Leila Slimani propone un puente de arte, literatura y fútbol entre España y Marruecos
La escritora explora en su Residencia Literaria Internacional ‘Escribir el Prado’ las conexiones entre los dos países

Leila Slimani en el Museo del Prado. | © Cortesía de la Fundación Loewe
Interesante, cuando menos, la idea de poner a Leila Slimani a mirar cuadros del Prado. Nacida en Rabat, en 1981, se fue a los 18 años a París, donde desarrolló una carrera literaria que culminó con el Premio Goncourt de 2016 y continuó con su trilogía sobre una familia marroquí muy parecida a la suya que la ha puesto aún más de moda, hasta el punto de hacerla emigrar a Lisboa para poder escribir con tranquilidad. Bingo. La vecina total.
Llegó a Madrid el pasado 19 de abril. La Residencia Literaria Internacional Escribir el Prado, patrocinada por la Fundación Loewe, la invitó a «explorar las colecciones, la historia y los talleres del museo para utilizarlos como fuente de inspiración para la creación literaria». Estará al menos hasta el 5 de mayo, aunque las estancias se suelen prorrogar según las necesidades del proyecto que surja de la experiencia.
Hoy dará algunas pistas de sus primeras impresiones en la conversación Ese sencillo misterio: contar historias con Valerie Miles, editora de Granta en español, que se celebrará a las 18.30 horas en el auditorio del Prado y se emitirá en directo en el canal de YouTube del museo. Pero antes, la semana pasada, habló con unos cuantos periodistas de lo divino y de lo humano. Arrobas de encanto, naturalidad y su pizca de picante: de las posibilidades de un sano pique futbolero a las tinieblas goyescas del Estado profundo marroquí que destruyeron las ilusiones de su padre…
Aunque pedía tiempo para asimilar el exceso de significado que supone el Prado para cualquier artista, ya despuntaban detalles como el deslumbramiento por «el siglo del oro, una época en la que la pintura dialoga mucho con la literatura; me gusta mucho esa idea de que en el fondo todo es ficción, de que todo es decorado, escena». También la universalidad: «Cuando vivía en Francia no era tan consciente de esa relación entre descubrimiento y colonialismo, que se desarrolla en el concepto de la globalización: aquí he notado ese sentimiento, como más ibérico de conquistar el mundo, que lleva a los pintores a fijarse en los cuerpos, en el aspecto físico de otras etnias, incluida la marroquí».
Aquí brotó la primera polémica. Cuando se le preguntó por los procesos de descolonización de museos con piezas de otras culturas, Slimani no se dejó llevar por la marea de lo políticamente correcto: «No debemos ser naifs. Jurídicamente, no es tan sencillo demostrar que determinadas piezas han sido robadas, aunque se están desarrollando sistemas interesantes al respecto. Y, por otro lado, también es importante que nuestros grandes museos occidentales y universales hagan dialogar piezas de diferentes culturas».
Identidad
Un diálogo en el que culturas como la marroquí encuentren su sitio. «Entiendo el español. Hablo francés e inglés, he leído a Cervantes, Dickens y Balzac… pero cuando estoy en Occidente no encuentro a gente que haya aprendido el árabe y lea nuestros libros». Hablaba con pasión, pero entonando el mea culpa: «Yo misma, durante mucho tiempo, pensé que era lo normal: se había aceptado la dominación tecnológica, económica, incluso de valores de Occidente. Creo que eso está cambiando, pero aún me frustra la escasa curiosidad que les producimos a los occidentales. Me parece muy peligroso, porque alimenta el racismo, la guerra, la violencia. Si tuvieran un poco más de curiosidad, ustedes, los españoles, se darían cuenta de que son mis vecinos, y un poco árabes: lo pueden ver en la arquitectura, la lengua, la comida…»
Inevitable, la actualidad puso sobre la mesa el concepto de «Prioridad Nacional» de Vox. «No juzgo a quienes tienen miedo, lo entiendo. El problema es la manipulación de la identidad. Es muy fácil decirle a la gente que los vamos a reemplazar, que su mundo va a desaparecer. Además, es mentira, porque saben que, sin inmigración, Europa no va a poder continuar viviendo como ha vivido hasta ahora». Frente a los mensajes fáciles, Slimani cree que «necesitamos políticos valientes capaces de explicar cosas complicadas a la gente, y defender la literatura, el arte y todo lo que aporta complejidad al mundo. Porque leer un libro es entender que nada es negro y blanco».
El arte como punto de encuentro entre culturas se adueñó de la conversación… hasta que una debilidad de la escritora vino a ampliar la perspectiva. Por aquí ya explicamos cómo su último libro traducido al español, Me llevaré el fuego (Cabaret Voltaire), final de su trilogía marroquí, comienza con un personaje muy parecido a su padre escuchando un desastroso partido de fútbol entre Marruecos y Argelia en 1980. La novela termina con su hija Mia, muy parecida a Leila Slimani, asistiendo en París al inesperado éxito de los leones del Atlas en el Mundial de 2022. Cuatro años después, en plena primavera madrileña, Slimani recordaba las noches frente al televisor de su infancia: «Al final siempre veíamos el fútbol. Mi padre lo adoraba; de hecho, fue presidente de la Federación Marroquí». Y lanzó un órdago a las aficiones: «Espero que el Mundial de 2030, que se va a disputar en España, Portugal y Marruecos, sea realmente una ocasión para que nuestros jóvenes se conozcan y se enamoren, para que se den cuenta de que tienen una historia y un imaginario en común».
Tampoco hay que esperar tanto. Falta solo mes y pico para el próximo Mundial. ¿Estaría abierta a una continuación de su trilogía si Marruecos da el gran campanazo? «La trilogía está cerrada, y hay una serie de televisión sobre ella en marcha… ¡Pero si Marruecos gana el Mundial, escribiría una novela de 500 páginas sobre el fútbol!», dijo entre risas, para reflexionar en seguida muy en serio: «Creo que es realmente muy, muy interesante política y sociológicamente. Supone un espacio de igualdad: once contra once con las mismas reglas de juego. Y si te fijas en los cuerpos de quienes disputaron la semifinal de 2022 entre Francia y Marruecos, ves que gran parte viene de la colonización: toda la historia europea del siglo XX contada en un campo de fútbol».
Nueva generación marroquí
Pero los goles no borran los problemas de fondo. Slimani se quitó el sombrero ante las protestas de los jóvenes marroquíes el pasado octubre. «Es una generación increíble, y lo que hacen me parece muy emocionante. Aunque, como dije antes, no juzgo a las personas que tienen miedo. Cuando yo tenía 15, 16 o 18 años, no iba a manifestaciones en Marruecos. Tenía miedo al poder, a la policía. Sé lo que es. Nuestros padres nos decían que nos calláramos: no digas lo que piensas, no te expreses. Esta generación es diferente. No tiene miedo, se expresa, está conectada con el resto del mundo y quiere participar de la vida del país. Reclama su derecho a la salud, la justicia, la educación, y eso es totalmente normal. Creo que la gente se ha dado cuenta de que no podemos desarrollar Marruecos de otra manera».
No todo es tan luminoso. Ciertas barreras permanecen. En la mencionada Me llevaré el fuego, Slimani rinde homenaje a su padre, maltratado hasta el suplicio por la arbitrariedad omnipotente del Majzén, como llaman al Estado profundo de Marruecos, dominado por el palacio real y la oligarquía. Cuando le recordaron que su amigo Salman Rushdie le dedicó un relato de su último libro a Goya, uno de los referentes del Prado, se reconoció «impresionada por su pesimismo», que le invocó el fantasma de su padre, muerto en 2004. «Mientras escribía el último libro de la trilogía, recordaba a mi padre viendo caer el Muro de Berlín en 1989. Nos aseguraba que iban a caer todos los muros y habría cada vez menos fronteras y más democracia. Además, Marruecos había presentado su candidatura a la UE: ‘Vamos a ser europeos y a construir un puente entre Tánger y Algeciras’, decía mi padre, el pobre…»
Me llevaré el fuego termina en puro Goya. ¿Qué le van a contar a Leila Slimani de tenebrismo? A la generación que viene le toca encontrar las grietas que la lleven hacia la luz entre los sólidos muros de esos palacios en los que los privilegiados suelen atrincherarse tras su falso paternalismo. Pero puedo imaginarme en la sala 67 del Prado a la escritora, madre de dos hijos, encogida ante Saturno devorando a su hijo.
