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Historias de la historia

Persia se convirtió en Irán

Hace 100 años fue coronado Reza Sah Pahlevi, fundador de la última monarquía de Irán, derrocada por el Ayatola Jomeini

Persia se convirtió en Irán

Ilustración generada con IA.

El Régimen Islámico iraní, que ahora hace frente a Trump e Israel, derribó y suplantó en 1979 a una monarquía persa que se titulaba milenaria. Mohamed Reza Pahlevi, el último Sah (rey en persa), había celebrado en 1971 los 2.500 años de la fundación del Imperio persa por Ciro el Grande con la fiesta más extravagante que había conocido el mundo. 

Para empezar, la cita fue en una ciudad que no existía desde hacía 2.300 años, Persépolis. La antigua capital imperial persa fue incendiada personalmente por Alejandro Magno y su amante Tais en una noche de borrachera en el año 330 antes de Cristo. Desde entonces había sido una impresionante ruina visitada por arqueólogos e historiadores, pero Mohamed Reza Pahlevi decidió resucitarla, lo que exigió, entre otras cosas, construir una autopista y un aeropuerto. 

Para hacer el lugar habitable, una empresa francesa, Maison Jansen, considerada la primera firma mundial de diseño de interiores -había rehecho la Casa Blanca en tiempos de Kennedy- se encargó de construir la Ciudad Dorada. Eran 50 apartamentos de gran lujo con la apariencia exterior de tiendas de campaña doradas, basándose en la histórica «entrevista del Campo de Oro» de 1520 entre Francisco I, rey de Francia, y Enrique VIII, rey de Inglaterra. Se hizo crecer todo un bosque alrededor de las «tiendas», y se plantaron jardines con plantas traídas de Francia. En la llamada «tienda de honor» se celebró un banquete para 600 invitados, incluidos 60 reyes y jefes de estado, que duraría 5 horas y media, considerado por el Libro Guiness de Récords como el más lujoso de la Historia Moderna.

Los fastos costaron 200 millones de dólares de la época, equivalentes a más de 1.600 millones actuales, pero atrajeron como moscas a todos los grandes de la tierra: el presidente de la Unión Soviética Podgorny, el vicepresidente de Estados Unidos Spiro T. Agnews, medio centenar de miembros de la realeza, incluyendo los reyes de Bélgica, Dinamarca, Noruega y Grecia, el príncipe Felipe, esposo de Isabel II de Inglaterra, o don Juan Carlos y doña Sofía, todavía no reyes, pero ya designados oficialmente para serlo. También acudieron figuras históricas, con protagonismo desde la Segunda Guerra Mundial y en esos momentos líderes del Movimiento de los Países No Alineados, como el presidente Tito de Yugoslavia o el emperador de Etiopía Hayle Selassie. 

Pero el momento culminante del evento fue el desfile del ejército de Ciro el Grande. Miles de soldados del moderno ejército iraní marcharon ante los invitados y las impresionantes ruinas de Persépolis, vestidos y peinados como los de los bajorrelieves que han sobrevivido hasta nuestros días, incluso adoptando posturas que imitaran el hieratismo de esas representaciones. Todo tenía un aire de farsa, porque al fin y al cabo lo de los 2.500 años de monarquía persa era un camelo. Mohamed Reza Pahlevi era solamente el segundo miembro de una dinastía espuria que había empezado a reinar en 1925, era hijo de Reza Kan, un militar de clase media que fue lo bastante ambicioso como para hacerse con el poder en Teherán.

El fundador

Ese hombre ambicioso, nacido en 1878, pertenecía a una familia de oficiales y siguió también la carrera de las armas. Le llamaron en principio Reza Savad Koohi, aunque iría cambiando de apellidos a lo largo de su vida, porque en el siglo XIX y principios del XX en Persia no existían propiamente apellidos; lo que se llevaba detrás del nombre aludía a la posición de esa persona. Nos hemos referido a él como Reza Kan porque este último vocablo es un tratamiento mongol que implica caudillaje militar, y efectivamente se reveló como un oficial de valía a partir de 1910.

En aquella época Persia, con su vieja monarquía, era un pelele maltratado por sus poderosos vecinos, el Imperio ruso, el británico e incluso el otomano. Durante la Primera Guerra Mundial, esas potencias utilizaron el territorio persa como campo de batalla, y desde 1917 Inglaterra, dueña de Oriente Próximo tras derrotar a los turcos, utilizó a Persia como base para hostigar a la Rusia convertida en comunista.

Reza Kan se mostraba indignado ante las injerencias extranjeras, aunque curiosamente su posición de poder le venía porque estaba al mando de la ‘División de Cosacos’, una unidad de caballería creada por los rusos según el modelo de las tropas cosacas, en la que durante algún tiempo los oficiales fueron rusos y naturalmente seguían las órdenes de Moscú. En 1921, un líder político nacionalista llamado Sayid Zia-ud-Din encabezó un golpe de Estado contra el reinante Sah Kayar, que triunfó gracias al apoyo de los 3.000 cosacos de Reza Kan. 

De momento mantuvieron en el trono al Sah Kayar, pero el poder estaba en las manos de Sayid-Zia-ud-Din como primer ministro. No se olvidó de la ayuda que le había dado Reza Kan y lo nombró ministro de la Guerra, un error que pagaría muy caro. A los tres meses justos de hacerse con el poder Sayid-Zia-ud-Din recibió de Reza Kan la indicación de irse al extranjero. Le hizo caso.

Reza Kan no quiso asumir directamente el gobierno, nombró a un primer ministro títere y se mantuvo como ministro de la Guerra, que era de donde le venía su poderío. Reza Kan tenía grandes dotes de organización y mando, y pronto pasó de mandar 3.000 cosacos a mandar un ejército de 40.000 hombres organizado con criterios modernos, que incluía una eficaz fuerza de gendarmería de 7.000 hombres entrenados y mandados por oficiales suecos. Cómo habían llegado los suecos a Persia ya es otra historia, pero la que no interesa ahora es que dos años después también se fue al extranjero para no volver el Sah Kayar. Reza Kan no tenía ya ningún obstáculo para cumplir sus ambiciones.

Su anhelo máximo era convertirse en Sah y fundar una dinastía real, lo que hizo en 1925, adoptando para su dinastía el nombre de Pahlevi, inspirado en el del clan Pahlava al que pertenecía su familia. Para legitimarse con la parafernalia que acompaña a las monarquías, Reza Sah Pahlevi se hizo coronar solemnemente en Teherán el 25 de abril de 1926.

Reza Sah tenía por delante un inmenso desafío doble, modernizar el país y librarlo de las injerencias de las potencias extranjeras. Alcanzaría grandes logros en el primer asunto, pero fracasaría en el segundo y lo pagaría muy caro.

En cuanto a la modernización de Persia su labor fue gigantesca. Introdujo el ferrocarril, fundó el Banco Central y creó un registro de nacimientos para todos los iraníes. Hasta entonces no existían en Persia más escuelas que las islámicas ni más libros de estudios que el Corán, pero Reza Sah creó una red de escuelas laicas para todo el país. También abrió la primera Universidad de Persia en Teherán. Hizo una gran labor en sanidad pública, erradicando la malaria, e incluso logró controlar la corrupción pública.

¿Qué hizo entonces mal Reza Sah para que le arrebatasen la corona? Admirar a Alemania. En principio Reza Sah era anglófilo. Persia estaba en una posición geográfica en la que no podía evitar formar parte del Gran Juego, la secular disputa entre Inglaterra y Rusia por el control de Asia. Había que elegir uno de los bandos, y puestos a ello más valía aceptar la tutela de Londres que la de Moscú. Pero aunque se llevara bien con los británicos Reza Sah no se sentía atraído por la democracia a la inglesa. En la época entre guerras lo que se había puesto de moda en Europa eran los gobiernos autoritarios, y desde luego nadie en sus cabales podría pensar en introducir la democracia parlamentaria en Persia.

Todo esto llevaría a Reza Sah hacia la órbita de la Alemania de Hitler, cuyo gobierno no respetaría las libertades civiles, pero había demostrado una gran eficacia en el desarrollo económico y social del Reich. Esa fascinación que suscitaban las autopistas construidas por Hitler, el Volkswagen (el coche del pueblo, literalmente) o el desarrollo de la aviación alemana hasta ser la mejor del mundo, se apoderaría de Reza Sah, que en un momento de entusiasmo le cambió el nombre a Persia, llamándola a partir de 1935 Irán, es decir, Tierra de los Arios. Para que Hitler tomase nota de que tenía unos hermanos raciales en Asia.

Quienes tomaron nota fueron el Foreign Office y los servicios secretos británicos. Cuando en 1941 Stalin cambió de bando y se convirtió en enemigo de Hitler, Londres y Moscú decidieron una operación conjunta de invasión y control de Irán. Era la vuelta de los fantasmas de la Primera Guerra Mundial, los ejércitos de los imperios vecinos en Persia, pero ahora puestos de acuerdo. Y lo primero que acordaron fue sacar del trono y del país a Reza Sah, al que exiliaron no en Francia, como había hecho el Sah anterior, porque estaba ocupada por los nazis, sino en Sudáfrica, donde nunca llegaría la Wermacht por muchos éxitos que lograra Rommel con el Afrika Korps. Ingleses y soviéticos pusieron en el trono al hijo de Reza Sah, Mohamed Sah Reza Pahlevi, que luego los burlaría convirtiéndose en el hombre de los americanos. Pero eso es también otra historia.

 En 1944, en el aburrido destierro de Sudáfrica, moriría antes del final de la Guerra Mundial Reza Sah, el hombre que convirtió a Persia en Irán.

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