El Papa y el papanatismo de la izquierda
«La izquierda, huérfana de referentes propios, morales o intelectuales, ha decidido que un aliado como el Vaticano puede darle un impulso, nunca mejor dicho, divino»

Ilustración generada mediante IA.
La RAE define el papanatismo como la «actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple o poco crítica». Yo concretaría un poco más y defendería que no hay en la actualidad expresión de papanatismo más depurada, si exceptuamos los conciertos de música clásica, que la que practican las mentes de izquierda cuando aparece una encíclica del Papa. Da igual de qué Papa estemos hablando. La última de León XIV, Magnifica Humanitas, ha generado tales estados de fervor y entusiasmo entre la grey progresista que a su lado los éxtasis de santa Teresa parecerían leves estremecimientos de un resfriado.
Como decía Nietzsche de san Agustín: «¡Qué manera de volver los ojos!». Si a nuestros beatos de izquierda (valga la redundancia) aún les quedaba alguna duda de que este pontífice va a estar a la altura, en términos de populismo, del último, que supo darnos tan buenos ratos, la última encíclica se la ha despejado. A la luz de estos Papas chiripitifláuticos, uno no puede sino sentir cierta nostalgia por un pontífice con el carisma estético y la consistencia teológica del que creó Sorrentino en su celebrada serie.
Por lo demás, torpe como soy e indiferente, más por sensibilidad estética que por otras cosas, a los avatares de la Iglesia, he sentido, sin embargo, la necesidad de leer la encíclica, arrastrado, sobre todo, por las opiniones positivas que ha generado entre algunos de los cerebros más lúcidos de mi generación, que han quedado literalmente deslumbrados por ella. Permítanme un spoiler: tampoco es para tanto. De hecho, desde un punto de vista filosófico, me parece, más que nada, una sucesión de lugares comunes y un refrito de ideas que ya habían planteado otros.
Hubo un momento, incluso, en que estuve tentado de poner en las redes sociales que la encíclica papal sobre la inteligencia artificial parecía escrita por la inteligencia artificial, pero, entonces, me enteré por Daniel Arjona, que es mi gurú particular en estos temas, que un tal «Linchuan Zhang, emprendedor y experto en IA, ha sometido a un detallado examen la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, y ha encontrado que no solo es la primera encíclica papal escrita sobre la IA sino también la primera encíclica papal escrita, en buena parte, POR la IA».
Todo esto no significa que el texto no contenga algunos elementos de interés, sobre todo, en mi opinión, las partes en las que se expone, de forma un tanto sesgada, también hay que decirlo, la llamada doctrina social de la Iglesia. Más allá de ello, si sometiéramos el texto a una buena criba analítica, tendríamos que admitir que adolece en general de una carencia endémica de, por decirlo en términos cartesianos, ideas claras y distintas: en él predomina una enorme confusión de conceptos, lo que nos da idea de su cariz ideológico.
«La presunta crítica a la meritocracia confunde, no sabemos si por descuido o interesadamente, el valor con el mérito»
Por ejemplo, la presunta crítica a la meritocracia, que viene arrastrada de uno de los filósofos más endebles de este siglo, Michael Sandel, confunde, no sabemos si por descuido o interesadamente, el valor con el mérito, y todo ello, además, se lleva al terreno de los derechos. Por supuesto que los derechos son universales, pero no así los merecimientos, que tienen que ver con el esfuerzo y las capacidades de cada ser humano, así como de sus aportaciones a la sociedad. El hecho de que se haya efectuado una lectura superficial y economicista de esta realidad no refuta la validez de una idea que ha operado como un principio de emancipación y, paradójicamente, de igualdad.
No obstante, las partes de la encíclica que han suscitado más fervor y devoción, nunca mejor dicho, son las dedicadas a la inteligencia artificial, que, como diría Ortega, es el tema de nuestro tiempo. «La ciencia no piensa», decretó Heidegger provocadoramente, y básicamente a esta idea se reduce toda la encíclica papal. Y está muy bien que así sea, porque el Papa es un magnífico altavoz de las prevenciones que muchos científicos y filósofos han mostrado con respecto a un desarrollo tecnológico que es, por definición, ciego y que, por tanto, no podemos saber adónde nos lleva.
El problema es que, de la misma forma que el Papa sostiene, con razón, que la inteligencia artificial no es moralmente neutra, tampoco lo son sus consideraciones sobre ella: toda la fundamentación de su discurso está inspirada en los análisis acerca de la ciencia y la tecnología que efectuaron los pensadores de la Escuela de Frankfurt y, en particular, Marcuse, un señor para el que la democracia liberal era una forma de totalitarismo equiparable al nazismo y al estalinismo.
Esta línea de pensamiento olvida, por otra parte, otras dos cuestiones esenciales: la primera es que la ciencia se desarrolla en sociedades concretas (y en Occidente, democráticas) en donde, más allá del enorme poder de las grandes corporaciones tecnológicas, existen también otros muchos contrapoderes involucrados que no se resignan, en principio, a una condición de mera pasividad, Por supuesto, que se necesitan acuerdos de alto nivel y regulaciones garantistas, pero yo soy optimista en este sentido.
«Entre izquierda (o lo que ahora se hace pasar por ella) e Iglesia católica se está produciendo una unidad de destinos en lo universal»
La segunda es que, contra lo que supone el Papa y toda la tradición de izquierdas que se deriva de la escuela de Frankfurt, los individuos que componen las sociedades modernas no son meramente pobres seres alienados sin criterio de ningún tipo que tan solo esperan la aparición de una fuerza proverbial que venga a liberarlos de ellos mismos. El mito de Matrix es una mentira interesada y, además, con trasfondo totalitario. También resulta un tanto contradictorio incidir con tanta vehemencia en la dignidad del ser humano y tener, sin embargo, tan poca confianza en sus propias capacidades.
Pero todo esto nos lleva a la cuestión que me parece, desde un punto de vista político, realmente relevante. ¿En qué momento la izquierda posmoderna y la Iglesia católica se miraron a los ojos y comprendieron que estaban hechas tal para cual? Ya Nietzsche, con su olfato infalible, apreció que el socialismo no era sino un cristianismo secular, un apostolado sin dios (o simplemente un sindiós, como se ha demostrado después). De hecho, el filósofo alemán, con doscientos años de antelación, le hubiera podido hacer la siguiente objeción a la encíclica papal: «El socialismo no es más que la consecuencia lógica de la tiranía cristiana. Ambos niegan la aristocracia natural y exaltan la medianía de los débiles».
Lo cierto es que entre izquierda (o lo que actualmente se hace pasar por ella) e Iglesia Católica se está produciendo una unidad de destinos en lo universal. Pedro Sánchez, después de entrevistarse con León XIV y dándole la razón a Nietzsche, ha declarado que «su voz es una brújula moral en la lucha contra la injusticia y por estar siempre del lado de los más débiles y por su mensaje de solidaridad». Yolanda Díaz se vistió de monja para ir a verlo y Pablo Iglesias (allá donde esté) ya lleva el cristianismo en su propio nombre.
En la propia encíclica, por lo demás, hay párrafos que parecen extraídos del programa electoral de una fuerza progresista: «En la actualidad —marcada por crecientes desigualdades, la presión de los mercados financieros, la crisis medioambiental y la desconfianza en la política—, esta enseñanza sigue vigente porque exige juzgar cada modelo de desarrollo por su capacidad de ser inclusivo y sostenible, recomponer la relación entre economía y política en torno al bien común y reconocer a la caridad un papel crítico y generativo en la vida pública».
«El papa argentino no fue en absoluto una golondrina que no hace verano, sino el inicio de una línea»
Todo esto nos lleva a preguntarnos, ¿qué ha ocurrido? ¿Por qué se ha producido en los últimos años esta unidad de destinos en lo eclesial? A la luz de la encíclica papal, podemos afirmar que el papa argentino no fue en absoluto una golondrina que no hace verano, sino el inicio de una línea que indica, al parecer, que la Iglesia ha decidido echar las redes de Pedro en otros caladeros, toda vez que en los antiguos parecen estar esquilmados.
La izquierda, por su parte, huérfana de referentes propios, ya sean morales o intelectuales, y después de largas décadas de entente cordiale con la Iglesia en América Latina, ha decidido que un aliado como el Vaticano puede darle un impulso, nunca mejor dicho, divino. Y ahí estamos, que mientras los de Vox parecen ya ateos y republicanos, nuestros izquierdistas van a terminar comulgando con las encíclicas de Juan Manuel de Prada.