Benito Arruñada: «Cuando sale algún político brillante la ciudadanía tiende a machacarlo»
El economista y columnista en THE OBJECTIVE habla de su libro ‘La culpa es nuestra’
Benito Arruñada (Vegadeo, 1958) es catedrático de Organización de Empresas y uno de los economistas españoles más influyentes en el análisis institucional y del funcionamiento de los mercados. Profesor en la Universidad Pompeu Fabra y en la Barcelona School of Economics, ha desarrollado una sólida trayectoria académica internacional, con estancias en centros como Harvard, Berkeley o La Sorbona y una obra ampliamente citada en el ámbito de la economía y el derecho. Columnista semanal en THE OBJECTIVE, Arruñada se ha convertido en una voz singular en el debate público español, caracterizada por su enfoque empírico y su voluntad de cuestionar consensos asentados. Nos visita en el estudio de Contrapuntos para conversar en torno a La culpa es nuestra (La Esfera de los Libros), un ensayo en el que examina la relación entre las preferencias de los votantes y las decisiones políticas, y plantea una crítica incómoda pero fundamentada sobre los incentivos que configuran la economía y las instituciones en España.
PREGUNTA.- En La culpa es nuestra, el libro que publicaste en La Esfera de los Libros a finales del año pasado, sintetiza buena parte de tus preocupaciones en el debate público español. Y decía que es un libro a contracorriente porque lo que te interesa es sentar algunas ideas en las que nadie está pensando o mirar los problemas desde otra óptica. Quizá el hilo conductor del libro es decir que en realidad los políticos españoles, a los que es muy fácil culpar de todos los males, son un fiel reflejo de lo que la sociedad quiere.
RESPUESTA.- Lo que hace la primera parte del libro es verificar la existencia de una correlación importante entre las preferencias del electorado en las encuestas y las políticas que los políticos, valga la redundancia, ponen en práctica. Y también la conformación que tienen las instituciones españolas, por ejemplo, el sistema fiscal, que es el que define el marco de incentivos de la actividad económica.
P.- Estudias la fiscalidad, la competencia y la redistribución como los tres asuntos claves en donde hay un eco, una sintonía, entre ciudadanía y clase política. Y, al mismo tiempo, tu preocupación es que esto enmascara problemas que se están volviendo irresolubles. Por ejemplo, la imposibilidad de las reformas liberales que la economía española necesita.
R.- Sí, porque los objetivos que queremos suelen contradecir los medios que nosotros mismos, los votantes, obligamos o condicionamos a los políticos a adoptar. En cualquier dimensión que queramos analizar: queremos vivienda asequible, pero favorecemos la adopción de políticas que terminan destruyendo el mercado del alquiler o los incentivos para la construcción de viviendas. Nuestras preferencias son a menudo muy contradictorias. En esto de la vivienda tenemos incluso aspectos obvios. Todos queremos vivir en el centro de las ciudades, pero a la vez impedimos que se edifique en su centro y no queremos que se toquen los edificios antiguos ni que se edifique en altura, por ejemplo. Bueno, pues simplemente de donde no hay no se puede sacar.
P.- Quizá podríamos ir un poco atrás. El problema de este gran consenso ciudadano es que impide en el fondo las diferencias entre los partidos, ya que todos están más o menos de acuerdo en las políticas que se ejecutan. Y eso no solo afecta a la posible ideación de soluciones, sino incluso al nivel del debate, porque todo el mundo está pensando dentro de las mismas consignas.
R.- A esto se añade que hablamos de una sociedad muy polarizada, pero en realidad es solo sobre asuntos relativamente triviales. Al hablar de asuntos cruciales hay votaciones mayoritarias. Me refiero a materias ajustar las pensiones a la inflación y subir el sueldo de los empleados públicos. Se adoptó por amplia mayoría del Congreso. Y es muy probable que en las próximas semanas se adopte también algo parecido respecto a la subida de las pensiones [ya sucedió]. En ambos casos son decisiones muy discutibles, por lo menos al nivel que se han tomado. Pero lo grave es que se hayan tomado de forma prácticamente casi consensuada y casi dándolo por hecho. El nivel de discusión, ya no de confrontación, de dos asuntos tan cruciales como estos es casi inexistente.
P.- Ahí los legisladores caen en lo que tú has llamado el «presentismo». Esta idea de actuar solo para lo que te da rédito electoral inmediato y olvidar cualquier consecuencia en el futuro.
R.- Ciertamente. Y también ejemplifica la correlación entre decisiones políticas y las preferencias personales. Porque también en esto del «presentismo» somos uno de los países europeos con el porcentaje más alto de ciudadanos que dicen tener dificultades para llegar a fin de mes. Ese tipo de ciudadano es uno que tiende a sacrificar el futuromejorar su presente, que exhibe cierta miopía. Nuestros políticos, hacen exactamente lo mismo: favorecer el consumo a costa de sacrificar las inversiones o el largo plazo y, con ello, no solo repiten lo que hace el ciudadano, sino que le permiten hacerlo. Porque si se suben las pensiones o los sueldos públicos más allá de lo que de lo que podemos permitirnos, se favorece que prospere el consumo, pero no la inversión. En general invertimos muy poquito. Hemos tenido una desgracia ferroviaria que es un síntoma obvio de este tipo de problemas, pero podríamos irnos a cualquier otro sector.
P.- Lo que te preocupa es que las cuentas españolas no sean viables a futuro; que no se puede vivir siempre generando un déficit de esta magnitud.
R.- Me lleva preocupando mucho tiempo, pero con estos asuntos lo que pasa es que no sabemos cuándo llega el futuro y cuando lo hace, lo hace de la forma más inopinada y sorprendente, sea en seis meses o seis años. Pero está al caer. Y si miramos hacia atrás, vemos que en los últimos 20 años prácticamente no hemos progresado nada. La economía crece, sí, pero, en términos de bienestar por habitante, no crece en absoluto. Perdemos posiciones dentro de Europa, cuando Europa está perdiendo posiciones en el mundo. El diagnóstico de la situación no puede ser benevolente.
P.- De ahí tu insistencia en que se requieren reformas liberales. Y básicamente lo que propones es poner al empresario, al creador de riqueza, en el centro, porque ahora está en el margen, ¿cierto?
R.- Este es uno de nuestros rasgos diferenciales y además es también uno de los rasgos diferenciales de nuestra izquierda. Si uno mira el modelo escandinavo, por ejemplo, en el modelo escandinavo a los creadores de riqueza se les respeta. En nuestros países no se respeta al creador de riqueza, no tiene prestigio, etcétera, etcétera. Incluso a veces se le vilipendia. Volvemos a lo de antes: de donde no hay no se puede sacar y malamente se puede distribuir lo que no se ha producido. Este tipo de obviedades pesa muy poco en la conducta revelada de muchos de nuestros ciudadanos. Y nuestros políticos parece que se adaptan bastante bien a estas preferencias.
P.- España tiene un entramado empresarial muy desarrollado, muy competitivo, es un país exportador. ¿Por qué los empresarios aceptan con cierta mansedumbre este diálogo envenenado con la clase política?
R.- Porque no es su papel. No podemos pedirles que nos resuelvan el problema político. El empresario bastante hace organizando su empresa y adaptándose al entorno que cada país le ofrece. A veces es un entorno razonable y otras veces lo es poco. Y el empresario se debe a su empresa, a sus empleados, a sus clientes, a sus proveedores, a la gente de la empresa… y para que todos ellos prosperen tiene que adaptarse. Ese es su papel, no resolver el problema político. Para eso tenemos partidos y organizaciones políticas.
P.- Que es algo que también criticas, porque hay muchas carencias ahí.
R.- Pero lo trato poco en el libro. La organización de los partidos no es un aspecto que domine. Creo que es importante y podríamos plantearnos la función del liderazgo político, con esta ciudadanía, para resolver los problemas. Lo único abordo un poquito en el libro es la evolución de la pregunta, por qué muchos de los que de los que ya tenemos una cierta edad tenemos la impresión de que la calidad de los representantes políticos ha descendido notablemente. Incluso creo que hay algún estudio empírico que lo confirma. De ser así, lo que me pregunto es a quién responsabilizar de la calidad o poca calidad de los políticos, porque les elegimos nosotros, a fin de cuentas.
P.- A la ciudadanía.
R.- Claro. Además, lo que vemos cuando sale algún político brillante, que haga argumentos un poco sofisticados, la ciudadanía tiende a machacarlo. Cuando estudiamos cómo elegimos a los políticos, salen cosas, incluso en términos relativos con Europa, interesantes. Yo no diría que estas encuestas no digan toda la verdad ni mucho menos, pero creo que hay indicios preocupantes, como que elegimos a los políticos por afinidad y que la competencia profesional y demás importa poco, menos que en Francia o Italia.
P.- A lo largo del libro, basas tus afirmaciones en estadísticas, tablas de análisis y datos duros que solidifican tus argumentos, luciendo tu formación de científico social. Una de las cosas que más te preocupan es una economía sobrerregulada. Y esto es un mal no solo español, sino también europeo.
R.- Sí. Y como señalas, esto es algo en lo que Europa no nos ha ayudado nada, porque ha evolucionado en un sentido muy negativo y con el agravante, además, de que nosotros, como queremos ser europeos, hemos modificado muchas de las regulaciones europeas haciéndolas todavía más restrictivas. Entonces, si la regulación era restrictiva de por sí, pues aquí más. Y además la aplicamos a nuestra manera, con todos los vicios conocidos: desigualmente; reglamento para el enemigo, pero excepción para el amigo… El «reglamentismo» como arma de combate.
P.- Y además muy poco amable en términos de tramitología, de digitalización. Cualquiera que tenga una empresa sufre muchísimo por las horas que pierde en los trámites, ya no digo cumplirlos o no, simplemente por llevarlos a cabo.
R.- La digitalización, tal como se suele aplicar, es una farsa. He trabajado en algunos de estos proyectos y mi impresión es que a menudo empeora la situación. Además es muy peligrosa en términos de corrupción, porque los servicios que se contratan son muy difíciles de valorar. Al fin y al cabo, un puente es algo tangible y físico, pero un software admite muchas posibilidades de fraude. Entonces hay que ser cautelosos y escépticos con las propuestas de digitalización, lo mismo que con las de simplificación. Muchas veces la simplificación solo va a comprimir trámites: se mantiene todo igual, pero más comprimido, lo cual cuesta lo mismo o más. Un esfuerzo muy grande para no conseguir nada. Hay una gran cantidad de vicios en todos estos procesos.
P.- Pero al mismo tiempo propones soluciones en este ámbito.
R.- Sí, pero la solución tiene que ser cortar por lo sano. La solución tiene que ser derogar lisa y llanamente, no simplificar. O sea, no querer estar en misa y repicando.
P.- ¿Una respuesta parecida, aunque a discusión, a lo que está haciendo Milei en la Argentina, por ejemplo?
R.- Sí, hay mucho que admirar de Milei. Por ejemplo, la reforma de alquileres, que es muy parecida a la que se hizo aquí Felipe González en el año 85, el famoso decreto Boyer, que liberalizó el mercado de alquileres y los establecimientos comerciales, la apertura de nuevos establecimientos, los horarios, etcétera. Es un decreto de dos páginas. No hace falta mucha más ingeniería para eso. Pero los efectos estuvieron a la vista. Es un caso muy bueno porque a los nueve años justos, en el 94, ya estábamos promulgando leyes que daban marcha atrás, además a propuesta de CIU. Era un Gobierno socialista que necesitaba el apoyo de CIU y estaba muy condicionado porque desde Cataluña se presionaba para dar marcha atrás a esas reformas. Y se inicia una pendiente que, en el caso de los alquileres, ha sido desastrosa.
P.- También estudias las dificultades inmensas del mercado laboral, y que esté, por ejemplo, más regulado el derecho a huelga que otros derechos en conflicto.
R.- Como la circulación. El derecho de huelga prevalece totalmente sobre el derecho a circular, que es un derecho fundamental. El derecho a moverse, a desplazarse libremente.
P.- Y que es un mercado que privilegia al que ya tiene trabajo.
R.- Obviamente.
P.- Y eso complica enormemente el incentivo de las nuevas contrataciones.
R.- Eso lo hacemos con todo. También con la vivienda. ¿A quién privilegian las nuevas regulaciones del alquiler? Al inquilino que tiene contrato. ¿A quien perjudican más? Al inquilino que no tiene contrato, pero que quiere tenerlo en el futuro. Pero, políticamente, los costes y beneficios son visibles de forma muy diferente. El que tiene un contrato sabe que eso le beneficia. El que piensa que quizá probablemente contrate en el futuro, pues no sabe que eso le está perjudicando. Y cuando está en situación de contratar y ves que no hay alquileres no identifica la causa. Olvida que ha sido él quien ha votado por esa regulación, a través del tipo de políticos que elige, sin darse cuenta, claro.
P.- Y esta dinámica se reproduce en muchos ámbitos de la economía y de la política.
R.- En muchos. En el mercado del trabajo, totalmente. Es esta, iba a decir «irracionalidad», pero no es irracionalidad, el factor fundamental detrás de estos problemas es la ignorancia racional del votante.
P.- Entonces la pregunta es, ¿cómo generar una ciudadanía más ilustrada? Una manera sería la educación y otra los medios de comunicación, ambos abordados en el libro. Pero quizá antes de llegar a esas dos discusiones tienes una frase para definir la actividad de los políticos como gente que vive de la captura de la renta. ¿Qué quiere decir? ¿Por qué es tan relevante en tu pensamiento?
R.- No solo de los políticos, sino en general de la actividad política. En términos muy generales, uno puede ganar dinero produciendo algo y vendiéndolo, algo que quien lo compra lo valora más que quien lo ha producido, etcétera.
P.- Adam Smith puro.
R.- Ahí lo que hay es un aumento de la tarta y después ese aumento de la tarta se divide entre las partes. Y si hay competencia es productiva en el sentido de que aumenta el tamaño de la tarta. Pero en la actividad humana todos tenemos una opción alternativa que es encontrar cómo apropiarnos una parte mayor de la tarta social, de lo ha producido. Esto es, grosso modo, la captura de rentas. Uno puede hacerlo en actividades comerciales, contractuales y también en la política. De hecho, es muy dada a este tipo de fenómenos. Por ejemplo: si conseguimos convencer al que tiene controlado el Estado —que además tiene el monopolio de la fuerza— de que congele los alquileres, entonces los contratos de alquiler se convierten en un mecanismo para transferir riqueza de los propietarios a los inquilinos. No digo que eso esté bien o mal, simplemente es una realidad. Si uno consigue que entre las regiones los flujos de financiación se distribuyan de una manera o de otra, pues se produce un fenómeno parecido.
P.- Por no hablar del político que crea estructuras financiadas con esa tarta para su propio mantenimiento. Ahí hay una captura de renta completamente cínica, ya que no hacen algo que beneficie directamente a la ciudadanía.
R.- Toda actividad humana, bien en el sector público y en el privado, cae presa de este tipo de conflicto entre la competencia productiva y la competencia extractiva. Toda actividad siempre plantea estas dos opciones. Las sociedades tienen que encontrar la manera de organizarse. Lo ideal sería que las sociedades favorezcan la competencia productiva y perjudiquen la extractiva, porque la segunda no aumenta el tamaño de la tarta. La clave es favorecer la competencia productiva. La diferencia entre cómo se trata a la empresa en Escandinavia o en España es un muy buen ejemplo de ello. Las regulaciones que tenemos ralentizan, no favorecen. Otro ejemplo de ello es el uso de la regulación como mecanismo para capturar rentas, para apropiarme de un pedazo del PIB sin ofrecer nada a cambio. Es razonable que haya muchas discrepancias en estas materias y que los partidarios de una regulación la vean como algo que aumenta el tamaño de la tarta. Y, sin embargo, otros tienden a verla meramente como una captura de rentas. Pero esto es algo que hay que dirimir. Y es muy importante discutirlo en cada caso concreto.
P.- Pero, al mismo tiempo, la lógica económica enseña como un hecho objetivo que la tarta solo se crea desde el mercado libre.
R.- Yo no sería tan tajante en eso.
P.- Corrígeme, por favor.
R.- El mercado necesita al Estado. La presencia del Estado puede favorecer que haya un mercado más productivo. Lo que hay es buscar la simbiosis adecuada en función de las verdaderas preferencias de la ciudadanía.
P.- La metáfora biológica es útil porque más que simbiosis, suele haber parasitismo.
R.- Habría que preguntar a los biólogos. Yo no sé bien la diferencia o cuánto hay de cada cosa. En muchos de estos casos, no me sorprendería que la frontera no estuviera clara.
P.- En el tema de la educación, lo que dices básicamente es que el descrédito del mérito, del esfuerzo, a quien verdaderamente perjudica es a las clases desfavorecidas. ¿Por qué?
R.- Porque las clases pudientes, por un lado, tienen otros mecanismos para ascender. Aparte de que no necesitan ascender, ya heredan posiciones de favor. Pero, es que además las clases pudientes también tienen maneras de buscar la educación adecuada. Me contaban hace poco unos compañeros con niños pequeños que en Cataluña el aumento de demanda de los mejores colegios privados, puramente privados, a raíz de los últimos y penúltimos datos de PISA, ha sido masivo y que lo que muestran es que la educación en Cataluña está por los suelos.
P.- Al que perjudicas es al que depende de la educación pública. Es decir, aprobar a todo mundo lo que realmente significa es castigar a los buenos.
R.- En general, relajar los estándares suele castigar a las clases menos pudientes. Hay estudios incluso sobre los estándares morales y el papel que los estándares morales rigurosos tienen en países pobres, en la Escocia de hace siglos, o ahora en países subdesarrollados y demás. La gente más humilde demanda estándares morales estrictos. Y el argumento es que al parecer le vienen bien esos estándares morales estrictos. Si hablamos del sistema educativo público, lo valora más la gente menos pudiente porque lo necesita más para salir adelante.
P.- Conectas la educación con la crisis demográfica y con el problema de la pirámide poblacional y con la obsesión de los padres con la felicidad de sus hijos. Muchos con un hijo solamente. Los nombras «padres quitanieves», que están generando generaciones frágiles, poco abiertas al mercado laboral, poco preparadas para la dura realidad que van a enfrentar cuando dejen el cascarón.
R.- Hay indicios en esta dirección. El tema es muy controvertido. Hay pros y contras de todas formas, porque también se suelen invertir muchos recursos en la educación de esos niños. Entonces, en teoría, serían niños de alta calidad educacional, pero que suelen tener un déficit en otras dimensiones importantes, porque sabrán muchos idiomas, pero tienen un déficit de monopolio afectivo, o de incapacidad de sobrevivir por sí mismos, de buscarse la vida y cosas de este tipo.
P.- De lidiar con la frustración.
R.- Las redes sociales también han afectado mucho. Hay muchas dudas en la evolución de estos fenómenos, pero son preocupantes. A mí, en educación, de todas formas, lo que más me preocupa, sobre todo pensando en España, es la caída de estándares, especialmente en el sistema público, pero también en el privado. A mi juicio, esto viene dado también por la demanda y es otro ejemplo más del presentismo. En cierta medida podemos pensar que la educación ha pasado de ser una inversión a un bien de consumo. Tradicionalmente, hemos visto a la educación como una inversión, como formación de capital humano en todos los sentidos, no sólo para ganar dinero, sino también para ser una persona mentalmente sana en el futuro. Ahora, la prioridad es que los niños y los estudiantes sean felices en el presente.
P.- Otro ejemplo es la PAU, que ha tenido distintos nombres, que antes efectivamente era una prueba difícil y hoy casi es trámite para colocar a todo el mundo.
R.- Y con consecuencias nefastas, porque de hecho ese es el precio más relevante de entrada en la universidad. Podemos hablar de que es un precio sombra, no monetario, pero funciona como un precio. El estudiante paga el acceso a la universidad, a una u otra carrera, con esa nota de selectividad. Esa relajación de la exigencia tiene consecuencias. Primera: algunos colegios y algunas comunidades autónomas manipulan claramente esa nota. Otra consecuencia es que muchos de los estudiantes están estudiando carreras que no les interesan, en las que no tienen ningún interés. Hay una crisis vocacional importante. Las consecuencias de este tipo de fenómeno a largo plazo son monumentales
P.- Al mismo tiempo, dices que las universidades han dejado de competir entre sí y los maestros han dejado de competir al interior de su universidad. Es decir, que una de los remedios que tú ves es la búsqueda de la excelencia es la competencia, atraer a los mejores y criticas la idea de que la vida universitaria empieza a ser una carrera burocrática, con ascensos pactados sin relación a los méritos.
R.- En la universidad española se produce una anomalía: son instancias pagadas con el presupuesto público que tienen autonomía total de gestión. Si se une que otorgas el presupuesto y la autonomía, la consecuencia inevitable es que los recursos se van a utilizar en beneficio de los que toman las decisiones. Esto es lo que he observado. Llevamos así desde el 83 o antes, porque hay un precepto constitucional sobre la autonomía de las universidades. Pero ese precepto constitucional se ha interpretado muy mal.
P.- Se refería a la no interferencia política, a la libertad de cátedra.
R.- Esto venía de la historia de la dictadura que desde el poder político se cesaban los profesores, se nombraba a dedo a los rectores, pero bueno, ¿por qué no se va a nombrar a dedo a los rectores, si es el presupuesto del Estado quien paga? ¿Acaso no se nombra a dedo al presidente de Renfe o de ADIF?
P.- Por mencionar un par de puestos al azar…
R.- O al de Televisión Española, claro. No hay motivos para que no sea así. Si se nombrara a dedo habría algún mecanismo de rendición de cuentas. Aunque sería un mecanismo puramente político y demás. Pero bueno, sabríamos a quién echarle la culpa de que la universidad no funcionara. Ahora mismo no hay nadie. Al final, las que pagan a las universidades son las autonomías. Incluso ha habido casos en que estas autonomías han pedido a los rectores que rindieran cuentas en los parlamentos regionales y los rectores, creo recordar, se negaron a ir.
P.- Dedicas un apartado a Cataluña, hablando de excepcionalidad y de captura de rentas. Y haces un estudio histórico que llega al presente. En tus tablas demuestras, con poca discusión, que Cataluña ha crecido más cuando ha tenido menos autogobierno.
R.- Yo me limito a poner los datos en un gráfico y señalar «miren, de aquí a aquí tenemos los datos históricos de PIB y de población y esto lo que muestran es que las tasas de crecimiento mayor coinciden históricamente con épocas de muy poca autonomía». Desde 1640, o antes. Y empiezo el capítulo preguntándome por qué sucede esto. Jaume Vicens Vives tiene un libro en el que glorifica el pactismo como un atributo cultural definitorio de la manera de ser catalana. Pero, según como se entienda, ese pactismo es algo abierto, es en el fondo «vamos pactando». Y me parece que puede ser una fuente grave de problemas, que encaja además con otros indicios empíricos de que la sociedad catalana es muy personalista, como lo es la española, pero quizá un poquito más. Desde este punto de vista, Cataluña sería lo más español de la península.
P.- Otro de los gráficos que me llamó la atención dentro del apartado de Cataluña es que es la parte de la sociedad española que más desconfía de sus representantes, de su clase política.
R.- Una de las hipótesis que se pueden hacer al respecto es que la clase política catalana es muy peculiar. El porcentaje de apellidos de origen catalán en la clase política catalana es altísimo.
P.- A diferencia del resto de la sociedad…
R.- Muy superior al del resto de la sociedad. Ahí hay una desconexión que podría ser uno de los motivos. Por otro lado, políticamente, Cataluña es excepcional porque tiene, digamos, a la Generalitat y al Estado. Tiene a Barcelona y a Madrid en un equilibrio extraño. Y se nota en los distintos porcentajes de voto en unas elecciones y en otras. Cataluña era, por lo menos, dos sociedades. Ahora es muchas más, por sus niveles de inmigración. Y va a ser más en el futuro.
P.- ¿En qué año llegaste a vivir a Barcelona?
R.- Septiembre del 94.
P.- ¿En estos 30 años has visto un deterioro en la convivencia?
R.- Sí, pero es muy difícil de apreciar, de enjuiciar, de medir. Está claro que, desde el procés, según opinión de muchos residentes en Cataluña, tanto de origen catalán como no, la cordialidad ha decaído y que es muy superior en Madrid que en Barcelona. La diferencia de Madrid y Barcelona es que Barcelona siempre está comparándose con Madrid. Durante muchos años la comparación era muy favorable a Barcelona. Eso empezó a ser desfavorable y entonces surge de ahí una competencia interesante que puede ser sana. Volvemos a lo de antes, puede ser productiva o improductiva o extractiva.
P.- ¿Qué más te sorprende de la sociedad catalana?
R.- Yo he vivido sobre todo en Asturias y en Estados Unidos. Y fuera de Cataluña se tiende —antes más— a sobrevalorar a Cataluña. Entonces, mi primera impresión fue que era mucho más «española» de lo que yo creía, con comillas y, podría añadir, en el peor sentido. O sea que los vicios de la sociedad española, los vicios típicos que consideramos los que hemos mirado a España siempre con espíritu mínimamente crítico, pues esos vicios en Cataluña no son menores, precisamente. Después de estos 30 años creo que el personalismo es una de las claves, pero quizá porque profesionalmente, en otros temas de investigaciones, me he dado en estudiar mucho lo que llamamos de intercambio personal versus intercambio impersonal. Estas categorías son el martillo que conozco, entonces tiendo a utilizar esa herramienta como instrumento de análisis, quizá para explicar más de lo que pueden explicar.
P.- En tu estudio demuestras que la sociedad española es mucho más homogénea de lo que a sí misma se reconoce.
R.- Los datos demoscópicos lo dicen. Es más homogénea que otros países europeos. Y pasa con Cataluña dentro de España. Uno pensaría que Cataluña es muy heterogénea, pero los datos demoscópicos no dicen eso. Tengamos en cuenta que en los datos demoscópicos se pregunta a la gente es su opinión sobre ciertas materias. Entonces siempre tenemos la duda de que, si preguntáramos sobre otras cosas, igual reflejaban una mayor heterogeneidad.
P.- Usas dos metáforas literarias para alertar de dos peligros. Una es la soma de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, la Europa hedónica, sin competencia, ni riesgo, al que parece estar dirigida de una manera ingenua. Y la otro, el riesgo opuesto de la vigilancia por sistema, en la que están países autoritarios como China, pero a la que también se podría acercar Europa, el Gran Hermano de 1984, de George Orwell. ¿Sientes que ese es, digamos, el Caribdis y la Escila en la que se mueve Europa hoy?
R.- Esas dos obras me resultan fascinantes. Muy productivas en el sentido de que en algún momento intentamos utilizarlas incluso en clase con los estudiantes. Y se hacía un poco difícil, pero ciertamente son útiles. Pero al hacer la comparativa entre Un mundo feliz y 1984 y aplicarla a la evolución reciente surgen muchos problemas. Realmente no sabemos en qué novela estamos viviendo.
P.- En Deseo y destino, David Rieff dice que la empresa ha sabido adaptarse muy cómodamente a las exigencias de lo políticamente correcto y del universo woke porque no le afectan en nada. Y es algo que tú, en cierto sentido, también dices. Por ejemplo, toda la regulación o «exigencia» ecológica en el fondo es una parodia, no funciona como tal y se puede evadir simplemente rellenando los cuestionarios pertinentes. Incluso lo llevas a la compliance, al cumplimiento. ¿Por qué no nos explicas esta crítica?
R.- Las empresas competitivas son una especie de robot. La empresa está en un ambiente y se adapta a él. Lucha por sobrevivir en el medio que le pongas. ¿Que se lleva lo woke? Pues se adapta. Esto hace que muchas veces las empresas contribuyan a la revolución. ¿Por qué los grandes estudios de Hollywood, que son capitalistas, hacen mayormente películas anticapitalistas? Porque es lo que pide la demanda. Claro, se están disparando en el pie y quizá, si se hacen muchas películas de estas, puede que la probabilidad de la revolución aumente. Pero las empresas piensan en su beneficio, no tienen por qué pensar en otra cosa.
P.- Quien debe pensarlo es la clase intelectual, de la que haces una crítica muy dura. Tienes una mirada muy crítica del regeneracionismo e incluso de Ortega, y sientes que el pensamiento no está permitiendo ventilar la casa.
R.- El intelectual es un empresario más. Hay también demanda y oferta.
P.- Y un mercado de las ideas.
P.- Por supuesto, pero es un mercado muy peculiar. Ronald Coase decía que, si los mercados comerciales fallan, el de ideas tiende a fallar mucho más que los otros. Armó un gran escándalo con un paper en el que argumentaba que si regulamos el mercado de productos deberíamos regular más el de las ideas, porque falla muchísimo más que el de producto. Claro que falla. Hay todo tipo de problemas en el mercado de las ideas, porque las ideas son muy difíciles de medir, valorar, de entender sus consecuencias, etcétera. Frecuentemente se mezclan con las creencias. Procesar ideas es muy costoso. Entonces tendemos a procesar creencias más que ideas. Las creencias realmente no las pensamos, las suscribimos.
P.- Contrario a lo que podría parecer esta conversación, tienes un tono optimista en el libro porque lo que haces es proponer un catálogo de posibles soluciones en cada caso: para la vivienda, para la educación, para la relación con Cataluña. ¿Por qué no nos compartes las tres líneas de acción que tú le exigirías a la sociedad española sobre las que debe pensar, reflexionar y votar?
R.- Claro que soy optimista. El problema que tenemos es que no sabemos bien lo que queremos; no entendemos las consecuencias de lo que queremos. Desde el momento en que lo entendamos, pues votaremos mejor. Lo cual no quiere decir votar por unos o por otros, sino que votaremos de forma más sensata y todos los partidos serán más sensatos. ¿Cómo lo podemos conseguir? Antes mencionados la educación. Yo no tengo mucha confianza en la educación, entre otras cosas quizá porque llevo toda la vida en educación y muchas veces es peor que la enfermedad: se acaba transformando en propaganda, en ideología, etcétera. Eso, por un lado. Pero también por otro motivo más de fondo. La gente tiene incentivos para educarse, para ser economista, médico, lo que sea, esto le da dinero, pero para resolver problemas públicos no hay incentivos.
El problema es que, en Europa, sobre todo, se nos ha vendido el llamado Estado del bienestar, que quizá dé algo de bienestar, pero ocultando los costes. Lo que mencionabas de las pensiones. Poco importa, dado el nivel de deuda del demonio, que tus hijos y tus nietos se vayan a ver en graves aprietos. A pagar y a seguir disfrutando. O que desaparezca el mercado de alquiler y la gente se quede sin poder alquilar. Eso no lo vemos. Eso ocurre mañana y cuando ocurra mañana le echamos la culpa a quien sea: los fondos buitre o lo que sea. Entonces, ¿cómo podemos hacer que el ciudadano sea un poquito más racional? Hay un elemento muy fácil que es dejando de esconder los costes de ese mal llamado estado de bienestar. Es decir, hacer que los impuestos sean más visibles.
P.- Que se sepa lo que realmente estás pagando.
R.- Hoy tenemos una gran cantidad de leyes que ocultan el coste de lo que pagamos. Y, encima, inventamos mitos. Por ejemplo, que si no hay bastantes recursos es por el fraude fiscal. Mentira. Este es el mito favorito de mucha izquierda. El favorito equivalente de mucha derecha es porque crean chiringuitos y no sé qué. Es el chocolate del loro. ¿Dónde se va el dinero? Básicamente en sueldos públicos y pensiones. Hagamos ese coste transparente, pero no en lo que se gasta, sino en lo que se retiene. Son transparentes hasta los bonos de transporte. Las pensiones también son muy transparentes. Y encima le enviamos una carta a los jubilados diciendo sobre su pensión y demás. Sin embargo, después tenemos que todo son retenciones. A la gente le enfada más tener que pagar 100 € de cuota diferencial en el mes de junio a que le hayan retenido 15.000 euros durante el año porque eso no lo ve. Ojos que no ven, corazón que no siente. Tenemos incluso inventos absolutamente mentirosos desde el punto de vista económico, que es decir que la Seguridad Social va a cargo del empleador.
P.- No, porque te la retienen de tu salario.
R.- Desde un punto de vista económico la Seguridad Social es un impuesto al trabajo. Punto. Tanto sea Seguridad Social pagada por uno mismo o por el empleador. Nadie cuenta esto. Tendría incluso que estar dañando las relaciones laborales. Porque si tú me contratas como empleado, yo estoy viendo 1.500 euros, pero tú estás pagando casi 3.000. Pero yo no suelo ser consciente de que en realidad hay un tercero, que es el Estado. Y que con ese dinero se están pagando las pensiones del abuelo o las medicinas de la abuela, pero también las juergas del Parador de Teruel.
P.- Además, el Estado necesita pedir prestado para cubrir sus gastos.
R.- Pedir prestado son impuestos a pagar en el futuro.
P.- E intereses en el presente.
R.- Más los intereses, sí, pero la deuda significa más impuestos a pagar en el futuro. Hay algunos colegas pintorescos que dicen que la deuda no se va a pagar nunca. Otras más de las excusas justificativas, que hay muchas. Por ejemplo, hablar de la generación mejor preparada, o de la hucha de las pensiones. Hay muchas. Han proliferado en los últimos años las mentiras exitosas en términos de etiqueta.
P.- Que todo el mundo repite como un mantra siendo falsas. Y para luchar contra esto, justamente esta La culpa es nuestra, el libro de Benito Arruñada, que te enseña a pensar a contracorriente. Te quería hacer una última pregunta que hago a todos los invitados al programa, ya por fuera de la charla temática. Y es que recomiendes un libro a la audiencia que no pueden pasar por la vida sin haber leído.
R.- Si me permites, y además los tengo muy frescos, porque los has mencionado, voy a recomendar dos: Un mundo feliz y 1984.
P.- Dos distopías terribles…
R.- Pero que realmente estamos viviendo.
