The Objective
Jorge Vilches

Nuestra peste es Sánchez

«El hantavirus se convierte en un instrumento para generar el estado de opinión propicio a un Gobierno adicto al autoritarismo que desea tapar su corrupción»

Opinión
Nuestra peste es Sánchez

Ilustración generada mediante IA.

El miedo sirve en política para cambiar prioridades y perspectivas de los ciudadanos. El individuo aterrorizado olvida la corrupción y la negligencia cotidiana, y exige la resolución inmediata y contundente del problema que puede llevarse su vida. Ante el terror provocado por un virus mortal, la sociedad se vuelve más propensa a aceptar decisiones que vulneran la ley o los derechos. Esto resulta aún más probable si el recuerdo inmediato es el de una pandemia que se llevó por delante a más de 100.000 personas y que suspendió el régimen de libertades. 

El sanchismo aprendió entonces en qué consiste la administración del miedo, un proceso en el que la ciudadanía se bloquea y solo busca sobrevivir. El hantavirus se convierte así en un instrumento para generar el estado de opinión propicio para un Gobierno adicto al autoritarismo que desea tapar sus casos de corrupción. De ahí que los sanchistas hayan decidido seguir el mismo modelo del coronavirus, que fue combinar un falso control con la incertidumbre y el goteo de noticias luctuosas. Por eso han vuelto a sacar al nefasto Fernando Simón diciendo las mismas barbaridades. 

Decididos a distraer la atención, han inoculado incertidumbre en torno al barco, informaciones contradictorias e intervenciones ministeriales insuficientes que refuerzan la sensación de que algo no se dice. Con esa base, la inseguridad aumenta cuando aparece la noticia de que una mujer se ha contagiado en el avión que transportaba a los enfermos, o cuando se conoce que Marruecos no ha permitido repostar a la nave que llevaba a los afectados. 

Es una estrategia política conocida. Arendt escribió que cuando el miedo se extiende de esta manera, como un espectro que avanza con lentitud, el ciudadano renuncia a la libertad y al control del Ejecutivo a cambio de seguridad. En el caso español actual, ¿qué relevancia tiene que Ábalos haya metido la mano en la caja? ¿O que el PSOE se financiara ilegalmente? ¿O que Begoña Gómez se aprovechara de su situación matrimonial? Nada de esto importa frente a la necesidad de conservar la vida. 

Sin embargo, no creo que la norma de Arendt funcione en este caso. Es cierto que el Gobierno de Pedro Sánchez es especialista en echar la culpa a las administraciones de la oposición, como ocurrió con la dana en Valencia o con la propia covid en Madrid. Tan cierto como que tiene el control de grandes medios de comunicación, como RTVE, la SER y El País, y puede crear el relato que le convenga cuando quiera. No obstante, no creo que si el pánico se extiende por el hantavirus la gente reclame su salvación a Sánchez; quizá simplemente se hunda en la desesperanza. 

«Este Gobierno no desea reflexiones, sino impulsos emocionales que opaquen sus despropósitos»

La sociedad española está profundamente cansada por la vida política, ensordecida por el ruido político, hastiada de la polarización y harta de los dirigentes. Ya no cree en el sistema como antes, y la desafección es mucho mayor que hace diez años. El individuo tiene la conciencia suspendida por pura necesidad de supervivencia, por lo que, impotente, baja la guardia y se refugia en pensamientos y actividades distintas a la política. No dedica tiempo a la información, a su contraste, ni a la lectura o a la reflexión. Simplemente, como escribió Byung-Chul Han, se escapa de la saturación rechazando una vida política que lo agota. 

El axioma es que cuanto mayores son el ruido y la velocidad de los sucesos, menor es la atención que se presta a los detalles. Este Gobierno prefiere que nadie mire, lea ni sepa lo que ha hecho ni lo que hace. No desea reflexiones, sino impulsos emocionales que opaquen sus despropósitos. De ahí la aceptación de un barco misterioso portando una enfermedad asociada a las ratas —el animal que simboliza históricamente las plagas y la muerte—, al tiempo que no se informa lo suficiente a la gente para que circulen todo tipo de rumores. Luego, ese mismo Gobierno que ha creado el problema culpa a las redes sociales y a los «ultras» de haber propagado falsas noticias y miedos. 

Si el miedo al contagio de hantavirus se extiende, un porcentaje podría no acudir a votar en Andalucía el próximo 17 de mayo, y quizá el beneficiado sea el PSOE. Ese elector que duda entre la papeleta de toda la vida al socialismo andaluz y la eficiencia de Moreno Bonilla es posible que se quede en su casa para evitar el contacto con desconocidos. Si esto es así, ¿por qué no favorecer la abstención en Andalucía permitiendo que se extienda el pánico al contagio a un virus del que no se informa, o del que hay noticias contradictorias? Los rumores servirían para extender el terror, y la gente optaría preventivamente por no ir a lugares de concentración masiva como los colegios electorales. Recordarán entonces que las reuniones del 8-M contribuyeron a propagar la covid, y no querrán verse envueltos en nada parecido. 

Al final, nuestra peste no es un virus que llega en un barco, sino un Gobierno que instrumentaliza las tragedias para sacar un rendimiento político. Parece que estamos condenados a soportar un Ejecutivo corrupto, autoritario y destructor de la democracia sin que haya un horizonte de salvación. Quizá, con suerte, esta vez el miedo no logre borrar el deber ciudadano de castigar al mal gobernante.

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