La íntima aventura cósmica de Han Kang
La Nobel surcoreana publica ‘Tinta y sangre’, novela que parte de una muerte para mostrar las entrañas de su escritura

La novelista surcoreana Han Kang. | Random House
Han Kang (Gwangju, 1970) era una desconocida en España hasta que, en 2024, la Academia Sueca decidió darle el Nobel de Literatura. Por mucha globalización que le echemos, la cultura de un país tan interesante como Corea del Sur nos sigue resultando demasiado periférica… hasta que zarpazos como este nos prestan una pértiga para dar el salto.
Como en ocasiones similares, asistimos al curioso proceso de publicación exprés en español de una obra que nuestra industria editorial no consideraba relevante. Las demás tampoco se apresuraron demasiado. Han Kang saltó a la fama con La vegetariana (Random House), una novela que escribió en 2007 y ganó el Man Booker internacional… en 2016. Ya más digerida en español esa inevitable carta de presentación, comienzan a llegar otras cosas bastante prometedoras.
Tinta y sangre (Random House), escrita originalmente en 2010, es lo último en aterrizar. Frente a la tremebunda trama de La vegetariana, a partir de una premisa onírica —un ama de casa decide dejar de comer carne tras soñar con matanzas de animales—, aquí parece plantearse un noir más o menos convencional: Cheonghee se niega a creer la teoría de que su mejor amiga Inju, una reconocida pintora, se ha suicidado. Comienza una investigación que intentará frenar a Kang Seogwon, siniestro autor de la biografía oficial de Inju.
Dicha investigación, no obstante, dirigirá desde el primer momento hacia los pasados entrelazados de los personajes, especialmente los de Inju y Cheonghee, cargados de fragilidad, desamparo y una sensibilidad hipertrofiada. El texto, narrado en su mayor parte por la obsesiva primera persona de Cheonghee, deriva en disquisiciones filosóficas y descripciones condicionadas por un ambiente bien establecido desde la primera frase: «La blanquecina acera estaba congelada y yo no dejaba de resbalar con mis zapatos gastados».
Hace mucho frío en todo lo que nos cuenta Cheonghee. Mucho sufrimiento. Quede el lector advertido: no hay lugar aquí para el humor o la ligereza. Pura intensidad existencialista. De calidad, pero sin concesiones. De principio a fin. Y más allá: cierra la novela un capítulo titulado Palabras de Han Kang. Dice: «Crucé en metro el río helado y blanco antes de que oscureciera. No se había congelado en el centro y la corriente brillaba azulada en los bordes del hielo. Entonces sentí de verdad que había terminado de escribir esta novela. Pasé junto a ella cuatro inviernos, cuatro veces la estación del viento, el hielo y los puños enrojecidos. A causa de esta novela, sentía esquirlas de hielo clavadas en el cuerpo incluso en verano. A veces la dejaba a un lado y vagaba, me revolvía e intentaba avanzar rompiendo lo que debía romper…».
Exploración del pasado
Tinta y sangre se lee sufriendo porque se escribió sufriendo. En la primera página, Cheonghee sueña con un pájaro que se va volviendo transparente cuando canta: «De pronto tuve miedo. ¿El sueño era una advertencia de que lo que me disponía a escribir produciría en mí el mismo efecto que el canto de ese pájaro? […] ‘No importa’ –murmuré para mis adentros–, no tiene nada de bueno vivir como un pájaro blanco». La exploración del pasado, necesaria para resolver el presente, revela la trascendencia de un personaje clave, el tío de Inju, que desborda la sensibilidad de las dos amigas mostrándoles el camino del arte… y de otras cosas. Su afición por la astronomía estimula la descripción del paisaje interior en una excelente paradoja.
La narradora se permite explicitar que considera que mito y ciencia funcionan «de un modo asombrosamente parecido». «Ya sea un pájaro de fuego, una serpiente que habita en el mar primordial o el huevo de los orígenes, el caos siempre muere. Muere con la cabeza aplastada, rota en pedazos o agujereada. A partir de su cuerpo muerto, se separan el cielo y la tierra, y nacen los árboles y los animales». De ahí salta a la astronomía: «Según lo que aprendí del tío y de los libros que solía leer, el origen del universo puede explicarse mediante los conceptos de la mecánica cuántica. El concepto clásico de espacio-tiempo, en el que podemos hablar de delante y atrás, pierde todo sentido al referirnos a antes del principio de los tiempos». El siguiente paso es el biográfico objetivo: «Nací el 27 de noviembre de 1970. Nueve meses antes de esa fecha, mis padres se unieron y, en un momento impredecible, una célula invisible a simple vista se dividió y expandió. Fue el instante en el que, atravesando la barrera de la materia, brotó la vida». Que conecta con el arte: Mark Rothko, le explica el tío, «murió el 25 de febrero de 1970. Eso significa que a ti te concibieron alrededor de la fecha en que él murió».
Pero lo realmente significativo de la escritura de Han Kang es la fluidez de todo ese torrente de reflexiones encadenadas y sus consecuentes planos de significado. Cosmos e intimidad se funden hasta dar en la escritura como terapia para traumas enraizados en el pasado. «No era una persona escandalosa. Todo lo contrario, si estaba profundamente conmovido o algo le impactaba, apenas hablaba. A menudo lo veía sentado ante esas fotografías sin decir nada. Solo una vez me dijo: ‘Dentro de cincuenta años, la Voyager abandonará nuestro sistema solar y, a partir de entonces, navegará sin detenerse a través del infinito vacío que hay entre las estrellas… Cuando haya terminado de dar la vuelta alrededor del centro de la galaxia, en la Tierra habrán pasado varios cientos de millones de años’».
Y sin solución de continuidad: «Cojo el libro y lo coloco en la estantería. Meto las notas en el cajón de mi mesa y llevo a la cocina la taza con restos de café seco en el fondo. Voy a por un trapo húmedo y limpio el polvo de la mesa. Me recojo el pelo en una coleta y me siento con la silla bien pegada a la mesa. Cierro el portátil y lo guardo bajo la mesa, dejando encima únicamente un lápiz y hojas de papel blanco A4. Aunque uso el ordenador, siempre que empiezo a escribir, lo hago en papel. Es un hábito que me quedó de la época en que escribía obras teatrales. Escribo con la mano izquierda, que no había vuelto a usar desde que mi madre me azotaba para impedirme usarla cuando era pequeña. Y escribo hacia la izquierda, como reflejada en un espejo».
Intensidad
Cheonghee combate al malvado crítico escribiendo su propia versión de los hechos. Pero el resultado trasciende la mera exploración de los hechos. «Todo lo que pintas es, en realidad, tu propio retrato», le había dicho el tío de Inju cuando le enseñaba a pintar. Aquí está todo el sentido de la novela. Probablemente, de toda la narrativa de Han Kang.
La pista que sigue Cheonghee en su investigación es la copia por Inju de los cuadros abstractos de estrellas que pintaba su tío justo antes de caer con su coche por un precipicio. La verdad empieza a abrirse camino por una grieta hacia el pasado, en la tenebrosa época de las dictaduras coreanas de los 70 y 80. Por unas páginas, parece que la trama va a deslizarse hacia la memoria histórica tan de moda últimamente, pero regresa en seguida al plano existencial en el que la autora brilla con toda su intensidad.
La narradora recuerda una conversación con el tío de Inju en la que este le cuenta su difícil juventud por una enfermedad que le impedía cicatrizar cualquier herida, obligándole a moverse con sumo cuidado: «No podía hacerme ni un solo rasguño, y me mantenía mi hermana mayor, que era muy joven, con un dinero que ganaba con mucho esfuerzo. Una noche soñé que estaba muerto. No sabes lo ligero que me sentí. Saltaba alegremente por la orilla de un arroyo, bajo el sol. Cuando miré el agua cristalina, vi piedras sobre el lecho. Eran piedras redondas, brillantes y claras como ojos. Entre ellas, vi una que brillaba con un tono azulado, y extendí la mano para cogerla. Fue entonces cuando lo comprendí: tenía que estar vivo para cogerla. Comprendí que debía volver a la vida. Eso me dio miedo. Creo que hasta lloré un poco».
