O sobran libros o faltan lectores
La lectura es una actividad que solo puede medirse de forma cualitativa y no cuantitativa

Ilustración generada con IA.
Dada la profusión de estadísticas sobre lo poco que leemos los españoles, cualquiera diría que pretenden crearnos un complejo de ignorantes. No hace falta, ya nos fustigamos nosotros mismos lo suficiente. Parece que nunca conseguimos superar la frustración de considerarnos un pueblo inculto. De ahí ese continuo alardear de nuestros conocimientos, ese frecuente postureo, que acaba por delatarnos. Y de ahí esa exhibición en redes sociales de fotos de nuestras estanterías repletas de volúmenes perfectamente alineados, de las impresionantes librerías que nos encontramos en todos nuestros viajes, incluso de los ejemplares que acompañan a las aceitunas y la cerveza en el aperitivo del fin de semana.
Quien de verdad lee no necesita hacer ostentación de ello. Le bastará con comunicar su experiencia en un ámbito más reducido, sin necesidad de airearla a los cuatro vientos. Con compartirla solo con aquellos que sabe que comulgan con su pasión y, con frecuencia, ni eso, porque la lectura es un acto íntimo, inasible, que permea nuestros pensamientos y nuestros sentimientos.
Viene esto a cuento de que el jueves celebraremos el Día del Libro. Festividad culmen del culto al libro, de exhibición de nuestras capacidades lectoras, del dime de qué presumes y te diré de qué careces. El acontecimiento sirve de excusa para publicar listas de novedades, de más vendidos, de reediciones. Listas enriquecidas con estadísticas: ¿Cuántos libros leemos al año? (9,9); ¿cuántos libros hay en un hogar español medio? (48); ¿cuál es el perfil de nuestro lector? Mujer, universitaria, urbana, de 55 años o más. Como si se tratara de una nota de corte que tuviéramos que superar para ser admitidos en el olimpo de los cultos.
No acabamos de entender que podemos barajar todos los números que queramos, pero la lectura es una actividad que solo puede medirse de forma cualitativa y no cuantitativa. Salvo para los vendedores, claro. ¿Con qué baremos aritméticos podemos mensurar nuestra comprensión lectora, nuestros gustos literarios, las emociones que nos provocan…? «Somos de letras», como proclama el escritor Alberto Olmos «cuando las cifras dominan la conversación».
Esta última semana las estadísticas relativas al libro volvían a darnos un susto de muerte. La Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal) hizo público un estudio según el cual dos tercios de los libros publicados no venden más de un ejemplar, y la mitad ni siquiera uno. Si de alguien no es culpa que esto sea así, es del lector. Será de las editoriales que, por lo que sea, y no creo que actúen contra sus intereses, se dedican a publicar libros que nadie compra. Y si a alguien perjudica es —además de al librero— al propio lector, al que empachan ofreciéndole el doble de libros de los que le podrían interesar.
Esa sobrecogedora cifra ha dado lugar a opiniones que nos alertan sobre la gravedad de la situación, que, si nos pusiéramos a reflexionar sobre ellas, nos quedaríamos sin tiempo para leer: «El mercado está saturado», «las editoriales han dejado de velar por la calidad para apostar por la cantidad», «todos acabamos leyendo lo mismo»…
Y no solo opiniones. También ha dejado al descubierto algunas espeluznantes realidades, no por intuidas menos inquietantes: «El librero ni siquiera es capaz de seleccionar los libros que llevará al escaparate y los que dejará en el almacén»; «algunas editoriales envían ejemplares a las librerías para guardar sitio mientras llegan las siguientes novedades»; «el 40% de los títulos vendidos están editados por solo dos grupos, Penguin Random House y Planeta»; «las grandes superficies ya venden más que todas las librerías juntas»…
Todo esto viene a sumarse a las múltiples y persistentes quejas sobre el mínimo tiempo que permanecen los títulos en las estanterías de las librerías. Pocos son, solo los elegidos, los que llegan al mes a disposición de los lectores.
La buena noticia, sin embargo, es que hay títulos que, por razones diversas, tienen una vida longeva. Hay dos ejemplos recientes que lo ilustran. Las gratitudes (Anagrama), de Delphine de Vigan, se encuentran hoy entre los libros más vendidos. La novela de la autora francesa se publicó en 2019, es decir, hace siete años, y, desafiando a todas las normas del mercado, ahí está en todos los mostradores, convertida en fenómeno de ventas.
Otro buen ejemplo, no tan notorio pero sí muy notable, es Se acabó el recreo, de Dario Ferrari (Libros del Asteroide), un libro que, después de tres años de su publicación original, sigue absolutamente vivo en las librerías, como si se tratara de una novedad, y sobre el que se debate en clubs de lectura presenciales y virtuales. La novela de Ferrari aborda, con un fino sentido del humor, los avatares de los rezagados de la generación boomer, de esos eternos estudiantes —grados, posgrados, másteres, posmásteres, doctorados, posdoctorados…— que, al borde de los 40 años, empiezan a plantearse qué hacer con su vida. Todo ello sobre un fondo de miserias e intrigas de la comunidad académica y entrelazada en una intrigante trama que se remonta a la generación anterior, la que vivió los llamados años de plomo.
Por no hablar de clásicos que, sin saber por qué, se cuelan a codazos entre las más rabiosas novedades. Así, ahí sigue entre los más vendidos el imbatible El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, que lleva 227 semanas entre los best sellers. O Dostoievski, que siempre vuelve porque nunca acaba de irse, que en los últimos años es un referente para los más jóvenes, especialmente con su Noches blancas.
¿A qué se debe que determinados libros eludan el castigo de la fugacidad al que están condenados la mayoría de los títulos? Los expertos hablan del tradicional boca a boca. Lo que, en términos de hoy, sería el equivalente a la viralidad a través de cuentas literarias en redes sociales y del seguimiento de determinados blogs especializados. El ejemplo más concreto es el llamado booktok, una subcomunidad dentro de TikTok, en la que sus usuarios (booktokers) comparten reseñas y opiniones literarias al margen de los canales tradicionales.
Cuesta admitir que sobran libros o que faltan lectores. Pero el exceso de oferta suele llevar a la saturación y a provocar el efecto contrario al perseguido. Ojalá no nos pase con los libros lo que nos ha pasado con el exceso de información, la llamada infoxicación, que ha provocado que uno de cada tres españoles evite las noticias, tras los primeros síntomas de fatiga informativa.
De momento, sea Sant Jordi o no y mientras los responsables del mercado editorial dilucidan cómo hacer rentable el negocio, disfrutemos de un buen libro. Además de sus satisfacciones más obvias para el bienestar mental, según acaba de publicar la neurocientífica francesa Anne-Laure Lee Cunff, la lectura ofrece beneficios para la salud física como disminuir el ritmo cardíaco, regular la respiración y relajar la tensión muscular. ¿Qué más se puede pedir?
