The Objective
Historias de la historia

La última emperatriz española

Hace dos siglos nació en Granada Eugenia de Montijo, que se convertiría en emperatriz de los franceses

La última emperatriz española

Todo el glamur que Eugenia infundió a la corte imperial se refleja en la pintura de Winterhalter La emperatriz con sus damas. | Wikipedia

Hay vidas que desde su inicio están presididas por lo extraordinario: a Eugenia de Montijo la trajo al mundo un terremoto, literalmente. Cuando su madre estaba a punto de dar luz en el palacio del conde de Teba, la tierra se puso a temblar en Granada, y el palacio amenazó con derrumbarse. Su padre el conde hizo salir a todos del edificio, afortunadamente tenían un hermoso jardín, donde improvisaron una carpa. Bajo ella nació hace 200 años María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirkpatrick, futura emperatriz de los franceses.

Cuando Eugenia tenía 13 años una gitana le adivinó ese porvenir imperial, al leerle la mano vio en ella una corona. Augurios aparte, la familia de Eugenia tenía estrechos vínculos con Francia, donde se habían conocido sus padres en 1816. Ese año María Manuela Kirkpatrick había viajado a París para visitar a su hermana, casada con el conde de Lesseps, y allí conoció a Cipriano de Guzmán (véase El padre de la novia, en Historias de la Historia, THE OBJECTIVE de 26 de octubre, 2025).

En principio no parecía muy buen partido. Pertenecía a una familia de rancio abolengo, pero era el segundón, por lo que los títulos y bienes familiares estaban destinados a su hermano mayor. Además, le faltaba un ojo que se cubría con un parche como los piratas, y estaba cojo. Eran heridas de la Guerra de Independencia, pero no se consideraban honorables porque Cipriano las había sufrido al servicio del «rey intruso» José Bonaparte. Pese a esos inconvenientes, María Manuela se enamoró de él y logró que Fernando VII lo amnistiase. Al año siguiente se casaron en Málaga, de donde era ella.

Cipriano de Guzmán, se había hecho afrancesado no por oportunismo, sino porque era un liberal radical, afiliado a la masonería, y esta militancia, a la que nunca renunció, le llevó a la cárcel en tiempos de Fernando VII. En 1830, cuando Eugenia tenía cuatro años, fue encarcelado de nuevo, y su mujer decidió ausentarse de España, llevándose a sus dos hijas pequeñas a París. Fue el primer contacto de Eugenia con el país de sus destinos, pero en 1834 el estallido de la I Guerra Carlista y una epidemia las hizo abandonar de nuevo España y volver a París.

Ese año, sin embargo, fue muy favorable para la familia, porque el hermano mayor de Cipriano de Guzmán falleció sin dejar hijos, y eso le hizo heredar el mayorazgo. De la noche a la mañana, el padre de Eugenia se convirtió en uno de los primeros aristócratas de España, titular de un ducado, diez marquesados, nueve condados, dos vizcondados y, lo que es más, cuatro veces Grande de España.

Este cambio de estatus favoreció que en 1844 la hermana mayor de Eugenia, Paca, se casara con el duque de Alba. Paca tenía 19 años y era un año mayor que Eugenia. Era de esperar que ésta la siguiera en poco tiempo, pero no fue así porque se produjo un extraño triángulo de amores y desamores. Un joven noble, Pepe Osorio, futuro mentor de Alfonso XII, estaba enamorado de Paca, que prefirió al de Alba, pero Eugenia se enamoró de Pepe, que en cambio no quiso saber nada de ella.

Este amor imposible pesó de tal manera sobre Eugenia que la convertiría en una solterona, porque a cualquier señorita de buena familia que pasara de los 20 años sin casarse se le adjudicaba ese título infamante. Y Eugenia iba cumpliendo años hasta llegar a los 27, ¡un caso perdido! Para evitar las habladurías y para que olvidase a Pepe Osorio, la madre de Eugenia se la llevaba a pasar largas temporadas a París. 

La belleza, distinción y, por supuesto, el rango familiar de Eugenia, causaban sensación en la capital francesa, donde la llamaban ‘la Belle Espagnole’. Fueron varios los enamorados que la asediaron en París, aunque ella los desdeñaba a todos. Sin embargo había un pretendiente que estaba por encima de los demás por su tenacidad y su capacidad de conseguir lo que quería, se traba de Carlos Luis Napoleón Bonaparte, hijo de un hermano de Napoleón, Luís, que había sido rey de Holanda.

La Revolución de 1848, que trajo la Segunda República Francesa, le daría su gran oportunidad. Se presentó a las primeras elecciones presidenciales y las ganó, convirtiéndose en presidente. Desde esa situación de poder fue maniobrando, hasta establecer un gobierno autoritario y, respaldado por un plebiscito popular, convertirse en diciembre de 1852 en emperador de los franceses, con el nombre de Napoleón III. Había nacido el Segundo Imperio, pero todavía había un objetivo prioritario que le faltaba para colmar sus ambiciones: Eugenia de Montijo.

Tras haberla cortejado inútilmente durante tres años, en enero de 1853 Su Majestad Imperial pidió formalmente la mano de la Bella Española. Eugenia era lo bastante inteligente para apreciar la última oportunidad que le ofrecía el destino. Tenía ya 27 años, se le había pasado el arroz, según se decía en la época, y aunque seguía enamorada de Pepe Osorio éste no le hacía ningún caso. A la desesperada le envió un telegrama a Madrid: El emperador ha pedido mi mano, ¿Qué debo hacer? Pepe le contestó escuetamente: Que sea usted muy feliz.

La droga del poder

Eugenia procuró serlo, pero no cifrando la felicidad en una historia de amor que no sentía, sino aprovechando su situación de emperatriz consorte para ejercer el poder, que resultó una droga muy satisfactoria. Puede decirse que Eugenia tenía una doble personalidad. Por una parte era una mujer seductora, una belleza «cuyo perfil tenía la perfección de una medalla antigua» según la cronista mundana Madame Carette, una caprichosa capaz de gastar fortunas en joyas y lujos, en fin, un adorno para la corte imperial y un trofeo para Napoleón III.

Pero por otra parte era el cerebro en la sombra del Segundo Imperio, la directora de una política exterior intervencionista que al final llevaría a la catástrofe, pero que también le dio a Francia un protagonismo internacional. Eugenia era una reaccionaria, católica ultramontana, que se empeñó en que un ejército francés mantuviese en su trono de los Estados Pontificios al Papa-rey, impidiendo que se concluyera la unidad de Italia hasta que en 1870 los soldados franceses abandonaron Roma por la Guerra Franco-prusiana. También fue iniciativa de Eugenia sostener a Maximiliano de Habsburgo como emperador de Méjico, enviando un poderoso ejército francés al otro lado del Atlántico. 

Pero Eugenia también era capaz de tener un perfil modernizador, que acrecentó el prestigio de Francia con proyectos como la Exposición Universal de 1867 o el Canal de Suez. El papel de la emperatriz fue determinante en la apertura de esta vía fundamental en el desarrollo mundial, y así se lo reconoció el mundo. Fue ella la que abrió el Canal a bordo de su yate L’Aigle, el primer barco que cruzó del Mediterráneo al Mar Rojo. El propio soberano de Egipto hizo ese viaje inaugural como invitado de la emperatriz Eugenia, así como miembros de la realeza europea entre los que destacaba el emperador Francisco José de Austria, que se enamoró de Eugenia.

El romance de Eugenia y Francisco José supondría la ruina del Segundo Imperio. La inquina que Francisco José sentía hacia Prusia y su primer ministro, Otto von Bismarck, se le contagió a Eugenia, y determinó una política francesa agresiva hacia Prusia. En 1867 el rey Guillermo de Prusia y Bismarck habían asistido como invitados a la Exposición Universal de París, uno de los éxitos de imagen de Eugenia. Significativamente, mientras en el pabellón inglés se exhibía una locomotora, en el pabellón prusiano se podía contemplar un cañón de 50 toneladas. Tres años después ese cañón bombardearía París y Guillermo y Bismarck volverían como conquistadores para proclamar el Imperio Alemán en el Palacio de Versalles.

Parece que ni el rey Guillermo ni Napoleón III querían la guerra, pero Bismarck y Eugenia sí, y la tuvieron. Eugenia se empeñó en que el emperador se pusiera al frente de su ejército, y también envió al frente a su único hijo de 14 años. Eso dejaba a la emperatriz en París como regente y única dueña de los destinos de Francia, una situación que le gustaba. Por desgracia la presencia en el frente de los pequeños Napoleones no tuvo el efecto que tenía en su tiempo la del gran Napoleón, y el ejército francés fue encadenando derrotas hasta la vergonzosa capitulación de Sedán. El Segundo Imperio había muerto en el campo de batalla.

Cuando Eugenia vio la situación desesperada se preocupó de sacar las pinturas de la colección del Louvre y enviarlas a Brest, con la idea de sacarlas del país si se marchaba al exilio, donde ya había enviado a su hijo, pero no hizo planes para ponerse a salvo ella misma, aunque su vida estaba en peligro. Al llegar la noticia de la rendición de Sedán medio millón de personas se reunieron en la Concorde destruyendo símbolos imperiales, y la Tercera República fue proclamada en el Ayuntamiento.

Sin embargo Eugenia se negaba tanto a abdicar como a huir. Tuvieron que ir a sacarla de las Tullerías dos amigos-enamorados, los embajadores de Italia y Austria. Curiosamente éste último era hijo del peor enemigo que había tenido Napoleón el Grande, el canciller austriaco Metternich. Los embajadores se llevaron a Eugenia a través de las galerías del Louvre, vacías de cuadros, y una vez en la calle se montaron en un coche de punto, que estuvo mucho tiempo dando vueltas por París, sin saber a dónde ir porque nadie tenía un plan de fuga.

Finalmente a Eugenia se le ocurrió acudir a su dentista, el norteamericano Thomas Evans, que logró sacarla de París haciéndola pasar una paciente gravemente enferma, y le procuró un barco que la llevase a Inglaterra. Para Eugenia empezaba una nueva y amarga vida, la de un largo exilio de 50 años, pero eso es ya otra historia.


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