The Objective
El purgatorio

Alejandra Cortina, hija de Alberto Cortina y Elena Cué: «Me sugirieron un seudónimo»

La joven escritora debuta con ‘Siete maneras de arder’, un poemario que radiografía la condición humana

Alejandra Cortina (Madrid, 2006) ofrece su primera entrevista en formato audiovisualEl purgatorio. En este encuentro exclusivo, la hija de Alberto Cortina y Elena Cué se desprende de etiquetas para presentarse con una voz propia, madura y valiente. Con solo 20 años y la mirada puesta en el abismo de la creación, Cortina llega para presentar su debut literario: Siete maneras de arder. Un poemario bilingüe, editado por Cántico, que utiliza la simbología de El Bosco y los pecados capitales para radiografiar la condición humana. En una charla que navega entre la introspección y la franqueza absoluta, la autora reflexiona sobre la escritura como salvación, su relación con la fe y la búsqueda de una identidad que trascienda su apellido.

PREGUNTA.- Voy a empezar este programa con una pequeña historia, porque me hace una ilusión enorme que nos acompañes hoy. Hace unos años, en un garito de Madrid de cuyo nombre me acuerdo —y posiblemente me acordaré toda la vida—, conocí a alguien de quien no sabía ni el nombre. Entre copas, música y fiesta, nos sentamos a hablar de temas que no son los típicos de una discoteca. Nos hicimos amigos y forjamos una amistad muy especial. Siempre soñamos con este momento: los dos, por fin, hablando largo y tendido sobre tu primer libro. Hoy tengo el placer de presentar, por primera vez en una entrevista audiovisual, a mi gran amiga Alejandra Cortina. Bienvenida a El purgatorio. ¿Cómo estás, Alejandra?

RESPUESTA.- Muchísimas gracias por invitarme.

P.- Te comentaba fuera de cámara que estoy realmente nervioso.

R.- ¡Pues imagínate yo! Es mi primera entrevista audiovisual.

P.- Yo me siento como si fuera la mía también. Siento que he vuelto cuatro meses atrás, cuando entrevisté a Álvaro Nieto por primera vez. Para mí es un momento muy especial. Hablábamos de la noche y la primera pregunta es obligada: ¿te ha inspirado la fiesta a la hora de escribir este libro?

R.- Me hace mucha gracia porque siempre me preguntan cómo me inspiro o de dónde saco las ideas, pero en ningún momento me he inspirado en algo relacionado con mi vida personal. Ha sido, más bien, una búsqueda de estados y emociones. El libro habla de los siete pecados capitales y, cuando escribía sobre la ira o la envidia, me sumergía en un proceso psicológico total. Recuerdo dos meses encerrada, escribiendo, momificada en un sillón junto a mi madre delante de la chimenea. No nos movimos de allí. Me metía en procesos que requerían mucho de mí; cuando escribía sobre los pecados más fuertes, le decía a mi madre: «Por favor, hoy no me hables, porque a lo mejor te contesto mal y terminamos cabreadas». Ha sido un proceso muy bonito, muy enfocado en lo psicológico y en una búsqueda antropológica del pecado.

«En mi poesía lo confieso todo. A través de mi escritura me deshago y se ve quién soy. No creo necesario hacer una lista pública de pecados cuando mi escritura ya habla por mí»

P.- Vienes a presentar tu debut, un poemario titulado Siete maneras de arder, escrito en inglés y español, editado por Cántico, y creo que lo estás sacando ahora mismo del bolso.

R.- Efectivamente. He traído dos cositas porque, como hablábamos antes, tengo una pequeña sorpresa para ti. Este libro es para ti y te lo he dedicado. Si quieres, lee la dedicatoria en alto, porque guarda mucha relación con lo que acabamos de contar.

P.- Me reservo la dedicatoria para mi intimidad, pero expliquemos la historia de este libro que traes. Es una edición de Nada, de Carmen Laforet. ¡Vaya regalo! Veo a Elena, tu madre, ahí detrás y no puedo evitar pensar en el detallazo. Es el ejemplar que te regalé hace un par de años.

R.- Fue hace dos años, cuando cumplí los 18, uno de los regalos más significativos que me han hecho, porque me impulsó a seguir escribiendo cuando estaba perdida y no sabía hacia dónde tirar. Me ayudó muchísimo. La dedicatoria decía: «Porque la edad es solo un número». Lo conservo siempre frente a mi escritorio.

«Lo más fascinante de El Bosco es que anula la culpa. Eso es exactamente lo que intenta mi libro: contemplar el pecado no como algo que juzgar o absolver, sino como un estado o una vivencia»

P.- Bueno, pues ya podemos acabar la entrevista. ¡Que alguien me traiga unos clínex, por favor! Me has desmontado por completo. Pero retomemos… Ese libro tiene mucha relación contigo; Carmen Laforet escribió Nada también muy joven.

R.- Y es tu copia personal. Me dijiste que no volviste a comprar otra.

P.- No he vuelto a rellenar ese hueco en mi biblioteca, pero prefiero que esté contigo; en su lugar. Me hace una ilusión tremenda que lo hayas traído. Pero hablemos de tu obra: Siete maneras de arder [Seven Ways to Burn]. Está escrito en inglés y español, y te has basado en la tabla de los pecados capitales de El Bosco. Me contaste que el proceso de escritura fue sorprendentemente rápido, ¿cómo fue?

R.- El libro nace de una crisis existencial, de no saber qué quería para mi futuro. Empezó como un simple ejercicio de escritura —publicar un libro era lo último que tenía en la cabeza—, así que me encerré en el campo dos meses con mi madre. Lo concebí como un proyecto pequeño. Pensé que sería buena idea escribir sobre los siete pecados capitales, un tema que siempre me ha interesado por lo que representan, más allá de lo religioso. Empecé con la lujuria y la gula, y de repente mi madre sugirió: «¿Por qué no lo relacionas con El Bosco?». Es un pintor que me encanta. La mesa de los pecados capitales me acompaña desde que la vi en el Prado con siete años. Me sumergí en el simbolismo flamenco y las figuras de El Bosco. Fue una búsqueda muy interesante. Ayer mismo hablaba con un filósofo sobre cómo lo más fascinante de El Bosco es que anula la culpa. Eso es exactamente lo que intenta mi libro: contemplar el pecado no como algo que juzgar o absolver, sino como un estado o una vivencia. Es un recorrido que el lector debe hacer consigo mismo a través de las páginas.

P.- Como el pecado mismo, claro.

R.- Efectivamente. Hay que recordar que el pecado capital, al final, a quien daña es a uno mismo. El soberbio, el envidioso o el furibundo se castigan a sí mismos con sus emociones y la infelicidad que generan.

Pero no quería moralizar al escribir este libro. Ha sido una búsqueda personal; no tendría sentido dar lecciones al lector cuando yo misma estaba recorriendo ese camino. Cada uno tiene que encontrar su propio recorrido en estas páginas.

Alejandra Cortina. | Víctor Ubiña

P.- De los siete pecados capitales que revisas, ¿en cuál has indagado más profundamente?

R.- La «acedia». En el libro la titulo así porque es el nombre que le dio Gregorio I. Antes de él, los pecados eran ocho e incluían la tristeza. Él los une en la acedia, que es algo parecido a la idea de la depresión: abandonar la propia vida y el alma a la nada.

Elegí ese término porque tiene más peso y rigor que «pereza». Hoy decimos: «¡Qué pereza levantarme a por un vaso de agua!», pero eso no es el pecado original. La «acedia» fue el que más natural me resultó escribir porque, en ese momento, yo estaba pasando por algo parecido. Lo escribí en una sola noche.

P.- Hay algo más que hace este libro especial: está escrito en inglés y en español. Son traducciones simultáneas, un modelo bilingüe poco frecuente en España. ¿De dónde nace la necesidad de hacerlo así?

R.- Se debe a mi formación. Estudié en el sistema francés y he leído toda mi vida en inglés y francés; mucho más en el primero. Realmente, no he tocado tanto la lengua española y me da pena, porque es mi lengua y la de Cervantes, pero no voy a mentir: he leído mucha más literatura anglosajona. Es la que más le ha hablado a mi alma. Mis grandes referentes son escritores anglosajones, especialmente Oscar Wilde, que me parece impresionante. El libro nació originalmente en inglés y, claro, me planteé: «¿Cómo voy a publicar esto en España?». No hay mercado para un libro de poesía solo en inglés. Así que hice yo misma la traducción al español. Cuando se lo presenté a la editorial, les gustó la propuesta, aunque mi editor, Raúl Alonso, me ayudó muchísimo a corregir matices del castellano. Trabajamos muchísimo. Le he tenido hasta las tantas de la noche durante mucho tiempo.

P.- Hablando de idiomas y de tu formación, estudiaste en un colegio de monjas en Madrid: el Saint Chaumond (Union Chrétienne de Saint Chaumond). Has llegado a mencionar que te acusaban de redactar mal.

R.- Bueno, hay matices. Primero, no eran solo monjas; la mayoría eran profesoras, y creo que se malinterpretó lo que dije. He escrito toda mi vida —tengo textos de cuando tenía 14 años que ahora me resultan entrañables por lo infantiles—, pero es cierto que en francés y español no redactaba tan bien antes. El francés es un idioma complicadísimo en gramática y vocabulario. Mis profesores se echaban las manos a la cabeza con mis faltas de ortografía; temían que suspendiera el bacbaccalauréat», bachillerato]. No me sentí realmente suelta con el idioma hasta que viví una temporada en París. Antes de eso, siempre me daban palos por todas partes.

P.- Si tuvieras que elegir ahora mismo entre Madrid o París, ¿con qué ciudad te quedarías?

R.- Ahora mismo, Madrid seguro.

P.- ¿También a nivel artístico?

R.- Sí. Madrid está viviendo un boom total. París es estéticamente una maravilla, no hay rincón donde la vista no descanse, pero la sociedad francesa es muy densa y complicada; te acaba quitando mucha energía. Los franceses son duros, aunque divertidos.

Yo tenía urgencia por irme de casa y lo logré, pero como en Madrid, en ningún sitio. Aquí estoy cerca de mi familia y veo una ciudad con un potencial tremendo. Barrios como las Letras o Malasaña son una joya artística. Me gustaría quedarme aquí para ver cómo la cultura en España sigue ganando peso.

«Decido creer en Dios porque me da una estructura que puedo adaptar a mi vida. Me consuela pensar que venimos de algún lugar; la idea de que venimos de la nada no me entra en la cabeza»

P.- Vamos a profundizar un poco más en ti. Tienes solo 20 años y perteneces a la generación Z.

R.- Sí, somos generación Z totalmente.

P.- Vivimos una época marcada por la inmediatez del clic y has elegido el camino de la pausa y la escritura. ¿De qué te salvas cuando escribes?

R.- De mí misma. Tengo una cabeza totalmente desordenada y escribir nace de tener que explayar mis emociones para organizarlas. Se ha demonizado mucho a nuestra generación, pero es cierto que mucha gente usa el teléfono o Instagram para evadirse de sus problemas. Para mí, evadirme es lo peor, porque entonces no duermo.

Escribiendo conecto conmigo misma y dejo algo atrás: una voz, una idea o una opinión. Me parece fundamental formar parte de nuestra historia. Recuerdo decirle a un amigo hace años: «Yo no quiero pasar por aquí como si nada, quiero dejar algo que tenga sentido». Me inspira la gente que admiro y que ha dejado su huella; yo aspiro a lo mismo, aunque solo toque a un grupo pequeño.

P.- Vienes de una familia conocida y mediática. En casos así, dedicarse a una profesión pública a veces dificulta hacerlo de forma libre. ¿Pesa mucho el apellido a la hora de desnudarse en un libro?

R.- Sinceramente, a mí no me ha costado nada, aunque a mi madre la ha puesto nerviosísima. Yo no me defino por mi apellido. Tengo unos padres maravillosos que son mi ejemplo y me dan consejos increíbles, pero no me siento atada a ellos. Veo mi origen como algo bonito, parte de mi historia, pero no quiero que me defina ni deseo desapegarme de ello.

Cuando me preguntaron si quería usar un seudónimo, dije que no. Como escuché en los Premios Zenda: «Para escribir hay que ser valiente; si no lo eres, mejor no escribas». El problema es que yo soy valiente y no puedo dejar de escribir, así que ¿para qué esconderse?

Alejandra Cortina. | Víctor Ubiña

P.- Has dicho que «Dios es consuelo». ¿Cuándo fue la última vez que necesitaste ese refugio?

R.- ¡Ayer mismo! Con ‘Dios es consuelo’, no hablo de una reivindicación religiosa institucional; aunque soy cristiana y creyente, mi libro es más una búsqueda filosófica y antropológica sobre el sentido de la vida.

Sostengo que hay que creer en algo, porque el nihilismo no ofrece dirección ni consuelo y te hace infeliz. Yo decido creer en Dios porque me da una estructura que puedo adaptar a mi vida. Me consuela pensar que venimos de algún lugar; la idea de que venimos de la «nada» no me entra en la cabeza, porque incluso a esa nada la estás llamando «Dios» al darle ese papel creador. Para mí, Dios es ese algo a lo que acudir en los malos momentos.

P.- Alguna vez comentaste que «los pecados interesantes no se confiesan». Si la poesía no sirve para confesar lo inconfesable, ¿para qué sirve entonces?

R.- En mi poesía lo confieso todo. A través de mi escritura me deshago y se ve quién soy. Lo que no voy a hacer es ponerle pelos y señales a las cosas malas que he hecho, porque eso sería tirar piedras contra mi propio tejado. No necesito hacer una lista pública de pecados; mi escritura ya habla por mí.

P.- Afirmas que el pecado comienza en el pensamiento. Si es así, ¿cuántas veces has pecado hoy?

R.- Esa frase se ha malinterpretado. Lo que dije es que el deseo empieza en el pensamiento y eso puede llevar al pecado. Hoy, sorprendentemente, no he estado muy deseosa ni lujuriosa; ha sido un día bastante peculiar en ese sentido.

P.- ¿A qué le tiene miedo Alejandra Cortina?

R.- Soy una persona muy autoexigente y mi mayor miedo es morir sin haber hecho todo lo que tengo proyectado. Me aterra no llegar a todo o no haber sido true to myself [lit.: «fiel a mí misma»].

P.- Tras vaciarte emocionalmente en este poemario, ¿qué te queda por decir?

R.- ¡Muchísimo! Tengo una novela en marcha e infinidad de ideas. Siempre pensé que mi debut sería una novela, pero este libro se cruzó en el camino. Pero siempre hay algo de qué hablar; eso es lo bonito de la vida.

«Lo que más miedo tengo es morirme sin haber hecho las cosas que quiero hacer; no haber sido ‘true to myself’ [fiel a mí misma]»

P.- El libro incluye dedicatorias para tu abuelo y tu madre. Si tuvieras que escribirles una última frase, ¿cuál sería?

R.- «Gracias por todo lo que me habéis enseñado». Mi abuelo ha sido extremadamente paciente conmigo. Podíamos pasar seis horas conversando. De él y de mi madre he recibido perspectivas distintas que me han alimentado, siempre respetando mi libre albedrío para elegir mi propio camino.

P.- Si tuvieras que elegir una de las siete formas de arder, ¿cuál elegirías?

R.- Creo que la mejor para arder es la de la lujuria. En eso estamos todos de acuerdo.

Alejandra Cortina. | Víctor Ubiña

P.- Juguemos con las metáforas: ¿A quién enviarías al infierno, al cielo y al purgatorio?

R.- No mandaría a nadie al infierno, porque creo en la redención. Solo iría allí quien, enfrentado a la prueba absoluta de Dios, decidiera seguir negándolo hasta su último suspiro. Al cielo enviaría a las personas generosas, aquellas que dan y devuelven lo que reciben. Y al purgatorio… ¡a todos los demás! El pecado es una condición humana. Todos somos pecadores y lo único que queda es intentar mejorarse según el camino que cada uno elija.

P.- A los 11 años ganaste tu primer concurso de escritura. Hoy tienes 20. Si pudieras ganar un solo premio en el futuro, ¿cuál sería?

R.- El Premio Nobel de Literatura. Es mi gran objetivo. Lo dije por primera vez en el colegio, en un trabajo de orientación donde debíamos escribir nuestra meta más alta. Todo el mundo se rio de mí en ese momento, pero yo sentí que iba por buen camino.

P.- Esperemos que la próxima vez que coincidamos sea para celebrar ese logro o cualquier otro éxito. Muchísimas gracias, Alejandra.

R.- ¡Muchísimas gracias por invitarme!

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