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Historias de la historia

El siglo de la reina

Hace 100 años que nació Isabel II, la monarca que más tiempo ha reinado sobre Gran Bretaña

El siglo de la reina

La futura reina Isabel II recién nacida en brazos de su madre, Lady Elizabeth Bowes-Lyon.

Se supone que hace un siglo los reyes nacían en los palacios, pero Isabel II, que ha sido soberana más tiempo que la reina Victoria, nació en un piso de alquiler. No era un piso cualquiera: estaba en Brutton Street, la entrada principal de Berkeley Square.

Berkeley Square es seguramente el enclave urbano más selecto de Londres. Los árboles de la especie Platanus Hispanica que dan sombra a su jardín central son los más antiguos de la capital, fueron plantados en 1789. «El año de la Revolución», no dejaban de observar los vecinos que durante generaciones han disfrutado de ellos, porque para la nobleza británica siempre ha estado muy presente la fecha en que estalló la Revolución Francesa y empezaron a cortarles la cabeza a los aristócratas. Uno de esos plátanos, por cierto, fue declarado en 2008 «el más valioso árbol urbano de Gran Bretaña».

Los vecinos de Berkeley Square siempre han pertenecido a la más alta clase, pero también han sido selectísimos los establecimientos que han abierto sus puertas en este entorno. El tono lo daba la tienda donde se podía comprar la mercancía más exquisita del mundo del consumo, el Rolls-Royce. Todo empezó con un providencial encuentro en 1904 de dos personas socialmente en las antípodas, pero con una pasión común, el automóvil, esa recién llegada maravilla del mundo moderno.

Se trataba de Henry Royce, un mecánico hijo de un molinero arruinado, que solamente asistió un año a la escuela porque tuvo que ponerse a trabajar desde niño, pero que resultó ser un genio industrial. Royce había llegado a fundar una próspera empresa y fabricaba coches de artesanía, en el más estricto sentido del término. El otro personaje era el Honorable Charles Stewart Rolls, hijo del barón Llangattock, educado en Eton y Cambridge, de profesión sportman, es decir, deportista. Rolls estaba loco por los aviones y los automóviles. Había sido el segundo inglés en pilotar un aeroplano, el primer aviador en hacer ida y vuelta sobre el Canal de la Mancha sin escalas y, naturalmente, moriría a los 32 años al estrellarse su aparato durante una exhibición aérea. También fue el primer británico en matarse en un accidente aéreo.

Cuando Rolls vio el automóvil que llevaba Royce, se produjo un flechazo instantáneo. «Tráeme todos los que quieras como este y los venderé», le dijo a Royce. Porque el Honorable Rolls financiaba sus caprichos deportivos vendiendo automóviles a sus amigos; no era comercio propiamente dicho, eran arreglos entre gentlemen; nadie preguntaba por el precio de los automóviles que ofrecía, solamente importaba la calidad. La sensibilidad de este vendedor sui géneris llegaba al punto de pedirle a Royce que ajustara el motor de sus automóviles de modo «que el ruido no asuste a los caballos», porque todo el que fuera a comprar un Rolls-Royce era un caballero en el sentido más extenso, y poseía una cuadra de caballos.

La asociación entre Royce y Rolls suponía fusionar la más alta excelencia mecánica con el glamur más refinado, y eso exigía abrir un escaparate adecuado al mundo de la high class. La familia de Lord Llangattock tenía su mansión en Berkeley Square, y sería en la planta baja donde se instalaría el «salón de exposición», que no tienda, de los Rolls-Royce. Así, los viandantes de Berkeley Square han podido contemplar los bellísimos modelos de automóvil hasta 2021.

Otro establecimiento característico de Berkeley Square, más antiguo que sus famosos árboles, era el salón de té Gunter’s, que desde 1757 hasta 1937 ofreció sus delicatesen al público más aristocrático. En su última época, en las décadas de los veinte y treinta, Gunter’s Tea Shop, siempre atento a los caprichos de su selecta clientela, se adaptó a cierta tendencia de moda entre las chicas de la high class. Lo que queremos decir con este eufemismo, pues entonces era tabú lo que ahora resulta normal, es que Gunter´s se convirtió en el punto de encuentro del lesbianismo más exquisito. La homosexualidad era en esa época un delito en Gran Bretaña, castigado con penas de cárcel, como sufrieron Oscar Wilde o Alan Turing, el inventor de la inteligencia artificial, pero la policía tenía vedado intervenir en un ambiente tan elitista como Berkeley Square.

Una familia noble escocesa

En abril de 1921, el vecindario de Berkeley Square acogió la llegada de uno de sus pares, el noble escocés Claude Bowes-Lyon, XIV conde de Strathmore y Kinghorne, que alquiló una vivienda en el 17 de Brutton Street. Allí había residido desde el siglo XVIII una impresionante sucesión de nobles británicos, aunque el último inquilino antes de Bowes-Lyon no era una persona física, sino una organización política, la Liga de la Libertad, promovida por el escritor británico más famoso de la época, Rudyard Kipling. Su propósito era la lucha contra el bolchevismo, algo aprobado unánimemente por todos los vecinos de Berkeley Square, todavía traumatizados por el reciente asesinato de la familia imperial rusa por los comunistas.

Bowes-Lyon era un tipo sui géneris. Era de una nobleza que extendía sus raíces hasta el siglo XIV y muy rico, pero le gustaba la vida sencilla: trabajaba la tierra —tenía grandes propiedades— con sus propias manos, vestía como un campesino y él mismo se hacía el desayuno por las mañanas. En ese ambiente había crecido lady Elizabeth, la novena de sus diez hijos, de la que inesperadamente se enamoró perdidamente un hijo del rey Jorge V, Alberto, llamado Bertie por la familia, y duque de York por la prensa. 

Lady Elizabeth rechazó al pretendiente; no le gustaba la vida encorsetada que supondría ingresar en la Familia Real. Por otra parte, una relación así sería muy conflictiva, porque era lo que se llamaba «desigual»: pese a su rancio abolengo, lady Elizabeth no era de sangre real, y en la Inglaterra de 1921 eso era un serio impedimento para casarse con un príncipe. Al año siguiente, el duque de York volvió a declararse a lady Elizabeth, que le dio calabazas por segunda vez. Pero el joven príncipe era tesonero y aseguraba que no se casaría con ninguna otra mujer. Tal era su empeño que su madre, la reina Mary, visitó la mansión campestre de Bowes-Lyon para conocer a lady Elizabeth. La reina llegó a la misma conclusión que su hijo: era la única muchacha que podría hacerlo feliz.

Lady Elizabeth cedió al tercer asalto de Bertie y le dio el sí en enero de 1923. Él llevaba esperando tres años, de modo que pensaron en casarse pronto. La Familia Real decidió ceder a «la modernidad» y autorizar la boda desigual. Al fin y al cabo, Bertie era el segundón y nadie esperaba que reinase, porque su hermano mayor, el príncipe de Gales, gozaba de excelente salud. Además, Bertie tenía un defecto físico: era tartamudo, lo que no lo hacía muy apto para los actos oficiales. En cambio, estaba entusiasmado con su carrera de marino, lo que lo apartaría de Gran Bretaña y la vida de corte en muchas temporadas.

La boda se celebró el 26 de abril de 1923 en la Abadía de Westminster, escenario de los fastos de la monarquía inglesa, aunque el cortejo nupcial de la novia salió del 17 de Brutton Street. Lady Elizabeth Bowes-Lyon, ahora con el tratamiento de duquesa de York, tardó más de dos años en quedarse embarazada, y cuando faltaba poco para salir de cuentas, decidió que daría a luz en el domicilio de sus padres, donde disfrutaría de más comodidades e higiene que en cualquier palacio de la realeza. Se instaló en una tranquila habitación de la parte trasera de la casa, con vistas al jardín, pero noblesse oblige, cuando empezaron los anuncios del parto, en la tarde del 20 de abril, avisaron al ministro del Interior para que un miembro destacado del Gobierno estuviera presente en el nacimiento de quien ocuparía el tercer puesto en la línea de sucesión al trono.

La duquesa de York dio a luz una niña a las 2.40 del 21 de abril de 2026, y le aplicaron la cesárea, otro rasgo de modernidad. Cuando se hizo de día, llegaron desde el Castillo de Windsor el rey Jorge V y la reina Mary. La recién nacida no era la primera nieta de los reyes, pero ya hemos dicho que ocupaba el tercer puesto en la sucesión de la corona, y se convertiría en la nieta favorita del rey.

Jorge V era la persona que mejor podía intuir el destino de aquella niña, a la que bautizaron en la capilla privada del Palacio de Buckingham con los nombres de Elizabeth Alexandra Mary, que eran respectivamente los de su madre, bisabuela y abuela paternas. Y es que el destino había jugado con Jorge V exactamente de la misma forma que lo haría con su hijo Bertie. Jorge V era también un segundón y vivía feliz entregado a la carrera naval, que era su vocación, cuando la muerte en plena juventud de su hermano mayor lo convirtió en heredero y luego rey.

El hermano mayor de Bertie no moriría precisamente joven, pero a los 11 meses de convertirse en rey, Eduardo VIII abdicó para casarse con una mujer de mala reputación, lo que obligaría a Bertie a asumir, muy a su pesar, la función de rey con el nombre de Jorge VI. Eso sería en 1938, cuando Elizabeth Alexandra Mary tenía 12 años. Ahí terminaría la infancia feliz de la niña que había nacido en Berkeley Square, la futura reina Isabel II.

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