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Historias de la historia

El mayor ladrón de España

Hace cuatro siglos el duque de Lerma se libró de pagar por sus 20 años de gobierno corrupto amparándose en el Papa

El mayor ladrón de España

El duque de Lerma retratado como cardenal por un pintor desconocido.

«Para no morir ahorcado / el mayor ladrón de España / se vistió de colorado». Estas coplillas, que comenzaron a correr por Madrid en 1618, resumen perfectamente 20 años de crisis política, los que llevaba reinando el infeliz de Felipe III y gobernando con poderes absolutos «el mayor ladrón de España», es decir, su valido el duque de Lerma. Veamos lo que nos quieren decir estos sencillos pero agudos versos, empezando por el último, pues fue «vestirse de colorado», o sea, de cardenal, lo que llevó al ingenio popular a inventar la coplilla.

El papa Paulo V proclamó efectivamente cardenal al duque de Lerma en 1618, el año en que perdió el poder. Fue un nombramiento escandaloso que convertía al Sumo Pontífice en cómplice del mayor ladrón de España. Don Francisco de Sandoval y Rojas, primer duque de Lerma, había estado casado y era padre de cinco hijos, no había demostrado jamás vocación religiosa y, sobre todo, era ejemplo de infame moralidad por su avaricia y corrupción.

Otorgarle el capelo cardenalicio era como darle asilo político en la Santa Sede. Los cardenales eran príncipes de la Iglesia y, como tales, gozaban de una especie de inmunidad diplomática. Cuando en 1621, muerto ya Felipe III, el nuevo Gobierno intentó confinar a Lerma en Tordesillas, intervinieron el papa Gregorio XV y el colegio cardenalicio, que se opusieron al confinamiento por considerarlo «un atentado a la libertad eclesiástica». 

¿Cómo había conseguido Lerma tener tan importantes defensores? Por supuesto, utilizó los sobornos en Roma, pero sobre todo llevó a cabo una política exterior del agrado de la Santa Sede que cambió el panorama de las relaciones internacionales. Hay que tener en cuenta que durante el siglo XVI, pese a que los monarcas españoles habían recibido del Papa el título de Reyes Católicos, tanto Carlos I como su hijo Felipe II fueron un auténtico martirio para los Sumos Pontífices que no se plegaban a la política española de dominio de Italia.

En 1527, para castigar a Clemente VII —que había osado aliarse con Francia—, el ejército de Carlos I asaltó la capital papal y la sometió al famoso «Saco de Roma», ocho meses de rapiña, muertes y violaciones que dejaron traumatizada a la Iglesia y a la población romanas. 30 años después, otro papa, Paulo IV, excomulgó a Carlos I y a Felipe II, pero cuando el ejército del duque de Alba se acercó a Roma, aterrado ante la perspectiva de un nuevo saqueo, Paulo IV se humilló ante el general español y le abrió las puertas de la Ciudad Eterna. 

Esta política cambió radicalmente en 1599, cuando el duque de Lerma hizo que Felipe III ofreciese al Papa la renuncia a ser proclamado rey de romanos y a intervenir en los territorios de Toscana y Lombardía. Era como si se hubiera perdido una guerra en Italia, la anulación de todas las victorias del Gran Capitán o de la batalla de Pavía, en la que los españoles cogieron prisionero al rey de Francia.

A partir de ese momento, los sucesivos papas consideraron a Lerma más que un amigo: era «su hombre» en la corte de España. Y Lerma seguiría ofreciéndole regalos políticos al Papado, como cuando convenció a Felipe III de expulsar a los moriscos de España en 1609. Aparte de la tragedia humanitaria, se sabía que aquello era una catástrofe económica, porque los moriscos mantenían la agricultura de regadío en Aragón y Valencia, así como muchas industrias que quedarían desmanteladas. No sirvió de nada que la nobleza aragonesa se opusiera y boicoteara la expulsión: se exilió a 300.000 personas.

Estos son solamente dos ejemplos de cómo compró el duque de Lerma el hábito colorado de cardenal que le libraría de pagar sus culpas. La utilización de una política exterior lesiva para los intereses de España en beneficio personal del gobernante no es algo que se haya inventado ahora.

El gran pelotazo inmobiliario

El verso de en medio de la coplilla dice «el mayor ladrón de España» y no es una hipérbole retórica. Basta con ver una de las primeras medidas que Lerma tomó al poco de iniciado el reinado de Felipe III: el traslado de la capital de España de Madrid a Valladolid.

Valladolid era una histórica y orgullosa ciudad castellana, muchas veces elegida como corte por distintos monarcas, donde habían nacido Enrique I y Felipe II, o donde había muerto Juan II, el padre de Isabel la Católica, que proclamó a Valladolid «la villa más notable de estos mis reinos y aun fuera de ellos». Además, tenía una Universidad que pretendía ser la más antigua de España, pero no fue ninguna de estas razones la que llevó a Lerma a instalar allí la capital. La única razón para el traslado fue que Lerma poseía en Valladolid muchas fincas urbanas que, al establecerse allí la corte en 1601, vendió a altos precios al rey o a los nobles que necesitaban palacios para aposentarse.

Con los enormes beneficios así conseguidos, Lerma comenzó a invertir en Madrid, donde por el contrario, los precios se habían derrumbado al desaparecer la corte y los cortesanos. Durante seis años el valido estuvo acumulando patrimonio inmueble en la antigua capital, y en 1606, cuando ya era dueño de medio Madrid, anunció el retorno de la capitalidad y repitió la operación. Fue uno de los más estruendosos pelotazos inmobiliarios de la historia.

Haría falta una tesis doctoral de 600 páginas para enumerar las corruptelas en las que incurrió el mayor ladrón de España, pero vamos a referirnos a una insignificante por su valor si la comparamos con el negocio inmobiliario de los cambios de capital, pero notable por la huella que ha dejado en el mundo del arte.

Vincenzo Gonzaga, duque de Mantua, uno de los muchos príncipes italianos satélites del poder español, ambicionaba el puesto de general de las galeras de España. ¿Qué podía hacer para conseguirlo? Se enteró de que el duque de Lerma tenía una desaforada pulsión de coleccionar pinturas, de las que llegaría a reunir 2.747. Los italianos siempre han sabido sacar provecho de la belleza artística, y Gonzaga mandó copiar 39 obras de los grandes maestros de la magnífica galería de Mantua, y se las envió al duque de Lerma.

El regalo era demasiado precioso y delicado, y para asegurarse de que llegase en buen estado, Gonzaga encargó del transporte a su pintor de cámara, para que antes de entregarlo restaurase las pinturas que hubieran sufrido en el viaje. Ese pintor era un joven flamenco llamado Rubens, que iba a convertirse en el artista más cotizado y famoso en el siglo XVII.

Rubens cumplió en 1603 la comanda de Gonzaga a entera satisfacción. Incluso pintó de nuevo uno de los cuadros estropeados en el viaje. Tuvo una entrevista con el duque de Lerma, que le pidió un retrato, aunque se negó a posar ni una vez. No importaba porque Rubens era un águila y había comprendido perfectamente al personaje. Al examinar la colección de Lerma, se había pasmado al ver que incluía 150 retratos de emperadores romanos. Para él estaba claro que Lerma era un megalómano que se rodeaba de figuras imperiales porque aspiraba a ser más que el rey de España.

Una prueba que confirmaba la sospecha de Rubens era su nombramiento de capitán general de la caballería, un cargo que solamente podían detentar los reyes de España. Lerma suplantaba así a Felipe III no solamente en la práctica del gobierno, sino también en el plano simbólico. 

Rubens recogió la idea al vuelo: haría un retrato ecuestre del duque de Lerma. Hasta ese momento, el único retrato ecuestre que existía en la corte era el de Carlos I en la batalla de Mühlberg, pintado por Tiziano, comparándolo así con el emperador romano Marco Aurelio. Ni siquiera Felipe II había tenido la soberbia de retratarse a caballo —Rubens lo pintaría a caballo en 1626, 30 años después de su muerte—, mucho menos Felipe III. 

Pero toda lisonja era poca para la soberbia del duque de Lerma, y Rubens inventó un tipo de retrato ecuestre en escorzo que luego serviría para retratar al rey de Polonia o al de Inglaterra. La pena era que, como Lerma no posó para el retrato, Rubens tuvo que copiar su cara del retrato oficial que le había hecho Pantoja de la Cruz, lo que desmerecería lo que fue una osada innovación en el mundo del arte, y el colmo del encumbramiento del mayor ladrón de España.

Nos queda por analizar el primer verso de la coplilla, «para no morir ahorcado», pero eso es ya otra historia que veremos la semana que viene.

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