El sanchismo es cleptocracia
«La cleptocracia está tan arraigada como ecosistema del sanchismo que solo una refundación del PSOE tras una temporada en la oposición podría sacarlo del agujero»

Ilustración generada mediante IA.
Cuenta Rose-Ackerman en su célebre libro sobre la corrupción de los Gobiernos que el político no roba por ser inmoral, sino por un fallo estructural. Aquí, en España, esa avería es el PSOE, un partido del sistema con capacidad para gobernar. La politóloga añadía que si el Estado es débil o está colonizado por un partido, es fácil que se instale una cleptocracia, es decir, un uso del Gobierno no orientado al bien común, sino al latrocinio.
De esta manera, quien más poder tiene, más riqueza personal acumula por vías ilegales. Esta forma cleptocrática solo puede sobrevivir con el monopolio, como la mafia, dice Rose-Ackerman. De ahí que los lobistas de Zapatero se cargaran a los comisionistas de Ábalos.
En este contexto, se produce lo que la citada politóloga denomina el «efecto espiral», es decir, que se va extendiendo a círculos cada vez más amplios como algo normal. Esto es lo que ha ocurrido en el PSOE de Pedro Sánchez, en especial en Ferraz. El ecosistema del partido es el enriquecimiento ilícito mediante el aprovechamiento de la posición o la influencia.
Se normaliza así el robo como forma de vida en la organización y, además, como demostración de que se ostenta poder. Recordemos que en este sistema, la acumulación de riqueza se convierte en la prueba visible del poder, que es la clave de dominación en una organización. En consecuencia, la «espiral» se extiende de tal manera que quien no es corrupto calla para no perjudicar al partido o su cargo.
Tal circunstancia precisa de dos instrumentos para que funcione: fomentar el patriotismo de partido —fácil si se convierte en una empresa de colocación— y controlar el aparato partidista en todos sus niveles verticales y territoriales. Pedro Sánchez lo ha hecho desde el primer día. Utilizó el Estado para colocar a los suyos, generando ese vínculo entre el sueldo y el sanchismo. Luego ha ido convirtiendo al PSOE en su propia maquinaria. De hecho, ahora coloca a ministros como candidatos en las autonomías no para que ganen, sino para no perder el control de las federaciones.
«Si la organización corrupta consigue colocar su cuento en la mente de los ciudadanos, puede seguir robando y salir impune»
A estos dos elementos que redundan en la lealtad al jefe de la cleptocracia, es preciso añadir un tercero: controlar a la policía y a los jueces. Dicha condición es tan propia de un sistema cleptocrático que no hace falta explicarla. Y no se olvide un cuarto factor imprescindible: los creadores de relatos. Es conocido que el lenguaje y la narrativa que lo acompañan son un caballo de Troya en la mentalidad de la gente.
Si la organización corrupta consigue colocar su cuento en su idioma en la mente de los ciudadanos, puede seguir robando y salir impune. De ahí el empeño del sanchismo por colocar a sus portavoces en los medios públicos, y por controlar a los privados. Esta es la razón de los ataques a la prensa libre, la única que no se tragaba el relato cleptocrático y buscaba la verdad para contársela a la ciudadanía.
En definitiva, han atacado a los periodistas que han denunciado la corrupción porque les impedía el marco de impunidad. De aquí los insultos a los medios, como THE OBJECTIVE, que han desvelado la cleptocracia sanchista. No en vano, las barbaridades que se escucharon tras la imputación de Zapatero en medios públicos o afines al Gobierno han sido de antología del servilismo. Solo la prensa franquista estaba tan entregada a la repetición del argumento oficial.
A estas alturas, el PSOE no tiene una solución que no pase por los tribunales de justicia. Porque no se trata solo de cargos políticos, sino de la familia del presidente del Gobierno, y del guía de Sánchez: Zapatero. La cleptocracia está tan arraigada como ecosistema del sanchismo que solo una refundación del partido tras una buena temporada en la oposición podría sacarlo de este agujero.
El problema ya no es el PSOE, sino el Estado que deja atrás: debilitado por la colonización partidista, convertido en una red clientelar y sometido a las exigencias de los independentistas. A ello se suma una política exterior condicionada por intereses privados, visible en los giros hacia Marruecos y China. En definitiva, solo un vuelco político profundo y una reconstrucción institucional podrán revertir este deterioro.