Fue sin querer… es caprichoso el azar
«La elección de cargos en el PSOE muestra una gran irresponsabilidad: sin 'cursus honorum' alguno, puede uno resultar elegido para el más alto cargo del mismo»

Ilustración generada mediante IA.
Una de las mejores canciones de amor de Joan Manuel Serrat es aquella que empieza diciendo: «Fue sin querer, es caprichoso el azar…». ¿La recuerdan? Es una pieza optimista y acaba bien: «Tanto tiempo esperándote…». Sin embargo, en otras ocasiones, y sobre todo en ciertos ámbitos, el caprichoso azar hace malas pasadas.
Ha sido el caso, por ejemplo, de la elección de los dos últimos secretarios generales del PSOE (si descartamos el breve período en que ocupó el cargo Alfredo Pérez Rubalcaba), es decir, José Luis Rodríguez Zapatero en el año 2000 y Pedro Sánchez en 2014. Las dos fueron en buena parte producto del azar, del caprichoso azar. Veamos.
Es curiosa una coincidencia entre ambas: con carácter previo a la elección respectiva, casi nadie les conocía más allá de los miembros del Comité Federal que los eligió y, quizás, de un reducido círculo de militantes conspicuos. Salieron designados no tanto por sus méritos, sino porque las luchas internas de partido provocaron el descarte de ciertos rivales y se les votó como mal menor, no por su experiencia y conocimientos. En definitiva, salieron por carambola.
En las elecciones del año 2000, se presentaron como candidatos Matilde Fernández, José Bono, Rosa Díez y Zapatero. Fernández había sido ministra de Trabajo y era del ala guerrista; Bono, legendario presidente de Castilla-La Mancha; y Rosa Díez, consejera durante muchos años del Gobierno Vasco. Tres figuras muy conocidas. A mucha distancia estaba el joven e inexperto Zapatero, un simple diputado por León con muy escaso papel como parlamentario.
Díez y Fernández quedaron enseguida sin opciones de ser elegidas y Bono tenía todas las cartas para resultar ganador: el establishment del partido estaba a su favor. Pero fue recibiendo las promesas de voto de los partidarios de Díez y del PSC. La rivalidad entre Bono y Alfonso Guerra hizo que este, de madrugada, horas antes de la votación definitiva, diera orden a los suyos para que se inclinaran por Zapatero. La distancia final entre uno y otro fue escasa (409 frente a 414), solo nueve votos. El cambio de voto del guerrismo fue decisivo. Por descarte, el desconocido Zapatero, entonces con un programa muy moderado, resultó ganador.
«Sánchez obtuvo una gran victoria (49% de los votos en las primarias) gracias al apoyo de Díez y al núcleo de históricos del PSOE»
Algo parecido sucedió con Pedro Sánchez en 2014. La líder del establishment socialista era Susana Díaz, reciente presidenta de la Junta de Andalucía. Consideró, sin embargo, que debía terminar su mandato presidencial para acceder a la secretaría general del PSOE, no podía dejarlo a la mitad para presentarse a un cargo de partido. Tras la precipitada dimisión de Rubalcaba por los malos resultados obtenidos en las elecciones europeas, Díez avaló a un desconocido Pedro Sánchez como un candidato de transición que le guardaría la plaza hasta que ella pudiera presentarse tras dejar la Junta. «No sirve, pero nos sirve», parece que dijo a las más influyentes personalidades de su partido.
Pero también se presentaron el joven vasco Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias de la corriente de izquierda socialista, en un momento que empezaba el éxito de Podemos. Sánchez obtuvo una gran victoria (49% de los votos en las primarias) gracias al apoyo de Díez y al núcleo de históricos del PSOE. Fue elegido secretario general y portavoz parlamentario, ya que hacía un par de años que era diputado. No obstante, a pesar de estos apoyos, empezó a distanciarse de sus patrocinadores y a volar por su cuenta. Allí empezó a dar muestra de su capacidad de liderazgo, aunque sin coherencia en las ideas ni rumbo ideológico definido.
Era tal el desconocimiento que se tenía de Sánchez que en el siguiente comité editorial de El País, del que yo formaba parte, el director Antonio Caño preguntó a sus miembros, unas 15 o 20 personas, casi todas periodistas del periódico, si alguien de los presentes conocía al tal Sánchez. Solo la corresponsal parlamentaria Anabel Díez dijo que le conocía un poco porque en los últimos meses había hablado con él en los pasillos del Congreso y dijo que era una persona cordial y educada, pero no podía decir nada más de él porque no había presenciado ninguna intervención suya como diputado en alguna comisión parlamentaria. También el economista Emilio Ontiveros añadió que muy probablemente era un chico que su compañero Miguel Sebastián insistía en presentarle desde hacía unos meses. Si en El País casi nadie conocía al nuevo líder, es que era un perfecto desconocido para la inmensa mayoría.
Con todo ello pretendo llegar a una conclusión. La elección de cargos en los partidos, al menos en el PSOE, muestra una gran irresponsabilidad: sin cursus honorum alguno, ni en la vida profesional ni en la vida de partido, puede uno resultar elegido para el más alto cargo del mismo. Ninguna empresa de una cierta dimensión escogería a sus altos mandos con esta falta de criterio, sin poder comprobar su valía, sus conocimientos, su capacidad e, incluso, su lealtad.
Por ello he comenzado este artículo con la canción de Serrat. También Susana Díez y el establishment socialista que apoyó a Sánchez podrían cantar, refiriéndose al actual líder socialista, y también antes a Zapatero, fue sin querer, es caprichoso el azar…