Beatriz de Moura o el arte de elegir
«En un tiempo que tiende al ruido, su figura representa una idea de la edición como arte silencioso, de precisión»

La editora Beatriz de Moura.
En el recuerdo, Beatriz de Moura aparece siempre ligeramente desplazada del centro de la escena, como si hubiese elegido habitar ese ángulo donde la mirada no se impone, pero decide. No era una mujer de gestos innecesarios: su territorio era el catálogo, ese mapa secreto donde cada libro ocupa un lugar que no admite impostura.
Había nacido en Río de Janeiro, en una atmósfera diplomática que le dio desde el principio una educación errante y refinada, y llevaba consigo una forma de elegancia que no se aprende: la de quien ha vivido entre lenguas, ciudades y silencios. Su verdadera genealogía no estaba en los apellidos, sino en las bibliotecas.
Cuando llegó a Barcelona, la ciudad era un laboratorio de invenciones editoriales, una constelación de sellos donde se estaba decidiendo, sin saberlo del todo, el canon contemporáneo en lengua española. Allí conoció a Óscar Tusquets, y con él fundó Tusquets Editores en 1968. El comienzo tuvo algo de aventura íntima: un piso pequeño, casi un escondite, donde los libros se pensaban más de lo que se producían. No había estrategia de mercado, sino una forma de obstinación estética.
Aquel espacio reducido fue suficiente para que naciera una de las líneas editoriales más singulares del mundo hispánico. No se trataba de publicar mucho, sino de publicar con una coherencia que rozaba lo obsesivo. Cada título debía justificar su existencia, dialogar con los otros, contribuir a una conversación que no era coyuntural, sino profunda.
En ese entramado aparece Héctor Bianciotti, figura que encarna bien el tipo de escritor que fascinaba a De Moura. Argentino de origen, francés por adopción y por lengua literaria, Bianciotti llevaba en su prosa una huella de clasicismo exigente, una inclinación hacia la introspección y la arquitectura moral de los personajes que remitía, de manera casi inevitable, a Henry James. Sus novelas Ritual y Los desiertos dorados muestran una delicadeza casi ceremoniosa, y parecen escritas contra el tiempo, como si aspirara a una permanencia que ya entonces resultaba casi anacrónica y a la vez estimulante.
«Sabía distinguir entre lo que le interesaba personalmente y lo que debía existir en el catálogo»
Ese era el territorio de afinidad de Beatriz de Moura: escritores que no buscaban el aplauso inmediato, sino una forma de duración. Autores que escribían desde una conciencia aguda de la tradición, sin someterse a ella. En ese sentido, su catálogo fue siempre una forma de resistencia, si bien en un segundo periodo se abrió a autores más populares, que le permitían financiar cómodamente la editorial.
Esa dualidad no era una contradicción, sino una prueba de su inteligencia editorial. Sabía distinguir entre lo que le interesaba personalmente y lo que debía existir en el catálogo. No confundía el gusto con el criterio, y esa distancia le permitía construir una editorial que no era un reflejo de sí misma, sino un organismo más amplio y competitivo.
En su vida personal, tras la etapa compartida con Óscar Tusquets, encontró una complicidad decisiva en Antonio López Lamadrid, que se convirtió en una figura clave dentro de la editorial. Juntos consolidaron un proyecto que, con el tiempo, dejaría de ser marginal para convertirse en referencia. Fue la época que más la traté, y siempre agradecí su simpatía y su estilo décontracté, que te hacía sentir a gusto en su presencia.
«Había en ella una forma de severidad que no era altiva, sino necesaria. Sabía que cada concesión abría una grieta»
Respecto a López Lamadrid, estuvo a punto de agredirme en una ocasión, por no votar a uno de sus autores en un premio literario, pero su enfado pasó rápido, y la última vez que lo vi, me dio un gran abrazo y hablamos brevemente de Beatriz, que no fue una editora de grandes declaraciones. Su influencia se ejercía de otro modo: en la elección de un manuscrito, en la defensa de una traducción, en la negativa a publicar aquello que no alcanzaba un cierto umbral de exigencia. Había en ella una forma de severidad que no era altiva, sino necesaria. Sabía que cada concesión abría una grieta.
Quizá por eso, cuando se piensa en Beatriz de Moura, no aparece tanto una biografía como una atmósfera. La de un piso inicial donde los libros se apilaban con una lógica secreta, la de conversaciones en las que una frase bastaba para decidir el destino de un texto, la de una editora que no necesitó imponerse para ser decisiva.
En un tiempo que tiende a la proliferación y al ruido, su figura adquiere un relieve singular. Representa una idea de la edición como arte silencioso, como ejercicio de precisión. No se trataba de estar en el centro, sino de construirlo sin que se notara demasiado. Y en ese gesto, casi invisible, dejó una de las huellas más firmes de la edición contemporánea.
