugié en sus canciones en los peores momentos y la vida me lo puso delante porque él me había leído. Con Nacho Vegas igual. Me escribió tras leer Vatio y nos hicimos amigos. He tenido una suerte inmensa. A Antonio le echo de menos porque ya no puedo disfrutar de su compañía.
«Yo prefiero el purgatorio. Seguramente allí no tengan medidor cuando te sirvan una copa»
P.- Aunque tú estuvieras también al borde de ese colapso…
R.- Él llevaba una vida muy punk, muy personal. Estar con él era como subirte a esas pasarelas planas de los aeropuertos: él iba a toda velocidad y tú te subías a ese ritmo. Yo tuve la suerte de no caer del todo por miedo o sentido común.
P.- ¿Echas de menos a tu padre?
R.- Muchísimo. Hoy hace cinco meses que murió. Piensas que tu padre es inmortal, sobre todo tras verlo superar mil batallas. Teníamos una relación muy especial. Nos llamamos igual, compartimos profesión y nos conocimos leyéndonos el uno al otro. Me duele no poder compartir con él hitos como el premio que he ganado con In extremis. Al recibir la noticia, mi primer impulso fue llamarle. He tenido un padre generosísimo que me regaló la cercanía al mundo literario.
P.- ¿Le sigues leyendo?
R.- Ahora mismo no. Me pasó igual con Antonio Vega; estuve un tiempo sin poder escucharle. Con mi padre volverá a pasar, pero ahora me duele demasiado. Sus libros eran divertidísimos, pero donde realmente era un gigante era en la poesía satírica. Esa duele menos, esa sí la puedo leer.
P.- ¿Qué consejo suyo guardas con más cariño?
R.- Semanas antes de morir escribió un artículo titulado Alfonso Javier en El Debate. Decía que se moría tranquilo porque le había superado como escritor por ambos lados y me llamaba «el jefe de las letras» de nuestra casa. Fue un gesto maravilloso.

P.- ¿Crees que es así? ¿Realmente le has superado?
R.- Creo que tenemos estilos completamente distintos. Mi padre era un gigante en el uso del humor y la ironía; siempre encontraba la palabra adecuada. Era muy directo. Además, poseía ciertos valores que quizá en mí no son tan fuertes: el honor, la lealtad, la valentía… A mi padre lo echaron de ABC y de La Razón por defender sus principios. Es algo acojonante: creer en algo hasta el final y no dejarse comprar por dinero o reputación. Hoy en día me cuesta ver esa integridad en prácticamente nadie.
P.- ¿Crees que has sido el lado oscuro rebelde de tu padre?
R.- Puede ser, pero un lado oscuro luminoso. Defender lo que crees hasta las últimas consecuencias, sin importar las represalias, es algo que hoy no se estila.
P.- ¿Has encontrado en este mundo lo que venías buscando?
R.- No venía buscando nada, pero me siento una persona afortunada. Trabajo en lo que quiero, tengo dos hijos maravillosos y una mujer de la que aprendo cada día. Mis amistades se basan en la creación, lo que de verdad merece la pena. Me gusta estar cerca de personas creativas. La vida te pone zancadillas, pero las mías han sido delicadas.
P.- Si tuvieras que enviar metafóricamente a alguien al infierno, ¿a quién elegirías?
R.- ¡A mucha gente! Es una injusticia que siempre se vayan los mejores cuando hay tantos peores que se quedan. Parece que la guadaña no sabe dirigirse. Mandaría a paseo a todos los que se dedican a hacer nuestra sociedad un poco peor.
P.- ¿Algún colectivo en concreto?
R.- No soporto a los graciosetes de Twitter que usan cualquier noticia para soltar el chascarrillo hiriente. Hay mucha gente hipócrita. Quizá mandaría también al carajo a los therians, que están pesados últimamente. En fin, a los hipócritas. Aunque lo bonito de la vida es que ellos también tienen la libertad de mandarme a la mierda a mí.
P.- ¿Y a quién enviarías al cielo?
R.- A mi madre, sin duda. No hay nadie que se lo merezca más.
P.- ¿Dudas de la existencia del cielo?
R.- A veces. Creo que el concepto que tenemos es una construcción basada en el miedo a lo que no entendemos. Si fuéramos hindúes, creería en la reencarnación. Me encantaría reencarnarme en un arce en el monte Corona y ver la vida pasar. Me cuesta entender un universo tan complejo sin un ser superior, pero no pongo la mano en el fuego. Si el cielo existe, mi madre entraría en volandas.
P.- ¿Y al purgatorio?
R.- Ahí probablemente me vaya yo. Será mucho más divertido que el cielo. Acabamos de enterrar a un tío mío, el tío Pepe, que tenía un sentido del humor arrollador. Al enterrarle, pensaba que él, mi padre y sus amigos deben de estar allí, en el purgatorio, disfrutando de todos esos excesos que los hicieron ser como eran. Prefiero el purgatorio. Seguramente allí no tengan medidor cuando te sirvan una copa.
P.- Alfonso, se nos ha pasado el tiempo volando. Ha sido un auténtico placer.
R.- Gracias a ti por todo. Un placer.
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