Prioridad nacional en saunas progres
«El falseamiento de la moral para conseguir y conservar el poder, como estamos viendo en el PSOE de Sánchez, produce un hilo interminable de indignidades»

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A ver cómo lo digo. Las izquierdas están planteando la cuestión de la «prioridad nacional» en el acceso a los servicios y ayudas públicas como una cuestión moral. En su discurso, las derechas son insensibles a la situación de los inmigrantes irregulares porque, en su opinión, no empatizan ni conciben la justicia de los derechos humanos. Frente a este «fascismo» —aseguran los izquierdistas—, la sensibilidad de la izquierda es un muro de contención y garantía. De esta manera, los progresistas pretenden hacernos creer que su actuación política es el fiel reflejo de la moral, a la que deben someterse la ley, las instituciones y el adversario. El objetivo de este relato no es hacer justicia ni ayudar a los desfavorecidos, sino hacer política contra el enemigo disfrazándose de moralistas.
Digo esto último porque la moral solo puede ser un cuerpo coherente y sólido. En caso contrario, si lo que se define como moral es contradictorio y flojo, estamos delante de una hipocresía propalada por algún motivo espurio. No me refiero solamente a que los mismos izquierdistas que hablan contra el capital inmobiliario, por ejemplo, sean buenos tenedores de viviendas. Ni de los que se dicen feministas pero ocultan las agresiones sexuales dentro de su partido y las costumbres prostibularias de sus compañeros, y aceptan el ascenso jerárquico de mujeres solo por sus genitales. Tampoco a los que se preocupan por la influencia de las «familias económicas» que pululan por España, pero blanquean la colonización del Estado y de sus empresas públicas por parte del PSOE. Lo mismo se puede afirmar del entorno de exministras como María Jesús Montero y Teresa Ribera, haciendo caja particular con la SEPI y Forestalia. ¿Y qué decir del empeño socialista en acabar con la prostitución al tiempo que el suegro del presidente del Gobierno tenía saunas donde se ejercía?
«No es la defensa de los desfavorecidos lo que guía su acción política y su discurso, sino la creación de una red clientelar»
La falsa moral afecta también a otros campos a los que contamina gravemente. El descaro del exfiscal general del Estado contando a un periodista amigo lo que hizo desde la institución que encabezó para servir a Sánchez es digno de algún ensayo de Solzhenitsyn, como los recogidos en Escritos imprescindibles (CEU Ediciones, 2026). El autor ruso escribió que sin verdad, no hay política digna. Por eso, el falseamiento de la moral para conseguir y conservar el poder, como estamos viendo en el PSOE de Sánchez, produce un hilo interminable de indignidades. Es así que tenemos corrupción en Moncloa y en Ferraz. No para ahí. El abanico es completo: nepotismo, clientelismo y puertas giratorias. Tenemos manipulación de procesos de contratación, uso partidista de las instituciones, financiación ilegal y destrucción de información. Solo así se explica lo que vemos con García Ortiz, RTVE, Ábalos, Begoña Gómez y demás escándalos.
A esto se suma la corrupción moral, no solo de los políticos de la izquierda, sino del universo periodístico que lo anima. La ocultación de comportamientos delictivos y el ataque a quien informa con veracidad sobre los actos corruptos del Gobierno, como ha sufrido THE OBJECTIVE, es colaborar con la inmoralidad. Su complacencia con los vicios del poderoso ha provocado que más de siete millones de españoles, los votantes del sanchismo, sean tolerantes con la contradicción moral, la mentira y la corrupción.
Por esto, no deja de ser una enorme hipocresía atacar a las derechas por la «prioridad nacional» invocando argumentos éticos, y al mismo tiempo ser el soporte de una inmoralidad que ha vulnerado derechos ciudadanos y humanos. Quienes pretenden erigirse en guardianes de la moral son los mismos que han normalizado un sistema de abusos, privilegios y silencios cómplices. No es la defensa de los desfavorecidos lo que guía su acción política y su discurso, sino la creación de una red clientelar y el inflado moral de sus votantes para que ataquen a las derechas. Estaría bien, por tanto, no caer en la trampa moralizante de las izquierdas y exigir coherencia a nuestros políticos.