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Literatura

El decoro en la literatura personal

«Se habla de la honestidad cuando, con suerte, se quiere hablar de la sinceridad, pero se incurre en contradicciones»

El decoro en la literatura personal

Libros. | Freepik

En el contexto del teatro medieval y aún más allá, cuando se fiaba todo a los arquetipos, al hablarse de «decoro» no se referían a la decencia, ni a la rectitud, ni al buen comportamiento, sino a la adecuación, a la bendita docilidad de ser lo que se es, a adaptarse a uno mismo. Quiero decir que, para cumplir con el decoro, el Rey tenía que ser autoritario y misericordioso, y el Pastor tenía que conocer y cuidar a sus ovejas, y el Santo tenía que ser virtuoso, pero, por lo mismo, el Ladrón tenía que robar, y la Prostituta tenía que ser lasciva y tentadora, y el Lobo tenía que ser insaciable a la hora de devorar por ahí todo lo que pudiera. Que un Asesino se apiadase de alguien era considerado una falta de decoro, en términos escénicos, y autores hubo que experimentaron por ahí, atentando contra lo previsible, casi lo obligatorio, y cometiendo la provocación de sorprender escapando de lo preceptivo.

Me acuerdo mucho de esto cuando leo libros de memorias, o diarios, o testimonios personales, al llegar a esos momentos en los que, por ejemplo, un gran futbolista se detiene un momento en su libro de recuerdos para contar que le gusta el café muy caliente y con muy poca leche, apenas una gotita. Querido crack: con todos nuestros respetos, nos la pela. Cuéntanos lo que sucedió en aquella final, qué os dijo tal entrenador en el vestuario en aquella noche histórica, qué hiciste al día siguiente de retirarte y encontrarte con todo el tiempo y todo el dinero del mundo. Cuenta las cosas que nos han hecho acercarnos hasta tu libro, que justifican que exista, porque en cuanto te desvíes a dar cuenta de cosas llamativamente irrelevantes y que no tengan ninguna gracia en ningún sentido, ningún interés desde ningún posible punto de vista, nos daremos cuenta de que a ti o a tu negro se os han ido las riendas del libro, que no habéis entendido bien lo del equilibrio entre las zonas de emoción y de pausa, entre la tensión y el descanso. 

A veces se lee también en las novelas: tres amigos quedan para tomar algo (maravillosa expresión para un filólogo: «ir a tomar algo») y uno de ellos pide una Coca-Cola Light, otro un cortado con leche de soja en vaso pequeño y el otro un Bitter Kas, y el narrador tiene el admirable cuajo de dedicar tres líneas a detallarlo. Cuando se lo reprocho, me dicen: «Pero si a ti te gusta la cotidianeidad, si siempre defiendes lo cercano, lo familiar, lo normal». «Qué mal debo de explicarme —pienso en esos momentos—, si creéis que me refiero a esto». Y a la vez pienso que me gustaría ser un escritor de novelas policiacas para escribir una en la que el asesino acabe siendo pillado precisamente por eso: nadie está dispuesto a tomarse un café si no es exactamente a su gusto, así que el malo habría dejado una prueba fatal en alguna taza…

Volviendo a lo de arriba, es como cuando en los diarios de Albert Speer cuenta que «He pasado toda la mañana despachando asuntos con el furioso Führer y después me he acercado a la taberna a tomar unas salchichas ahumadas que estaban deliciosas, porque las han cocinado con una salsa de…». No, hombre, no, Speer, no fastidies: cuéntanoslo todo sobre la reunión con Hitler y olvídate del chucrut. Un poco de decoro. Y, sin embargo, con Josep Pla ocurre lo contrario: tras varias páginas intentando explicar lo que defendía no sé qué diputado galleguista en el Congreso, concluye rápidamente con el alivio de poder escaparse por fin a tomar unas gambas o unos guisantes o lo que sea, y así acaba la columna. Pero no, querido amigo Pla, ahórranos el tostón del político y céntrate en el gazpacho, o en el conejo, o en lo que fuere. Zapatero, a tus zapatos. Si tú brillas en eso, asúmelo y amóldate. Sé ese escritor que eres, no andes enredando.

Debería volverse a hablar más de decoro en el debate literario, y menos de «honestidad», sustantivo del que se abusa y que yo no considero operativo, sobre todo porque nadie acaba de acertar a explicar qué es. Se habla de la honestidad cuando, con suerte, se quiere hablar de la sinceridad, pero se incurre en contradicciones. Si yo, por ejemplo, odio a mi hermana, y escribo un libro personal en el que afirmo que «odio a mi hermana» (o incluso que titulo Odio a mi hermana), ¿se podría hablar de «honestidad»? No: sería tal vez franqueza, crudeza, impudor, acaso como mucho eso, sinceridad. Pero lo honesto, aunque pueda sonar trasnochado, sería reservarse esa verdad, no permitirse revelar eso. De hecho, aunque pueda quedar definitivamente ambiguo, lo verdaderamente honesto es no odiar a nadie, como los Santos de los autos sacramentales. He estado leyendo la nueva novela de Valeria Luiselli, buenísima y preciosa, y todo lo anterior venía a cuento de esto: el decoro entre quienes escriben ese tipo de novelas que alguien ha convenido en conocer con la feísima etiqueta de «autoficción» es escaparse cuanto antes, no tanto por despistar como por desentenderse de algo que no debería importar a nadie, que es aquello tan antipático (y sobre todo tan antiliterario, tan agresivo contra la narrativa) de preguntarse hasta qué punto lo que escribimos, lo que leemos, responde a lo que ocurrió fuera del libro. Se puede hacer de muchos modos, sutil o descaradamente, pero en las novelas inspiradas en la realidad que uno o una ha vivido, en experiencias ciertas, en personas y acontecimientos llegados desde el mundo, el decoro consiste en incidir en la ficción sin subrayarla. Hacer ver que las novelas son novelas y ninguna otra cosa. A partir de ahí, por supuesto, que el Lobo coma fruta, que el Avaro regale todo lo que tiene o que el Obispo cometa todas las iniquidades imaginables.

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