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Literatura

La humilde épica colectiva de la Alemania del este, según Krasznahorkai

Acantilado publica la novela 'Herscht 07769', primera novedad en España del actual Premio Nobel de Literatura

La humilde épica colectiva de la Alemania del este, según Krasznahorkai

El escritor galardonado con el premio Nobel de Literatura, László Krasznahorkai. | David Zorrakino (EP)

Me acabo de leer una novela de 424 páginas sin un solo punto. Un párrafo bien despachado, digamos. En realidad una frase, una sola frase. ¿Me merezco una medalla? No crea. Cierto que afronté Herscht 07769, (Acantilado) de László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954), desde la responsabilidad, como periodista cultural, de dar cuenta de la primera novedad publicada en España del actual premio Nobel. Y que hay que comer de todo. Pero, afortunadamente, la verdura experimental de Krasznahorkai resulta más fácil de digerir de lo que parece.

Acantilado ya tenía en sus fondos el núcleo de su obra, empezando por su obra más celebrada, Melancolía de la resistencia… publicada originalmente en 1989. Esta Herscht 07769 es de 2021. O sea, lo último de Krasznahorkai (queda el Zsömle odavan, de 2024, que suponemos en la cocina de Acantilado). Los lectores españoles teníamos aquí la oportunidad de medir la evolución de un Nobel ya alrededor de los 70 años. Y el resultado es óptimo: la propuesta sigue funcionando, tersa, interesante… y agradable de leer.

Herscht 07769 se sitúa en Kana, un entrañable pueblo perdido de Turingia, en la Alemania del Este, lo que fue la antigua RDA comunista antes de la reunificación. Sus vecinos viven una vida mediocre, pero apaciblemente provinciana, solo turbada por la presencia de un grupo de neonazis recolectados entre la marginalidad local y regional más orgullosa de sí misma. Los comanda un tipo con delirios de líder carismático llamado el Jefe, que se gana la vida con una pequeña empresa de limpieza de mobiliario urbano. Solo tiene un empleado, Florian Herscht, un huérfano al que sacó de una institución pública.

El Jefe ejerce de padre adoptivo de hecho. Florian es mayor de edad, pero su carácter inocentón traspasa la línea de la discapacidad mental. A cambio, la naturaleza lo ha dotado de una fuerza descomunal. Tremenda paradoja, porque Florian es la bondad personificada. Siempre dispuesto a ayudar, se conforma con cualquier cosa y se derrite ante la menor muestra de cariño. Todos en Kana lo adoran. Solo tiene una preocupación, que deriva en obsesión: las clases del señor Kohler, un sabio que aprovecha su jubilación para divulgar  los secretos de la Física, le llevan a pensar que el universo está a un paso de la desaparición. Decide advertir a Angela Merkel, mandándole a Berlín unas cartas que, por lo que sea, no reciben respuesta.

La paranoia del bueno de Florian tiene que ver con una agudeza intelectual capaz de ahondar en las sombras de la ciencia y, paradójicamente, ciega a los resortes sociales básicos. Esta paradoja se despliega también en el ámbito artístico: cuando el Jefe le descubre la música de Bach, Florian encuentra en ella la solución posible a las inconsistencias de la realidad: el arte apunta a lo sublime, descartando la posibilidad del caos. Reflexiones tremendas que se cruzan con actitudes de tondo de pueblo de manual que en la narrativa de Krasznahorkai mezclan con una naturalidad maravillosa. Tiene todo el sentido: Florian es demasiado bueno para el mundo, puro como un niño.

IV Reich

Suyo es, en principio, el protagonismo de la novela, que de hecho tiene como subtítulo La novela bachiana de Florian Herscht. Pero el número del título, 07769, se refiere al código postal de Kana, como vemos en las cartas a la Merkel, que en realidad suenan a metafóricas señales de auxilio de una Alemania estresada. Porque la perspectiva de Florian se abre a una realidad coral. La trama avanza cuando unos grafiteros ultrajan los lugares sacralizados por la huella de Bach y unos inquietantes lobos aparecen en la linde del bosque. Por un lado, la habitual ira del Jefe llega a su punto de ebullición; para él, Bach representa la esencia de la verdadera Alemania, a la espera de un cuarto Reich libre de judíos, por lo que decide entrar en acción, arrastrando a su manada de descerebrados. Por el otro lado, la población local muestra su creciente ansiedad ante la desaparición de su bien más preciado: la tranquilidad. 

Ambos bandos se expresan en una perspectiva colectiva que los entrelaza magistralmente: la cotidianidad aparentemente insignificante que la nutre va acumulando luz para una reflexión más significativa que mil tratados de sociología. Ahí cobra sentido el órdago de Krasznahorkai con la puntuación. El punto de vista pasa del Jefe a la oficinista de Correos, y de esta a Florian, y de este a los dueños de un bar improvisado en una caravana, y de estos a la mujer de un judío que no tolera la intolerancia, y de esta a los escrúpulos de conciencia del profesor Kohler, y de este a… Una red que atrapa al lector, incapaz de escapar de la fluidez absoluta de la narración.     

Un ejemplo. Necesariamente largo, me temo: así es Krasznahorkai… El mes de mayo une al dentista con la esposa del líder de la comunidad judía: «Subió el labio, sonrió y con el dedo índice golpeó el cinco superior izquierdo, diente que últimamente notaba un tanto sensible, pero no, nada, así que se reclinó en el sillón, volvió a servirse una copita, en esta ocasión de entrada cuatro deditos, sorbió un poco, volvió a reclinarse, suspiró, miró hacia la ventana y constató con tristeza que, por mucho que mayeara, el sol seguía poniéndose demasiado temprano, y, en efecto, bastante pronto desaparecía el sol frente al sinuoso recorrido del Saale, quizá también debido a los montes que por el lado oriental dejaban entrar muy tarde los rayos y por el occidental tapaban la luz con demasiada premura, nunca hemos tenido un mayo así, constató la señora Ringer, pero sólo para sus adentros, no osaba decir nada ante su marido, porque esa clase de comentarios tenían siempre un efecto demoledor sobre él, así lo veía Ringer, y lo hablaba también con su esposa las pocas veces en que se pronunciaba, opinaba, no sólo en un sentido social o político, sino en general, que habían perdido la batalla, es más, incluso quizá la guerra».

Y la señora Ringer continúa mostrando su mundo hasta que «desesperada, negaba con la cabeza, y la señora Feldmann, claro, la consolaba, aunque casi habría preferido decir que la vida de ella y de su marido tampoco era para tirar cohetes». La señora Feldman coge entonces el testigo y se lo pasa a su marido y su pasión por la música, y así sucesivamente.

Sin un solo punto

Krasznahorkai aporta una visión coherentemente colectiva al análisis de un problema esencialmente colectivo. El resultado se parece a un ejercicio de escritura automática de todo un pueblo: las ideas de todos se encabalgan y bifurcan y remansan y vuelven a solaparse como realmente sucede en una mente individual. Quizá, la expresión más fiel posible de lo que Jung llamó inconsciente colectivo. Sin concesiones. Sin un puñetero punto. A ver, podría haber puesto alguno, eso lo admitiría hasta el amigo Carl Gustav… La apuesta es muy radical, y asustará a muchos lectores, pero el dominio del fraseo salva el proyecto del caos: realmente funciona, se lee con gusto, aunque a veces agote la falta de referentes para interrumpir la lectura y tomarse un descanso (que también puede uno inventarse su propio punto e irse a tomar un café…)

Florian permanece siempre como sólido punto de apoyo narrativo de tanto giro. Todos le advierten de la peligrosa influencia del Jefe, pero él lo defiende, lo ve como «el destino, algo que no se podía cambiar, lo admitía y esperaba la respuesta de Berlín». Estados del Este como Turingia, se resignan a ser los hermanos feos de la Alemania reunificada. Los pueblan gente sin muchas ambiciones, con la mentalidad aplanada por décadas de dictadura comunista, pero poseedores del verdadero tesoro humano: sus pequeñas historias. Solo quieren que les dejen vivirlas lo mejor que puedan.

Una paz que el señor Kohler convierte en metáfora: «Estaba simplemente enamorado de la meteorología, que no era como la física cuántica, donde la aceptación del absurdo era el requisito básico». Un acuerdo viable con la realidad que, en política, representa Angela Merkel. Cuando se concentra para escribir su carta, Florian ve «la cara de Angela Merkel, y después Angela Merkel de cuerpo entero, su porte, sus movimientos, su manera de andar, ese atractivo rostro, esa delicada belleza que había que respetar». Pero hasta ella los abandona: decide que tiene que dar un paso al costado después de tantos años.

Cuando la situación sobrepasa la frontera de lo soportable y los habitantes de Kana bajan las persianas y evitan salir a la calle y hasta alguno muere en sospechosas explosiones, ha llegado la hora del héroe. La trama se desliza entonces hacia un fascinante realismo mágico que lleva la tensión al apogeo como en el stretto de un concierto de Bach. 

Y he llegado a la página 424, y no ha sido para tanto, el Ulises de Joyce no me lo terminé, por ejemplo, y sí que tiene puntos.

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