'Petón', sobre Primo de Rivera: «José Antonio fue el primero en condenar los fascismos»
El escritor y periodista ha publicado ‘Diario Secreto de José Antonio’, un libro revelador sobre el fundador de la Falange

José Antonio Martín Otín, 'Petón'. | Kevin Borja
Hay nombres del pasado que, sin saber por qué, trascienden el tiempo en el que vivieron. Sus apelativos combaten la memoria, resonando aún en muy escasas calles y plazas, caídos en el olvido. Ese es el caso de José Antonio Primo de Rivera. Murió un 20 de noviembre de 1936 a la mesiánica edad de 33, ejecutado en Alicante en un momento en el que unos pocos se arrogaron dueños de una buena parte del destino de la guerra. Su vida política también fue asesinada, pero por quienes le ensalzaron y lloraron. De ellas, parece que apenas queda nada y no son más que un viejo recuerdo.
A él trata de resucitarle otro José Antonio, Martín Otín Petón, que escribe un libro profundo sobre la figura del protagonista y el partido que funda, Falange Española. Petón aborda los últimos meses de vida de Primo de Rivera, desgranados por él mismo en un diario inédito que guardó su hermano Miguel. Lo hace en Diario Secreto de José Antonio. Una obra en la que abundan los datos y los nombres, en la que se cotillean los pensamientos y anhelos privados del líder falangista en el mes que marca su vida, marzo de 1936. De su coqueteo con los anarquistas a su coqueteo con las mujeres, el libro muestra multitud de circunstancias personales y políticas ignoradas hasta ahora por los historiadores.
Sin ningún pretexto hagiográfico, Petón, que no se reconoce falangista, ha presentado su dietario, escrito en una pequeña libreta no más grande que una «cajetilla de tabaco» y con la mano de un «miniaturista cantonés», en el que trata de romper los mantras que han rodeado siempre a la Falange y a Primo de Rivera: su opinión sobre las nacionalidades, su alianza con el anarquismo, su dualidad burguesa y obrera o su negativa a apoyar el golpe. Un libro, en definitiva, que aclara los pasajes de una parte de la España republicana sepultada por el maniqueísmo de la época, una guerra cruel y una dictadura que vació de contenido su figura y acabó con la ideología del hijo del primer dictador del siglo XX. Cuando se cumplen 90 años de su muerte, José Antonio Primo de Rivera, ¿presente?
PREGUNTA.- La primera pregunta es obvia y casi obligada: ¿cómo hoy, 90 años después de que escribiese este pequeño diario, nadie hubiese reparado en su existencia después de los ríos de tinta que se han escrito sobre el personaje?
RESPUESTA.- «Quiero precisar que estamos haciendo la entrevista el día 24 de abril. Hoy este señor cumpliría 123 años. Hace siete u ocho años estaba viendo la vieja maleta de José Antonio. Contenía útiles personales, su ropa, carpetas… Probablemente gran parte del material lo guardase su hermano Miguel, con el que estaba en la cárcel de Alicante, la última persona con la que tuvo un contacto familiar antes de ir a la muerte. Cuando comencé a abrir las carpetas que contenía la maleta me quedé perplejo. El libro contiene 72 documentos inéditos, además del propio diario, por lo que si alguien quiere refutarlo, tendrá que encontrar papeles de su puño y letra de después de marzo del 36, el mes más importante de su vida».
Petón habla de su hallazgo con una ilusión casi pueril y fascinante, sobre todo después del recorrido que tuvieron los objetos personales de Primo de Rivera. Los custodió ni más ni menos que un peso pesado del PSOE de la época, el hombre que pudo cambiar el destino de la República si hubiese sido primer ministro el febrero del fatídico año 36, Indalecio Prieto. «Le guardaba un gran cariño», después de que varios falangistas le salvasen la vida de los fanáticos seguidores de otro líder socialista, Largo Caballero. «Es una razón suficiente como para que le caiga bien», sentencia Petón. «Cuando Prieto está a punto de morir, se da cuenta y habla con su secretario personal y le encarga que esa maleta la devuelva a la familia. De ahí nace un libro de los papeles de José Antonio, que escribe su sobrino Miguel.
«Mucha gente se queda sorprendida de que Jordi Pujol diga que fue el que mejor entendió la sentimentalidad de Cataluña»
P.- «España, unidad de destino en lo universal». En esta frase se puede apreciar la manipulación que hay alrededor de la obra de Primo de Rivera.
R.- No parece para José Antonio un impedimento el reconocimiento de los distintos caracteres propios de España, no sé si eso también se traduciría en proteger las lenguas y partidos nacionalistas de facto. Pero sí que sorprende esa faceta de José Antonio de respeto, de alguna manera, hacia esas corrientes que en aquella época inundaban Cataluña, País Vasco y Galicia. Él tenía ese concepto de las Españas en una España de todos, que está un poco en los Austrias. Cuando él define España como una unidad de destino en lo universal, lo que está haciendo es recoger algo que Ortega ya ha esbozado cuando habla de un proyecto sugestivo de vida en común. Pero antes que Ortega, encontramos a Otto Bauer, padre del austrocomunismo, que habla de la nación como una unidad de destino, pero también está en 1866, literalmente escrito por Giner de los Ríos y remarcado en comportamientos y frases en la Institución Libre de Enseñanza. Cuando hablan de esa España que es la suma de las Españas, suma de todos en un proyecto hispánico común que ha de trascender incluso la propia península ibérica para llegar a toda la comunidad hispanoamericana que, como sabemos, se traslada más allá de los océanos, no solo del océano. José Antonio lo tiene muy claro y lo explica muy bien, consistentemente. José Antonio está a favor de la unidad física de España, aunque para él primero es espiritual. Mucha gente se queda sorprendida de que Jordi Pujol diga que fue el que mejor entendió la sentimentalidad de Cataluña.
En esa concepción suya de España, como de renuncia un poco a la idea política para impulsar esa idea más cultural y espiritual de lo que es España. Él lo menciona en su diario, que se le critica, que habla del imperio español o del objetivo que tiene que tener España es el de retomar el imperio español. Pero no física o políticamente, sino espiritualmente.

P.- ¿Qué buscaba José Antonio con una «dictadura nacional republicana»?
R.- Él ya se ha dado cuenta antes de las elecciones de febrero que España se ha partido en dos, hay unos intereses encontrados y lo que anuncia el Frente Popular, que él vislumbra que va a ganar, puede derivar en una guerra civil porque quiere someter en una sola dirección, que es la anulación de la República, de esa República democrática, para convertirse en una República socialista. Es así. Eso es lo que opina José Antonio y contra eso quiere combatir, y por eso habla de una dictadura templada, nacional, republicana, una situación muy parecida a la que se da después en Francia con De Gaulle, salvando las diferencias. Pero al final es el mismo ejemplo táctico-estratégico. Eso es lo que estaba proponiendo José Antonio y que hubiera servido también a Miguel Maura, que hace seis artículos en El Sol con carácter de portada, hablando de que se han equivocado, de que no es la República que querían, la que, tras los últimos cambios de timón, está siendo y que hay que corregir ese rumbo. José Antonio participa de eso a su modo y lo único que hace es ser un poquito más enérgico que Miguel Maura y le dice a Portela Valladares que aprovechen: entre unas cuantas guarniciones que saque como presidente del Gobierno, los que le sean leales en Madrid, más su gente; tomarían los diferentes núcleos y se asentaría la República con una dictadura republicana. Esto lo recalca siempre.
P.- ¿Falange era un partido homogéneo?
R.- La Falange estaba partida en dos, muy claramente. Había una, la conservadora, que luego es la que sobrevive y acepta el nuevo regimen y otra más cercana al mundo obrero. Esa Falange partida no tenía posibilidades de supervivencia sin José Antonio. Incluso si hubiera sobrevivido Julio Ruiz de Alda, yo creo que la Falange lo hubiera tenido muy difícil seguir. Había una posibilidad, pero no terminó de vislumbrarse. La Falange muere con José Antonio Primo de Rivera, no en abril del 37 con Manuel Hedilla —que mantiene la integridad, que hace un esfuerzo denodado pero imposible por mantener aquello—. Igual que yo personalmente creo que si la Falange murió en el 37, pues ya no debería haber tampoco seguidores, pero esta es una apreciación personal. Que la Falange murió el 20 de noviembre del 36 lo tengo claro.
«Él es el primero en criticar la doctrina social del fascismo, el corporativismo, al que llama ‘buñuelo de viento’»
P.- Contando con un líder carismático, unas juventudes fuertes, un alma sindical e incluso la disposición de una suerte de brazo paramilitar, ¿por qué no llegó Falange a tener más relevancia política en la época?, ¿por qué no sobrevivió como partido?
R.- La guerra es definitiva. Eso lo intuye muy bien Julio Ruiz de Alda, que era un genio. Era capaz de analizar la política del mañana, hoy. José Antonio también tiene esa virtud, pero muy asentada. En el modo de entender la política y la vida de ese superdotado que era Ruiz de Alda. Él está en la cárcel, y, al principio, recién entrado en la cárcel, le dice a su mujer, Amalia Farola, que es la chica esa que va con la bandera republicana el 14 de abril por las calles de Madrid y que sale en las fotos: «Estalla la guerra, ganan los nacionales y la Falange desaparece». El primer motivo, por lo tanto, acierta Ruiz de Alda; es la guerra. Entonces ganan los militares, ¿y qué es lo que hacen? Hacer desaparecer la Falange, como es lógico, porque no forma parte del entramado conservador que están buscando y que tiene un núcleo mucho más adecuado políticamente, que enlaza con ellos: Acción Española. Son dos cosas distintas.
Los que defienden Acción Española, defienden el franquismo, defienden esa forma de hacer y está muy justificado. Pero que lo hagan en función de eso que querían, no diciendo que era lo que quería José Antonio. José Antonio no quería eso, ni mucho menos. Ni Julio Ruiz de Alda, ni los que entendían la Falange como una fuerza autónoma, independiente, revolucionaria y humanista. Es una cosa diferente. Pero, si no hubiera habido guerra, si España hubiera encontrado la templanza, que la Falange hubiera estado en las alturas del poder era una cuestión de una década, que es lo que tarda en transcurrir la fermentación de una generación que entonces estaba en la universidad, era mayoría ya en todas las universidades españolas, menos en Barcelona y País Vasco. Pero en todas las demás paraban la universidad cuando querían en Sevilla, en Valencia, en Zaragoza, en Madrid… cuando el SEU —[Sindicato Español Universitario], vinculado a Falange—, que era la fuerza política más importante en la universidad. Esos que se iban a licenciar, dos o tres años después, hubieran tardado un tiempo en asentarse profesionalmente; y si el 50% hubiera mantenido la actividad política, ya estarían en ejes, núcleos de poder, importantes como para pacíficamente hacer un movimiento que ya hubiera sido mayoritario, porque los líderes en los puntos neurálgicos eran del partido. Era una evolución desde la juventud, que era donde dominaba, a la madurez, pero no tuvo madurez. De hecho, casi no tuvo ni juventud, porque los primeros falangistas desaparecen en la guerra y los que quedan de una manera muy notable terminan por concluir con sus propias vidas en la División Azul.
P.- ¿Era Primo de Rivera un romántico? Menciona frases poéticas que hoy nos extrañarían en boca de un político como, «en la vida y la política, el camino más corto entre dos puntos es el que pasa por las estrellas»
R.- José Antonio estuvo dos años dedicándose a la política. Dos. Y un tercio en la cárcel. En esos dos años le da tiempo a llegar a la política con la cáscara de los fascismos como moda, de la que se desprende rápidamente. Él es el primero en criticar la doctrina social del fascismo, el corporativismo, al que llama «buñuelo de viento» y al que acaba condenando filosóficamente de manera rotunda por fundamentalmente falso y esa severidad palmaria todavía aumenta a la hora de la condena.
Cuando él utiliza una frase tan poética, lo que está haciendo es colocarse enfrente del romanticismo, entendido como escuela decimonónica, en la que lo primario, lo sensual, lo tangible; lo enfrenta a la dificultad que es lo estoico, lo antirromántico, lo de Séneca, lo de Epicteto o Marco Aurelio. El camino más corto entre dos puntos es el que pasa por las estrellas. ¿Qué está diciendo? Con un lenguaje poético, que no romántico, está diciendo que hay que seguir por el lado difícil. El camino más corto es el que pasa por las estrellas. Fíjate en el recorrido. Lo que te está exigiendo es dificultad, que asumas lo difícil, lo complicado. Son frases que se han repetido sin buscar el mínimo entendimiento de la frase y su oposición, que es explícita, al romanticismo y a los movimientos románticos, que son el origen de los nacionalismos. Y su negativa del fascismo también se interpreta si profundizas en frases como esta. Por eso es conveniente contextualizar lo que él dice y es lo que hacemos en el libro.
P.- ¿Se habría resuelto de manera distinta la Guerra Civil si hubiese sobrevivido José Antonio?
R.- Emiliano Aguado, una especie de agente personal de José Antonio y severamente antifranquista en lo personal, decía que lo primero, que la muerte de José Antonio significó una vez acabada la guerra, es decir, ya con esa España distinta en marcha, esa nueva España que tenía al frente a Franco; lo primero que significó es que se encontró sin un dique, que hubiera sido José Antonio, contra la represión. Eso es lo que dice Emiliano Aguado. No sé el grado de exactitud de sus palabras, pero que ese era el talante, esa necesidad de buscar unir, en lugar de separar españoles, estaba en el alma de José Antonio, es evidente, y en todos sus escritos. Y por eso Rosa Chacel cuando lee lo que José Antonio escribe, tiene esa profundidad intelectual como para decir: «¿Cómo nos han podido ocultar esto a nosotros?». Que es la misma sensación que mucha gente sentirá al leer este diario: ¿cómo nos han ocultado esto a nosotros? Lo dice él, o sea, lo que estamos haciendo en el libro es traducirle a él. Hay gente que se ha enfadado, se habrán enfadado con él. Aquí conclusiones no hay más que al final algunas muy evidentes, es decir, las que se pueden deducir. Pero en cada capítulo lo que hay es contextualización. Colocar en el plano.
P.- ¿Te parece sincero el testamento político de José Antonio?
R.- El hecho de que José Antonio al frente de la Falange no organizara el Alzamiento, lo que viene a patentizar es que fue un asesinato lo que padece, no fue un ajusticiamiento, porque el primer argumento que utilizan para llevarlo ante el pelotón de fusilamiento es que organizó. No miente. Él dice la verdad en el juicio, dice la verdad en el juicio y se demuestra con la crónica diaria que va haciendo en este diario. No estuvo el 8 de marzo en la calle General Arrando, ni durante ese mes se reunió con un general, ni lo hizo después en el mes de mayo, aunque han arrancado las hojas del libro, no hay ningún texto, ningún documento, nada que acredite que que él estaba participando activamente en esos momentos en la distribución de fuerzas… No. Pero lo que es seguro es que en la organización, el 8 de marzo y todo ese mes de puesta en marcha, no está. Al contrario, está irritado con esos comportamientos.
Desde el primero de sus discursos políticos defiende que la verdad es una entidad permanente de razón y se abraza a ella para decir que todo lo que haga ha de ser desde la verdad. Cuanto mayor ha de ser esa verdad cuando se acerca el instante último. En cuanto a teoría política, las conclusiones que él pone en negro, azul marino, sobre blanco de su propia mano en el papel, haciendo esos análisis políticos de último momento. No hay ninguna duda es lo que piensa en el último momento de su vida. Pero en cuanto al perdón, esa es la mayor de las verdades, la más absoluta. ¿Por qué? Porque José Antonio es católico, auténtico. Es un cristiano convencido del amor, del amor al prójimo, del amor entre los seres humanos, del amor como primera necesidad fraterna.
Y cuando se da cuenta de que la guerra es un hecho, se horroriza. Porque dice que «lo peor de todo es que es una ordinariez, porque es matarse entre los propios, entre los próximos». Pero sobre todo es el espanto de aniquilarse entre hermanos. Y él propone un gobierno de concentración nacional. Todo eso es verdad. No es una herramienta, pero sobre todo la verdad suprema es el testamento. Y el testamento de José Antonio lo lee Julián Zugazagoitia. Y cuando Julián Zugazagoitia, asesinado también en la tapia del cementerio de la Almudena, después de que la Gestapo se lo encuentre, se lo entregue a Franco; escribe en su último texto que «no sirva para verter más sangre española a su muerte», seguro que en su subconsciente ha entrado el testamento que él ha leído de los primeros que lo han leído como muy próximo a Indalecio Prieto y como muy interesado en la figura de José Antonio, lo que demuestra en su libro Guerra y vicisitudes de los españoles es emocionante el entendimiento que tiene.
De lo que es verdadero, de lo que es la Falange. Porque hace una lectura verdaderamente acertada de lo que es. Y cuando en sus últimas palabras está diciendo la verdad también y utiliza ese verbo, es porque ha leído otra verdad anterior, que es la de José Antonio, la primera de todas, porque el discurso de Azaña «Paz, Piedad, Perdón» es el 18 de julio del 38, pero el primero que pide «ojalá sea la mía la última sangre vertida en discordias civiles es en la noche del 19 al 20 de noviembre, José Antonio Primo de Rivera».
