Al Polo Norte por el aire
Hace 100 años, el 12 de mayo de 1926, Amundsen fue el primero en alcanzar el Polo Norte en un vuelo en dirigible

El dirigible Norge, construido y pilotado por el italiano Nobile, con el que Amundsen y sus compañeros sobrevolaron el Polo Norte.
En los años veinte del siglo pasado, los aviadores vivían en un estado de desafío constante. Como los artistas de circo, su lema era «más difícil todavía». El riesgo estaba asegurado, los accidentes formaban parte del programa, la muerte estaba asumida y acudía con regularidad a su cita con los locos del aire. Pero desde los cielos aquellos hombres dominaron continentes y océanos.
Pocos rincones de la Tierra quedaban por alcanzar en 1926, pero el más atractivo, el que daría más fama a quien lo sobrevolase, era el Polo Norte. Ese era el objetivo que tenía entre ceja y ceja Roald Amundsen, el primer hombre que pisara el Polo Sur en 1911, en una hazaña que estuvo animada por la competencia en una carrera sobre los hielos con el explorador inglés Scott. Scott perdió en un doble sentido: llegó al Polo Sur cuando ya ondeaba sobre ese punto la bandera de Noruega y, además, murió en el intento con todos sus compañeros de expedición. Amundsen se convirtió, por tanto, en el número uno de los exploradores polares.
Al palmarés de Amundsen le faltaba el Polo Norte. Había preparado su asalto en trineo en 1909, pero Estados Unidos, con todo su peso de gran potencia y de sociedad avanzada, anunció que el norteamericano Robert Peary había alcanzado la latitud cero el 6 de abril de 1909. Hoy sabemos que la hazaña de Peary fue un fraude, que era un farsante y tramposo, capaz de todas las vilezas, la antítesis del héroe polar, pero Peary controlaba perfectamente el campo mediático y, durante muchos años, fue oficialmente el primer hombre en pisar el Polo Norte.
Puesto que ya no podía ser el descubridor terrestre del Polo Norte, Amundsen solo tenía un desafío por delante: ser el primero en sobrevolarlo. «El avión ha suplantado al perro. El futuro de la exploración polar está en el aire», sentenciaría el número uno de la exploración polar. En realidad, no sería el primero en verlo desde los cielos. Otro escandinavo, el ingeniero sueco Salomon Andrée, ya lo había intentado en 1897. Los escandinavos eran los mejores exploradores polares: naturalmente aclimatados al frío y la nieve, aprendían a esquiar a la vez que a andar y eran austeros y fornidos.
Andrée voló hacia el Polo Norte con dos compañeros en un globo bautizado Örnen («águila» en sueco), que emprendió su vuelo desde las islas Svalbard en julio de 1897. El globo sufrió un accidente y se desplomó sobre la banquisa, la capa de hielo permanente que se forma en el océano Ártico. Uno de los viajeros, Nils Strindberg, era fotógrafo y tuvo la presencia de ánimo de documentar gráficamente el accidente. En 1930, cuando se hallaron sus restos, se pudieron revelar sus emocionantes fotografías. Habían sobrevivido durante tres meses, intentando llegar a pie a un sitio donde pudiesen rescatarlos.
Amundsen no intentaría alcanzar el Polo Norte con un globo, sino con un avión, un medio mucho más práctico. Con 42 años siguió un curso de vuelo con la aviación militar noruega, y en 1914 se convirtió en el primer civil noruego en obtener licencia de piloto y comprarse un avión. No obstante, con la prudencia y sentido práctico que solían mostrar los exploradores polares noruegos, Amundsen buscó unos compañeros que fuesen pilotos más experimentados, y así se sumó a la expedición el mejor aviador de Escandinavia, Hjalmar Riiser-Larsen.
También hacía falta bastante dinero para una empresa de estas características, y Amundsen fichó a Lincoln Ellsworth, un explorador aficionado norteamericano, que se había hecho piloto militar durante la Primera Guerra Mundial, y que sobre todo era hijo de un magnate del carbón que puso 100.000 dólares para la expedición. Con ese dinero pudieron comprar dos hidroaviones Dornier de fabricación alemana, del modelo llamado Wal («ballena» en alemán), el mismo utilizado por los españoles en el vuelo del Plus Ultra (véase Efemérides para 2026 (1), en Historias de la Historia, THE OBJECTIVE 4 de enero de 2026).
En mayo de 2025 los dos Dornier despegaron de las islas Svalbard, igual que Salomon Andrée con su globo 28 años antes. Pensaban sobrevolar el Polo y terminar el viaje en Alaska, pero cuando estaban a 15 kilómetros del Polo Norte tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso. Uno de los hidroaviones estaba inutilizado y decidieron jugársela embarcando todos los expedicionarios, seis personas en total, en un solo aparato. Era una locura, pero además presentaba dificultades enormes, porque tenían que allanar el hielo para construir una pista de despegue.
Tenían provisiones para un mes, con raciones que incluían pemmican (una especie de salazón de los indios norteamericanos), chocolate y galletas de avena, pero tuvieron que ponerse a media ración, pese a que el trabajo era durísimo, pues había que retirar 600 toneladas de hielo a base de pala. Sin embargo, lograron construir la pista en 26 días. Cumplida esta hazaña, faltaba otra aún más difícil: levantar vuelo con un avión sometido a doble carga. Esa fue la hora gloriosa de Riiser-Larsen, que nadie se explica cómo logró despegar y mantener el Dornier en el aire hasta regresar al punto de partida en las islas Svalbard.
A la segunda va la vencida
Estos incidentes y riesgos supremos no desanimaron a aquellas razas de exploradores polares y de aviadores. Al año siguiente, Amundsen y sus compañeros estaban listos para repetir el intento de volar sobre el Polo Norte. Pero esta vez, en lugar de un avión, usarían el otro medio aéreo que le hacía la competencia, el dirigible. Amundsen se puso en contacto con Umberto Nobile, un ingeniero aeronáutico italiano diseñador y constructor de dirigibles, que tenía uno capaz de soportar un vuelo polar.
El dirigible italiano fue bautizado Norge, «Noruega» en la lengua de ese país, y realizó una hazaña antes de zarpar al norte, pues despegó de Italia y atravesó Europa, incluyendo escalas en Inglaterra, Noruega y Leningrado, para llegar a la base de la expedición polar, situada como siempre en las islas Svalbard. En el grupo expedicionario estaban el norteamericano Ellsworth, que volvió a poner el dinero; el hábil piloto Riiser-Larsen, que sería el navegante; y Oscar Wisting, que había acompañado a Amundsen en el descubrimiento del Polo Sur, y que, por tanto, compartiría con su jefe el honor de haber estado en los dos polos. También iba el doctor Finn Malgrem, meteorólogo de la Universidad de Upsala, veterano de viajes científicos con Amundsen, que llevaba instrumentos para determinar con seguridad cuándo se estaba sobre el mismísimo Polo Norte. Nobile, por su parte, llevaba una tripulación italiana y su perrita, lo que desagradó a Amundsen.
Pese a la poca simpatía entre las dos cabezas de la expedición, la misión, por una vez, se desarrolló sin incidentes. El único contratiempo fue que dos días antes del despegue, el 9 de mayo de 1926, el norteamericano Robert Byrd pretendió haber sobrevolado el Polo Norte con su avión. Pero, como sucedía con Peary, no tenía pruebas de ello, y posteriormente se descubriría un diario en el que reconocía no haber alcanzado su objetivo.
Los americanos parecían capaces de cualquier cosa por alcanzar la fama, pero el Polo Norte permanecía virgen según todos los indicios cuando, al inicio de la madrugada del 12 de mayo de 1926, a la 01.45, el Norge pasó sobre el Polo Norte. Existían garantías científicas del acontecimiento, y además lanzaron desde el aire un mástil con las banderas noruega, estadounidense e italiana.
El Norge alcanzó Alaska, aunque no aterrizó en la ciudad prevista, sino en la aldea iñupiat de Teller. Aparte del simbólico vuelo sobre el Polo Norte, la última parte del trayecto fue sobre un mar desconocido y sirvió para demostrar que allí no había tierra sin descubrir, como sostenían algunos.
Luego vinieron los celos y las rencillas entre Amundsen y Nobile, porque si parecían seres sobrehumanos a la hora de enfrentarse a la naturaleza, estaban sujetos a las pasiones humanas en las relaciones personales. Lo peor de ese colofón desagradable es que Nobile decidió volver a realizar el viaje en un dirigible bautizado Italia y con tripulación exclusivamente italiana, lo que llevaría a una tragedia en la que murieron muchos valientes, incluido el propio Amundsen cuando buscaba al perdido Nobile, pero eso es ya otra historia.
