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Literatura

'La vida al final', Bernhard Schlink reflexiona sobre la inminencia de la muerte

El escritor alemán publica una novela de tono meditativo y profundo sobre nuestra actitud ante una enfermedad terminal

‘La vida al final’, Bernhard Schlink reflexiona sobre la inminencia de la muerte

El escritor alemán Bernhard Schlink. | EFE

Jurista y escritor, Bernhard Schlink (Bielefeld, Alemania, 1944), es autor de una veintena de narraciones de diverso cuño, entre ellas policíacas y autobiográficas, aunque fue la adaptación cinematográfica de su novela El lector, dirigida por Stephen Daldry y protagonizada por Kate Winslet y Ralph Fiennes, la que hizo su nombre fuera conocido en todo el mundo. El último libro de Schlink que aparece en el mercado editorial español es La vida al final, con traducción de Daniel Najmías y bajo el sello habitual de Anagrama.

No descubro nada al posible lector si revelo que el tema de esta última novela es la presencia inminente de la muerte. Lo manifiesta claramente el propio título, pero, además, la temática está elucidada en la sinopsis de contraportada y, nada más abrir el libro, en las páginas iniciales, Schlink no se anda por las ramas. Su protagonista, un profesor de 76 años, de nombre Martin, tras un chequeo ordinario y un TAC, recibe el diagnóstico de cáncer de páncreas en estado avanzado. «¿Cuánto tiempo me queda?», pregunta. «Es probable que no más de seis meses», es la respuesta que recibe.

A partir de aquí, la narración se organiza bajo la forma dual de plasmación de una cotidianeidad que, en lo esencial, no cambia mucho —más bien, apenas nada— como resultado del diagnóstico y, por otra parte, la escritura fragmentada por parte del protagonista, Martin, de varias cartas de carácter moral a su pequeño hijo de seis años, David, con la esperanza de que le sirvan de legado paterno y de orientación en el futuro. Casado con Ulla, una mujer mucho más joven que él, Martin desempeña en ese minúsculo entorno hogareño de solo tres personas un papel tradicional de cabeza de familia.

En su caso, para ser más concreto, ese rol viene definido por una acusada propensión rectora y un ascendiente ético tamizado por un talante comprensivo y una actitud de tolerancia. Todo ello se traduce en un comportamiento mesurado, contenido, renuente a cualquier salida de tono: bajo el pretexto de mantener una disposición ecuánime o hasta unas estimaciones objetivas acerca de lo divino y lo humano, Martin reprime los excesos y hasta las efusiones sentimentales, incluso en los momentos más delicados de comunicar a su mujer y su hijo el fatal destino inmediato.

Todos los matices que acabo de apuntar, que están en síntesis en la onda de sobriedad descriptiva y serenidad introspectiva tan propias de la narrativa de Schlink, se manifiestan determinantes para definir —tanto en el fondo como en la forma— el carácter del libro del autor alemán. Si acudiéramos al auxilio elemental del tópico, hablaríamos de esa disciplina emocional y esa austeridad afectiva —rayanas en la frialdad o impasibilidad— que suele asociarse al temperamento germánico. Lo menciono, en cualquier caso, para hacerme eco o adelantarme a la posible sorpresa del lector español ante el evidente contraste entre la gravedad del tema y la circunspección de los implicados, empezando por el propio protagonista.

Ausencia de justicia

Así, la inexorable noticia no altera apenas la apacible vida del núcleo familiar. Cada cual sigue a lo suyo. Todo lo más, la pareja decide aprovechar el tiempo para ir más al cine y a los restaurantes italianos que les gustan. Quizá el mayor cambio se produce en la relación padre-hijo, con más tiempo y actividades que compartir y, sobre todo, con las antes aludidas epístolas morales, con el amor y el trabajo como temas privilegiados. Hay también múltiples referencias a la justicia o, más bien, a la ausencia de ella tanto en la vida humana particular como en la sociedad en su conjunto. Y, por supuesto, también con respecto a la muerte: no es justa, pero es. En otras palabras, es una realidad que no podemos soslayar, sino afrontar con naturalidad.

Parece evidente que en muchos aspectos el personaje central que bosqueja Schlink viene a ser su alter ego: al igual que él, Martin es jurista, profesor y escritor, obsesionado por la ley y la justicia. El protagonista del libro concibe la vida como una cuerda floja que trata de ser tensada para que se acomode a la rectitud de la conciencia humana. Vano empeño, sin embargo. Si el ideal es hacer todo lo posible para mantenerse en equilibrio en esa cuerda, la realidad nos muestra que se trata de un objetivo imposible. Todo lo más, conseguimos hacer malabarismos.

No hay que darle muchas vueltas ni llevar las lamentaciones a su exacerbación: simplemente basta constatar que la vida en general es injusta, en lo grande y en lo pequeño, en las catástrofes y en los amores infantiles del pequeño David. Y en este escenario de injusticia estructural irrumpe la muerte, un caballo desbocado que arrasa todo a su paso. Por eso, al margen del momento en que la Parca haga acto de presencia, hay que estar preparado. Prepararse es vivir de manera que uno sienta que ha sabido aprovecharla. Aprovechar la vida —debe admitirse— no es sencillo, pero vale la pena intentarlo. Aunque más bien es que no tenemos otra alternativa.

Se dirá a estas alturas que el libro de Schlink se asemeja más a un ensayo que a lo que usualmente entiende el público por novela, y no le faltará razón al dictamen. De hecho, desde el punto de vista narrativo, sería inútil buscar en sus páginas los ingredientes convencionales. Por el contrario, predomina la reflexión de matices casi filosóficos, con disquisiciones de índole teórica sobre los grandes principios de la cosmovisión humana (amor, justicia, libertad, verdad y mentira, vida y muerte). La única urgencia de Martin ante su inminente final es la de ordenar su vida presente en concordancia con la pasada, con calma y dignidad.

Mirada introspectiva

La novela, relativamente breve, está dividida en tres partes. En la primera, la más extensa, tiene una cierta presencia su hijo David (y las cartas que le escribe). En la segunda, el relato se hace menos introspectivo y se abre al exterior, dando más protagonismo indirecto a Ulla, su mujer, con dos elementos novedosos y ajenos al conflicto esencial: por un lado, su infidelidad, que Martín descubre casualmente y, por otro, una indagación sobre los antepasados de su mujer, en particular, el padre, que desapareció misteriosamente de la vida de Ulla. Pronto veremos, no obstante, que ambas anécdotas constituyen básicamente un pretexto para continuar la reflexión sobre las cuestiones antedichas, entre ellas, el amor, la fortaleza y la verdad. La tercera y última parte precipita el final, jugando con los elementos anteriores.

Frente a la predominante tendencia de nuestra era a soslayar la muerte real (no así la sensacionalista o mediática), se dibuja una reacción intelectual que trata de recuperar la vieja concepción de la muerte inseparable de la vida, aunque ahora en un contexto laico (estrictamente biológico) más que trascendente. La novela de Schlink se encuadra así en una perspectiva existencial reconocible en otros recientes libros de autores consagrados, como Paul Auster (Baumgartner) y Julian Barnes (Despedidas), que en el último tramo de su vida sustituyen su mirada al mundo por una actitud introspectiva, nostálgica y reflexiva sobre su propia existencia y su inevitable final.

No se trata tan solo de reivindicar la naturalidad de la muerte, sino de darle sentido para procurar una aceptación serena. Ello implica rebobinar la cinta de la vida y hallar en ella un significado que no desprecie los avatares concretos, pero que los trascienda. Así, por ejemplo, para Schlink es en la cotidianeidad y los pequeños gestos donde se halla lo más importante que la vida ofrece al ser humano, donde este puede y debe ejercitar la rectitud y las virtudes morales que le permitan retirarse satisfecho, con la conciencia limpia, sin nada que reprocharse. Eso sería una vida bien vivida. Y permitiría afrontar su final no ya solo con paz interior, sino hasta con cierta placidez, como la que se produce tras el deber cumplido.

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