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Cultura

‘Las meninas’ sin racismo (cuento chino)

«No se descarta que, en el futuro, se proceda a un despojamiento de los significantes clasistas de la pintura occidental»

‘Las meninas’ sin racismo (cuento chino)

Ilustración generada mediante IA a partir de 'Las meninas', óleo sobre lienzo de Diego de Velázquez.

El Museo del Prado alberga desde hace meses un secreto de Estado de naturaleza inquietante. En sus despachos más discretos circula un informe redactado por Rodrigo Bordeberry-Funes, asesor cultural argentino cuyo perfil en LinkedIn lo describe como «epistemólogo entregado a la justicia estética». El documento propone intervenir físicamente Las meninas de Velázquez para eliminar la figura de la infanta Margarita Teresa, a quien el asesor considera «epicentro simbólico del racismo y el mejor ejemplo del canon de belleza nórdica impuesto por la pintura clásica europea». El museo ha recibido la propuesta con «interés institucional», pero le falta todavía el valor suficiente para contárselo a la gente.

Y es que el problema no es el proyecto. El proyecto tiene su lógica, su metodología, sus anexos y su bibliografía en cinco idiomas, incluidos el catalán y el euskera El problema es la reacción previsible de ciertos sectores de la población que, según fuentes internas, «no están preparados para el debate de altos vuelos». Tradúzcase: la gente se sublevará. No toda la gente, claro. Hay una parte ilustrada, sensible a los retos del presente, que lo entenderá perfectamente en cuanto alguien se lo explique con amabilidad y precisión. Pero hay otra parte, más numerosa y más hostil, que tiene el inconveniente de reaccionar con violencia a las novedades, y esa parte es un obstáculo logístico considerable que hay que tener en cuenta, precisa el informe. 

El argumento de Bordeberry-Funes es, hay que reconocerlo, coherente consigo mismo. Es censurable la centralidad de la infanta en la composición: esa niña rubia, de tez clara y dulzura nórdica, que alimenta el mito de la belleza rubia (genuinamente racista) y que la niña de Las meninas no hace más que actualizar, añadiéndole además la ternura de la infancia, operación que a Bordeberry-Funes le parece pura demagogia, acentuada por el suntuoso vestido que luce la criatura y por esa inocencia teñida de madurez que suelen tener los niños de la aristocracia. 

Bordeberry-Funes se plantea, con dolor y a la vez con resignación, abolir imágenes como la de la infanta, mas no por afán censor. No se trata de censurar, advierte el epistemólogo, se trata simplemente de razonar. «Velázquez no pintó para nosotros», señala el documento con una certeza admirable, «pintó para la corte. Nosotros tenemos derecho a repintar siguiendo el signo de nuestro tiempo». Que Velázquez no esté disponible para responder (murió en 1660 sin hacer declaraciones al respecto) es un detalle que el informe no considera especialmente relevante.

«Si suprimimos a la infanta de la muy trillada composición de Las meninas, se abre un sendero que nace en la escalera del fondo y desemboca en el espectador», liberando la lectura de la obra de su carga jerarquizada y despótica. El espectador quedará así solo ante el umbral del cuadro y completamente liberado de excrecencias perturbadoras. La propuesta no incluye modificación alguna del personaje de Mari-Bárbola, la enana fea, a quien el asesor reivindica como «presencia subalterna resistente», aunque reconoce, en nota a pie de página, que su inclusión en la obra intervenida «podría revisarse en una fase posterior». Una cautela que dice mucho sobre el ritmo aconsejable de los procesos de deconstrucción.

«Una segunda intervención abordará la ‘masculinidad tóxica del pincel en mano’ del propio Velázquez»

El otro enano, el italiano Nicolasito Pertusato, que le da la patada al perro, se salva de momento. Su representación fue durante un tiempo considerada problemática (por su conducta agresiva con un animal), pero en esta fase se ha decidido conservarlo «para no saturar el proceso deconstructivo». Tendrá que esperar hasta 2029, cuando una segunda intervención abordará también la «masculinidad tóxica del pincel en mano» del propio Velázquez, que aparece en el ángulo superior izquierdo sosteniendo el instrumento con una confianza que, visto con los ojos adecuados, resulta cuando menos llamativa.

Las autoridades agradecieron la colaboración del asesor y precisaron que el Prado «no renuncia a su patrimonio, sino que lo pone en conversación con los retos y ritos del presente». El cuadro original seguirá aún colgado en la sala 12, con su infanta en el centro, su perro y su pintor que se pintó a sí mismo pintando, pero el proyecto avanza, discretamente, en los despachos donde se toman las decisiones que luego hay que explicar a la gente con delicadeza para evitar sublevaciones estéticas como la del motín de Esquilache.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, si bien con una coda inevitable: no se descarta que, en el futuro, se proceda a un despojamiento real y material de todos los significantes clasistas y racistas que saturan la pintura occidental. «Será gradual, será pedagógico, será letal para toda la violencia simbólica que jalona nuestra historia. Sueño con el día que se haga efectiva la gran revolución de los museos y la abolición de ese tabú que consiste en prohibir la intervención directa en las obras maestras de la tradición secular», ha declarado Bordeberry-Funes con encendidas palabras y elegante ademán.

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