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Cultura

Una inmersión tecnológica para no olvidar que somos naturaleza

Una exposición ecologista en CaixaForum Madrid coincide con encíclica del Papa sobre la humanidad en tiempos de la IA

Una inmersión tecnológica para no olvidar que somos naturaleza

Imagen de la exposición.

«Olvidamos que nosotros mismos somos tierra». No lo dice Greenpeace. Ni Greta Thunberg. Lo dijo en su encíclica Laudato si el Papa Francisco, antecesor de León XIV, que el domingo juntó a más de un millón de personas en Madrid, en concreto en una misa celebrada en la Plaza de Cibeles. A un kilómetro escaso, CaixaForum Madrid alberga desde el miércoles Somos naturaleza, una exposición inmersiva que hace una paradójica exhibición de la tecnología para hacernos sentir parte de lo que la Iglesia católica insiste en llamar la Casa Común. 

El Papa se va hoy de Madrid. Pero se le podrá seguir, entre otros medios, por internet. Donde, por ejemplo, está disponible su encíclica sobre la IA, Magnifica Humanitas, en la que explica hasta qué punto nos la estamos jugando en esta brutal aceleración del partido entre naturaleza y tecnología que se disputa en lo más profundo de nuestro ser. Eso sí que es un Mundial. Además, ha aprovechado el viaje para recordarnos que debemos evitar la polarización y apostar por el diálogo. Todo el mundo, claro, ha pensado en nuestros políticos y sus trifulcas. Pero la cuestión va más allá. La exposición del CaixaForum desarrolla un discurso con un sesgo muy concreto. Se puede estar de acuerdo o no, pero merece la pena escucharlo.

La produce y distribuye OASIS Immersive Studios en colaboración con National Geographic. Según sus organizadores, «tiene el objetivo de sumergir a los visitantes en la belleza y la fragilidad de nuestro mundo natural». Lo hace con tres audiovisuales que pretenden mostrar «potentes perspectivas sobre la biodiversidad e invitan a los visitantes de todas las edades a ser catalizadores de un cambio en sentido positivo». Arte, ciencia y tecnología, dicen, se alían.

Se gestó tras la histórica firma de los acuerdos de la 15.ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (COP15), celebrada en Montreal, en la que cerca de 200 países se comprometieron a revertir la pérdida de biodiversidad y proteger el 30% de todos los ecosistemas para el año 2030. En este sentido, los organizadores de la exposición recuerdan que «la pérdida de la biodiversidad es un problema planetario de primer orden que se debe a factores como el cambio climático, los cambios en el uso de la tierra y el mar, la explotación directa de las especies, la contaminación y la presencia de especies exóticas invasoras».

El contenido de la exposición se divide en tres obras audiovisuales relacionadas con la biodiversidad. Durante 68 minutos, transportan al público «a la belleza y la fragilidad de nuestro mundo natural, ofreciéndole un viaje sensorial que es a la vez estimulante y revitalizador». En las paredes y el suelo de las salas del CaixaForum se proyectan unas espectaculares imágenes en movimiento (puede llegar a ser incluso un tanto mareante) y acompañadas de un sonido envolvente.

Espectáculo visual

El primer ámbito, «Un mundo en constante crecimiento», se define como «esencialmente contemplativo», a partir del talento a estos efectos que asegura la marca National Geographic. Su objetivo es «sentar las bases para que los espectadores entiendan lo que es imperativo proteger: las maravillas de la naturaleza, un ejemplo de belleza y resiliencia del que formamos parte». No hay explicaciones. No hay lenguaje. Solo imágenes, una música suave y sonidos de la naturaleza. Algo así como un documental de animales al uso de La2, para entendernos, pero con la típica narración en off sustituida por la potencia de los medios tecnológicos. La majestuosidad de un tigre o la extraña agilidad de una ballena se elevan a la enésima potencia en un formato espectacular. Los escenarios se suceden en un flujo fascinante: los volcanes estallan y la lava fluye por el suelo, un torrente de fuego que da paso al agua que cae desde las cascadas colgadas en las paredes. Una tormenta, el cielo estrellado tan difícil de ver en Madrid, una tormenta, las miradas enormes de las bestias unidas a las humanas, un colibrí del doble de mi tamaño que despliega las alas…

La apuesta se dobla en el siguiente ámbito. «Estamos interconectados» une arte digital y ciencia para «ilustrar la interconexión entre el mundo natural y el humano». El artista visual Alex Le Guillou y la compositora Azu Tiwaline han tirado de técnicas de creación digital generativa para crear un sugerente poema visual abstracto, con puntos, líneas y flujos que interactúan en una estética en la que el impresionismo acelera hacia algo parecido a lo más profundo de Matrix creando formas que sugieren al visitante la forma en que cada elemento de la naturaleza, desde las diminutas células orgánicas hasta las enormes redes de raíces, está conectado con los demás en una danza compleja y vital.

Aquí el lenguaje tiene una presencia breve, solo unas pocas frases que puntúan la narrativa visual: la inicial «Estamos interconectados» da paso al «Somos el aliento» que dispara un relajante sonido de respiración mientras los puntos crean líneas y ondean al ritmo de una música suave. «La nostalgia de crear armonías» acelera hasta «Un mundo, una naturaleza», que desata líneas y latidos circulares al ritmo de sintetizadores en una experiencia de tono bastante lisérgico. La frase «Somos naturaleza» relaja el ritmo y conduce a la más ideológica: «Nuestra visión del mundo determina nuestras acciones».

Anticipa las andanadas del tercer y último espacio: «Afrontemos el reto». La organización lo define como «un mosaico vivo de la resiliencia de la naturaleza y del ingenio humano». Está dirigido por el cineasta Émile Roy con el apoyo del compositor Uberko, del diseñador de sonido Jean-François Sauvé, de Rich y Miyu en el diseño interactivo y de Couleur.tv en la edición y posproducción.

Acción colectiva

Su objetivo es ilustrar «cómo puede el esfuerzo conjunto transformar nuestra relación con la Tierra y revertir los ciclos destructivos. A través de una colección de inspiradores y breves casos de estudio de todo el mundo, este capítulo revela cómo la acción colectiva puede ayudar a restaurar la vida, regenerar la biodiversidad y reavivar la esperanza». Para su itinerancia por España, la Fundación la Caixa ha incorporado el inevitable «ejemplo de proyecto que ha dado frutos reales en la península ibérica»: el del lince ibérico.

El apartado puramente audiovisual-narrativo de este ámbito fusiona los dos anteriores y le incluye la presencia del ser humano, con sus ciudades, su ganado, sus sonidos. Y, sobre todo, despliega un discurso explícito. Se argumenta que el ser humano tiene un extra: Foresight. Visión, capacidad de predecir… Por eso podemos dar una dirección.

Otra cosa es hacia dónde. La pulsión decrecentista («el gran error es creer que progreso es sinónimo de crecimiento»), por ejemplo, se deja notar quizá más de la cuenta. Se puede crecer de una forma sostenible, sin dejar a nadie atrás y con cuidado de no dañar de forma irreparable la Casa Común. Y la sucesión de logros de las acciones ecologistas para preservar la biodiversidad huele bastante a propaganda, aunque también se puede interpretar como un loable intento de mostrar lo que se puede hacer, es decir, de imprimir una nota positiva.

¿Qué significa respetar la naturaleza? ¿Cómo separar lo realmente útil para todos de la moda, la novelería y los intereses concretos? Eso ya es otra cuestión. Escuchar no significa creérselo todo. Pero sí estar abierto a los argumentos del otro. Sobre todo cuando hay un evidente interés común. Cuando Francisco escribió eso de «Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7)», citaba el Génesis. Después explicaba: «Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura». Y por si no quedara claro: «Nada de este mundo nos resulta indiferente».

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