Carlos Abella recuerda al papa polaco que cambió el mundo
La novela ‘De Cracovia al Vaticano’ describe la lucha de la Iglesia contra el comunismo vista desde la Transición española

El escritor Carlos Abella. | Cedida
En 1978, un polaco llamado Karol Wojtyła es nombrado Papa. El primero no italiano en casi medio milenio. Son los años de la Guerra Fría, con media Europa bajo el yugo de la dictadura comunista, Polonia incluida. Época fascinante, uno de esos momentos estelares de la humanidad que Carlos Abella Martín (Barcelona, 1947) recuerda en la novela De Cracovia al Vaticano (Tulibrería), una nueva aventura de su periodista Fernando del Corral que culmina con la frase elegida por Juan Pablo II para inaugurar su papado: «No tengáis miedo».
Del Corral es enviado por el diario Ya al país natal del nuevo pontífice. Durante una intensa semana entre Varsovia y Cracovia, se entrevista con relevantes personas de la cultura, la política y el periodismo polaco, y con personas muy próximas al que fuera cardenal Wojtyła y a quienes con su apoyo estaban organizando la resistencia a la tiranía comunista. Su peripecia bebe de la experiencia de Carlos Abella, un licenciado en Económicas por la Complutense de Madrid, ciudad en la que reside desde 1961, al que la vida ha llevado a escribir importantes libros sobre la tauromaquia, como Historia del toreo (Alianza), y la Transición, de la que formó parte activa y explica en, por ejemplo, Adolfo Suárez: El hombre clave de la transición (Espasa Calpe).
La Cámara de Comercio de Madrid lo envió en 1974 a Polonia. «Me pidieron que estudiara cómo se negocia con una economía centralizada. Era complicado… Recuerdo que Iberia acababa de establecer la nueva línea Madrid-Múnich-Varsovia, y el delegado en Polonia estaba desesperado; me decía que no tenía papeleras para las oficinas porque se habían acabado las previstas por el Plan Quinquenal y no se contemplaba el menor cambio». En esa tesitura, la asociación de la prensa polaca decidió invitar a cuatro periodistas españoles. «El embajador me pidió que se los entretuviera. Eran gente como Félix Santos, director de Cuadernos para el diálogo, o Vicente Verdú, que todavía no estaba en El País, porque no se había fundado». Entre vodkas y anécdotas se le fue forjando al futuro novelista lo que medio siglo después sería el personaje de Fernando del Corral: «Yo no soy periodista, pero me ha encantado recrear esa manera de investigar, esa curiosidad con la que me identifico y que me ha mantenido muy vivo».
De vuelta a Madrid, Abella siguió progresando en la Cámara de Comercio hasta que la política se cruzó en su camino. Se integró en la UCD de Adolfo Suárez y vivió años apasionantes hasta volver a su trabajo de economista en el Banco de España. En 1988, la revista Geo lo mandó de vuelta a Polonia para escribir sobre los cambios que, 14 años después de su primer viaje, estaban a punto de provocar un vuelco histórico. Allí se entrevistó con Tadeusz Mazowiecki, que pilotaría la transición a la democracia como primer ministro, y con el mismísimo Lech Walesa. Pero necesitaba rellenar el hueco entre medias: ese 1978 del nombramiento de Juan Pablo II. Cuando, casi medio siglo después, le propuso una nueva novela de Del Corral a Miguel Ángel Blázquez, fundador de la editorial Tulibrería, le explicó que vivir en Polonia había marcado su «pensamiento político: me di cuenta de la división entre un mundo libre y otro que no lo era». Y, en ese contexto, «fue un descubrimiento la potencia de la Iglesia en la oposición al comunismo».
Del Corral es enviado por un diario, el Ya, católico pero comprometido con la democracia en ciernes en España, como el propio Abella por entonces. «Éramos reformistas: entré en el Partido Social-Demócrata, que después se integraría en UCD y que fundó Francisco Fernández Ordóñez, presidente del INI durante el franquismo. Era un tipo muy preparado, como Carlos Bustelo, Mariano Rubio o García Romeo. Auténticos Nóbeles de Economía, igualito que ahora…» En ese caldo del cultivo se mueve Del Corral, que una vez en Polonia asimila la policía secreta polaca, la SB, a la tenebrosa Stasi de la RDA… y a «la policía franquista». Porque, «aunque más bien de derechas, no tiene nada de franquista. Es un liberal, un chico curioso que sirve a la verdad, y al que le dan libertad para investigar».
Al estilo Le Carré
A las autoridades polacas no les gustaban los curiosos. Abella no pasó la noche en comisaría, como Del Corral, pero sí la visitó por estar con «gente sospechosa» con la que contactó al más puro estilo Le Carré: «En una visita al director general de exportaciones navales de Dansk, un tipo aprovechó que me quedé un momento solo en el despacho para acercarse y susurrarme: ‘Eight o’clock in the Metropole Hotel’. Fui y, al encontrarnos, me dijo «follow me», como le dicen a Del Corral en la novela, me llevó a un sitio cercano y me contó lo que estaba pasando en Polonia».
Abella traza aquí un interesante paralelismo: «Es lo que hacíamos aquí cuando venía un extranjero: contarle el franquismo». Aunque matiza: «Comparado con un régimen comunista, y por mucho que Franco fuera lo que fuera, en España había, por lo menos, movilidad: a los polacos no les dejaban salir del país. No sabes la de muchachas que querían era ligar contigo para poder salir. Yo sé de muchísimas parejas que se han creado así».
Los que se quedaban se agarraban a su fe. «Esa es la clave del libro. Los polacos confían en su Iglesia y saben que es la oposición al totalitarismo que les impide tener libertad, entre otras cosas, de culto». Y entonces llegó Karol Wojtyła «Tenía una larga trayectoria, con los equilibrismos que había que hacer: no puedes estar todo el día chocando con un poder que utiliza la pistola como medio de disuasión. O los tanques… Vivieron situaciones en las que, si no llegaban a un acuerdo, los invadían al día siguiente». El ejemplo de Hungría en 1956 es evidente: «Los polacos me contaron que ellos eran los que estaban más en el punto de mira, porque la fe los llevaba a enfrentarse más a la URSS, pero una maniobra de última hora los llevó antes a Hungría».
Hubo momentos de más tranquilidad —«los regímenes totalitarios no son monolíticos»—, pero los problemas siempre volvían. La tensión alcanzó un hito con el nombramiento de un papa polaco. «Para la población fue una victoria. La gran victoria. Karol Wojtyła les transmitía valor». Abella inventa una cena con Camilo José Cela en la que el Nobel español celebra que la Iglesia haya apostado por «un tipo duro» como Wojtyła, en vez de por otro «meapilas italiano». Menos grosero, un sacerdote dice más adelante: «Este es un polaco puro. Duro, con una extraordinaria formación y con un sentido de la historia clave para entender el mundo, el comunismo y su debilidad». Pero, sobre todo, Del Corral va averiguando los detalles de la difícil biografía sobre la que Karol Wojtyła edificó su personalidad.
Matanza de Katin
De vuelta a España, el protagonista acude a la redacción del Ya, donde un nuevo redactor jefe de Internacional se mofa de él: «¿Tú eres el que está seducido por el nuevo papa?», le dice, y suelta una filípica contra Juan Pablo II que concluye: «Con su pan se los coman los ‘meapilas’ del mundo. A los que ni nos va ni nos viene, nos vamos a regodear viendo cómo un cura polaco es devorado en poco tiempo por la curia mafiosa del Vaticano». Medio siglo después, Abella describe este pasaje como «esa situación clásica nuestra en la que la progresía condena inmediatamente cualquier no verdad que vaya en contra de sus ideas».
De hecho, la novela apunta una profecía sobre esa tendencia: «Durará mucho tiempo porque socialistas y comunistas son muy hábiles en ocultar su pasado y en potenciar los del fascismo y la dictadura de derecha». Hoy Abella confirma que «lo hemos vivido y lo estamos viviendo». Menciona asuntos como la crisis del aceite de colza o el 23-F, pero nos centramos en un caso clave en la Del Vaticano a Cracovia: en una cena, el prestigioso director de cine Andrzej Wajda muestra, apasionado, su deseo de hacer una película sobre la masacre de Katin: el asesinato en masa de miles de oficiales del ejército, policías, intelectuales, sacerdotes y otros civiles polacos perpetrados por la policía secreta soviética entre abril y mayo de 1940, tras la invasión soviética de Polonia de 1939. No pudo estrenarla hasta 2007, con 81 años, nueve antes de morir.
«Cuando llegué a Polonia, yo no había oído hablar en mi vida de Katin, y me considero una persona relativamente culta, conozco la historia de Europa y de la Guerra Mundial. Pero, durante muchos años, los comunistas le echaron el muerto a los alemanes». En su momento, los aliados decidieron mirar para otro lado porque priorizaban la derrota nazi. Lo de después, visto desde un presente en el que las pruebas irrefutables de lo sucedido han salido a la luz, no se entiende. ¿Por qué se enterró durante tanto tiempo cualquier intento de dar publicidad a lo que era un secreto a voces? «Son hábiles. Y no hace falta que sean comunistas: los socialistas lo hacen mucho mejor». El famoso dominio del relato…
… contra el que una fuerza mayor iba a arremeter como un «polaco puro». «Contra Karol Wojtyła, cardenal de Cracovia, puedes luchar en el día a día de la gobernanza de un país, pero si, de repente, te lo ponen en el Vaticano, la cosa cambia. Por eso no tardaron ni tres años en intentar matarlo. Ya habían asesinado a Popiełuszko [sacerdote católico y activista laboral polaco, asociado con el sindicato Solidarność, eliminado por la SB], pero seguían sin convencer a nadie, por mucho relato que inventaran. La gente quería libertad, y además la economía era un desastre: según los datos oficiales crecía el 30%, pero luego ibas a la carnicería y no había nada, eso yo lo he vivido».
Atentado de 1981
La realidad no desbordaba solo al régimen polaco. Como concluye Del Corral en su artículo para el Ya, la lucha de Juan Pablo II fue decisiva para la humanidad: «Hay un reconocimiento del epicentro católico que suponía Polonia y la labor de Juan Pablo II desde el Vaticano. Por supuesto, con ayuda exterior muy importante: Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Gorbachov a su manera… Pero a lo que de verdad le tenían pánico los comunistas era al poder de la Iglesia, y por eso no tardaron en atentar contra el papa», dice Abella.
Las cuatro balas que le metió en el cuerpo Ali Ağca en mayo de 1981 no detuvieron al papa polaco, que siguió dirigiendo la Iglesia hasta 2005. Murió a los 85 años y fue canonizado en 2014. Miguel Ángel Blázquez, de la editorial Tulibrería, interviene en la conversación para explicar que el resurgir católico del que tanto se habla tuvo su embrión en «el aval de san Juan Pablo II a la presencia dentro de la Iglesia de movimientos como la Jornada Mundial de la Juventud, los Kikos, Comunión y Liberación… Unos más populares y otros más intelectuales, pero todos con la misma idea revitalizadora». Esa semilla está germinando ahora en «un hartazgo de una juventud que necesita respuestas y no las encuentra ni en la ideología ni en la vinculación a través del voto».
El mes que viene llega a España un nuevo papa. ¿Qué diría Del Corral de la visita de León XIV? Abella se muestra cauto: «Hay muchas cosas que todavía no se conocen de él, pero el escenario internacional le favorece: como papa puedes tener dudas de decir esto o aquello, pero si de repente en la Casa Blanca hay un burro y te pones, o te pone él, en frente, la gente te identifica como una persona cabal». Blázquez apunta al valor geopolítico de una visita que incluye Barcelona, Madrid, y Canarias. «Es la frontera europea…».
Precisamente, León XIV estuvo el mes pasado en África, algo que a Blázquez le pareció muy significativo. «Ya no hay una identificación de la iglesia con un color de piel. El momento de África respecto a la fe católica es impresionante; se ve en las vocaciones sacerdotales: en cualquier parroquia de Madrid te encuentras uno o dos sacerdotes africanos. Y se trata de una realidad imparable. El continente se enfrenta hoy en día a situaciones muy delicadas; solo hay que ver el sufrimiento de los mártires, los asesinatos en comunidades enteras… Y eso está haciendo que la fe sea aún mayor. Ahí hay una realidad que, tarde o temprano, va a dar la cara también en el Vaticano».
Del sufrimiento polaco surgió Juan Pablo II. Ese que dijo: «No tengáis miedo». El Del Corral del segundo tercio del siglo XXI quizá tenga que poner su curiosidad periodística rumbo al sur.
