Escribir nos hizo humanos
En ‘Los nombres del mundo’, el erudito inglés Ewan Clayton recorre la historia cultural de la escritura en Occidente

Tímpano del dificio Thomas Jefferson (Washington DC) esculpido por Olin Levi Warner que muestra una alegoría de la escritura. | Wikimedia Commons
Por una vez —y sin que sirva de precedente— puede resultar provechoso atender a las etiquetas promocionales: la de este libro en concreto, cuando establece que se trata de «una historia fascinante y accesible del milagro cultural de la palabra escrita, desde el mundo antiguo hasta la época moderna». Más allá de la justeza o exactitud de la caracterización, me interesa enfatizar dos matices de la misma, muy estrechamente interrelacionados: la consideración de «milagro cultural» de la escritura y aquello que su historia en sí tiene de fascinante. En unos tiempos en los que estamos de vuelta de todo, no es mal asunto, siquiera sea en términos metodológicos, dejarse llevar por el asombro.
Asombro en el sentido prístino, como ese tipo de admiración que, al decir de los más insignes tratadistas, es el origen de la filosofía, el acicate de cualquier intento serio de discurrir acerca de lo que nos rodea. Un asombro que es, al mismo tiempo, el motor de un distanciamiento y el regreso a una estimación más gratificante y explícita de un bien que dábamos por obvio, como la palabra escrita. En términos más rotundos, sin tantos circunloquios, la historia de la escritura es —¿quién podría discutirlo?— la historia de la civilización, la quintaesencia de lo que nos hace ser lo que somos. La palabra escrita es la huella del hombre en el mundo.
El análisis o simple comentario del contenido de una obra no puede —o, mejor dicho, no debe— desligarse del contexto en que aparece o de las circunstancias que la rodean. Ello es así incluso tratándose de un tema como este, que nada tiene que ver con la actualidad y las urgencias mediáticas, y que ingresa en un ámbito de conocimiento —la historia cultural de la escritura— que cuenta con una bibliografía tan sólida como considerable. En la obra del especialista inglés Ewan Clayton, Los nombres del mundo. Una historia de la escritura, que ahora aparece en nuestro mercado editorial (Siruela, traducción de María Condor), encontramos, al menos, dos elementos que el reseñista no debe pasar por alto.
El primero, y más obvio o inmediato, es la atractiva personalidad de su autor. Polígrafo y erudito, Ewan Clayton entronca por su lugar de nacimiento y formación (Ditchling, Sussex) con el gran calígrafo Edward Johnston, pero además se inserta, como él mismo explica en las páginas iniciales, en el seno de una familia dedicada a esos mismos oficios de escribanía, miembros del Gremio de Artesanos. Su trayectoria como calígrafo y encuadernador podía haber sido convencional, si no hubiera sido porque, tras sufrir una grave enfermedad, ingresó como monje benedictino en la abadía de Worth. Un nuevo giro espectacular presenta su biografía cuando cuelga los hábitos y la vida monástica para trabajar como consejero informático de Xerox en Palo Alto, California, desarrollando fuentes tipográficas para ordenador. Puede decirse, pues, que Clayton transita vital y profesionalmente desde un extremo a otro de la técnica de la escritura.
No es una cuestión anecdótica ni una mera curiosidad. Por el contrario, este mismo libro que nos ocupa, sin ir más lejos, tiene su génesis o hunde sus raíces en la antedicha experiencia del autor. Sostiene Clayton que, en lo concerniente a la palabra escrita, nuestra cultura occidental solo ha contemplado dos grandes revoluciones: «Una, en un proceso que duró varios siglos y en el que los rollos de papiro dejaron paso a los libros de vitela, en la Antigüedad tardía; y otra, cuando Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles y el cambio se difundió por toda Europa en una sola generación, a finales del siglo XV». Estamos a las puertas o, mejor dicho, estamos viviendo ya la tercera transformación, quizá la más radical de todas.
El libro resiste
Ese gran cambio implica que muchas de nuestras convenciones sobre la escritura están modificándose a ojos vista. Como ya han señalado muchos analistas, no es solo una cuestión estrictamente tecnológica, pues las repercusiones mediatas e inmediatas trascienden con mucho esta dimensión. Son tantas las incógnitas que se acumulan —o la correlativa ausencia de certezas— que quizá pueda servir de algo hacer un alto en el camino, hasta donde sea posible, para mirar el presente y reconsiderar el pasado. En palabras de nuestro autor, «tal vez el primer paso para responder a estas preguntas sea averiguar algo del modo en que la escritura llegó a ser como es».
Dije antes que había dos elementos que no debía pasar por alto al situar la obra en su contexto. El primero, la personalidad del autor, su trayectoria biográfica y profesional, nos ha conducido a ese breve apunte sobre el carácter de este ensayo y su propósito en la era en que nos ha tocado vivir. El segundo es que, en contra de los agoreros o, simplemente, las estimaciones más sombrías, este es un tema que interesa a un sector del público nada despreciable. A pesar de lo que se dice a menudo, pese a una crisis global que afecta a todo y a todos —y que sería absurdo negar—, la escritura, la palabra escrita, el libro en cualquiera de sus múltiples formatos, resiste. Y resiste bien; mejor, incluso, que otros medios o instrumentos teóricamente —solo en teoría— más modernos o prácticos.
El interés antedicho por la historia y sentido de los textos escritos va más allá de la mera funcionalidad. En otros términos, un antídoto contra la actual desorientación puede ser simplemente volver a las raíces. Lo ha demostrado una autora española, Irene Vallejo, con El infinito en un junco, un libro que por su temática y enfoque parecía a priori condenado al reducido círculo de especialistas y minorías. Lejos de ello, convertido en impresionante best seller, ha hecho de la reflexión sobre el libro, la Antigüedad y la cultura clásica en general unos temas tan sugestivos para cientos de miles de personas como podrían ser los últimos inventos tecnológicos.
Debe quedar claro en todo caso que el volumen del autor inglés es muy distinto al de Vallejo. La obra de esta, conviene no olvidarlo, tras su poético titular, tenía un subtítulo aclaratorio y preciso: La invención de los libros en el mundo antiguo. La ensayista española ponía el énfasis en el contenido y valores profundos de la cultura clásica, y su pervivencia y sentido, incluso en el mundo actual, desde una perspectiva profundamente humanista. El libro aparecía en estas coordenadas como el soporte o instrumento privilegiado de transmisión cultural. Sin desdeñar esos matices, ni mucho menos, Clayton se centra más en los elementos técnicos y materiales. En consonancia con su formación de calígrafo, bien podría decirse que él hace una breve síntesis de la materialidad de la escritura.
Pervivencia del pasado
Su punto de partida fundamental es el ámbito cultural romano —no en vano el primer capítulo lleva por título Los cimientos latinos— y, a partir de ese basamento, va siguiendo el rastro de la cultura escrita en forma de códices, pergaminos, cédulas, textos universitarios, labores de copistas, iluminaciones y billetes, hasta llegar a ese punto y aparte que representa el invento de Gutenberg, la imprenta. Aquí empieza una nueva fase, «un nuevo mundo», en el que Reforma y renovación, de consuno, transforman la vida intelectual de Europa, sin que ello suponga, sin embargo, la relegación total de formas tradicionales, pues regresa y se extiende el hábito y el placer de escribir a mano (cartas, notas, diarios).
El advenimiento de la industria, desde los años centrales del siglo XVIII, acompañado del mito del progreso y la fe en la ciencia, nos lleva a un nuevo escenario, más cercano a nuestra sensibilidad, en el que nos es fácil reconocernos. Hablamos de «la infatigable prensa», de máquinas para escribir, del telégrafo, del «problema de las bibliotecas»… Y, aun así, un cierto «renacer de la caligrafía» nos muestra que el pasado nunca desaparece del todo. Incluso en el brutal siglo XX o en la vorágine de este nuevo siglo, con la revolución tecnológica, Clayton insiste en la pervivencia de las necesidades comunicativas esenciales del ser humano, un fondo que subyace a los cambios aparentes.
De hecho, esa podría decirse que es la tesis recurrente de su ensayo: «Mantener pasado, presente y futuro en una tensión creativa, no ser demasiado nostálgico de cómo eran antes las cosas ni volverme demasiado tarumba con la era digital como la respuesta a todo: la salvación por la tecnología. Yo veo cuanto está ocurriendo ahora —la web, la informática móvil, el correo electrónico, los nuevos medios digitales— como una continuidad con ese pasado». Con ese propósito, Clayton ha escrito en definitiva una obra de divulgación útil y sugestiva para todos los que, además de reconocer la importancia de los textos escritos, encuentran belleza y placer en su lectura.
