Por qué a Vox se le está pasando el arroz
«La derecha de este país necesita a Vox, tal vez no en el Gobierno, pero sí con un peso suficiente como para atreverse a dejar de ser de izquierdas»

Ilustración generada mediante IA.
Uno de los especímenes más curiosos en nuestro ecosistema periodístico es, sin duda, el periodista ortodoxo de derechas. Cuando digo de derechas, no quiero decir que piense esto o que piense lo otro, sino que su función de periodista está supeditada de forma consciente o inconsciente a una serie de objetivos políticos que coinciden demasiado sospechosamente con los de una determinada formación política. Lo paradójico del caso es que dicho tipo de actitudes no son sino una traslación al mundo del liberal-conservadurismo del concepto sartriano de compromiso, más propio de la izquierda. En este momento, el signo más revelador de este tipo de periodista, que no sólo prolifera en ABC, es señalar como una forma subrepticia de colaboracionismo con el Gobierno social-populista cualquier opinión que se atreva a disparar contra alguna de las muchas inconsistencias de la derecha a la que ellos le conceden el estatuto de exclusividad.
Este tipo de periodista se caracteriza también por otro rasgo no menos exótico: siente terror y pánico a que alguien, sobre todo si milita en la izquierda, pueda pensar que alberga alguna coincidencia ideológica, por más pequeña o razonable que sea, con Vox. Por eso siempre anda como disculpándose y planteando estentóreas enmiendas a la totalidad a cualquier cosa que proceda de lo que él, engolando mucho la voz, llama la ultraderecha. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los amigos del periodista respetable de derechas suelen ser acólitos que languidecen, pobrecillos, en la prensa de izquierdas, y si hay algo de lo que le gusta sentirse orgulloso a un periodista de derechas es terminar siendo finalmente más progresista que otro que trabaje en El País. Es lo que podríamos llamar «síndrome de María Guardiola».
Por eso, no puede extrañarnos que todos estos entrañables profesionales de la socialdemocracia diestra estén brindando con champán ante los evidentes signos de desinflamiento demoscópico que muestra últimamente la burbuja de Vox. Por fin el PP puede concentrarse en liquidar a Pedro Sánchez y hacer que todo cambie para que todo siga igual. Ahora bien, ¿constituye ello una buena noticia para la derecha en general, independientemente de sopas de letras? Teniendo en cuenta la perspectiva presente, Vox, en mi opinión, y a falta de algo mejor, es un poco como aquellos bárbaros del célebre poema de Kavafis: frente a un partido estrictamente lampedusiano como el PP, ellos, al menos, representan la posibilidad de una cierta solución.
Por supuesto, el súbito frenazo que reflejan las encuestas para el partido de Abascal tiene una motivación, digámoslo así, multifactorial. Inciden desde decisiones claramente erróneas, como la alineación sin matices con el sector más casposo e iliberal de la derecha internacional; a prácticas de matonismo interno, como las purgas, estrictamente soviéticas, que llevan teniendo lugar hace ya demasiado tiempo, y que terminan siempre pasándole factura electoral a cualquier partido que las emprenda. No obstante, con ser importantes estas razones, no lo son tanto, en mi opinión, como el hecho de que, contra lo que esperaban la mayoría de sus votantes, ya sean estos potenciales o efectivos, Vox se había convertido, por un sentido poco inteligente de la ambición, en un elemento de obstaculización de Gobiernos de coalición que sean capaces de cambiar las políticas de izquierda dominante, hasta llegar a la soñada playa de una España sin rastro alguno de Pedro Sánchez. Es en este punto en lo único que concuerdo con los comentaristas de derecha.
Precisamente, como producto de estos errores y sus reflejos en las predicciones, Vox ha llegado a las negociaciones con el PP en Aragón, Extremadura y Castilla y León en una posición de franca debilidad, lo que le va a obligar a firmar pactos de chichinabo en los que su influencia real va a resultar mínima. El mejor ejemplo de ello lo tenemos en Extremadura, en donde se ha formalizado un acuerdo que no es sino un brindis al sol, con énfasis sobreactuado en temas de inmigración para guardar las apariencias, pero con un blindaje de facto en las materias clave de la agenda ideológica de la izquierda que el PP ha asumido como propias, tales como las políticas de género, que la inefable María Guardiola, soldado y monja del identitarismo feminista, ha convertido en intransitables líneas rojas.
«El debilitamiento de Vox, consecuencia de errores contumaces de su camarilla dirigente, no es una buena noticia para la derecha»
Y ahora viene la siguiente estación de penitencia: Andalucía, en donde, si nada lo remedia, tendremos otros cuatro años más de inanidad política y continuismo de la herencia socialista a cargo de Juanma Moreno: un Canal Sur al servicio de todos los dogmas progresistas, una consejera de Igualdad que, en los momentos en que se viene arriba, adelanta por la izquierda a la ministra de la materia (o de la cosa, como decía Umbral) y una aceptación implícita de las políticas de regularización indiscriminada de inmigrantes por parte de Moreno Bonilla. La eterna nada que nadea disfrazada con el pretexto de una mejor gestión.
Por eso, me parece que el debilitamiento de Vox, consecuencia, como digo, de errores contumaces de su camarilla dirigente, no es una buena noticia para la derecha, que pierde la única opción factible, deseable incluso para muchos votantes del PP, de conformar Gobiernos de coalición que sean capaces de revertir unas inercias ideológicas que se han ido consolidando desde principios de la Transición y que han resultado letales no sólo para la sociedad en su conjunto, sino para la cohesión de la propia nación.
Ahora bien, ¿cabe a estas alturas alguna solución para este estado de cosas? Yo creo que sí, pero debería producirse en ese partido una pequeña revolución interna. En el mundo griego se hablaba de algo que llamaban «segunda travesía», que consistía en comenzar a usar los remos cuando las velas se quedaban sin viento que empujara el barco. Platón lo incorporó metafóricamente a su pensamiento para referirse a la inversión de las causas con respecto a los naturalistas. Pues bien, por no saber emprender una segunda travesía a su debido tiempo, murieron de inanición Podemos y Ciudadanos.
Vox también ha terminado con la fase en la que era suficiente con dejar que el viento de la indignación pública empujara hacia delante, y comienza el tiempo de arremangarse, de coger los remos y hacer política. Pero se nos antoja que para tal arte, que requiere un cierto grado de sofisticación, resulta a todas luces insuficiente la actual dirigencia del partido, por lo que sería conveniente comenzar a abrir, si es que se quiere seguir avanzando, un proceso interno de sustitución de cargos, recuperando a muchos activos valiosos que se han ido. La derecha de este país necesita a Vox, tal vez no en el Gobierno, pero sí con un peso suficiente como para atreverse a dejar de ser de izquierdas. Por parafrasear al viejo Kant: podría decirse que Vox sin el PP es ciego, pero, desde luego, el PP sin Vox es vacío.