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Literatura

Thomas Pynchon regresa con 'A oscuras', una bomba de ingenio inteligente

El escritor exhibe en su nueva novela todo su encanto con un detective a lo Philip Marlowe atrapado en la Europa de 1932

Thomas Pynchon regresa  con ‘A oscuras’, una bomba de ingenio inteligente

Thomas Pynchon. | Wikimedia Commons

Thomas Pynchon cumplió 89 años hace un par de semanas. Lo había vuelto a poner de moda la película Una batalla tras otra, basada en Vineland, una novela suya… de 1990. No publicaba nada nuevo desde Al límite, en 2013. Aunque suele dejar un buen margen entre novela y novela, esto ya sonaba demasiado a un fin de fiesta. Hasta que, de repente, apareció A oscuras (Tusquets), una maravillosa locura más.

Corre el muy deprimido y depresivo año de 1932 en Milwaukee. La Ley Seca da sus últimos estertores, Al Capone está en la cárcel y Hicks McTaggart, un antiguo rompehuelgas con mucha clase, especialmente cuando suena música de baile, se ha construido algo parecido a una vida estable como detective privado de una agencia de ámbito nacional y entrañable sucursal en la orilla del lago Michigan. Pero un antiguo caso relacionado con una rica y descocada heredera lo arrastra por un torbellino de conspiraciones que culminan en la Fiume de los comienzos del fascismo. 

La trama brujulea al más puro estilo Pynchon, rey del MacGuffin, ese recurso narrativo, popularizado por Hitchcock y culminado en el cine por el maletín de Pulp Fiction: personajes, situaciones y objetos aparecen y desaparecen como pistas falsas de una trama que, en realidad, solo busca el asombro por el asombro. Ni Hicks ni el lector saben nunca muy bien qué puñetas hay detrás del caso que le han encomendado y del que emergen un submarino que igual surca las aguas del lago Michigan que las del Adriático, un embaucador español empeñado en vender un autogiro, una atractiva motorista serbia, un gólem judío con enanismo, un matrimonio de espías británicos de excelentes modales y letal ironía, una motocicleta con cuatro asientos (el último, para un asesino invisible), una banda de fascistas transilvanos que se hacen llamar Vladboys, una cafetería de crucigramistas suicidas en Budapest, y etcétera. Mucho y muy suculento etcétera.

La trama avanza, ojo, porque Pynchon gestiona el caos con su intacta maestría narrativa, su habilidad para un fraseo algo alambicado pero eficaz y, sobre todo, su genialidad absoluta para los diálogos, que aquí alcanza momentos maravillosos con una estilización, a la vez parodia y homenaje, de los tópicos de la novela negra clásica. Se pueden decir muchas cosas buenas de esta novela, pero a mí me hubiera merecido la pena solo por el diálogo entre Hicks y la bella motorista Terike en Fiume, estación término de la aventura, que culmina así: «Siempre es así, y algún día, si es que alguno de nosotros vive todavía, tú me lo contarás todo. Mientras tanto, si hubiera sabido que eras tan fría, te habría pedido que mantuvieras una botella de cerveza pegada a tu corazón».

Y así todo.

También habrá quien no lo soporte. Thomas Pynchon no agrada a todos los paladares. Es raro. Muy raro. A ver, tampoco del tipo de Joyce de Finnegans Wake, pero su gusto por el absurdo puede enervar a más de uno. En el dossier de A oscuras, Tusquets lo define como un autor de culto. Por una vez, una editorial se ha quedado corta en la promoción: Thomas Pynchon  es El Autor de Culto. Ya lo sería solo por su obra, pero su biografía completa el trabajo a la perfección.

Aversión a la fama

O mejor dicho, su no biografía. Eterno candidato al Nobel, Harold Bloom lo incluye entre los grandes estadounidenses del siglo XX junto a los Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy, pero su aversión a la fama hace que solo circule una docena de fotos suyas: de estudiante de secundaria, de recluta en la Armada y unas que le robó un paparazzo en 2019 para publicarlas en la revista National Enquirer, con gran polémica en ámbitos culturales.

Su obsesión por el anonimato cuajó en la cultura popular con los dos episodios de Los Simpsons en los que aparece con la cabeza cubierta por una bolsa de papel con un signo de interrogación, un cartel con su nombre y una flecha apuntando a su no rostro: «¡Hey, por aquí! ¡Hágase una foto con un autor esquivo!», le grita el estresado escritor de éxito anónimo a los coches que pasan; y, al final, desesperado: «¡Solo por hoy, incluimos un autógrafo gratis!» Él se lo tomó… a lo Pynchon. Tras su emisión, trascendió que había exigido cambios en el guion: se negó, por ejemplo, a llamar «culo gordo» a Homer con un argumento de lo más pynchoniano: «Es un modelo de conducta para mí, así que jamás hablaré mal de él».

De Thomas Pynchon se sabe que nació en Long Island, la isla pegada a Nueva York, el 8 de mayo de 1937, y que fue nombrado estudiante del año en la Oyster Bay High School, donde empezó a escribir ya con su peculiar estilo y temática actuales. Con 16 años, se matriculó en la Universidad de Cornell para estudiar física e ingeniería, pero lo dejó al segundo año para enrolarse en la Armada. Volvió a Cornell en 1957, pero en la facultad de Filología, y dos años después publicó su primera novela, The Little Rain (en español, dentro de los relatos de Un lento aprendizaje), sobre un amigo que conoció en la Armada.

En Cornell hizo cosas como asistir a un curso de Nabokov o escribir una comedia musical de ciencia ficción con un compañero de clase (¿cómo debe de ser tener a Pynchon de compañero de clase?) y, tras graduarse, empezó a trabajar de redactor técnico para Boeing en Seattle, escribiendo sobre los misiles tierra-aire y cosas por el estilo. Lo dejó, claro, y se dio unos garbeos por Nueva York y México antes de instalarse en la inevitable California hippie de los 60 y los 70. Lo que le faltaba para desarrollar su carácter raruno. De hecho, en 1966 escribió el reportaje A Journey into the Mind of Watts para el New York Times Magazine, entre otros trabajos periodísticos de los que iba viviendo hasta que en 1966 publicó La subasta del lote 49, su primera novela de éxito.

Un protagonista entrañable

El gran pelotazo llegó en 1973 con El arco iris de gravedad, con toda la energía alucinada y alucinante de su estilo ya en grado superlativo. Ganó el National Book Award. Lo rechazó. La nominaron para el Pulitzer, pero terminaron vetándola por «ilegible, sobreescrita y obscena». En 1975 le concedieron la medalla William Dean Howells de la Academia Americana de Artes y Letras. La rechazó. Y se echó una buena siesta. Hubo que esperar hasta 1990 para leer Vineland, y después llegaron Mason & Dixon (1997) y Contraluz (2006), un tocho importante que causó bastante controversia. Siguieron Vicio propio (2009) y Al límite (2013), cuyo título parecía premonitorio dado el silencio posterior. Hasta que llegó A oscuras.  

La crítica la ha saludado con entusiasmo. Algunos vieron, o quisieron ver, alusiones a Trump en pasajes como este: «[Odio] malgastar mi talento no en un genio del mal, sino en un bobo del mal, peligroso no por su inteligencia, tenga la que tenga, sino por el poder que ejerce gracias a su in­merecida riqueza, y que sus admiradores toman por su voluntad, aunque esta no sea más que la terquedad de un niño». Puede ser, pero sobre todo es una orgía de ingenio y de personajes y situaciones sugerentes, una bomba de entretenimiento inteligente llena de referencias que no obstaculizan la lectura y un protagonista entrañable, Hicks, «otro iluso romántico» a la altura del Marlowe de Chandler interpretado por un Humphrey Bogart con el talento de Fred Astaire para el baile.

Hicks consulta mentalmente un Manual del Sabueso que desaconseja considerar los peinados femeninos, se enamora de una chica que no le conviene y se confiesa enamorada del Jimmy de El enemigo público, rastrea al Al Capone del Queso, lo embarcan a la fuerza (pero en primera clase) en un trasatlántico rumbo a los misterios de la Europa de entreguerras, y, en general, surfea con estilo y resignación la magia de Pynchon. 

En el trasatlántico, conoce al español Porfirio del Vasto: «Puede ser un ladrón de joyas o un espía. Viaja sin cesar y nunca tiene que sacar un penique». Ejerce de celoso marido (aunque ella juraría que se han divorciado) de la peculiar periodista y aventurera Glow (resplandor, en inglés), que se queja de que su exmarido se empeña en darle (aunque después descubriremos que, en realidad, quiere vendérselo) «un autogiro, preparado para volar, que supuestamente me está esperando en el muelle en Tánger». «Uno de esos aparatos que veo continuamente en Popular Mechanics», replica Hicks. «Así es. Un invento español. España y el autogiro están íntimamente relacionados, diría Porfi con romanticismo…»

Juego de villanos

El español, azuzado por los coqueteos de Glow, proporciona uno de los diálogos más chispeantes del libro: «Soy reticente a regatear. Si no estás dispuesto a ser sobornado, puedo empezar a creer que en realidad estás enamorado de ella, incluso podrías hacer una reclamación seria, en cuyo caso tendría que matarte», le dice a un Hicks bastante reacio a la muerte: «Oh. Claro, bueno…, ¿puedo preguntarte si eso… sucede mucho en tu, humm…?» Y la gran respuesta de Del Vasto: «Mis contables me aseguran que es un gasto comercial legal. Suelen anotarlo como ‘Miscelánea posnupcial’».

Una de las subtramas más delirantes (que ya es decir) del novelista de la bolsa en la cabeza tiene un evidente sustrato metalitarario: la inevitable visita a lo esotérico se centra en esta novela en los mecanismos de «asporte / aporte» (inexplicable desaparición y reaparición) que, sospecha Hicks, algunos telépatas juguetones usan (y abusan) con fines un tanto turbios. La literatura de Pynchon eleva el juego de villanos a la categoría de obra de arte.

En la vida ya es otra cosa. En la política, no digamos. Se corre el peligro, por ejemplo, de quedar estancado en el autogiro, dando vueltas y vueltas.

Cerca del final, la sensata Daphne y la deslumbrante Glow charlan en un café junto al Adriático, efervescente de ardores guerreros. Glow cree que irá a España. «No dejo de tropezarme con esos médiums, esos que leen el futuro, repitiéndome que voy camino de… cierta clase de santidad anarquista. Se supone que España es famosa por sus anarquistas, del mismo modo que otros países son famosos por su vino, su cocina, o la calidad de su […] El odio entre la derecha y la izquierda empeora cada día que pasa, Asturias está a punto de explotar. En cuanto pueda hacerme con una metralleta, voy a salir a la calle antes de desayunar y voy a empezar a…» Daphne le replica: «Eso no parece muy propio de una santa». Y la mira, pensando: «Sí, pero aún no es demasiado tarde, todavía puedes olvidarte de esa carrera hacia la santidad en la que crees haberte metido, bajar aquí de nuevo con el resto de nosotros, recordar a lo que tenemos que enfrentarnos día a día, antes de que saltes por los aires en una explosión que le lleve hasta un más allá vertical. Al menos, tómate unas vacaciones de El Encantador».

El Encantador es Porfirio del Vasto, el vendedor de autogiros.

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