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Maria Iordanidu: de Constantinopla al Cáucaso

La autora griega contó su historia 60 años después, con un ciclo lleno de humor y de detalles de la vida cotidiana

Maria Iordanidu: de Constantinopla al Cáucaso

Ilustración de Alejandra Svriz.

De enorme popularidad en su país, la maravillosa obra Loxandra de la autora griega María Iordanidu (nacida en Constantinopla en 1897 y fallecida en Atenas en 1989) sería la primera novela de un extraordinario ciclo autobiográfico que esta escritora dedicaría a su vida azarosa, muchas veces caprichosamente accidentada a su pesar, que la llevaría de un lado a otro por el vaivén siempre imprevisto de la Historia.

«Cuando Loxandra susurra, suena como las campanas de Santa Sofía. Y eso es porque tiene una voz que sirve para despertar a los muertos, al desafortunado. Nunca ha podido controlarlo. Y si solo fuera su voz…» Llena de color y exuberancia, codiciosa, generosa, agresiva, iracunda y tierna a la vez, Loxandra, la griega, es un singular personaje de Constantinopla, que vive en esa bulliciosa y extraordinaria urbe finisecular, cohabitada por griegos, turcos y otras muchas etnias.

«Todo en ella es grande —se nos dice en esta vitalista y cautivadora novela—. Una voz grande, un corazón grande, un estómago grande, un apetito grande […]. Grandes manos patriarcales, ortodoxas. Manos para ser besadas. Manos hechas para dar. Servíos, comed, invitan sus manos abiertas sobre la mesa. Que comas, te estoy diciendo. ¡Eso que te has servido no es nada!».

En el colorido mundo de esa ciudad, durante el siglo XIX, Loxandra cría a sus hijos y cuida de su marido Dimitrós, que tras la masacre de Quíos, en la que los turcos degollaron a sus padres, fue comprado cuando solo era un niño en el bazar de esclavos, por un puñado de piastras, por su propio tío, que acudió a buscarlo. Por otro lado, Loxandra vive manteniendo buenas relaciones con los pequeños vendedores de la zona —que, si bien son turcos, son muy diferentes del maldito sultán que le robó el gato— y mantiene un acuerdo amistoso y permanente con la virgen de Balukli. Bodas, lutos, salidas al mar, banquetes de reencuentro con mil sabores y cambios puntúan su vida mucho más que los eventos políticos.

La historia pasa por ella sin cesar como una apisonadora incomprensible: «¿Cómo podía saber la infeliz —leemos en la novela— lo que le esperaba? ¿Cómo podía saber que el Tratado de Santo Stefano que se había firmado hacía dieciocho años, en 1878, y que fue un acuerdo de paz impuesto por el Imperio ruso al Imperio otomano tras la guerra ruso-turca, había sido revisado y vuelto a revisar; que Bulgaria se había convertido en un principado autónomo; que Rumanía y Montenegro se habían proclamado estados independientes; que Rusia se había anexionado Kars, Ardahan y Batumi; que Inglaterra se había quedado con Chipre y Grecia con Tesalía y parte de Épiro, mientras que los armenios no habían recibido nada de lo que se les había prometido y habían comenzado, por eso, a sublevarse, y el sultán Hamit había soliviantado al pueblo, había hecho venir a los kurdos con sus hachas desde el Kurdistán y había organizado el exterminio de los armenios en las calles de Constantinopla en un día festivo, la víspera de la Asunción de la Virgen? ¿Cómo podía saber Loxandra todo aquello?». Crónica de una familia y crónica de una ciudad, el delicioso libro de Maria Iordanidou, que relataba la vida de su propia abuela, es una maravillosa invitación a viajar a una época de entusiasmo y alegría cuya guerra —la que se inicia en 1914, año de la muerte de Loxandra— marcará el final definitivo.

El ciclo narrativo de Iordanidu estaría compuesto por unas obras que dejarían una huella imborrable en sus lectores y que se podían leer perfectamente de forma aislada, siguiendo el curso de los años de formación de un personaje, nieta de la inolvidable Loxandra, recién nacida en el primer volumen. Una obra primera, inmediatamente célebre, que María Iordanidu publicaría a los 65 años, y que destacaba por los fascinantes recuerdos colectivos y familiares, llenos de colorido y sabores, sin cesar pespunteados por un humor delicioso, de divertidas y chispeantes anécdotas injertadas aquí y allá en medio del drama de la Historia.

Nacida en el seno de una familia griega de Constantinopla que siempre mantendría, allá donde fueran, como identidad principal, su pertenencia a la bella ciudad de las siete colinas, María, como Ana, su personaje, pasó allí la infancia hasta que un día, ya adolescente, fue enviada de vacaciones a Stávropol, en el Cáucaso. Allí se vio sorprendida por la Primera Guerra Mundial y el comienzo de la Revolución Rusa, obligándole a permanecer lejos de su familia durante cinco años. Unas aventuras rocambolescas que Iordanidu contaría en el segundo y fantástico volumen, Vacaciones en el Cáucaso, escrito tras su novela Loxandra.

«Un día de julio de 1914 —como se dice al comienzo de Vacaciones en el Cáucaso— Ana salió de Constantinopla para ir a Rusia. Dejó tras de sí la Venerable Ciudad del siglo pasado». En esta novela, la Gran Historia, con mayúsculas, está representada por la llamada Gran Guerra y su transición a la Revolución de Octubre, vividas ambas en una ciudad de provincias en el Cáucaso Norte, Stavropol, por una adolescente que creía haber dejado su Constantinopla natal para unas simples vacaciones de verano mientras esperaba el inicio del año escolar.

En la novela, Ana, estudiante de 16 años, va a pasar sus vacaciones con Claude, la esposa de su tío Aleksos, que financia sus estudios. Claude es una francesa, que fue institutriz en Rusia en una época en que todas las familias rusas tenían que aprender por fuerza el francés. El viaje de Ana hacia el Cáucaso será complicado, saliendo a bordo del buque Sicilia y cruzando el Bósforo para llegar a Batumi. Desde allí tendrá que tomar el tren, haciendo transbordo en Vladikavkaz y Kavkaskaya, para finalmente llegar a Stavropol; es decir, 1.200 kilómetros en total en tren. En esos momentos, la movilización es general y los trenes están abarrotados. En medio del caos y la multitud, Anna pierde de repente a su tía Claude y termina en el campo, en algún lugar antes de Kavkaskaya. Desde la declaración de guerra, el interés por Inglaterra, un aliado de Rusia, ha ido en aumento. Por tanto, Anna, que estudió inglés en el American College de Estambul, no tarda en hacerse institutriz de inglés para los niños Ochkov. ¡Pero tiene que llegar a Stavropol! Una amiga de su tía Claude la encuentra por fin en un hospital militar para pacientes contagiosos en compañía de soldados checos y otros desertores.

En el Cáucaso, Ana pasará toda la Primera Guerra Mundial enseñando inglés e intentando estudiar en Rusia para volver con un diploma, ya que la guerra terminó en Constantinopla. ¿Estamos ante un testimonio o una novela con grandes dosis de ficción? ¿Cuál es la parte de memoria y cuál la de imaginación, se preguntarán muchos lectores? Poco importa. Con este ciclo maravillosamente escrito, leído con entusiasmo por miles de personas, un ciclo lleno de humor y de detalles fascinantes de la vida cotidiana, Maria Iordanidou contó su historia, sesenta años después. A una edad muy temprana y con la ayuda de Madame Fourreau, se adaptó perfectamente a la vida rusa, que pormenoriza con detalle, con deliciosas descripciones de la vida cotidiana, de cómo se bebe el té, de cómo se divierten y transcurren los tranquilos momentos familiares. Inteligente, la joven protagonista Ana aprende muy rápidamente a enseñar, se gana bien la vida y se hace independiente y libre a pesar de su corta edad. Luego vendrá la Revolución y, sobre todo, los horrores de la guerra civil, el hambre y los cosacos. Pero también llegará, por fin, el regreso.

Después de aquellos largos años de errancia por tierras rusas, en 1919, la joven y muy independiente Ana, que ya no soportaba órdenes de nadie y hablaba multitud de idiomas que le servirían de salvoconducto para futuros trabajos y para su sobrevivencia, regresará por fin a Constantinopla. Este será el arranque del tercer, y de nuevo excelente, volumen, Como pájaros atolondrados, que Iordanidu dedicaría a su regreso soñado. Ana vuelve al hogar familiar, junto a su madre, doña Klío, tan supersticiosa y autoritaria como su abuela, la volcánica matriarca de la estirpe, Loxandra, que ya ha fallecido.

Una matriarca que, casada con un viudo, dominaba y velaba por la numerosa prole con una mano tan de hierro como secretamente tierna y protectora. Y si Loxandra era la representante del mundo finisecular de la vieja Constantinopla cosmopolita a punto de desaparecer, en la que mal que bien convivían turcos y griegos, junto a armenios, kurdos y judíos, con todos los prejuicios que Loxandra aplicaba de forma inamovible («para Loxandra los turcos eran una plaga de la humanidad, una calamidad divina: como si dijéramos cólera o terremoto o rayo») en esta nueva entrega de la saga, el mundo ya ha cambiado de cabo a rabo y, como dice doña Klío, ahora todos parecen «pájaros atolondrados»: «Uno va a dar a un extremo del mundo, otro al opuesto. Antes no se desperdigaba así la gente. Además, las guerras antes eran en las montañas y en las cañadas, no en las ciudades».

Se trata de un mundo de refugiados que deambulan de un lado a otro (rusos huyendo de la revolución, griegos expulsados del Asia Menor) en el que Ana y su madre emprenderán nuevos traslados, yéndose a Alejandría, la de las mil lenguas, costumbres, religiones y razas. Allí Ana se casará con un comunista. Más tarde, se irán todos a Atenas y, de nuevo, una nueva guerra, junto a nuevos dictadores y persecuciones, y la invasión de los fascistas italianos, sellará su destino: «Las guerras no las pagan solo los reclutas. Las pagan todos los jóvenes, la nueva generación. ¿Cuántos años tenía yo cuando estalló la otra guerra mundial».

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