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Teatro

Inmigración, deseo y violencia: la inevitable actualidad de Arthur Miller

Eduardo Galán lleva al Fernán Gómez de Madrid su versión de ‘Panorama desde el puente’, que dirige Javier Molina

Inmigración, deseo y violencia: la inevitable actualidad de Arthur Miller

Escena de ‘Panorama desde el puente’. | ©Gerardo Sanz

Inmigración y deseo. Si no se conjugan bien, estos dos elementos fundamentales de cualquier sociedad pueden acabar muy mal: la violencia acecha. Para recordarlo en un tiempo tan propicio como el nuestro, Eduardo Galán versiona la advertencia que hizo en su momento el genio Arthur Miller en Panorama desde el puente, que se representa hasta el 17 de mayo en el Teatro Fernán Gómez de Madrid. 

Estrenada en 1955, la obra cuenta la historia de Eddie Carbone, un sencillo y honesto estibador de los muelles de Nueva York que vive en Brooklyn con su mujer Beatrice y su sobrina Catherine, adoptada tras la muerte de sus padres. La llegada a casa de dos inmigrantes ilegales, Marco y Rodolfo, primos de Beatrice, desata tensiones en la familia, especialmente cuando Catherine se enamora de uno de ellos. 

Galán dice haber estructurado su aproximación en «dos niveles fundamentales». El primero, «el mundo de la tragedia griega», describe «la tragedia por una pasión descontrolada, insana, del protagonista por su sobrina: la quiere de verdad, porque es un buen hombre, pero nadie puede ayudarle a controlar ese afecto exagerado».

A partir de ahí, el deseo bifurca la acción al atravesar un meandro de personalidades. Comienza acrisolado en amor responsable gracias a la calidez inteligente del personaje de Beatrice, pero se desboca en la bondad descontrolado en Eddie, cuyo instinto de protección amenaza desbordarse hacia el innombrable incesto. Ambas instancias, sostenidas por las interpretaciones de un impresionante José Luis García-Pérez y una sólida María Adánez, dan pie al puro deseo de vivir de Catherine y Rodolfo, deliciosos personajes impulsados por la gracia y frescura de Ana Garcés y Pablo Béjar. 

Bajo la complejidad desatada por el cruce de deseos, bucea la pulsión más pura y peligrosa de Marco, obsesionado con mandar dinero a su hambrienta familia al otro lado del océano. La pétrea tristeza que le insufla Rodrigo Poisón expresa la desesperación de esa inmigración que, forzada por la miseria, se aferra a la identidad: todos, de aquí y de allá, son italianos, así que tienen que ayudarse. Sin embargo…

Nueva York en los 50

El contexto de la inmigración plantea un paralelismo insoslayable con la actualidad. Ese es el otro «nivel» del que habla Galán: «En el Nueva York de los años 50, con la mayor inmigración italiana, dos ilegales desencadenan la tragedia. No hay ni buenos ni malos, todos son ambas cosas, entonces y ahora. Arthur Miller nos ayuda a reconocernos a nosotros mismos y al mundo en el que vivimos hoy, con nuestra inmigración. ¿Qué vamos a decir en España si la recibimos y la hemos enviado, si hemos sido país de emigrantes? Nos toca en el alma». 

Aunque consciente de este aspecto, Galán trata con máximo respeto el texto de Miller. Estamos en el Nueva York de los años 50. Punto. La escenografía de Elisa Sanz, Premio Nacional de Teatro, parte de un realismo entrañable, doméstico, que trasciende a lo simbólico con sutileza, reforzado con elegantes proyecciones audiovisuales de elementos urbanos y de primeros planos de los personajes en las escenas más intensas. Rigor milleriano que culmina el vestuario de Emilio Sosa, un dominicano trasplantado a Broadway que ha presidido durante cuatro años el American Theatre Wing. 

Todo ello lo agrupa la dirección de Javier Molina. Nacido en Puerto Rico y codirector artístico del Actors Studio, es muy consciente de lo que tiene entre manos: «Esta es una tragedia muy profunda porque trata de buenas gentes que cometen errores capaces de acabar con lo que más quieren: la familia. Y es muy poderosa porque todos tienen razón, cada uno desde su punto de vista. Arthur Miller sabe despertar la humanidad en la gente». Y, de nuevo, la actualidad: «Lo que dice la obra está muy presente en la vida de hoy; vemos cómo está tratando el mundo a los extranjeros, inmigrantes que llegan a un país buscando un sueño, una vida mejor para su familia, para sus niños».

Cuando llegan, furtivos en la noche, los primos ilegales de Beatrice, Eddie advierte a su mujer y su sobrina de que en la calle se ha desatado la «caza del inmigrante». La vida, el deseo, puede convertir a cualquiera de nosotros en cazador. En la presentación de la obra, el actor José Luis García-Pérez insistió en que su Eddie «es una buena persona que no sabe muy bien qué palabras ponerle a lo que le está pasando, mucho menos resolverlo». A lo que María Adánez añadió que llegó a sentir que su personaje, Beatrice, «ama profundamente a Eddie, pese a sus errores, y jamás lo va a abandonar». 

Hay que querer a Eddie. 

Y para eso hay que comprenderlo, aunque no justifiquemos sus errores. 

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